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Desde mi casa en Buenos Aires, 5 horas a la zaga, sigo la gira española de Silvio Rodríguez. Voy poco a poco, de pedacito en pedacito, por cada parada, cada escenario en cada ciudad. Consulto el horario de las presentaciones, leo las notas de la prensa local —aunque en este océano digital apenas sobreviven mapas o fronteras—. Sigo tantas publicaciones en redes sociales que el algoritmo (ese dios) me devuelve, una tras otra, imágenes, videos y comentarios de cada concierto.
Si esto fuera poco, tengo el privilegio de repasar las fotografías de mi querido amigo y colega Daniel Mordzinski, con la familiaridad que transmite quien deja una huella íntima. Daniel es un narrador excelso de cuanto ocurre delante y detrás del telón.
Celebro todo eso. Y, sobre todo, celebro que siga habiendo teatros, microestadios y hasta plazas de toros repletos de gente que escucha canciones. Miles de personas reunidas alrededor de unos versos, una guitarra, una melodía.
Basta detenerse en los microvideos en las redes sociales para entenderlo. Un señor mayor ni siquiera intenta esconder las lágrimas mientras canta. Un joven entona a voz en cuello una canción junto a quien, presumiblemente, es su padre. Una muchacha cierra los ojos, suspira, se deja llevar. Edades distintas, historias distintas, atravesadas durante unos minutos por los mismos versos.
Las escenas se repiten de ciudad en ciudad. Ocurrió en Barcelona, donde comenzó la gira el 1 de septiembre; después en Zaragoza, Bilbao, Valencia y A Coruña. Cambian los teatros, las plazas, las edades, incluso los acentos, pero abajo, entre el público, algo permanece.

La gorra
Hay un detalle que se repite en cada concierto de Silvio desde hace años y que, sin proponérselo, se ha vuelto emblema: una gorra negra con la palabra “Aprendiz” sobre la visera. Se la obsequiaron tiempo atrás y tiene una gracia lúdica: las letras son intercambiables, se pueden desarmar y volver a montar para formar cualquier palabra. Entre todas las combinaciones posibles, Silvio Rodríguez eligió esa.
Al borde de los 80, con 6 décadas de canciones a la espalda, sigue llamándose aprendiz. En un oficio donde una trayectoria como la suya suele convertirse en pedestal, Silvio parece seguir mirando su obra como un terreno que aún puede revisar, desarmar y volver a armar. Un poco como su gorra.
Un bigote con historia
Esta vez hay, además, un bigote que no pasa inadvertido. Tiene su swing. Recuerda al de Pedrito Calvo, el de Los Van Van, en los 80, cuando cantaba aquel hitazo de “¿Y qué tú crees?” en Los pájaros tirándole a la escopeta, icónica comedia del cine cubano. Por cierto, en las primeras escenas de la película suena “Imaginada”, en la voz del propio Silvio acompañado por El Tren de la música cubana.
Pero la memoria, si uno la deja caminar, retrocede más. A finales de los 70, un Silvio casi treintañero llevaba un bigote parecido. Ese mostacho estaba de moda.
El trovador escribió en sus notas para Érase que se era —el disco doble que este 2026 cumple veinte años— que ese estilo de bigote, “a la Régis Debray”, el filósofo francés cuyo nombre quedó ligado a Cuba y a la guerrilla del Che, lo tuvo Eduardo Castañeda, amigo suyo, joven revolucionario que lo usó antes de Debray y el cantante de Los Van Van en La Habana.
Así que ese corte que ahora asoma bajo la gorra de aprendiz tiene su historia. Una pequeña genealogía que, tirando del hilo, termina trayendo al escenario a varios Silvios de otras épocas.
Un viaje sin nostalgia
Cuesta describir, incluso para quienes están in situ, lo que producen estas canciones en vivo; expresar la dimensión de que Silvio, en plenitud, pueda escoger entre cientos de composiciones propias y armar un programa que se recorre como un viaje de principio a fin. Sin demasiada parafernalia.
Canciones, básicamente.
Un universo que, verso a verso, melodía a melodía, ha construido desde que era casi un niño y que millones de personas terminaron haciendo suyo.
“La mayoría de mis canciones están basadas en experiencias personales”, ha dicho el cantautor más de una vez. Tal vez por ahí haya una pista. Nacieron de experiencias suyas y terminaron mezclándose con las experiencias de los demás. Uno las escucha y recuerda un amor, una pérdida, una ciudad, una época, una bronca, una esperanza. Es “el mundo Silvio”: un territorio enorme donde cada cual termina encontrando un rincón propio. “¡Vengan los buenos a comer de este helado gigaaaaaante!”, podríamos cantar.
Durante más de dos horas, una veintena de canciones va y viene por su larga carrera sin respetar demasiado la cronología. Más o menos, este viene siendo el repertorio: “Historia de las sillas”, “Ala de colibrí”, “Noche sin fin y mar”, “Sueño con serpientes”, “Virgen de Occidente”, “Viene la cosa”, “Nuestro después”, “En cuál de esos planetas”, “Me acosa el carapálida”, “Más porvenir”, “Adónde van”, “Eva”, “Quién fuera”, “Escaramujo”, “Pequeña serenata diurna”, “Canción del elegido”, “La era está pariendo un corazón”, “El necio”, “Venga la esperanza”, “Ojalá” y “Por quien merece amor”. Según la noche, entran y salen otros clásicos: “Te doy una canción”, “Rabo de nube”, “El reparador de sueños…”.
Lo interesante es cómo conviven. Una canción escrita hace cuarenta o cincuenta años puede aparecer al lado de otra reciente y la distancia entre ambas se acorta enseguida. El repertorio entero empieza a funcionar en presente.
Ahí está una de las razones de su vigencia. Son canciones llenas de amor y desamor, preguntas, certezas, dudas, hasta obsesiones. Algunas acompañaron momentos históricos muy precisos y después siguieron caminando. Y uno vuelve a ellas porque todavía encuentra algo que sirve para explicar lo que nos pasa y llamamos, por comodidad, vida cotidiana.

Tres canciones. Tres piedras angulares
Me detengo en tres clásicos que Silvio ha incorporado a esta gira: “Historia de las sillas”, con la que —hasta donde alcanzo a seguir— abre cada presentación; “Me acosa el carapálida”, que aparece casi a mitad del programa; y “Por quien merece amor”.
Las tres nacieron en circunstancias muy concretas. Y escucharlas hoy produce cierto estremecimiento porque varias de aquellas preguntas siguen dando vueltas.
Si las tomáramos como puntos de anclaje, desde ellas podría contarse una parte del presente que vivimos —en Cuba, España o cualquier punto cardinal—: los obstáculos del camino, los poderosos empeñados una y otra vez en asfixiar a los desposeídos (Cuba, Palestina) y, frente a eso, el amor. El amor entendido de muchas maneras: solidaridad, refugio, compañía, resistencia.
Siempre he sostenido que “Por quien merece amor” es una especie de manifiesto de principios de Silvio, tanto o más, incluso, que “El necio”.
En Unicornio (1982) aparece “Por quien merece amor”. Silvio cuenta en las palabras que acompañan el disco que la escribió a fines de 1981, cuando Estados Unidos desplegaba maniobras navales alrededor de Cuba bajo el argumento de frenar un supuesto apoyo cubano a la lucha de liberación de El Salvador y, en general, a Centroamérica.
La canción entra de lleno en aquella discusión, pero lo hace desde otro lugar. Si esa solidaridad existía, parece preguntar, ¿qué sentimiento la movía?
Y ahí aparece el amor. Otra vez.
Martí, Wichy y una kufiya
En la misma cuerda aparece “Maestros ambulantes”, el ensayo de José Martí al que Silvio recurrió para abrir los conciertos de su gira anterior.
Desde aquella primera noche, en la escalinata de la Universidad de La Habana, hubo algo que me llamó la atención. Silvio tomó una de las frases martianas más repetidas —”Ser culto es el único modo de ser libre”— y leyó lo que seguía.
Martí decía, además, que en lo común de la naturaleza humana hace falta cierta prosperidad para poder ser bueno. Más adelante aparece otra de esas imágenes suyas capaces de meter un mundo en unas pocas palabras: las verdades fundamentales caben en el ala de un colibrí.
Y entonces Silvio canta “Ala de colibrí”.
La poesía vuelve a aparecer en otro momento del concierto. Silvio recita “Halt!”, de Luis Rogelio “Wichy” Nogueras, como gesto de solidaridad con Palestina. El poema termina con aquella imagen terrible del hedor del infierno y la imposibilidad de comprender cómo pudo olvidarse tan pronto.
Silvio termina de recitar. Su hija, la pianista Malva Rodríguez, se acerca. Le coloca una kufiya sobre los hombros.
La belleza, en familia
Hay un momento de la noche que merece un aparte.
Por única vez, Silvio deja la guitarra y camina hacia un costado del escenario. Allí lo esperan la flautista Niurka González y Malva. Los tres, en familia, interpretan “La belleza”, de Luis Eduardo Aute.

Para buena parte del público, es uno de los momentos más emotivos del concierto. Imagino que para ellos tres la canción carga además con otra historia. Aute fue un hermano de la vida para Silvio, testigo y cómplice de la relación de amor entre él y Niurka, y una suerte de duende para Malva.
Verlos me devuelve a marzo de 2008, en La Habana. Durante una semana se celebró allí al Aute escritor, cineasta, pintor y cantautor. Recuerdo especialmente la inauguración de una retrospectiva de sus pinturas y esculturas psicodélicas en el Museo Nacional de Bellas Artes.
Entre toda aquella gente estaba Malva, que apenas levantaba un metro del piso. Secreteaba algo con Aute y se reían. Él le seguía el juego como un niño más y, durante un rato, parecía haberse olvidado de que era el protagonista de la velada.
“(…)
Reivindico el espejismo
de intentar ser uno mismo,
ese viaje hacia la nada
que consiste en la certeza
de encontrar en tu mirada
la belleza…”

La épica de otra coda
Un concierto de Silvio es también la oportunidad de detenerse en la excelencia de los músicos que tiene alrededor, con muchos de los cuales trabaja desde principios de este siglo. Decir que lo “acompañan” siempre me ha parecido poco. La palabra les queda chica. Ellos participan en la construcción de las canciones y cada uno encuentra un espacio para decir algo con su instrumento.
Hay elementos de lo colectivo y también de lo familiar en esa manera de tocar. Y eso resulta coherente con Silvio y con una obra donde la palabra, los matices y la búsqueda permanente de la belleza han ocupado siempre un lugar central. Las individualidades dialogan. De esa conversación sale buena parte de lo que escuchamos sobre el escenario.
Jorge Aragón, desde el piano, la orquestación y los arreglos; Niurka González, con la flauta y el clarinete; Jorge Reyes, en el contrabajo; Rachid López, en la guitarra; Maykel Elizarde, en el tres; Oliver Valdés, en la batería; Malva Rodríguez, entre teclados y coros. Cada cual aporta lo suyo a esa arquitectura sonora y, entre todos, vuelven a meterse en canciones que llevan décadas sonando. Las estiran, las mueven de lugar, las renuevan. A veces las llevan bastante lejos de donde uno las recuerda.
“Me acosa el carapálida” y “Por quien merece amor” son dos buenos ejemplos. Vuelvo a ellas, ahora desde lo musical, porque son estrenos dentro del programa preparado para esta gira y, a mi juicio, están entre sus puntos más altos por el trabajo de orquestación y por lo que consigue la banda al interpretarlas.
Meterse con estos temas tiene sus riesgos. Son dos canciones instaladas con mucha fuerza en el imaginario “silviófilo”: por las letras, por las melodías y también por aquellas tremendas orquestaciones que Hilario Durán concibió junto a músicos de la orquesta de la EGREM. “Por quien merece amor” apareció en el LP Unicornio, publicado en 1982; “Me acosa el carapálida”, en el tercer volumen de Tríptico, de 1984.
Ahí está el desafío —y supongo que también la gracia— para Silvio, para Jorge Aragón y para estos músicos: agarrar canciones así, icónicas, y volver a entrarles.
La banda de Silvio en 2026 tiene un formato muy diferente, bastante más reducido que las formaciones con las que grabó ambas piezas a principios de los ochenta. Ahora aparecen además como protagonistas instrumentos que entonces no estaban, entre ellos el tres cubano. Aragón tuvo que pensar las canciones para los músicos que tiene delante y distribuir entre ellos elementos que hace cuatro décadas estaban en otras manos, otros instrumentos y una formación mucho mayor. El resultado termina siendo una orquestación propia, respetuosa de aquellas primeras versiones, pero construida para esta banda.

En “Me acosa el carapálida”, por ejemplo, se toma aquel motivo de teclado de Hilario Durán y se reparte entre el piano, la flauta, el tres y el Fender Rhodes. Ese piano eléctrico, de sonido cálido, redondo y ligeramente metálico, aporta otro color. Para Malva, encargada de los teclados incluso, hay pasajes de cuerdas y hasta de Hammond B3, con ese timbre de órgano tan reconocible en la música popular.

Ahí se empieza a entender “la cocina” de estas nuevas orquestaciones.
“La canción que más disfruto ahora mismo es ‘Por quien merece amor’. Está de bis y casi siempre terminamos con esa. ¡Muy fuerte cuando se hace! Recuerda el final: ‘Por quien merece… aaamooor’. Y ahí viene la melodía de la coda”, me cuenta emocionado el propio Jorgito desde el otro lado del Atlántico.
Y sí. Hay que escuchar esa coda. Pero vayamos desde el principio.
Entra Maykel punteando y empieza a zigzaguear entre el rasgueo leve de la guitarra de Silvio y los acordes de Rachid. El piano de Jorgito la abraza de principio a fin. Jorge Reyes sostiene desde abajo y Oliver Valdés administra la batería sin quemar cartuchos demasiado pronto. Malva frasea con los teclados y, sobre todo en la segunda parte, por momentos trae a la memoria los sintetizadores de aquella primera grabación.
La canción va creciendo. Cuando aquello finalmente explota, Oliver saca todo su arsenal.



Y después está otra versión de “Por quien merece amor” que llevo metida en la cabeza: la de aquel mítico concierto de Silvio en el Estadio Nacional de Chile, el 31 de marzo de 1990, ante unas 80 mil personas, acompañado por Irakere bajo la dirección musical de Chucho Valdés. La orquestación de este tema estuvo a cargo de Diego Valdés. Ahí resalta una línea de tres trompetas, dos saxofones, trombón y flauta. Todo desemboca en una coda que, después de escucharla durante tantos años, uno casi espera que aparezca cada vez que llega el final de la canción. Aquel concierto quedó registrado en Silvio Rodríguez en Chile, publicado por EGREM en Cuba en 1991.
En esta extraordinaria versión de 2026, cuando llega ese momento, aparece Niurka. Ella y su flauta contra el mundo. Tan tierna como vehemente, con esa mezcla de delicadeza tímbrica y fuerza interpretativa que hace que lo difícil, en sus manos, parezca fácil.
Se acabó la discusión.
La maestra se mete en ese espacio que uno tiene asociado a los metales y encuentra un camino propio. Lo importante, orquestalmente, es que su flauta no necesita imitar literalmente a los metales que uno recuerda de otras versiones. Ocupa parte de esa función —llevar hacia arriba la tensión melódica de la coda— con un material tímbrico completamente diferente. Frente al peso, el ataque y la masa que puede producir una sección de metales, la flauta tiene menos cuerpo, pero mucha movilidad y penetración en el registro agudo.

Quizás sea esa una de las claves de su enorme talento: viene de una formación clásica rigurosa y se mueve por la música popular con una naturalidad tremenda. Una canción escuchada tantas veces, devenida himno, todavía guardaba lugares por donde transitar.
Vi además un pequeño video grabado desde la primera fila durante el concierto de Zaragoza. En “Por quien merece amor”, Silvio se estremece con la entrada de la banda, gesticula y sonríe. La escena me llevó inmediatamente a aquel concierto con Irakere: Silvio, extasiado, girándose también para disfrutar de lo que estaba ocurriendo detrás de él. Son apenas unos segundos. A mí me bastan.
El “Por quien merece amor” de esta gira española termina levantando vuelo por otro lado. Tiene su propia épica.
Así que, señoras y señores: el que pida más es un goloso.

Hay además una perlita para curiosos. El bajista de aquellas primeras grabaciones de estudio, tanto de “Me acosa el carapálida” como de “Por quien merece amor”, fue Jorge Narciso Reyes Hernández. Escúchenlo, sobre todo, en el epílogo de esta última, entre los violines, el sintetizador, la batería y la entrada de los metales. Sí, el mismo maestro Jorge Reyes que ahora, más de cuatro décadas después, está ahí sobre el escenario, con su carisma, pulsando las cuerdas del contrabajo.

Las mismas canciones, otras orquestaciones que conservan la memoria de aquellas primeras versiones. Dar con estas analogías me encanta.
Algo parecido me pasa con “Óleo de mujer con sombrero”. Escucho aquella primera versión —prefiero llamarla así antes que “la original”— de 1978, en Al final de este viaje, y después pongo la grabación de 2015 de Amoríos. Disfruto las dos. Cada una tiene su vida, su tiempo, su respiración.
Creo que acaso entiendo mejor lo que hace Silvio desempolvando estas canciones, inquieto, buscando renovar la lista de temas gira tras gira, arropando sus temas una y otra vez con nuevos sonidos. Una buena canción nunca deja de moverse. Y puede volver a sorprender.
Y para contar con esa seguridad de los músicos sobre el escenario, hay otra parte de la banda que el público apenas ve. Cada músico necesita escuchar con precisión lo que está ocurriendo mientras toca. De esas referencias que llegan a sus monitores se ocupa Olimpia Calderón (con la asistencia de Frank Martínez). Hacia la sala, la responsabilidad cambia de manos: al fondo del recinto, rodeado de canales, faders, pantallas y señales, Enzo Estrada maneja la consola. Ellos son los alquimistas del sonido.

Qué dice la prensa
También he ido siguiendo el rastro que deja la gira en la prensa española. Y es curioso ver cómo cada ciudad termina encontrando sus propias palabras para contar, más o menos, lo que está pasando.
En Barcelona, La Vanguardia presentó a Silvio Rodríguez “entre el grito y los silencios”, mientras Público resumió la noche con una frase rotunda: “La lucha no para”. La agencia EFE lo llamó “tótem de la canción” y abrió su cable con una frase que me guardé: “Pocos cantautores han escrito versos más bellamente revolucionarios y estrofas tan subversivamente tiernas como Silvio Rodríguez”.
Zaragoza tuvo las suyas. Heraldo de Aragón habló del “eterno trovador cubano” y Cancioneros, una de las principales webs dedicadas a la canción de autor hispana, lo definió como “artista incombustible”.
En Bilbao apareció uno de esos titulares que dan ganas de felicitar al que lo escribió. El Correo tituló: “Silvio no encuentra aún su unicornio, pero revoluciona los “corasones”. Y Naiz encontró otra imagen hermosa: “La guerrilla sentimental de Silvio Rodríguez”.
Después vino Galicia. Más de siete mil personas en el Coliseum de A Coruña y titulares que hablaban del “sonido de los recuerdos y la libertad”, de “voz impecable, destreza instrumental y compromiso social en plena forma”.
Cada publicación entra por un lugar diferente y termina tropezando, de una manera u otra, con la misma pregunta que me acompaña mientras escribo esta crónica a la distancia: ¿cómo unas canciones que llevan décadas rodando pueden seguir sonando tan metidas en el presente?

Muy cerca, en la distancia
Del otro lado del Atlántico, cierro esta crónica mientras la gira sigue andando.
En algunas de estas ciudades hacía diez años que Silvio no subía a un escenario; en otras habían pasado tres lustros. Yo lo sigo desde acá, saltando de un lugar a otro a través de una pantalla: un video de treinta segundos que alguien sube a Instagram, la crónica de un diario, una foto, un titular, un señor llorando mientras canta, una chica emocionada, la sorpresa bienvenida de orquestaciones de algunos temas… Y las canciones en el medio de todo.
Quizás desde tan lejos sea difícil medir la dimensión de lo que está pasando. Así que sigo haciendo lo mismo que al principio: juntando pedacitos. Y atesorándolos para mi deleite y la historia.













