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Por las redes circuló hace unas semanas un video de un funeral peculiar donde no se sintió el silencio incómodo de los velorios, ni el murmullo de los pésames. Por el contrario, alrededor del féretro la gente bailaba, cantaba y festejaba la vida y la creación de quien había fallecido. Muchas estaban vestidas de rojo, y se escuchaba a pleno volumen: “Cuando yo me muera, no quiero llanto ni pena; prefiero que se me vele bailando una rica plena”. Difícilmente haya existido —y difícilmente vuelva a existir— un velorio con tanta risa, tanto tambor y tanta fiesta como el del icono de la música uruguaya Rubén Rada.
Un funeral, en la tradición occidental, suele asociarse con la tristeza. El Negro Rada, sin embargo, pertenecía a otra tradición: la del Barrio Sur, la de los tambores, la del candombe que se aprende en el cuerpo antes que en la cabeza. Los miles que se volcaron a las calles a despedirlo entendieron que la única manera honesta de decirle adiós era la misma con la que él había vivido: cantando incluso en un día triste.
Omar Rubén Rada Silva nació en Palermo y correteaba en el Sur, en los barrios afrouruguayos de Montevideo, donde el candombe se respira desde la cuna. Fue el segundo hijo de una madre brasileña y de un tamborilero que abandonó el hogar cuando el futuro músico tenía apenas dos años. Poco después de esa separación, contrajo tuberculosis y pasó internado los dos años siguientes, en una época en que los antibióticos todavía no llegaban al país, y mucho menos a la gente pobre. De regreso en su casa, compartió durante buena parte de su niñez un cuarto con su madre, sus hermanos, sus primos y su tía.



A esa precariedad se sumó, pronto, el racismo de la sociedad uruguaya de mediados del siglo pasado. En distintas entrevistas, Rada evocó sin rencor —pero también sin eufemismos— a la gente que cruzaba de vereda al verlo pasar de noche, los trabajos que se le negaban por el color de piel y los bailes de los que lo excluían. Lejos de amargarlo, aquella experiencia se transformó con los años en una de sus banderas: reivindicó siempre la palabra “negro” con orgullo y le abrió, tambor a tambor, un lugar central dentro de la música popular rioplatense.

Fue percusionista, cantante, compositor y actor, además del hombre que le abrió al candombe un lugar dentro del rock y el jazz. Debutó como músico profesional en El Kinto y más tarde integró Tótem, la banda que reformuló la música uruguaya al mezclar el rock and roll con los ritmos latinos y los tambores del candombe. Grabó, a lo largo de más de seis décadas, unos cuarenta discos —el último de ellos el año pasado— y en 2011 recibió un Grammy a la Excelencia Musical, estatuilla que, según contaba entre risas, quedó olvidada en un taxi de Estados Unidos y nunca apareció.
Antes de “Loco de amor”, el hit que grabó junto al grupo español Ketama en 1998 y que terminó de instalar su nombre en las radios de toda la región, Rada ya llevaba años construyendo un cancionero propio. “Las manzanas”, grabada con El Kinto en 1959, es uno de los primeros clásicos surgidos de aquella banda pionera en fusionar el candombe con instrumentos eléctricos. “Cha cha, muchacha” se convirtió, con los años, en uno de sus temas más bailados y coreados en vivo. “Botija de mi país” funciona casi como un manifiesto: un consejo de generación en generación para no dejarse reprimir y sostener los lazos con los propios. “Muriendo de plena”, imagina el propio velorio como una fiesta antes que como un duelo, una premonición que sus allegados terminaron cumpliendo al pie de la letra el pasado miércoles. Esa canción abre ¿Quién va a cantar?, el álbum del año 2000 que también da título a otro de sus grandes clásicos: un tema que, a fuerza de preguntas, reclama contra la guerra, el racismo y la pérdida de la poesía en un mundo cada vez más automatizado, y que se volvió, con los años, casi un himno de su repertorio en vivo.
Hace unas semanas, en un camerino del anfiteatro de Montevideo, tuve la oportunidad de conversar largo y tendido con él. En esa charla me habló de su lazo con Cuba y de su amistad con Silvio Rodríguez y Pablo Milanés.
En mayo de 1984, el periodista Orlando Castellanos entrevistó a Silvio Rodríguez apenas regresado, junto a Pablo, de una gira por Argentina. Allí el autor de “Ojalá” habló de un músico uruguayo al que acababa de conocer: un hombre de energía y vitalidad tremendas, muy afinado y con buen gusto para elegir repertorio, que además tocaba junto a sus hermanos y a otros músicos excelentes. Le anticipó al público cubano que ese año llegaría a Varadero y que su presencia significaría, seguramente, una conmoción.

La profecía se cumplió en 1985, cuando Rada se presentó en el Festival de Varadero por invitación expresa de Pablo Milanés. Su actuación en el anfiteatro sorprendió a un público que escuchaba por primera vez la fuerza del candombe uruguayo. Ante los músicos locales, Rada explicó además cómo se tocan los tres tambores tradicionales —chico, repique y piano—, de un solo parche de cuero, colgados al cuerpo para marchar en comparsa. Ese viaje selló un vínculo que duraría cuatro décadas: todavía se le recuerda amaneciendo en la piscina de un hotel de Varadero, tocando junto a Los Papines y Tata Güines, o bromeando con Pedrito Calvo, de Los Van Van, al que acusaba, entre risas, de haberle robado la fama de conquistador entre las cubanas.

En esa histórica gira de Silvio y Pablo por Argentina, en abril de 1984, estaba por nacer el primer hijo de Rada. “Silvio y Pablo me regalaron un cochecito para bebé. Ese gesto nos convirtió en hermanos”, me confesó.
Se reencontró con Silvio el año pasado, en el segundo concierto del cubano en Uruguay durante su gira latinoamericana. Ahí estaba Rada, en primera fila, cantando todas las canciones. Lo mismo sucedía cada vez que Pablo Milanés aparecía por Montevideo.

Apenas se conoció la noticia del fallecimiento de uno de los mayores íconos de la canción uruguaya, Silvio Rodríguez escribió en su blog que la noticia golpeaba por todas partes: se había ido el Negro Rada. Recordó 1984, cuando junto a Pablo Milanés pisó por primera vez Argentina y se topó con aquel hombre que hacía bailar hasta a las piedras con el candombe del Barrio Sur. Uruguay, agregó, no está solo en este duelo.
En las redes oficiales que mantienen viva la memoria de Pablo Milanés también despidieron al amigo, con una foto de ambos y un texto que describía una vida convertida, junto a Rada, en fiesta permanente; la familia Milanés extendió, además, un abrazo a Patricia, la compañera de Rada, y a sus hijos Lucila, Matías y Julieta. La amistad tuvo incluso su correlato discográfico: Pablo Milanés participó en Candombe con la ayudita de mis amigos, el disco que Rada publicó en 2015.
La lista de cruces memorables no se agota en Cuba. Se dice que compartió algo más que un escenario con Bob Marley, y que en la última visita de los Rolling Stones a Montevideo fue justamente él quien le enseñó unos pasos de candombe a Mick Jagger. Son de esas anécdotas que en cualquier otra biografía sonarían exageradas, pero que en la de Rada eran moneda corriente.
Rubén trascendió la industria musical hasta convertirse en un símbolo de la cultura del Río de la Plata y en un referente ineludible para la comunidad afrodescendiente de su país. Nadie debería sorprenderse, entonces, de que su velorio haya terminado en baile. Durante ochenta y tres años, el Negro Rada convirtió la tristeza en ritmo. Era apenas lógico que, incluso en su despedida, la música volviera a imponerse sobre la ceremonia.














