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Holguín se jacta de ser la ciudad de los parques, y no exagera. Apenas se entra por cualquiera de sus accesos, aparece uno. Algunos ocupan el centro de la vida cotidiana; otros sirven de referencia para dar una dirección o pactar un encuentro.
El Parque del Quijote está en la intersección de las avenidas Lenin y Los Álamos con la calle Aguilera, y es de los primeros que encuentra quien llega a la ciudad por la Carretera Central.
El parque tiene forma de triángulo y este año cumple dos décadas. Fue inaugurado en octubre de 2006, durante la Fiesta de la Cultura Iberoamericana, cuando alguien decidió que Holguín necesitaba su propio hidalgo manchego.
La obra fue realizada por tres artistas holguineros: Silvio Leonardo Pérez Carralero, Alberto Rodríguez y César Sánchez, este último autor de la escultura principal que da nombre al lugar. Allí están don Quijote sobre Rocinante, flaco y dispuesto a emprender otra batalla; Sancho Panza a su lado, con esa resignación de quien sabe que discutir con un loco suele ser inútil; y, frente a ellos, un molino que se eleva varios metros por encima de los transeúntes.

Pero hay un detalle que siempre me ha parecido extraordinario: el molino fue construido con chapas recuperadas de un central azucarero, uno de tantos que fueron desmantelados. No encuentro mejor metáfora para resumir una parte de la historia reciente de Cuba: la industria que durante siglos sostuvo buena parte de la economía de la isla terminó convertida en el enemigo imaginario de un personaje de ficción.

La técnica empleada por Sánchez tiene nombre propio: cemento directo. Primero se levanta una estructura de acero y mallas metálicas; luego se recubre con cemento y, finalmente, se trabajan el color y la textura mediante pátinas acrílicas. El resultado tiene algo de monumental y, a la vez, de escenografía detenida en el tiempo. Según repiten en Holguín con inocultable orgullo, el conjunto figura entre las mayores esculturas dedicadas a don Quijote en América Latina.
Dos décadas después de inaugurado el parque, aquel molino construido con los restos de un central azucarero parece haber adquirido un significado que nadie pudo prever. Cuba atraviesa una crisis que se palpa en la vida diaria: los apagones se prolongan, falta el combustible, escasean los alimentos y las medicinas, el transporte se ha vuelto cada vez más precario y la infraestructura muestra por todas partes las señales del deterioro. En medio de ese presente, Don Quijote y Sancho frente a un molino hecho con los restos de un ingenio que dejó de producir ya no parecen solamente personajes de Cervantes trasladados al oriente cubano. Hay algo inevitablemente nuestro en esa escena: un país que alguna vez llenó sus campos de caña y midió buena parte de su economía en toneladas de azúcar conserva ahora fragmentos de aquel mundo convertidos en monumento. El molino ya no muele, pero permanece en pie.



Por eso la escena resulta hoy, a pesar de ser muy perturbadora, tan cubana. Entre los restos materiales de lo que fuimos y la incertidumbre de lo que seremos, persiste esa obstinación quijotesca de seguir adelante cuando la realidad parece empeñada en demostrar lo contrario.
Cervantes nunca pisó América, pero su personaje cruzó el Atlántico y terminó instalado en una ciudad del oriente cubano. Ahí sigue, en medio del tránsito, mientras pasan ómnibus, bicicletas, motos y almendrones. Algunos reducen la velocidad. Otros apenas reparan en él. Nosotros, los holguineros, acostumbrados a su presencia, lo hemos incorporado al paisaje. Ahí, quizá, radica lo más hermoso del monumento: los personajes escaparon del libro y entraron en la rutina de la ciudad.

Don Quijote llenó tanto su cabeza de libros de caballerías que terminó convencido de ser aquello que había leído. En la segunda parte de la novela, Cervantes escribió un pasaje que siempre regresa cuando pienso en esa extraña capacidad que tienen algunos libros para instalarse en la vida de las personas sin pedir permiso:
“Advierte, Sancho —dijo don Quijote—, que el amor ni mira respectos ni guarda términos de razón en sus discursos, y tiene la misma condición que la muerte: que así acomete los altos alcázares de los reyes como las humildes chozas de los pastores, y cuando toma entera posesión de un alma, lo primero que hace es quitarle el temor y la vergüenza”.
Don Quijote lo decía a propósito del amor, pero bien podría estar hablando de la manera en que un libro escrito hace más de cuatrocientos años puede colarse en el paisaje diario de una ciudad, en la realidad de un país donde el cemento, el hierro y la chatarra son obras de arte en un parque.


















