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Liudmila Inés Quincoses Clavelo nació en Sancti Spíritus en 1975. Posee una licenciatura en Educación, especialidad en Español y Literatura. También cuenta con tres másteres: Ciencias de la comunicación, Gestión de proyectos culturales y Acompañamiento.
Ha ejercido como promotora cultural y docente en su provincia natal y en Ciudad de México, donde vive desde hace varios años. Entre los numerosos reconocimientos obtenidos por su obra literaria se cuentan el Premio Internacional de Poesía Frente de Afirmación Hispanista (México, 1998), el Premio Mundial de Poesía Nosside, ganadora absoluta (Italia, 2003), y el Premio Naji Naaman, Literary Prizes (Líbano, 2025). Ha publicado numerosos volúmenes, principalmente de poesía.
Vamos al diálogo.
Narra brevemente cómo y cuándo ocurrió tu encuentro con la poesía
Nací en Sancti Spíritus el 4 de abril de 1975 con la mejor familia que me pudo tocar. En la cuarta villa fundada por Diego Velázquez. En la calle Maceo #1 Sur, entre Avenida de los Mártires y Dollz, donde todavía se encuentra la Escribanía. Esta ciudad tiene un encanto tremendo.
Me criaron mi madre y mis abuelos Inés y Raúl. Mi abuela, a quien todos le decíamos Tesso, me enseñó a leer a los cuatro años, así que a esa edad fui a la escuela. Mi madre siempre tuvo una biblioteca con libros que fueron dejando los habitantes de la casa, construida por mi familia cerca de 1845.
Así que esa colección, que ya era interesante, luego fue enriquecida por ella, que era una lectora voraz, y me inoculó el vicio de comprar libros, y así nació mi vínculo con la literatura. Yo escribía diarios, a los ocho años ya eran poemas que regalaba a mis amigas. Aunque durante mucho tiempo no fui capaz de nombrar aquello que me estaba sucediendo. Antes de entender la poesía como género literario, la experimenté como una forma de contar mi mundo. Lo que sí puedo decir con certeza es que nunca hubo, después de eso, un solo día sin ella: como digo siempre, no sé bien cuándo termino un libro y empiezo otro, porque estoy escribiendo poesía todo el tiempo.

¿Cuáles son aquellas lecturas que te nutrieron en los primeros momentos de formación?
Mi formación tuvo dos cauces que terminaron por convertirse en uno solo: el de la universidad, con la especialidad en Español-Literatura, y el autodidacta, que comenzó mucho antes con esa curiosidad que uno no sabe bien de dónde viene. Así fui descubriendo géneros, autores. Mis primeras lecturas fueron muy diversas. Leí poesía cubana y latinoamericana, pero también literatura universal. Me acompañaron José Martí, Dulce María Loynaz, Fina García Marruz, Eliseo Diego, Lezama, Virgilio Piñera, Gabriela Mistral, Alfonsina Storni, Delmira Agustini, Juana de Ibarbourou, César Vallejo, Federico García Lorca, Borges, Rilke y muchos otros autores.
Dulce María Loynaz y Fina García Marruz fueron particularmente importantes para mí, porque encontré en ellas una manera de convertir lo cotidiano, lo íntimo y lo espiritual en materia poética.
Después llegaron otras lecturas que ampliaron mi horizonte: Pizarnik, Saint-John Perse, T. S. Eliot, los místicos españoles, Madame Blavatsky, la filosofía. Siempre he pensado que mucho de la formación de un escritor depende de aquello que lee de manera aparentemente accidental. Hay libros que uno lee y olvida y hay otros que quedan bordados en nuestra alma. En mis libros hay citas de las lecturas que, ya en plena madurez, aún siguen acompañándome.
¿Participaste en el movimiento de talleres literarios en Cuba? ¿Cómo fue esa experiencia? ¿Contaste con algún escritor o instructor que guiara con acierto tus primeros pasos?
Sí, los talleres y espacios de intercambio literario fueron importantes en mi formación. En Cuba existía una tradición muy fuerte de talleres, encuentros, tertulias y concursos. Para una joven escritora, ese movimiento significaba encontrarse con otros que también estaban intentando construir una voz.
Aquellos espacios me enseñaron algo fundamental: que escribir no consiste únicamente en tener inspiración, sino en aprender a mirar, a corregir, a escuchar y a volver a escribir. También tuve la fortuna de encontrar personas que estimularon mi formación y que me hicieron comprender que la literatura debía asumirse con rigor.
Mi madre le llevó mis primeros textos a Reinaldo García Blanco y él, muy gentilmente, se acercó a mí. Me pasaba copias mimeografiadas de libros de Borges y de otros autores que no se habían publicado en Cuba. ¡Te imaginas! Y me invitó a un espacio lindísimo en casa de unos amigos donde nos reuníamos los miércoles a las 5:00 p.m.

Luego también comencé a ir al taller de la Casa de la Cultura, con el sabio Julio Crespo Francisco. Yo tenía 14 años entonces. Crecí con la generación de los 80 y eso fue para mí una experiencia de vida tremenda.
La literatura me regaló amigos entrañables: Alberto Sicilia, Sonia Díaz Corrales, Rigoberto Rodríguez Entrenza, Sigfredo Ariel, Arístides Vega, Norge Espinosa, Odette Alonso, Roberto Méndez. Ellos han sido y son una bendición en mi vida. Lo curioso es que cuando me gradué del Instituto Superior Pedagógico, hice mi servicio social en esa misma casa de cultura, y luego era yo quien organizaba los encuentros, debates de talleres; también fui directora del Centro de Promoción Literaria Raúl Ferrer, así que viví los talleres literarios desde las dos partes: como participante y luego como quien los organizaba y sostenía.
¿Cómo era la vida cultural en Sancti Spíritus cuando te empezabas a dar a conocer como escritora?
Sancti Spíritus era una ciudad pequeña, pero culturalmente viva. Mi abuela fue una mujer muy alegre, con una inteligencia natural tremenda; ella y mi madre asistían a todos los espacios culturales de la ciudad, y los museos abrían sus puertas a los escritores, a los artistas en general. Allí, siendo niña, conocí excelentes poetas; los escuché leer.
Mi abuela me llevó para que conociera a un poeta por primera vez. Yo estudié piano, y el director de la escuela de música, Juan Enríque Rodríguez Valle, a quien recuerdo con mucho cariño, organizaba tertulias donde tocábamos y leíamos poemas. Tierra de grandes trovadores, tocaban en los parques, en las casas. Se cantaba mucho, se llevaban serenatas. Se hacían los sábados de la plaza, donde actuaban el Septeto Espirituano y el Coro de Claves, único de su tipo en Cuba.
Cada barrio tenía su comparsa, su pasacalle. Se hacían ferias de arte popular. Y tuve la suerte de conocer a los más grandes escritores del país y escucharlos leer en las Jornadas de la Poesía Espirituana. Fue una fiesta poder conversar con Eliseo Diego, con Cintio y Fina, con Retamar, con Carilda, César López, Pablo Armando. Eso influyó notablemente en mí, en mis lecturas, en mi formación, en mi manera de proyectar mi vida y de asumir mi vocación de escritora. Su presencia, la lectura de sus obras, me hicieron comprender que la literatura debía asumirse con rigor.
Conservo de aquellos años el aprendizaje de la disciplina; pero sobre todo, la certeza de que un escritor necesita comunidad, lectores y diálogo. Viví esa época con mucha intensidad. Éramos jóvenes y teníamos la sensación de que la literatura podía transformar nuestro mundo. De alguna manera, la necesidad de crear la Escribanía Dollz nació también de ese deseo de abrir puertas y generar un espacio donde la cultura pudiera encontrarse con la comunidad.
¿Tienes o conoces alguna definición de poesía que exprese, aunque solo sea tangencialmente, tu relación con ese misterio anterior a la aparición de los géneros?
No sé si tengo una definición, tengo más bien una manera de dejarme encontrar por ella. La poesía te escoge a ti, no al revés. Te señala los motivos, hace que ciertas circunstancias relampagueen en la cabeza, y ese destello es lo que después se convierte en poema. Sueño los libros antes de escribirlos; ellos me sostienen a mí, no yo a ellos. Ese es el misterio: solo reconozco, cuando releo lo que escribí a mano, que ya hay un libro conformado.
Antes de que exista el poema, está el asombro. La poesía es ese instante en que algo del mundo nos toca de una manera inexplicable y nos obliga a buscar palabras. No siempre sé qué es exactamente aquello que origina un poema. A veces aparece como una imagen, un sueño, una pérdida, una calle, una casa. O sencillamente sientes la sensación del poema, como le llamo.
Vives años enteros y de pronto de algún recuerdo salta un verso. Yo soy una persona que escribe en cualquier parte; hasta en la cabeza escribo los poemas, y luego los paso a mano. Siempre en un cuaderno o agenda que cargo a todas partes y que mantengo cerca de mí; a veces de madrugada siento esa voz que me dicta los textos. Pero una de las más hermosas definiciones que he leído es, sin dudas, la que nos regalara el gran Eliseo Diego; la comparto con ustedes:
por selva oscura…
Un poema no es más
que una conversación en la penumbra
del horno viejo, cuando ya
todos se han ido, y cruje
afuera el hondo bosque; un poema
no es más que unas palabras
que uno ha querido, y cambian
de sitio con el tiempo, y ya
no son más que una mancha,
una esperanza indecible;
un poema no es más
que la felicidad, que una conversación
en la penumbra, que todo
cuanto se ha ido, y ya
es silencio.
¿Cómo caracterizarías tu poesía? ¿Se inscribe en algún movimiento o estética determinada? ¿Hay temas recurrentes en ella? ¿Según tu criterio, cuál es tu poemario más conseguido?
No creo que mi poesía pueda encerrarse cómodamente en una sola corriente estética. Mi escritura se ha ido construyendo a su propio ritmo, a partir de diferentes lecturas, experiencias y obsesiones.
En mi obra aparecen con frecuencia la ciudad, la casa, la memoria, la muerte, el cuerpo, la maternidad, los viajes, la identidad, la ausencia, la pérdida. Hay temas muy fuertes para mí: el exilio, la isla como añoranza, el tiempo y la búsqueda de lo sagrado.
He tenido la suerte de contar con un editor muy especial con quien he trabajado por años, el ensayista mexicano y presidente del Frente de Afirmación Hispanista Fredo Arias de la Canal. Le ha añadido una dimensión y ha hecho un estudio a partir de los elementos cósmicos y lunares que existen en mi poesía. He aprendido mucho de él; le agradezco su generosidad y su cariño.

Mi escritura se ha ido nombrando a sí misma con los años, casi siempre a través de los propios títulos de mis antologías editadas por el FAH: la Antología de la poesía tanática y cósmica (2002), la Antología de la poesía oral-traumática y tanática (2014) y, después, la Antología de poesía oral-traumática y lunar (2018).
Ahí hay ya una cartografía de mis temas recurrentes: la muerte y lo tanático, pero mirado no como fin, sino como territorio de conocimiento; lo cósmico y lo lunar, esa sensación de pertenecer a un tiempo más largo que el propio; y una dimensión “oral-traumática” que tiene que ver con la voz, con lo que el cuerpo y la memoria cargan y necesitan decir en voz alta. A eso se suman dos hilos que atraviesan toda mi obra: el viaje —Poemas de los viajes, 2006— y la ciudad, entendida siempre en diálogo con Sancti Spíritus, como queda explícito en Escritura de ciudad; y, en Plaza de Jesús.
Otro registro, el epistolar, conforma toda la Escribanía Dollz. Más que a un movimiento o escuela determinada, diría que mi poesía se inscribe en una tradición propia, muy personal, que algunos críticos han descrito como “neomisticismo”.
El libro que más me gusta es El libro de la espera, donde la maternidad adquiere una dimensión especial, y que describe un estado tan hermoso como es el de esperar el nacimiento de un hijo, que te completa y te ilumina, tanto o más que la propia poesía.
¿Qué ha representado en tu vida leer, escribir, compartir la poesía?
Ha sido, literalmente, mi antídoto. Empecé a fundar espacios para la escritura —la Escribanía Dollz— en 1994, en pleno Período Especial, en medio de las carencias y los altibajos de la patria. Escribir cartas de amor y poesía fue la manera que encontré de sostenerme en ese momento.
Con los años, eso no ha cambiado, solo se ha ampliado: escribir y compartir poesía es la manera en que respiro, en que vivo, en que consigo entender esta vida tan confusa. Compartirla —en talleres, en la radio, en el performance de las cartas de amor, en la docencia que ejerzo desde hace más de quince años. Ha sido, además, una forma de devolver eso mismo que a mí me sostuvo: convertir la escritura en un espacio de encuentro y no solo en un ejercicio solitario.
Leer me ha permitido vivir otras vidas. Escribir me ha permitido comprender la mía. Y compartir la poesía me ha permitido descubrir que aquello que yo creía exclusivamente personal puede convertirse en una experiencia colectiva. La poesía me ha acompañado en los momentos de felicidad y en los momentos más difíciles. Ha sido morada. También ha sido una forma de resistencia. Cuando escribimos, estamos diciendo que la sensibilidad todavía importa, que la memoria importa, que una palabra puede conservar aquello que el tiempo intenta apagar.
Tu primer título publicado es de narrativa: Donde se cuenta la historia de un hombre…, de 1991 (Editorial Luminaria, Sancti Spíritus, Cuba). ¿De qué trataba?
Fue mi primer acercamiento publicado a la narrativa y pertenece a una etapa muy temprana de mi formación. Era un libro en el que ya aparecía mi interés por la literatura fantástica y por esas zonas de la existencia donde la realidad y la imaginación comienzan a confundirse. Mirado desde la distancia, reconozco en aquel libro a una escritora que todavía estaba buscando su voz. Y eso también me resulta entrañable.
Los primeros libros conservan las preguntas que uno se hacía antes de encontrar algunas respuestas. La bibliografía de la época registra el título como Donde se cuenta la historia de un hombre que tenía un violín azul que despertaba la primavera (Editorial Luminaria, 1991). Lo que sí puedo situar con precisión es el contexto: lo publiqué a los dieciséis años y fue mi debut como autora antes de que la poesía se volviera, con el tiempo, mi principal asidero.
¿Qué es la Escribanía Dollz?
La Escribanía Dollz es el Centro Cultural Alternativo que fundé en Sancti Spíritus, Cuba, y que dirijo desde 1994. Dedicado a la promoción de la literatura, las artes plásticas y la cultura comunitaria, con su galería de arte Santa Bárbara, taller de grabado, biblioteca y sala de conciertos, además de talleres para niños, jóvenes y adultos, peñas literarias, exposiciones, murales a escala urbana y presentaciones editoriales.
Tuve esa idea en pleno Período Especial; la gente estaba muy deprimida por los apagones y las carencias, entonces decidí hacer una suerte de experimento social. Me dediqué a escribir cartas de amor a todo el que lo necesitara. Colgué un cartel en la puerta de mi casa que decía: “Se escriben cartas de amor a cualquier hora; cartas de negocios y cartas de suicidas de 8:00 am a 3:00 pm.”

Esperé durante semanas, hasta que llegó el primer cliente. Fue como una manera de movilizar a la gente. Así comenzó una aventura que terminó convirtiéndose en mucho más que una Escribanía. Se transformó en un espacio cultural comunitario para el encuentro entre creadores y lectores. Mi casa siempre estaba llena de artistas y de escritores. Mi madre de pronto se vio viviendo en un centro cultural; le agradezco mucho su ayuda y su compromiso con todos nuestros proyectos.
Hacemos también un concurso internacional de cartas de amor desde el año 2000. Con este certamen hemos llegado a todas las provincias de Cuba, a las prisiones, y hemos recibido cartas de 22 países. La poesía como antídoto ante las carencias de aquellos años; de esa necesidad muy concreta —escribir para otros, prestar la palabra— nació después el performance Se escriben cartas de amor, que he realizado en doce países: Argentina, Venezuela, México, Perú, Bolivia, Sudáfrica, Italia, Francia, Alemania, Grecia, Estados Unidos y Cuba.
El proyecto tomó el nombre de una de las calles donde está situada: Dollz. Ese nombre terminó convirtiéndose para mí en una palabra cargada de historias, afectos y memoria.
La experiencia de escribir cartas para otras personas también me enseñó algo extraordinario: tener un lugar en la historia de dos personas es tener también potestad para cambiar esa historia. Agradezco a todas las personas que han pasado por ese espacio, a Julio Neira, que pintó cinco gráficas y organizó talleres de pintura con niños, murales en la cárcel. A Ángel Luis Montagne y Omar Fernández Galí. A mi madre, una excelente promotora cultural, a mi hija, a mi esposo Juan Manuel Romano y a tantos artistas que han pasado por esa casona colonial a lo largo de los años. Ahora es patrimonio de la ciudad y su gente.

¿Sigues al frente de la Escribanía? ¿Cómo le haces?
La Escribanía es parte esencial de mi identidad, aunque mi vida actual transcurre también en México. Mantener vivo un proyecto cultural durante tantos años requiere perseverancia, imaginación y mucho amor. La Escribanía nunca fue solamente un lugar físico. Es, sobre todo, una manera de entender la cultura como encuentro, como servicio y como posibilidad de acompañar a otros mediante la palabra. Durante todos estos años ha cambiado de formas, ha atravesado circunstancias distintas y ha conocido otros territorios, pero su esencia permanece.
Actualmente, el artista de la plástica Omar Fernández Galí dirige nuestra Galería Santa Bárbara; se realizan exposiciones y talleres, y funciona como aula para alumnos de pintura y escultura. Sirve, además, de subsede de diferentes eventos como, el salón de miniaturas. Allí tenemos permanentemente a nuestro promotor cultural Marcos Ramos Catoni.
Y, por supuesto, a los poetas. Lo más sorprendente es que este grupo de escritores ha sentido que pertenecen a la Escribanía; la han hecho su casa. Le agradezco a Dalila León y a Lázaro Bonachea por seguir invitando a los creadores a su peña Luz Indómita y al taller literario. Gracias por mantener vivo el espíritu de esa casa, que es la casa de todos los escritores cubanos, estén donde estén. Gracias por seguir escribiendo, aun en circunstancias tan difíciles.

Entonces decreto que en un futuro no tan lejano podremos organizar un festival de poesía, escucharnos presencialmente, invitar a tantos amigos que quieren reconstruir Cuba a partir de la fuerza esencial que ejerce la cultura. Gracias a los poetas de la Escribanía Dollz y, por supuesto, al influjo de nuestra Villa del Espíritu Santo.
El 4 de abril de este año 2026 inauguramos una sede de nuestro proyecto también aquí en la CDMX. Quiero invitar a todas las personas interesadas en la literatura a seguirnos en nuestras redes sociales. Tenemos dos canales de YouTube y transmitimos en vivo cada martes y jueves a las 6:00 p. m.:
Escribanía Dollz Liudmila Quincoses
Vida de escribana Liudmila Quincoses
Centro Cultural Alternativo Escribanía Dollz [Facebook]
¿Cuándo y en cuáles circunstancias te radicas en México? ¿Cómo fueron los primeros tiempos? ¿Te consideras totalmente asimilada por la vida cultural de ese país?
Mi primer viaje fuera del país fue a México, en 1998; vine a recibir el Premio de Poesía del Frente de Afirmación Hispanista, que promovía poetas jóvenes en toda Latinoamérica y de España. Así conocí al señor Fredo Arias de la Canal. Presentamos una antología de nueve poetas cubanas, viajé junto a Carilda Oliver Labra y a Lalita Curbelo e Ileana Álvarez.
Luego vinieron otras invitaciones a participar en festivales de poesía en diferentes ciudades y tenidas poéticas en la Casa Cultural de Valle de Bravo. Lugares entrañables para mí. Pero no fue hasta 2013 que regresé ya con intenciones de quedarme a vivir largos períodos de tiempo.
Me casé con un hombre maravilloso que, dicho sea de paso, me apoya siempre en todos mis proyectos; tenemos una hermosa familia junto a mi madre y mi hija, que también ha sido para mí una bendición y un constante apoyo y a quien le agradezco siempre su optimismo y su ayuda. Así fue como decidí quedarme a vivir en este asombroso país, que tanto quiero. México llegó a mi vida como un nuevo territorio y al mismo tiempo como una posibilidad de continuidad.
Los primeros tiempos fueron de adaptación. Todo traslado implica comenzar nuevamente: reconocer calles, construir vínculos, encontrar espacios y aprender otras maneras de relacionarme con la vida cultural. Por eso siento que México me ha recibido con generosidad. He encontrado lectores, escritores, editores, artistas, espacios donde mi obra ha podido continuar su camino.
Nunca voy a dejar de sentirme cubana ni de añorar Cuba. La identidad no funciona para mí como una frontera cerrada. Soy una escritora cubana que vive en México y que ha aprendido a dialogar con una cultura distinta sin renunciar a las raíces que constituyen mi imaginario.
En marzo de 2023, el Senado de la República de México te señaló como “Mujer del año”. ¿Qué significa esa distinción? ¿Qué los llevó a otorgarte ese reconocimiento?
El premio lo otorga la Fundación Cuadros y Rostro cada año a mujeres notables, no solo de México, sino del mundo. Recibir ese reconocimiento fue una confirmación de que el trabajo cultural sostenido puede trascender el ámbito estrictamente literario. No solamente fue a mi trayectoria como escritora, sino también a la labor cultural que he realizado como promotora y creadora de espacios para la palabra.
Para mí los reconocimientos son importantes, pero tienen un significado mayor cuando se convierten en una responsabilidad. Recibir una distinción implica preguntarse qué más podemos hacer por la cultura, por los lectores y por los jóvenes escritores.
Ese fue un tiempo especialmente generoso en reconocimientos: el 13 de junio obtuve otro reconocimiento, “Mexicana universal”, por mi aportación a la cultura de este país, y en medio, participé en la Cumbre Mundial por la Equidad, Cultura, Diversidad, Derechos Humanos y la Paz.
Creo que lo que se reconoció ahí no fue un libro en particular, sino más de treinta años sostenidos de trabajo cultural: la Escribanía Dollz y todo lo que representa como espacio comunitario, el performance de las cartas de amor, la docencia, la edición y la promoción de la poesía cubana e iberoamericana desde México.
¿Piensas/sueñas frecuentemente en/con Sancti Spíritus? ¿Qué relación afectiva tienes con esa ciudad? ¿Hay algún lugar de allí que prefieras sobre los demás?
Sancti Spíritus no es solamente una ciudad a la que recuerdo: es una ciudad que llevo en mi alma. Aun cuando hace años que ya no vivo físicamente ahí, casi todas las noches sueño con mi villa del Espíritu Santo.
He viajado y vivido en otros lugares del mundo, pero en cada ciudad siempre encuentro algo de Sancti Spíritus. En otros sitios he visto calles, plazas, iglesias, casas o rinconcitos que de pronto me devuelven a ella. Aparece constantemente en mis poemas. Puedo estar en Berlín, París, Florencia, Venecia o Buenos Aires y, sin embargo, encontrar de pronto ese olor, la luz o la memoria de Sancti Spíritus.
Eso es lo que significa una ciudad natal cuando se convierte en materia literaria. Si tuviera que elegir un lugar preferido de Sancti Spíritus, elegiría siempre mi casa, mi Escribanía. Ese es mi sitio favorito en el mundo. Viva o muerta, siempre voy a regresar ahí.

Comparte con nuestros lectores cinco de tus poemas que creas que te expresan a cabalidad.
Elegir cinco textos es una tarea difícil porque cada poema representa una zona diferente de mi vida y de mi escritura. Yo propondría seleccionar textos que permitan mostrar cinco dimensiones de mi obra:
“De retorno a la normalidad”, por su relación con la identidad, la memoria y las fracturas interiores. El poema aparece publicado por varios lugares y forma parte de mi universo de escritura sobre la ciudad, la casa y el desarraigo.
Un poema de El libro de la espera, que represente la maternidad y la experiencia trascendente que supone esperar la llegada de otra vida.
Un poema de Plaza de Jesús, relacionado con la ciudad, la memoria y el espacio de la Villa del Espíritu Santo.
Un poema de Los territorios de la muerte, para mostrar la dimensión tanática y metafísica de mi escritura.
Un poema de Escritura de ciudad, porque ese libro resume veinte años de desplazamientos, ciudades, memorias y experiencias.
Más que elegirlos por su calidad literaria, los escogería porque juntos pueden ofrecer un mapa de mi poética: la casa, la ciudad, el cuerpo, la maternidad, la muerte, el viaje, la memoria y la búsqueda de lo sagrado.
Allá vamos.
De retorno a la normalidad (fragmento)
La línea del error cruza mi pensamiento,
entre dos espejos opacos amanece,
mi pensamiento abismo abajo siente la noche.
Como única salvación van mis dos patrias
con sus cabezas sobre bandejas.
La claridad me abraza,
podría volver si definiera línea tras línea el vacío.
II
En el callejón del suspiro siempre hay mendigos
buscando en la basura,
registran los paquetes y guardan algo para después;
buscan cosas que milagrosamente
han permanecido casi intactas,
ellos recogen y clasifican nuestra historia.
La historia de la ciudad la salvan los mendigos.
El libro de la espera
Te anuncian y ya vienes,
te sacan de mi cuerpo en ese instante
en que la noche del útero se abre,
allí donde habitabas.
Han abierto como en pétalos de sangre mi vientre,
conoces por fin la luz,
vuelves los ojos encendidos al mundo deforme.
Veo que balancean de lejos tu cuerpo,
te oigo llorar.
Llegas, tus manos se aferran,
esos pequeños dedos buscan asirse,
encuentran por primera vez otras manos,
el llanto es tan fuerte.
Hago lo que las mujeres han hecho desde tiempos remotos,
te calmo con mi pecho,
sorbes la leche,
siento tus labios y tu cuerpo arder en mí.
Lo primero que escucho después de tu nacimiento es la lluvia.
Las luces del quirófano han sido apagadas
y juntas por primera vez
escuchamos el hermoso sonido de la lluvia.
Celebramos en silencio el milagro de encontrarnos.
Los territorios de la muerte
La estrella en el cielo, los tres magos
Te escribiré una carta de amor en la penumbra,
solo con mis uñas rasgaré las letras.
Lloraré y las lágrimas lamerán mis sueños,
mis alucinaciones de loco moribundo.
He creído en Dios pero Dios no me salva,
no me trae tus manos para que me alivien.
Te escribiré una carta así sin luz apenas.
Una historia en la noche cerrada resplandece,
su luz es una estrella que seguirán los magos hasta cualquier cueva.
Te escribiré una carta y moriré tranquilo,
en este extraño sitio que huele a misterio.
Es mi destino desaparecer sin verte.
De en medio de los muertos volveré por ti.
Alguien ha cerrado las ventanas a la plaza
Hay una plaza inmensa allá afuera.
Me separan de ella las ventanas,
la madera antigua con que fueron hechos los postigos.
Ya no veo la plaza, ahora la imagino.
Ahora sé por qué ha resistido tantos años.
Está hecha de nada,
de recuerdos que le dan forma.
Y uno puede quitar las rejas, las estatuas,
quitar la plaza.
Caminar sobre la tierra espesa.
Mirar la iglesia, la torre, el campanario,
sentir el ruido del bronce que ahuyenta a las palomas.
Mirar la plaza de lejos sobre el puente,
regresar luego a los arcos, a los portales.
Regresar a esas ruinas que aún no fueron fundadas,
regresar a uno mismo.
Y abrir los ojos, las ventanas,
caminar luego por la plaza.
Palparla tal como es, volver a hacerla,
morirse de viejo, fundarla.
Morada para el ángel
Entre las tejas y el suelo
el trono del ángel,
la luz que penetra por el caballete
lo bendice.
En las ruinas busca antiguos juguetes,
un mensaje oculto,
alguna invocación.
Ha venido a invitarme a su estancia,
yo he visto el ángel
desnudo y temblando,
sobre la cama resplandece su cuerpo,
de rodillas me ha dejado besarle los pies.












