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Alguna vez los gatos hambrientos de La Habana tuvieron un padre. Un anciano de luengas y platinadas barbas; alto, pálido y delgado como el personaje de Cervantes. Al amanecer de cada jornada, cuando la mañana comenzaba a rebotar por los tejados, ya andaba el señor de rostro ajado y tristeza misteriosa en su ruta de callejones, fondas y mercados. En la Plaza del Vapor lo conocían, y no hubo placero que le negara la limosna que imploraba con sujeción proverbial.
No pedía para sí. Mañana y tarde recogía carne o pescado para luego distribuir la pitanza entre cientos de gatos que poblaban el Campo de Marte (hoy Parque de la Fraternidad). Como un maestro de orquesta, bastaba que hiciera sonar un silbato para que al instante, desde los rincones de la plaza, surgieran gatos de todos los tamaños y colores, audaces y tímidos, débiles y cachorros, prestos a un banquete esperado y puntual.
El conjuro del pito ejercía sobre ellos la misma fuerza mágica del flautista encantador de ratones. Los micifuces lo reconocían, lo seguían y lo rodeaban con sus colas de punta al cielo, y en el lenguaje arrullador de su instinto le retribuían con gratitud y cariño a coro de maullidos. Una multitud de curiosos se detenía a observar la escena del benefactor que separaba las porciones, daba de comer y acariciaba a tantos gatos con paciencia religiosa.
Muchos admiraron su actitud filantrópica; otros, incapaces de entender que dedicara su vida a proteger, curar, alimentar y hasta hablar con los animales, se burlaron y lo tildaron de chiflado o excéntrico. La ceremonia se volvió espectáculo público y su pintoresco protagonista pasó a nutrir cuartillas y crónicas de prensa. Para la historia quedó como el Padre de los Gatos.

Un montañés de barbas patriarcales
Aquel hombre que amaba los gatos se llamó Isidoro Lombera Marrón. Nació en las montañas de Ampuero (Cantabria), cerca de 1840. De España viajó a Cuba a los 19 años como integrante del Regimiento de Tarragona al servicio del Rey, del cual acabó licenciándose en 1863.
Decidió permanecer en La Habana, donde trabajó como dependiente de comercio, empleado de almacén, estibador en el puerto y vendedor ambulante, hasta que pudo establecer negocio propio. Una nota del Diario de la Marina sugiere que para marzo de 1891 había caído en desgracia, pues en los Clasificados del rotativo se anunciaba la venta “de un café en el punto más transitable de La Habana, por no poder atenderlo hace meses su dueño”, Isidoro Lombera.
La era republicana lo halló disminuido, viejo, enfermo, menesteroso y con cierto desorden mental. Para colmo de males, sufrió un accidente que le afectó seriamente la pierna izquierda y lo soldó para siempre a un par de muletas. Esto no lo detuvo. Sacrificó su endeble salud en aras de hacer el bien y la caridad pública. Sus idas y venidas por las calles lo transfiguraron en personaje popular y estrafalario; algo así como el célebre Caballero de París, pero incluso más altruista y caritativo.

En su voluminosa memoria Entre palmeras (Vidas emigrantes), el escritor asturiano Alfonso Camín, quien vivió un tiempo en Cuba, dejó una postal del interesante ciudadano: “Por el día sosegaba mis hambres en el Parque de la India, contemplando al ‘Padre de los Gatos’, un montañés demente de barbas apostólicas que los reunía en torno de sí, después de pasar la noche buscándoles piltrafas y otros desperdicios por todos los cajones de la basura que entonces sacaban a las diez en punto”.
Asimismo, el periodista Manuel Rodríguez Rendueles describía en un perfil publicado en el Diario de la Marina (octubre de 1911): “¿Quién no conoce en esta ciudad al hombre de los gatos? Es un anciano de luengas barbas, canas, rostro ajado y mirada triste”. En sus retinas cansadas guardaba melancólicas visiones de paisajes natales y perfiles borrosos de mujeres amadas. Pero sobre todo Isidoro Lombera tenía la mirada acerada y profunda de los hombres que han vivido mucho y han visto de cerca las miserias humanas.
Andaba decentemente trajeado, aunque sin lujos; un traje de color oscuro indefinido y sombrero de castor. Lucía con orgullo caballeresco una ristra de medallas en el cuello de la solapa y portaba un fuete menos simbólico que el del mayoral de Chaparra, pero que usaba con destreza para “torear” al clan felino. Completaban su atalaje el pito aludido y una cartera de cuero con hojas que llevaba impreso su retrato patilludo, el cual regalaba con bombones y cigarros en agradecimiento a quienes le daban pan y calderillas.
Terminantemente prohibido
Como la semilla del bien no siempre vence a la aridez de la maldad y el escarnio, fue incomprendido en su momento. Algunos que lo veían cuidar y hablar con “su familia” —así la llamaba— gatuna lo dieron por loco, y otros lo echaban con improperios cuando él tocaba a sus puertas para pedir alguna dádiva, por mínima que fuera.
Lo peor para Isidoro Lombera llegó cuando, con motivos de perro, el ingeniero jefe de la ciudad y la Secretaría de Sanidad declararon la erradicación de la gatería en el Campo de Marte y le prohibieron “terminantemente” proseguir su actividad de asistencia.
Bajo el epígrafe “En casa del Padre de los Gatos”, la revista La Iglesia en Cuba publicó el 1 de octubre de 1913 una entrevista al anciano generoso que manifestaba su postura de rechazo a la medida que para la mayoría de los gatos significó una sentencia a muerte, en su juicio arbitraria e inexplicable. Entonces su residencia se ubicaba al interior de la cuartería número 18 en la calle Suárez, donde la sala estaba ocupada por un tren de lavado.
El reportero halló a Lombera sentado a la puerta de su habitación, cosiendo unos pantalones. Para romper el hielo, le preguntó si era sastre, a lo que el viejo contestó: “No, señor, estoy arreglándolos para mis pobres”. Una cama, unas sillas y una mesa componían el humilde mobiliario de aquel rincón donde almacenaba una tonga de sombreros, ropas y zapatos, todo raído y estropeado, destinado a la donación. “Esta es la casa del pueblo, especialmente la de los pobres. Estas puertas nunca se cierran”, decía aquel San Pedro redivivo.
“¡Qué hombre tan extraño! […] creció a nuestros ojos, haciéndonos ver un apóstol, un santo o un anacoreta de esos que nos cuentan las leyendas”, suscribía el texto, que continuaba afirmando: “[…] y aquí donde se dice que todo se pesa al oro o a la influencia, encontraréis una obra verdaderamente altruista que se viene realizando en el silencio, sin más recursos hace cinco años que la limosna, sin más estímulo que la caridad que inflama el corazón”.
Cuando le preguntaron para qué guardaba tantas cosas usadas, comentó:
―Son para mis pobres.
―¿Pero usted no cuida gatos en el Campo de Marte?
―Sí, señor, pero también cuido de los pobres, mis hermanos en desgracia. Mi misión no es de ayer; hace veinte años que practico todo el bien que puedo, y hago todo lo posible por aliviar las miserias de los que sufren. Todo esto que aquí se ve, me lo dan las familias piadosas de La Habana: una, unos pantalones; otra, unos zapatos o un sombrero; y cada cual lo que puede. Yo todo lo recojo para mis pobres; ya ellos saben que en este cuartucho, madriguera de cucarachas, vive este viejo de cuerpo, pero joven de alma. Usted ve, remiendo ropa; si se ofrece, les corto el pelo o rasuro a los pobres, procuro que se aseen, les predico la moral que deben practicar.
En sus brazos, contaba enternecido, habían expirado muchos infelices que carecían de fuerzas para recibir la cucharada de sopa que les quiso dar, y al intentar incorporarlos, morían. “Yo encomendaba su alma a Dios. Más de una vez me han querido prohibir que dé de comer a los habitantes de la luna; me dicen que mantengo vagos y mascavidrios. ¿Pero los voy a dejar morir? Cuando la policía no me ha dejado llevarles la comida, yo les aviso que la vengan a buscar, y aquí, en mi cuarto, la encuentran […] los verdaderos pobres saben que en este cuartucho hay siempre algo para matar el hambre o cubrir la desnudez”.

Príncipe mendigo
¿Cómo hizo el milagro Lombera? Tuvo contribuyentes y padrinos entusiastas. Los reverendos del Colegio de Belén, esos mensajeros de la inteligencia y el espíritu, le brindaban dos cantinas con veinte raciones para distribuir a los pobres. Además de instituciones cívicas y religiosas y de personas que calaron la pureza de sus sentimientos y la espontaneidad de su abnegación.
A pesar de recibir el acoso policial y las malas contestaciones de gente que entendía por delito la acción de pedir a otros, nunca se rindió. Sin protestar del mal que se le hacía y sin ostentación de ninguna clase, se veía a diario aquel rostro surcado por los años y el sufrimiento, aquel cuerpo que se bamboleaba ante el huracán de la vida, recorrer kilómetros a pie o subir y bajar escaleras con el fin de buscar algún recurso para proveer el urgente socorro a la viuda, al huérfano, al indigente; en general, al prójimo desahuciado por la sociedad.
Hombre de gran fortaleza de ánimo y de una perseverancia a toda prueba, con voluntad renovada a diario, el Padre de los Pobres se consagró a repartir toda la caridad posible entre los “habitantes” (así denominaban entonces a los que hoy se nombra “vulnerables”) que rondaban el Campo de Marte, los corredores del Palacio de Aldama y solares vecinos. Mientras pudo, buscó y tuvo para todos; para todos menos para él. Hacia junio de 1915 empezaron a flaquear las fuerzas de su cuerpo rengo y, casi ciego, se le dificultó mantener la atención a los necesitados. Aún estuvo en riesgo de morir en la calle, desalojado de la casa que apenas podía pagar.
Periódicos como El Comercio, Diario de la Marina, Cuba y otros abrieron una campaña reclamando que se le concediera un albergue, bajo el criterio de que un hombre excepcionalmente bueno, que dedicó con esmero su vida a favorecer y aliviar a los pobres, merecía ser atendido en efecto y que se le proporcionaran medios para continuar su labor misericordiosa.
“Impedido de andar, el amigo de los pobres, el que incansablemente ha hecho el bien y ha favorecido a los infortunados, necesita de la protección de todos”, insistía el Diario de la Marina en abril de 1916. Pero el ruego seguía encontrando oídos sordos. Abandonado a su adversa suerte, enfermo y sin recursos para atender sus propias dolencias, Isidoro Lombera falleció la tarde del 11 de marzo de 1917 en el Hospital Reina Mercedes.
Al hacerse eco de la novedad, el Diario de la Marina reseñaba: “Don Isidoro Lombera contaba más de setenta años. Era un hombre buenísimo. Iba de puerta en puerta pidiendo para los desheredados de la suerte y algunas casas de comercio le socorrían con largueza. Nada quería para él. Sostenía de la caridad pública a ocho o diez familias. Algunos pobres de los que socorrió velaron su sueño eterno y lloran hoy inconsolables en desgracia, porque hombres como el bueno de Lombera, que se sacrifican por el prójimo, no abundan en este medio de egoísmo y vanidad en que vivimos”.
Fue un raro ejemplo de humanitarismo. Mendigo él mismo, pedía para luego dar a otros mucho más indigentes y desorientados. Su obra altruista no se limitó a atender a los gatos arrojados al Campo de Marte, sino que además pasaba de banco en banco repartiendo pan y frutas entre los vencidos de la vida. Escribió poesía y un folleto de escasa aptitud literaria, sin más valor que ser cascajos del alma.
Isidoro Lombera no buscó gloria ni aplausos, no tuvo quejas, practicó la caridad verdadera y triunfó sobre el egoísmo. De modo voluntario hizo suya la misión de socorrer a los gatos callejeros y a los indigentes de la vieja Habana. Encarnó el modelo de samaritano que nada tiene, que ninguna subvención recibe, y que aun no teniendo nada, le sobra corazón para ofrecer a los que viven muriendo.













