En una suerte de profecía autocumplida, el escritor cubano Manuel Pereira, novelista, ensayista, traductor y periodista, falleció en Ciudad de México a pocos días de cumplir 78 años.
Hace 13 años, en una entrevista realizada por la plataforma Cubaencuentro, el autor de la novela El comandante Veneno, que le prodigó una celebridad relampagueante entre la juventud de fines de los 70 y principios de los 80, exaltó a la capital mexicana como la “Patria del Surrealismo y el lugar donde probablemente me toque morir”.
Y fue justamente en Ciudad de México donde murió el pasado sábado, de acuerdo con diversos medios de prensa y según confirmó en las redes la poeta y académica mexicana Tania Favela.
“Un novelista nato”
Nacido en La Habana el 31 de octubre de 1948 e hijo de emigrantes gallegos, Pereira estudió Artes Plásticas en la Academia de San Alejandro y trabajó como periodista y guionista del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).
Su figura estuvo estrechamente vinculada a algunos de los nombres esenciales de la cultura hispanoamericana del siglo XX, entre ellos José Lezama Lima, Alejo Carpentier, Julio Cortázar y Gabriel García Márquez.
Su trayectoria literaria comenzó a destacarse muy pronto. Tras leer su primera novela, El Comandante Veneno, Alejo Carpentier le escribió una frase que acompañaría al autor durante toda su vida: “Es usted un novelista nato”.
El discípulo de José Lezama Lima
Entre todas las influencias que moldearon su formación intelectual, ninguna resultó tan decisiva como la de José Lezama Lima. Pereira fue uno de los últimos discípulos directos del autor de Paradiso, a quien consideró siempre su gran maestro.
Décadas después evocaría aquellos años con emoción. Recordaba a Lezama como el hombre que le enseñó “a ver lo invisible” y lo introdujo en las llamadas “lecturas profundas”.
En entrevistas y ensayos lo describió como una figura casi mítica, “el Buda de la calle Trocadero”, referencia a la calle habanera donde vivía el poeta y celebraba sus legendarias tertulias.
La muerte de Lezama, en agosto de 1976, marcó profundamente a Pereira. Más tarde dedicaría al maestro la crónica El curso délfico, considerada uno de los testimonios más valiosos sobre la influencia humana e intelectual ejercida por el poeta líder del grupo Orígenes sobre una generación de jóvenes escritores cubanos.
En la obra de Pereira sobreviven numerosas huellas lezamianas: el gusto por la reflexión ensayística, la exploración cultural como aventura espiritual y una permanente búsqueda de significados ocultos detrás de la realidad inmediata.
El fenómeno de El Comandante Veneno
Si existe un libro que garantiza a Manuel Pereira un lugar permanente en la historia de la literatura cubana es El Comandante Veneno.
Terminada en 1974 y publicada en 1977, la novela relata la experiencia de la campaña de alfabetización en la Sierra Maestra a través de una mirada que combina entusiasmo, memoria y dimensión humana. El autor se inspiró en sus propias vivencias juveniles, cuando participó en tareas de alfabetización en zonas montañosas del país.

La novela alcanzó una enorme popularidad en la isla y se convirtió en lectura habitual para miles de cubanos durante los años 70. Varias ediciones circularon ampliamente y su recepción trascendió las fronteras nacionales.
El reconocimiento más significativo llegó de la mano de Gabriel García Márquez. El Nobel colombiano afirmó sobre la obra: “Esta es la novela que me hubiera gustado escribir sobre Cuba”, una de las valoraciones más elogiosas que recibió Pereira a lo largo de su carrera.
Aquella admiración mutua se convirtió con el tiempo en amistad y diálogo intelectual.
La cercana relación con Gabriel García Márquez
Pereira mantuvo una relación privilegiada con García Márquez desde los años del llamado Boom latinoamericano.
El escritor cubano contaba numerosas anécdotas sobre el autor de Cien años de soledad. Entre otras, recordaba haber sido uno de los primeros lectores de Crónica de una muerte anunciada en 1981, cuando García Márquez le entregó personalmente el manuscrito en Ciudad de México para que se lo hiciera llegar a Fidel Castro, quien también lo leyó e hizo acotaciones técnicas al texto luego contadas por el propio autor colombiano.
Igualmente, Pereira evocó en sus crónicas periodísticas sus encuentros con el Gabo en París, Moscú y México, conversaciones sobre literatura, exploradores, piratas caribeños e historia universal. Pese a las diferencias políticas que acabaron separándolos ideológicamente, el cubano jamás ocultó la admiración que sentía por la obra del colombiano.
“A pesar de sus inclinaciones políticas, que respeto pero no comparto, el Gabo fue un maestro para mí”, declaró en una entrevista.
Gracias al apoyo de García Márquez, El Comandante Veneno obtuvo además una importante difusión internacional, particularmente en Italia.

El exilio
A finales de los años 80 comenzó una etapa decisiva en la vida del escritor. Mientras se desempeñaba como agregado cultural de Cuba ante la UNESCO en París, Pereira observó con entusiasmo los procesos de perestroika y glasnost impulsados en la Unión Soviética.
La negativa del Gobierno cubano a emprender reformas similares provocó crecientes discrepancias ideológicas. En 1988 renunció a su cargo diplomático. Regresó a Cuba, pero pronto quedó marginado profesionalmente y, según contó posteriormente, sometido a un prolongado ostracismo.
Tras la muerte de su padre, abandonó definitivamente la isla en 1991. Vivió en Berlín y Barcelona antes de establecerse en México en 2004, país que llegó a considerar su segunda patria.
Desde el exilio desarrolló una intensa producción literaria que incluye novelas como Toilette, Insolación, El beso esquimal, Un viejo viaje y La estrella perro, además de los ensayos El ornitorrinco y otros ensayos, Biografía de un desayuno y Los abuelos malditos.
Un ensayista que escribía novelas
Aunque alcanzó notoriedad como narrador, Pereira insistía en definirse de otra manera. “Quisiera ser recordado como un ensayista que escribía novelas y no al revés”, afirmó en 2015.
Esa declaración resume la esencia de una obra donde la ficción convive constantemente con la reflexión cultural, filosófica e histórica. Su literatura combinó imaginación, erudición y una permanente curiosidad intelectual que lo llevó a dialogar con autores tan diversos como Kafka, Proust, Pessoa, Borges y Céline.
Con la muerte de Manuel Pereira desaparece uno de los últimos enlaces vivos entre la generación de Lezama Lima y la tradición hispanoamericana del Boom.
Quedan sus novelas, sus ensayos y el testimonio de una trayectoria marcada por la pasión por la literatura, la independencia de pensamiento y la convicción de que escribir era, más que una profesión, una forma de conocimiento.












