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Pienso que la obra producida a lo largo de este año por Roniel Llerena (La Habana, 1988) bien hubiera podido reunirse bajo el título de Diálogos imaginarios, en alusión al ejercicio matemático que consiste en crear dos personajes ficcionales que se enfrentan en el intento de dar con la solución de un problema nunca antes despejado.
En estas piezas, Roniel interpela a diferentes momentos del arte, alude, aunque solo sea tangencialmente, a obras fijadas como clásicas, dialoga con creadores de contextos y disciplinas no interrelacionados (Mariano Azuela, Los de abajo, 1916; Jorge Semprún, El largo viaje, 1963; Andrzej Wajda, Paisaje después de la batalla, 1970…). El problema a resolver es la salida a la dura cotidianidad de los pobladores de este archipiélago, sumergidos en una crisis total, de devastadoras consecuencias.

Roniel ha pintado el paisaje humano más desolador de su entorno: la mendicidad, fenómeno que reaparece en nuestro país después de décadas de haberse dado por erradicado. Seres del subsuelo, los representados aquí, hombres y mujeres que quedan muy por debajo de la base en la pirámide social, aquellos que hurgan en los contenedores desbordados de basura para encontrar algún ¿alimento?, y son sometidos a la invisibilidad, cuando no al desprecio de una parte de la población y de quienes pretenden regir nuestros destinos.
Es particularmente significativo que haya tomado como referencia para sus creaciones a los realistas rusos, con Iliá Repin (1844-1930) a la cabeza. “La larga marcha” cita casi milimétricamente a “Los sirgadores del Volga”. En un alarde posmoderno, el cubano, a diferencia del ruso, pone a sus personajes a tirar de algo que ni ellos ni nosotros sabemos qué es. Si aquellos intentaban arrastrar desde la orilla una barcaza, estos han llegado al límite de un abismo. Un paso más en esa dirección los conducirá a la catástrofe.

Nuestro artista trabaja con un sector de Centro Habana a la vista. A través de los cristales de su estudio ve desfilar a los protagonistas de sus piezas. Para entrar y salir debe sortear numerosos basureros, a los “manteros” que han colonizado las aceras y en sus colchas deshiladas exhiben la magra mercancía, restos de diferentes naufragios, testimonios de vidas extinguidas: un portarretrato desconchado, un mando a distancia ruso, una caja de colores con solo tres lápices, hojillas de afeitar de los años 60 (las llamadas “Unidad por la paz”), vasos con la efigie de Camilo, un peine al que le faltan dientes… Lo que algunos podrían denominar vintage, para nosotros es, simplemente, miseria…

Me llaman la atención dos obras: “Pescador sin fortuna” y “Ponerse en los zapatos de los otros”, sin duda dos excelentes piezas no exentas de ironía. El pescador, presumiblemente un héroe de guerra, ensarta en el anzuelo una medalla; a su lado, un cubo que contiene espinazos de peces, la abundante captura del día.

“Ponerse en los zapatos…” presenta a un hombre con ambos pies amputados; de los muñones cuelgan diversos zapatos impares. En su desesperada situación, no puede sino ponerse una bota en la cabeza, cualquier cosa que ello signifique. En condición de subsistencia, no se le debe pedir al sujeto compañerismo, fraternidad, adhesión ni ningún otro sinónimo de solidaridad. Hundido en un presente del que no encuentra salida, no está como para “entretenerse” asumiendo los problemas de sus pariguales, los otros. Su soledad es exclusivamente suya, y nadie aparecerá para compartirla.

Los curadores de Los de abajo apostaron por la sobriedad y la contención. Si bien el tema es duro, el conjunto, como relato, no está exento de belleza. Aquí se habla del dolor humano, de la degradación del sujeto a objeto (instalación “Bayetas”), del alcohol como ilusoria puerta de salida (“Disipar las penas”), de la falsa caridad (“Compasión”), del bufón que quiere satirizar, hacer filosofía de esquina con el desgarramiento de los que apenas les quedan manos para estrechar (“Ni pie ni pisada”).



En las tres piezas dedicadas a los “buhoneros” (serie “Llevar sobre los hombros”) aparecen como constante algunos muñecos japoneses que, en ciertos círculos, constituyen una marca de estatus, y que yo recibo como símbolo de la banalidad de estos tiempos, en que hasta el horror es susceptible de ser normalizado.



Roniel Llerena no planta una tesis. Tampoco es un moralista. Simplemente da testimonio de la crudeza de su tiempo. Y esto lo hace con solvencia técnica y elevado nivel estético. Arte para sentir, pero, sobre todo, para pensar.
Una exposición de primer nivel que no deberían perderse.
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Qué: Los de abajo, muestra personal de Roniel Llerena, curada por Jorge de Mello y Gabriela González.
Dónde: Casa Museo Oswaldo Guayasamín, Obrapía 111, La Habana Vieja.
Cuándo: Hasta el 30 de octubre de 2026. De lunes a viernes, de 9:00 a.m. a 3:00 p.m.
Cuánto: Entrada libre.











