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Cali y buena parte del suroccidente colombiano ocuparon los titulares del mundo esta semana por un terremoto que sacudió la región. La noticia me golpeó particularmente, más allá de la conmoción inevitable que produce cualquier desastre natural. Pensé en la gente y la ciudad, que conocí hace menos de un año y que, desde entonces, quedó en mi memoria como un lugar entrañable.
Había llegado por trabajo, con apenas unos días disponibles y un conocimiento casi nulo de la capital del Valle del Cauca. Para mí, Cali era apenas un puñado de lugares comunes: salsa, calor y caña de azúcar. Nada más.

Como casi siempre que viajo, decidí que la mejor forma de conocerla era caminarla, sin mapas ni guías turísticas: entrar al primer café que me pareciera, almorzar en la fonda que encontrara en el camino y, sobre todo, conversar. Pocas cosas revelan tanto de un lugar como escuchar a quienes lo habitan; las ciudades, después de todo, también se escuchan.
Fue en uno de esos cafés donde conocí a Juan Alberto. Tendría unos sesenta años y, apenas me vio con la cámara, advirtió mi condición de forastero. Entablamos conversación, me contó algo de historia y, cuando supo que me quedaría pocos días en la ciudad, me dio un consejo inesperado.
—Camínela todo lo que pueda —me dijo—. Y llévese un par de libros. Pero no los lea acá. Espere a irse.
La recomendación me intrigó.
Me habló primero de ¡Que viva la música!, de Andrés Caicedo. Según él, no era solamente la novela de una muchacha de la alta sociedad que se pierde entre la rumba, la música y las drogas, sino una manera de entender la velocidad con que late Cali: esa ciudad donde la noche parece una prolongación inevitable del día y donde la música no acompaña la vida, sino que la organiza.


Después mencionó C.A.L.I., de Carolina Andújar, donde la ciudad aparece desde otra oscuridad: exuberante, contradictoria, hermosa y feroz al mismo tiempo, una urbe de riquezas descomunales y pobrezas extremas, tan intensa que la autora la convierte en el escenario perfecto para que Lucifer instale allí su residencia permanente. En esa novela, me explicó Juan Alberto, hasta un asesinato parece pertenecer más a la ciudad que a sus protagonistas.
—Primero conozca las calles —insistió—. Retrate a sus personajes deambulando. Después lea los libros. Ahí va a entender cosas que caminando no se ven.



Seguí el consejo al pie de la letra.
Mientras buscaba una librería, continué recorriendo una ciudad levantada alrededor del fértil valle del río Cauca, hogar de pueblos indígenas como los gorrones, los jamundíes y los bugas: comunidades que desarrollaron formas complejas de organización social y una profunda relación espiritual con el río, la montaña y la selva. Ese legado, aunque muchas veces relegado por la historia oficial, sigue vivo en los nombres de los lugares, en la cocina y en muchas costumbres cotidianas.
La ciudad colonial nació el 25 de julio de 1536, cuando Sebastián de Belalcázar fundó Santiago de Cali. Precisamente en el barrio San Antonio comenzó aquella historia española hecha de resistencia indígena, enfermedades, incertidumbre y expansión. El valle, fértil y estratégicamente ubicado entre los Andes y el Pacífico, terminaría convirtiéndose en uno de los grandes motores económicos de la región.

Desde el siglo XVII, miles de africanos fueron esclavizados para trabajar en las haciendas azucareras y en las minas. Esa violencia fundacional dejó una huella que todavía define la identidad caleña: su música, su cocina, sus celebraciones populares y buena parte de su riqueza cultural nacen de la resistencia afrodescendiente que logró sobrevivir a la esclavitud. Resulta imposible escuchar salsa en Cali sin advertir que, detrás de cada tambor, también resuena una larga historia de dolor y dignidad.

Más tarde llegaron las luchas por la independencia. El 3 de julio de 1810, Cali adhirió al movimiento emancipador, incluso antes que Bogotá.
Entre caminata y caminata, también fui descubriendo los edificios que sobreviven a todos esos siglos: la Iglesia La Merced, la más antigua de Cali; la Catedral de San Pedro; el Museo Arqueológico La Merced, con una extraordinaria colección precolombina; y las casas coloniales de San Antonio, donde las fachadas parecen resistirse al paso del tiempo mientras, alrededor, la ciudad sigue creciendo.
Hace un par de meses, después de que las dos novelas recomendadas por Juan Alberto durmieran un tiempo sobre la mesita de luz, terminé de leerlas. Me reencontré con personas que había visto cruzar una calle, con conversaciones escuchadas al azar, con plazas donde me había sentado a tomar café y con barrios cuyos silencios ahora adquirían otro significado. La literatura me reveló la profundidad de la Cali que ya había caminado.
Quizás por eso el terremoto de estos días me provocó una inquietud distinta. Pienso en esa ciudad que aprendí a conocer escuchando a quienes la narran todos los días.





















