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El atentado a Vázquez Bello

Dicen que el fantasma de Clemente Vázquez Bello todavía se pasea por el salón de los Pasos Perdidos del Capitolio. Hay quien jura haberlo visto. Quizás sea su manifestación de venganza. 

por
  • Igor Guilarte
septiembre 19, 2026
en Historia
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Parte posterior del Lincoln donde viajaba Vázquez Bello. Los peritos dictaminaron que el coche presentaba 57 perforaciones de distintos calibres. Bohemia, 7 de enero de 1934.

Parte posterior del Lincoln donde viajaba Vázquez Bello. Los peritos dictaminaron que el coche presentaba 57 perforaciones de distintos calibres. Bohemia, 7 de enero de 1934.

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Cuba está que arde. Bajo lemas de sangre y fuego, terror contra terror, el ABC ha declarado la guerra a muerte al gobierno de Gerardo Machado. Se viven días trepidantes al son de las tánganas, los estudiantes perseguidos con furia canina, la cacería sangrienta, la vorágine de violencia y el pistolerismo callejero. Son los tiempos de la tempestad de las pasiones, un periodo dado para la crónica roja o la novela negra.

Dictada la ley de limpieza del sucio establo que era el país —a decir de Pablo de la Torriente—, la citada organización secreta de carácter celular y táctica terrorista, llamada en su momento “la porra verde”, se propuso el magnicidio.

Fue a mediados de 1932 cuando la drástica idea cobró forma. Para llegar a Machado —pensaron los abecedarios— necesitaban un señuelo, alguien que viviera confiado y no ofreciese mayor resistencia; cuya personalidad prominente y jerarquía dentro del régimen fueran de peso suficiente como para arrastrar al tirano a un punto vulnerable. Manejaron los nombres de Viriato Gutiérrez o Pepito Izquierdo, pero estos solían andar con fuertes escoltas.

“Que sea Vázquez Bello”, propuso uno de los integrantes de la resistencia armada durante la discusión del objetivo. Y aquellas palabras dichas con el corazón de Caín se clavaron en el calendario como una sentencia de muerte inapelable.

Ilustración de Caravia que recrea el momento en que resultó abatido Vázquez Bello. Foto: Diario de la Marina, 28 de septiembre de 1932.

El condenado

Nadie encajaba mejor en el perfil que Clemente Vázquez Bello (1887-1932). Villareño, como el sátrapa, se había convertido en su íntimo amigo y consejero más oído. Ostentaba el doble cargo de presidente del Senado de la República y del Partido Liberal. Desde su acomodada silla en el tinglado político, el talentoso Vázquez Bello se volvió un maquiavélico regidor de asambleas, maestro tejedor de una red de influencias y cabeza de una progenie prestada al juego burocrático. Aspiraba a seguir escalando por esa telaraña. Su estrecha relación básicamente lo convirtió en el “niño lindo” de Machado, la joven promesa; y muchos ojos dieron por sentado que sería su heredero natural.

Lo de “niño lindo” no es frase hecha. A sus cuarenta y cinco, Clemente era el típico vivebién, un dandi que lucía trajes impolutos con el lazo de pajarita que se convirtió en sello distintivo de su imagen y oloroso a Imperial de Guerlain. Estaba casado con la acaudalada Regina Truffin y vivía en el Country Club Park, distanciado a millas del pueblo asfixiado en los barrios de la miseria. Al interior de su mansión abundaban los floreros de Lalique y las sirvientas uniformadas ofrecían a los visitantes vasos de horchata y galletas inglesas de limón.

Clemente Vázquez Bello (1887-1932), joven villareño y hábil político, ocupaba las presidencias del Senado y del Partido Liberal. Foto: El Fígaro, 20 de mayo de 1926.

No era la primera vez que sería centro de un atentado. Un año antes llegó a la sede del gobierno la confidencia de que un grupo revolucionario había acordado darle muerte. Cuando le notificaron la mala nueva, solo expresó: “No tengo enemigos. Ningún acto mío ha implicado daño en una medida que produzca reacciones de la natura que llevan la venganza hasta la muerte. Pero si la fatalidad me coloca entre sus víctimas. ¿Qué le vamos a hacer?”

Pues, resultó tiroteado en plena calle; pero por obra y gracia de eso que llaman providencia o destino, salvó milagrosamente el pellejo. Cuando la policía lo llamó al reconocimiento de los sospechosos capturados, no quiso confirmar sus identidades y, a falta de pruebas, estos salieron absueltos. Además, rechazó que le situaran escolta y tampoco aceptó el carro blindado que el presidente puso a su disposición. No tomó en serio la magnitud del peligro y se negó a creer en alguna razón que desembocara en su muerte. Se equivocó. Estaba en el colimador.

Página publicada por Carteles (17 de diciembre de 1933) con el plan de atentado a partir del relato anónimo de uno de sus protagonistas.

El plan

El plan fue tan simple como escalofriante: primero matar a Vázquez Bello, luego todas las piezas caerían en efecto dominó… Vázquez Bello ponía el muerto, pero solo era el cebo para pescar al pez grande. Machado debía acudir al cementerio y su presencia allí convertía el funeral en una oportunidad excepcional para ajusticiarlo.

Para ejecutar esa primera parte, comenzaron a vigilarlo sin descanso y a cronometrar cada uno de sus movimientos. El chequeo estuvo a cargo de la sección de información del ABC, y lo llevaron a cabo personas de distintos rangos, desde criados hasta ricachones. Lo chequearon por espacio de un mes, tiempo sobrado para conocer cuidadosamente sus rutinas. Sabían la hora exacta en que salía de su casa, a qué hora llegaba a los clubes, cuándo y por dónde entraba a la oficina. Nada pasaba inadvertido para los halcones.

Mientras tanto, una obra de ingeniería encubierta enterraba una bomba en el cementerio de Colón. En eso se basaba la segunda parte del plan: en la colocación de un artefacto explosivo en una cloaca cercana al panteón de Regino Truffin, el suegro de Vázquez Bello. Se suponía que allí iba a ser sepultado este luego del atentado y que Machado no iba a faltar a su despedida. Entonces lo esperarían con el suelo minado en cantidades terroríficas.

Cuando las puertas del cementerio permanecían cerradas y bajo el crespón de las noches sin luna, los conjurados saltaban las verjas que dan hacia el fondo de la fábrica Partagás y, con la colaboración de uno de los enterradores, rompían la paz de los sepulcros moviéndose por la red subterránea. Por aquel túnel de 200 metros corrían aguas albañales saturadas de los efluvios profanos y del olor espantoso de los cadáveres.

El trabajo exigía tipos sin estómago. Una vez dentro, no tenían más ventilación que la que les proporcionaba la estrecha entrada. Algunos se desmayaban mientras tendían los cables y llevaban los fardos, por lo que organizaron grupos para relevarse; otros bebían a buches poción Jauccoud para soportar el hedor y la falta de oxígeno. Afuera, en tanto, otros hombres armados rondaban las calles perimetrales para evitar sorpresas.

El ABC no se detenía en su obsesión y, finalmente, bajo la avenida central del cementerio, en área cercana al Mausoleo a los Bomberos de Isasi, quedó en sesteo la carga nefasta. Consistía en cuatro fardos que envolvían 200 libras de dinamita. A partir de ahí, se desplegaban por 700 metros dos alambres de forro negro impermeable que conectaban dos fulminantes eléctricos con el dispositivo de fuego. Con la bomba sembrada y silenciosa como una tumba, el cementerio estaba listo; solo faltaba esperar por el muerto.

Esquema del minado hasta el panteón Truffin, con lo cual el ABC pretendía eliminar a la flor y nata del machadato en el cementerio de Colón. Foto: Cortesía de Idania Rodríguez.

El atentado

El susurro anuncia lo que se traen entre manos. Sobre las once de la mañana del martes 27 de septiembre de 1932, dos vehículos fantasmas esperan en posición, apostados en los contornos del exclusivo Havana Yacht Club, donde cada día a la misma hora visita Vázquez Bello. Lo tienen perfectamente chequeado. Con vehemencia combativa y osadas mentes juveniles, dos comandos armados están en su acecho. El grupo principal, integrado por cinco miembros del ABC, viaja en un moderno Cadillac; el otro, que está para cubrir la retirada y suma a miembros del DEU, va en un Packard.

Faltando cinco minutos para la una de la tarde, estos reciben desde dentro del Yacht Club la contraseña de que “el hombre está por salir”. Vázquez Bello viste traje blanco de marinero y debajo camisa playera. Se dirige a su majestuosa residencia, que socarronamente llama El Bohío. Va sentado en el asiento trasero del Lincoln no. 11 manejado por Julio Suárez, con José Inerarity Armenteros, policía del Senado, ocupando el asiento al lado del conductor.

El Lincoln enfila por la avenida Gran Boulevard (actual 146) hasta rebasar el puente —que entonces era de hierro— sobre el río Quibú. Al momento de iniciar la cacería, el Packard de apoyo no logra arrancar por fundírsele las bielas. Ajenos a este percance, los del grupo principal ven pasar por delante la máquina de Vázquez Bello y salen en su persecución, cumpliendo la orden acordada.

Lo alcanzan frente al chalet del señor George S. Ward. Sintiéndose a distancia conveniente, los atacantes embocan en las ventanillas varias escopetas recortadas y suena un primer disparo. El policía Inerarity piensa que es un ponche, pero inmediatamente sobreviene una segunda descarga cerrada, un repiqueteo de guerra que hace tronar el toldo del Lincoln.

El lugar de los hechos, en las cercanías del Country Club. Bohemia, 7 de enero de 1934.

Agujereado sin misericordia, Vázquez Bello se deshace en impresionantes chorros de sangre. Queda arrodillado en el piso del carro con la cabeza descolgada en el respaldo del asiento delantero. El chofer también resulta herido en la cara derecha y cae aturdido sobre el timón. Mientras, el copiloto se lanza del coche y temerariamente contesta descargando las seis cápsulas de su revólver contra el auto “color chocolate”. Todo fue cuestión de segundos que ni la cara pudo ver a los criminales, dirá luego a la prensa.

En medio del desconcierto, el guardia de seguridad intenta buscar ayuda en una casa cercana, cuando a sus espaldas Julio Suárez, que acaba de recobrar el sentido, vuelve a encender el coche y sale a toda prisa rumbo al hospital militar de Columbia. Inerarity se marcha del lugar por sus propios pies y el chofer, tras conducir con estoicismo admirable en busca de atención médica para su jefe, termina desmayado una vez detiene el auto en la emergencia del hospital.

Para Vázquez Bello ya era tarde. Había recibido nueve balazos alrededor de la nuca y otro tanto en la región lumbar derecha que le destrozaron la columna vertebral. Su autopsia, realizada por los doctores Barreras y Barroso, demoró tres horas de tantos huecos por contar. Murió de forma instantánea en la escena, casi sin enterarse de lo que pasaba. En un encuentro relampagueante y en uno de los sitios más transitados de la capital, una cortina de plomo había trabado al connotado delfín del machadato. Los del Cadillac cumplieron como buenos. Eso ponía la bomba a punto de estallar. ¡Tic… tac!

La bomba

Si la primera parte del plan se cumplió casi de manera perfecta, el segundo acto de aquella obra nada teatral fracasó escandalosamente. Las previsiones del ABC –de que el cadáver fuera inhumado en el panteón de la familia Truffin y que daban por segura la presencia de Machado en el cementerio habanero– no contaron con una última voluntad. Todo se vino abajo cuando la viuda, que se encontraba de viaje en el extranjero, telegrafió indicando que su difunto esposo deseaba ser sepultado en Santa Clara, su querida tierra natal, y hacia allá se encaminó el formidable ceremonial.

Paralelamente, salía a relucir la firma oculta de la mano negra, cuando un jardinero de la necrópolis de Colón halló un cable sospechoso infiltrado en una tapa de alcantarilla. Dieron parte a la policía y la inspección a profundidad condujo hasta la espantosa bomba. Todo el trabajo de minado resultó inútil. Y valga.

La narrativa heroica habla de un atentado preparado contra el jefe del Senado para llegar a toda costa a Machado. Pero esa explicación encierra una pregunta que pocos se atreven a formular: ¿Qué consecuencias habría tenido semejante bomba en medio del cortejo de duelo? Para los abecedarios, la respuesta estaba en la lista de asistentes. De acuerdo con su hipótesis, no harían el cuento el Asno con Garras, junto a su gabinete y su sarta de lacayos.

Sin embargo, por su propia naturaleza, el atentado del cementerio hubiera sido incalificable. Hubiera perecido una infinidad de personas ajenas a la cúpula machadista, es decir, familiares, parientes y dolientes que asistían a despedir a un ser querido; representantes del cuerpo diplomático acreditado en La Habana, oficiantes religiosos, trabajadores funerarios y hasta infelices transeúntes ajenos a todo.

Asimismo, cuántas cuadras a la redonda de panteones, patrimonio escultórico y restos de difuntos se habrían perdido para siempre, arrojados al aire por aquella carga de proporciones monstruosas. Las víctimas, del bando que sean, no son meras cuitas ni parte del decorado de la Historia; son vidas con nombres, rostros y familias.

La carga explosiva al descubierto. Bohemia, 26 de agosto de 1934.

La venganza

La noticia del incidente corrió como pólvora y llegó al Palacio Presidencial cuando mediaba el almuerzo de Machado con sus correligionarios. El soldado Sanabria entró en el comedor y susurró al oído del comandante Firmat, ayudante de campo del presidente, que debía atender al teléfono con urgencia. “¿Cómo… el doctor Vázquez Bello?… ¿Está usted seguro?… ¿Dónde?”… interrogaba el asistente con palabras ansiosas.

Paralizados por la aplastante novedad, los comensales hicieron a un lado los cubiertos de plata y tragaron en seco la masticación. Machado fue el primero en alejarse de la mesa, para ir a recostarse de espaldas en una columna del corredor. Estuvo quieto, como intentando interpretar a solas el momento. Algunos creyeron ver que su mirada glacial se derretía y dos hilos le humedecían las grietas del rostro. Estuvo ensimismado unos minutos, hasta que reaccionó: “Los aplastaré”, dijo espumajeando la rabia.

Los machadistas no dejarían enfriar la venganza. Esa tarde, de igual manera cruel y salvaje, siete individuos vestidos de blanco asaltaron el domicilio número 13 de Calle B, entre Calzada y Línea, donde vivían los hermanos Gonzalo, Leopoldo y Guillermo Freyre de Andrade. Sin que mediaran palabras, descargaron sus revólveres sobre los tres hermanos tenidos por oposicionistas. También en su casa del Vedado fue atacado por tres desconocidos el abogado y congresista Miguel Aguiar. Fue un martes trágico.

Después de tirotear a Vázquez Bello, los atacantes se dieron a la fuga atravesando un separador y por encima del césped. La alocada carrera causó un ponche en la rueda trasera derecha, por lo que se vieron obligados a abandonar el carro en una calle de Miramar y dispersarse. La policía lo ocupó un rato más tarde, comprobó que era un Cadillac con chapa de alquiler de lujo, no. 43794, correspondiente al año 1931, y halló en su interior tres escopetas, dos rifles recortados, cuatro pistolas Parabellum y munición en abundancia. También confirmaron que la pintura color crema oscuro se superponía a otra verde que traía de fábrica.

El auto Cadillac de los atacantes fue ocupado por la policía. Diario de la Marina, 28 de septiembre de 1932.

A la larga sería la pista que obligó a los autores directos a escapar al exilio. Ni la policía judicial ni la secreta pudieron saber que los ocupantes de aquel Cadillac habían sido Guillermo (Willy) Barrientos, Manuel (El Gallego) Fernández Blanco, Mariano González, Alfredo Botet y Carlos María Fuertes; según se detalla con el encabezado de “Confidencial” en las Memorias del magistrado Alberto Carlos Segrera (dato que agradezco al colega Benito Peña). En cambio, quien sí cayó presa del tormento y de la muerte por esta causa fue Pío Álvarez, a quien se atribuye la meticulosa concepción del atentado.

Dicen que el fantasma de Clemente Vázquez Bello todavía se pasea por el salón de los Pasos Perdidos del Capitolio. Hay quien jura haberlo visto. Quizás sea su manifestación de venganza. 

Etiquetas: Gerardo MachadoHistoria de CubaPortada
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Igor Guilarte

Igor Guilarte

Santiago de Cuba, 1983. Licenciado en Periodismo por la Universidad de Oriente (2007). Periodista e investigador histórico. Premio en Concurso Nacional de Periodismo Histórico 2020 y 2022.

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