Por Ángel Romero Martínez, Universitat de València
Tener en la palma de la mano una herramienta que puede responder a cualquier duda o pregunta de manera lógica y rapidísima (aunque no siempre correcta), y usarla a menudo, ¿cambia nuestra capacidad de pensar y razonar de manera independiente?
Esta duda es especialmente preocupante en el caso de los niños y los jóvenes que aprenden hoy en escuelas y universidades, ya que cuentan con acceso a herramientas de inteligencia artificial generativa cada vez más sofisticadas y potentes.
¿Está la inteligencia artificial generativa “atrofiando” el cerebro de las nuevas generaciones y haciéndolas menos inteligentes? Para responder a ello de forma rigurosa, analizaremos en detalle algunos conceptos clave de la psicología y la neurociencia.
¿Qué es la inteligencia?
La inteligencia es la capacidad global para procesar información, resolver problemas novedosos, razonar, planificar y adaptarnos flexiblemente a un entorno en constante cambio. Desde el punto de vista de la psicología —y, más en concreto, de la psicometría—, la inteligencia se ha estimado en términos del “cociente intelectual”.
Se ha demostrado que el cociente intelectual afecta en ámbitos clínicos, educativos y profesionales. Además, es relativamente estable a lo largo de la vida. El uso de pruebas específicas permite diferenciar la inteligencia verbal (uso y comprensión del lenguaje) de la no verbal (razonamiento abstracto y las habilidades de resolución de problemas).
¿Ha evolucionado a lo largo de la historia?
A lo largo del siglo XX, específicamente si se comparan las primeras décadas frente a las últimas de ese siglo, las puntuaciones promedio en los tests de cociente intelectual aumentaron generación tras generación. Esto se denominó “efecto Flynn”.
Teniendo en cuenta que la arquitectura biológica de nuestro cerebro no ha cambiado de forma sustancial en los últimos milenios y que los cambios genéticos que se han registrado no implican un cambio cerebral drástico, podemos concluir que las bases neuronales que sustentan nuestra capacidad cognitiva siguen siendo esencialmente las mismas.
En otras palabras: es posible inferir que si un bebé de la Edad de Piedra fuera criado hoy, desarrollaría las mismas capacidades intelectuales que cualquiera de nosotros.
Por lo tanto, los cambios registrados en el cociente intelectual deberían responder a las mejoras en la nutrición, el acceso a la escolarización, la mejora de la salud pública e incluso la familiarización con esa clase de pruebas.
¿Vamos a menos?
Curiosamente, en las últimas décadas se ha observado lo que algunos autores denominan un efecto Flynn inverso en determinados países desarrollados. Este retroceso no puede deberse a que nuestra especie haya experimentado ni una progresión ni una regresión genética o biológica. De hecho, se ha argumentado que los principales responsables de esos cambios son los factores ambientales: transformaciones en la educación –tanto en el ambiente familiar como en el propio sistema educativo– o la exposición a las nuevas tecnologías.
Por ejemplo, este fenómeno podría explicarse por la menor demanda de procesos cognitivos profundos –como la memoria de trabajo y la atención sostenida– en favor de una hiperestimulación caracterizada por la brevedad y la multitarea.
Cerebros maleables
Nuestros cerebros, y el sistema nervioso central sobre el que se sustenta su actividad, son “plásticos”; es decir, tienen la capacidad de modificar su estructura física y sus conexiones internas a lo largo de toda la vida por la experiencia.
Esta neuroplasticidad favorece que el ambiente –esto es, todo aquello que nos rodea y nos sucede: lo que leemos, las habilidades que practicamos, entre otros factores– promueva el aprendizaje. Sin embargo, no se altera la base genética ni la estructura biológica heredada, que marcan los límites del cerebro.
Tenemos ejemplos de ello en los clásicos estudios sobre los cambios en el hipocampo de los taxistas de Londres o en el cerebro de los músicos profesionales a lo largo de su trayectoria.
Entonces, ¿pueden estímulos ambientales —como el uso de herramientas de IA— modificar el cerebro o, más en concreto, los procesos cognitivos de las últimas generaciones?
¿Qué es lo que puede haber cambiado?
Respecto a qué es lo que sí puede ir a peor ante el uso acrítico de las nuevas tecnologías y la inteligencia artificial generativa, debemos centrarnos en la memoria, la atención y el pensamiento crítico, pero no necesariamente en el cociente intelectual o la inteligencia general.
Para evaluar cambios en el cociente intelectual, tendríamos que acumular evidencias a lo largo de varias generaciones, y las nuevas herramientas de IA llevan demasiado poco tiempo entre nosotros. Por el contrario, los procesos cognitivos señalados resultan más sencillos de evaluar.
Menos redes complejas
Dado que estas herramientas generativas aceleran la síntesis de grandes cantidades de información, cuando las usamos por sistema, estamos dejando de crear las redes cerebrales complejas que nos permiten precisamente ese esfuerzo de codificación y recuperación de la información.
Si los estudiantes delegan sistemáticamente en estas herramientas digitales, minusvalorando los procesos de memorización, el cerebro carecerá de la materia prima indispensable para generar redes complejas: en otras palabras, para poder pensar hace falta tener contenido sobre el que pensar; si no almacenamos nada, no tenemos con qué razonar. Al consumir respuestas automatizadas y listas para usar, se fomenta una actitud de aceptación pasiva.
Estimulación y atención
De la misma forma, la exposición repetida a un exceso de estimulación audiovisual podría debilitar los procesos de atención, específicamente, la atención sostenida o la vigilancia. El pensamiento crítico requiere contrastar evidencias y detectar sesgos o errores, lo cual exige ejercitar la memoria y sostener la atención. Si privamos al cerebro de este entrenamiento, no se formarán las redes neuronales complejas que garantizan su existencia.
Bajo la falsa premisa de que la información está siempre disponible, dejamos de intentar retenerla. En el caso de los estudiantes, los conocimientos y contenidos académicos son la materia prima indispensable para que puedan desarrollar el pensamiento crítico. En este sentido, usar la inteligencia artificial generativa sí es un factor que puede empeorar el desempeño académico y la capacidad crítica si no revalorizamos el entrenamiento cognitivo de base.![]()
Ángel Romero Martínez, profesor titular de Psicobiología, Universitat de València
Este artículo fue publicado originalmente en The Conversation. Lea el original.













