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De mi generación, probablemente Luis Manuel sea uno de los autores que más ha escrito y publicado. Por su trabajo literario ha recibido una buena cantidad de reconocimientos, entre otros los premios David, Unión, Casa de las Américas… Por solo citar los concedidos en “el patio”.
Conocí su literatura en los albores, allá por 1985, cuando preparé la colección de jóvenes cuentistas cubanos Hacer el amor, por encargo de la casa editorial Abril. Me pareció entonces que su temperamento artístico se expresaba a través de la mirada lúcida de un hombre hecho a trasegar con las ciencias, lo que le daba un matiz singular entre los otros narradores convocados por mí: Leonardo Padura, Senel Paz, Miguel Mejides, Arturo Arango y Francisco López Sacha. Venturosa selección aquella, pues todos estos escritores devinieron figuras de primera línea dentro de la literatura nacional.
Hacer el amor tuvo una secuela: Deshacer el amor, publicado en 2010 por la editora de la Universidad Veracruzana [México]. Mismos autores, 25 años después, pero ahora con cuentos de desamor. Para la edición cubana de ambos títulos en un solo tomo, inevitablemente titulada Hacer y deshacer el amor (Ed. Unión, 2015), le pedí a los “encartados” que se recordaran a sí mismos en el año en que habíamos emprendido esta aventura intelectual, y que intentaran detectar qué quedaba aún de aquellos jóvenes que fueron. Entonces me dijo Luis Manuel:
“En 1985 acababa de cumplir 30 años. La adrenalina y la testosterona circulaban a tal velocidad por mi cuerpo que habría dado positivo en cualquier control antidopaje. (…) De pronto me sorprende, al afeitarme, ese viejo calvo que me mira desde el espejo con cara de yo no fui. Y lo peor es que él sí fue. Más allá de la imagen, de aquel joven queda una infinita curiosidad que no ha menguado con los años, la pasión por las palabras, la necesidad de seguir contando historias, el deseo de reinventarme cada mañana, de que algo nuevo me sorprenda, me emocione, me conmueva, me permita sentirme vivo y deudor de todos los hombres y mujeres que me han precedido. Y si en aquel joven hubo altruismo, ingenuidad, civismo y la vocación de ser honrado aun a riesgo de asumir las consecuencias, en este señor que me mira desde el espejo habita la misma vocación, aunque a sus sesenta años no es más tolerante (esa palabra mezquina), sino más abierto e incluyente: vivir en varios países y culturas ha expandido su cosmovisión y abolido muchos prejuicios de los que aquel joven adolecía.”
Poeta, narrador, periodista, geólogo, guionista cinematográfico, conferencista y académico, todo eso es este joven cubano-español de 72 años que se enfrenta, “a tiempo y sonriente”, al cuestionario que le extiendo ahora desde OnCuba.

Naciste “entre La Habana Vieja y Centro Habana”, el 1 de enero de 1954. ¿A la sombra del Capitolio?
Para ser exactos, nací en las Católicas Cubanas del Cerro. Supongo que allí pasé el tiempo indispensable para que mi madre se repusiera del parto. Hasta los 24 años viví en la casa de mis padres, a una cuadra del Prado. Cada mañana mi primer paisaje era azul: el oleaje del Caribe contra el faro del Morro. De noche me bastaba contar, en lugar de ovejitas exóticas, los rafagazos de luz en la pared contigua a mi cama. Dos destellos seguidos y un intervalo de 15 segundos hasta los dos siguientes. Mis sueños infantiles no encallaron gracias a los destellos del faro. Mi ventana daba directamente a la azotea de la embajada española en La Habana. Otro anticipo del porvenir.
¿Cómo era la vida de tu familia antes de 1959?
Mi padre era especialista en ingeniería de Maquinaria Canímar, subsidiaria de la estadounidense Link-Belt, situada en Morro entre Refugio y Trocadero, frente a la estatua de Zayas. Y mi madre era secretaria en el Banco Nacional. Vivíamos alquilados en un apartamento no demasiado grande, con teléfono, televisión, un Chevrolet de 1955 y una empleada del hogar que ayudaba a mi abuela en las labores de la casa. Clase media baja.
Más allá de lo económico, todos los días me congratulo de que mis padres me concedieran el lujo de una infancia feliz. Solíamos viajar por Cuba de vacaciones y, los fines de semana, a la finca de mis tíos en las afueras de Santiago de las Vegas. Un rito dominical que se interrumpió a mediados de los 60. Cumpliendo una tradición de los últimos 66 años, la mitad de mi familia, incluida una larga saga de primos, emigró a Estados Unidos, mientras la otra mitad mantuvo una fe incombustible en lo que, para abreviar, llamaremos Revolución. Mi infancia terminó en 1968, cuando mi madre murió de cáncer antes de cumplir los 40. Una orfandad que nunca ha suturado.
El triunfo de la rebelión te sorprende con cinco años. ¿Cuáles son tus recuerdos más antiguos de la nueva etapa que se inauguró en Cuba con la instauración del Gobierno revolucionario?
El primero de enero de 1959, coincidiendo con la huida de Fulgencio Batista y el triunfo del Ejército Rebelde, cumplí cinco años. De ese día, mi único recuerdo es una dolorosa quemadura en los dedos de la mano derecha al manipular fuegos artificiales. Premonición del tiempo que me tocaría vivir: de no manipularlo con cuidado, me quemaría los dedos. Ese día o poco después, mi padre salió con una mandarria a destrozar parquímetros y yo fui detrás con un saco recogiendo monedas. A hombros de un tío vi pasar la comitiva rebelde camino al Campamento de Columbia, hoy Ciudad Libertad. Pero la nueva etapa traspasó la frontera entre el espacio público y el privado con la sorpresiva desaparición de mis primos, inexplicable hasta mucho después.
Estudiaste en Vento, centro educacional para niños de altos coeficientes de inteligencia.
La Escuela Vocacional de Vento fue el prototipo de la Vocacional Lenin, que se fundó estando yo en la universidad. Allí tuve una excelente plantilla de profesores. A ellos, mi gratitud. Un programa muy exigente me preparó para cursar la universidad sin tropiezos. En muchas escuelas en el campo comenzaba a proliferar el llamado “promocionismo”, pero Vento fue ajeno a esas prácticas. Durante esos años, como todos mis contemporáneos, corté caña, recogí papas, exterminé bibijaguas, chapeé y guataqueé suficientes hierbas para abastecer una vaquería durante varios años, fui perforador de petróleo y de minerales, pero lo que detestaba era estudiar internado, el confinamiento con pases cada dos semanas.
Subíamos a fumar en la azotea y ver la libertad de lejos: los autos que pasaban por la Avenida de Rancho Boyeros. Pero nadie me obligó. Fue mi decisión. Al matricular allí, quedé exento del Servicio Militar Obligatorio, que hubiera significado dos años de retraso en mi vida académica. Desde entonces odio la disciplina militar: ser un tornillo de la gran maquinaria. Una vida signada a golpes de trompeta desde que Fidel obsequió a la escuela un disco con los toques de diana del Ejército Libertador.

En Vento comenzaste a “cometer” poemas. ¿Cómo un pichón de bardo deviene ingeniero geólogo para, unos años después, volver a “ensimismarse sobre la página en blanco”?
De niño, soñándome un Tom Sawyer del Almendares, escribí un diario en cuadernos de tapas naranja. Mi maestra de quinto grado vaticinó que me dedicaría a las letras, pero yo aspiraba a ser científico y, armado con un peligroso Manual de Ciencias de la UNESCO, realicé experimentos que terminaron en humaredas, butacas incendiadas y vapores irrespirables. Desde entonces data mi vocación dual por las ciencias y las letras.
En Vento ingresé al círculo de interés de Geología, al tiempo que garabateaba mis primeros poemas y los destruía a la misma velocidad. Quizás mi incipiente vocación literaria sea un mal pasajero, como el acné, pensé entonces. Comprobada mi vocación por la intrahistoria del planeta, calculé: si mi destino fuera la literatura, regresaría a ella estudie lo que estudie. En cambio, si el futuro filólogo descubriera que su verdadera vocación era la Geología, al ser una disciplina técnica, tendría que volver atrás y estudiar otra carrera.
Me gradué de ingeniero geólogo en 1977. Nunca me arrepentí. La ciencia me ha otorgado métodos, disciplina y una mirada analítica de la realidad. Años después cursé en la Universidad Complutense un máster en Estudios Literarios. Eso me permitió dar clases de Literatura y Filosofía. La bipolaridad vocacional parece hereditaria. Mi hija es licenciada en Matemáticas y ejerce como profesora de yoga. Mi hijo estudió Sociología y, tras un máster de Modelos matemáticos, es ahora data scientist.
En tu síntesis biográfica se consigna que en 1980 se propuso tu expulsión de las actividades docentes. ¿Qué sucedió? ¿Cómo eludiste el “castigo”? Sé que mucho de esto está contado en tu novela Bitácora del silencio (2012).
En la Facultad de Tecnología del Centro Universitario de Pinar del Río impartí ocho asignaturas, fui miembro del Comité Científico, dirigí una investigación e implanté las prácticas itinerantes. Como recompensa, en 1980 propusieron al rector mi expulsión invocando el Decreto Ley n.º 34, sobre “Conductas incompatibles con la función docente”, acusado de “problemas ideológicos”. No solo me expulsarían de la universidad, sino de mi vida profesional en un país donde existía un único empleador.
En realidad, mi “problema ideológico” era creer que la Revolución era patrimonio de todos los cubanos, ciudadanos de pleno derecho, y no meros sujetos estadísticos sometidos a la voluntad divina. Confundí la mitología con la realidad: critiqué abiertamente prácticas fraudulentas, desvío de recursos, uso indebido del transporte y defendí el derecho de un estudiante católico a participar en mi investigación.
Tal era mi ingenuidad por entonces que en 1978 me presenté en el Comité Militar para enrolarme voluntario en la guerra de Angola. Detener la expansión del apartheid, devolver la sangre con la sangre a millones de africanos que edificaron América contra su voluntad. Por suerte, como pude comprobar en 1985, cuando viajé como periodista a Angola, nunca me llamaron. Mi gesto, acudir voluntariamente a un trabajo voluntario, resultó sospechoso.
Ante la propuesta de expulsión, apelé a todas las instancias con una persistencia de náufrago. Desde marzo de 1980 hasta finales de julio, el Partido en la Facultad me condenó al silencio: ni alumnos ni profesores podían dirigirme la palabra o escuchar las mías. Eso provocó situaciones macabras, inverosímiles y grotescas de las que doy cuenta, como dices, en Bitácora del silencio con altas dosis de ironía y humor. El rector, sopesando que mis evaluaciones eran excelentes con el aval del sindicato, el departamento y los estudiantes, y mi solicitud al MININT de que se investigaran las irregularidades, no aprobó la expulsión; con la condición de que “voluntariamente” solicitara mi traslado. Por el contrario que en el Comité Militar, mi voluntariedad no resultó sospechosa.
Durante el trabajo de campo para el Mapa geológico de Cuba, tuviste la oportunidad de recorrer la isla de un extremo a otro. ¿Qué fue lo que más te interesó del paisaje humano que ibas “descubriendo”?
Entre 1980 y 1984 trabajé en el Centro de Investigaciones Geológicas. Dirigí el proyecto “Estratigrafía de las cuencas superpuestas de Cuba central” y fui miembro del Comité de la UNESCO para la Correlación Estratigráfica del Caribe. Durante el trabajo de campo para el Mapa Geológico de Cuba, efectivamente, tracé mi propio mapa físico y humano del país, que más tarde complementé como periodista. Un paisaje marcadamente diferente entre el Pinar del Río blanco y tabacalero, al sur, y el azucarero y plurirracial al norte. Los bateyes de antillanos en Camagüey, veteranos del Canal de Panamá. Los poblados haitianos. Los caimaneros de Jacksonville. El aislamiento secular de Maisí y La Bajada, en Guanahacabibes. Los cafetales franceses en la Sierra Maestra. La colonia japonesa en Isla de Pinos. Los deportados del Escambray en Ciudad Sandino. La familia Rojas, descendiente de los taínos. La colonia sueca en Bayate. Hershey, el Barrio Chino, la rusa de Baracoa. Remedios contra los demonios y el origen de Santa Clara. Y mucho más. El ajiaco de ADN y tradiciones. La espiritualidad sincrética de los cubanos.

¿Posee Cuba las tan codiciadas tierras raras de que tanto se habla?
Como sabrás, las tierras raras aparecen en proporciones mínimas y su minería es rentable solo ahora, dado su enorme valor para la electrónica. Es muy posible que existan y que hasta hoy hayan sido tratadas como impurezas, como el cobalto en la cuenca Moa-Nicaro. Pero no soy una fuente fiable. Llevo más de 40 años desvinculado de la geología.
En 1984 pasas a formar parte del equipo de la revista Somos jóvenes, cuyo director era por entonces Guillermo Cabrera Álvarez. ¿Qué representó para el ingeniero geólogo integrarse a un medio entre los más leídos en su momento?
Trabajaba como geólogo de 8 a 5 y escribía, con la dedicación proletaria que exige la narrativa, hasta las dos o las tres de la madrugada. Ante la perspectiva de morirme de sueño, cambié radicalmente de profesión. Entré a Somos Jóvenes a instancias de su director, a quien conocí años atrás, cuando les preparé la ruta desde el nacimiento del Toa a la desembocadura, y los acompañé en la aventura. Dispondría de horario abierto y confiaba en la transfusión de realidad entre periodismo y literatura.
Escribir contra fecha de cierre y límites de extensión, alcanzar a un público joven en condiciones de libertad vigilada: la censura de 250 mil ejemplares mensuales es mucho más acuciosa que la de un poemario o una novela. La redacción era un sitio acogedor donde se respiraba una distendida camaradería y buen humor. Hasta 1986 hicimos un periodismo refrescante y digestivo, que cambió radicalmente en 1987, un año clave para mí por varios motivos.

En 1987 se publicaron Los amados de los dioses (premio David de cuento, 1984), Los forasteros (premio UNEAC, 1986) y El planeta azul, cuentos para niños, mi particular ejercicio de gratitud hacia la geología. En 1987 nació mi primera hija, y todo cambió en Somos Jóvenes. Tiempos de glasnost y perestroika en la casa matriz del socialismo, y de “rectificación” en el patio. Desde el poder se pedía una prensa comprometida con la denuncia de los “errores y tendencias negativas”.
Aquello despertó esperanzas de regeneración cívica hacia un socialismo participativo, transparente, democrático y eficiente. Habituada a su tradicional obediencia, la prensa se sumó tímidamente al movimiento contestatario de los artistas plásticos, la iniciativa Paideia y un debate ideológico en sintonía con la renovación soviética. Pero Somos Jóvenes se lo tomó en serio. Comenzó con una larga entrevista a Roberto Robaina, quien cambió el look (solo el look) a la fosilizada Unión de Jóvenes Comunistas. Emprendimos decenas de trabajos que se adentraban en zonas oscuras e intocadas de la realidad nacional. Pero la fiesta concluyó en septiembre de 1987, tras el número 93/94.

A pesar de tu extensa obra publicada en Cuba, eres recordado como el autor del reportaje “El caso Sandra”. Cuéntanos lo que sucedió alrededor de la publicación de este texto.
En el número 93/94 [de Somos Jóvenes] aparecieron dos artículos míos: “El caso Sandra” y “Fraude ¿académico?”, sobre el fraude escolar promovido con intenciones estadísticas. No se circunscribía a lo académico. Era un reflejo del fraude mayor: el divorcio entre discurso y realidad, para educar a las nuevas generaciones en la simulación y el oportunismo. Un problema medular y de mayor calado, pero el que despertó más interés en los lectores, y más alarma en el poder, fue “El caso Sandra”, al ser el primer testimonio periodístico de la prostitución y su entramado, un fenómeno que es ya parte del folklore nacional. Los 250 mil ejemplares se agotaron en cuestión de horas.

¿Era Sandra un personaje real o el compendio de varias entrevistadas?
Sandra no es su nombre real, pero sí es una persona concreta. La conocí en el lobby del Capri mientras buscaba, con escasa suerte, jineteras que se dejaran entrevistar. La invité incluso a comer en casa. Pensó que yo quería mojar mi pluma en su tintero, pero al llegar encontró a mi mujer, embarazadísima de mi primera hija, preparando el almuerzo. La condición de Sandra fue no grabar y omitir nombres propios. Introduje pinceladas de otras entrevistadas, que conocí gracias a ella, para enmascarar su identidad. Pero el 90 % de lo que se cuenta es personal, documental y documentado.
¿Tuvo implicaciones para ella la publicación de la entrevista?
Hasta donde sé, no tuvo implicaciones para ella. La publicación provocó reacciones encontradas: a la revista llegaron cientos de cartas y llamadas telefónicas. Se comentó que yo estaba preso, que la revista había sido clausurada y el director, destituido. En el extremo opuesto, que el artículo fue encargado por la dirección del Partido, y que Fidel en persona lo había aprobado, aunque todavía él no había alardeado públicamente de que en Cuba teníamos las prostitutas más cultas del mundo, geishas en tiempo de guaguancó.

¿Continuó por cauce normal tu trabajo en la revista después de ese suceso?
En noviembre, todos, excepto Guillermo Cabrera, fuimos citados a una reunión en el Comité Central con Roberto Robaina y Carlos Aldana. Objetivo: “Desinfectar” aquella redacción pendenciera. No esperaban que el staff, casi en pleno, 15 de 17, manifestara su corresponsabilidad. ¿Quién mató al comendador? Fuenteovejuna, señor. Sobre este tema, Froilán Escobar y yo acabamos de concluir a cuatro manos una novela corta, Reunión, que aparecerá el año próximo.
Aldana y Robaina ingresarían más tarde en la necrópolis de los cadáveres políticos, pero por entonces eran poderosos. Ante la inconveniencia de despedir a una redacción en pleno, nombraron directora a la única redactora que dijo “allí fumé”. La tirada íntegra del siguiente número fue convertida en pulpa. Incluía un reportaje mío, “Perseguirlo y aniquilarlo”, sobre los privilegios de la nomenklatura, con más de cien testimonios. Un artículo sobre la homosexualidad en Cuba desde varias perspectivas. Y un texto sobre el SIDA, secreto de Estado por entonces, con entrevistas que realicé en Los Cocos a internacionalistas retornados de Angola.
Guillermo Cabrera fue ascendido a la subdirección del diario Granma. Froilán Escobar fue removido de la jefatura de redacción y yo, condenado a escribir sobre planetas distantes e historia antigua, quizás para dejar constancia de mi “rectificación”. Todo suceso posterior a la Revolución Francesa era de candente actualidad y quedaría vetado para mí. Tres años después, en una reunión con los periodistas de la Editora Abril, el nuevo secretario de la UJC, un tal Continuo, diría de uno de aquellos artículos proscritos: “Qué falta nos hubiera hecho ese trabajo en su momento”. Claro que en su momento él, en persona, se ocupó de vetarlo. Yo me limité a mandarlo al carajo con mis mejores modales.
El reportaje sobre la homosexualidad en Cuba fue publicado en 1994, tras enterarnos por Fresa y Chocolate que existían homosexuales criollos. Comprendimos que las exhortaciones a un periodismo crítico no nos llamaban a la renovación, sino a otra forma de obediencia. Ser confinado a las misceláneas abolió mi interés por el periodismo en los medios estatales cubanos, pero me concedió mucho tiempo libre: dos años casi íntegros para escribir Habanecer, que obtendría en 1990 el Premio Casa de las Américas y el Premio Nacional de la Crítica. Lo más irónico es que la propia revista [Somos Jóvenes] convoca ahora cada año el Premio Sandra de Periodismo de Investigación.

Colaboraste con Tomás Gutiérrez Alea en el guion de un proyecto cinematográfico basado en El camino de Santiago, con narración de Alejo Carpentier. ¿Cómo fueron tus relaciones de trabajo con Titón? ¿Por qué ese guion no se llegó a filmar?
En los años 70 leí toda la narrativa de Alejo Carpentier. Me abrió los horizontes del continente americano, pero, sobre todo, una nueva dimensión de la palabra, que me ha acompañado desde entonces. Veinte años más tarde, tuve la oportunidad de trabajar dos días por semana con Titón en el guion de El Camino de Santiago.
Además de su magisterio en la alquimia de convertir palabras en progresión dramática y paisaje visual, conversamos largamente sobre la parcela de historia que nos había tocado vivir, a él más que a mí. Pude entrever el drama de un hombre que invirtió todo su talento en el proyecto de un mundo más justo. Incluso defraudado, se negó a abandonar. Y no por fidelidad mal entendida, patriotismo miope o una fe ya caducada. Por integridad. Un faro de resistencia frente al naufragio.
Titón siguió buscando financiación, pero El Camino de Santiago sería una película de época, cara. La muerte llegó antes. En la primavera de 1996 recibí la noticia. Diecisiete años después, tras un mes y 760 kilómetros de andadura desde Roncesvalles, cerré en Santiago de Compostela el ciclo que se abrió cuarenta años atrás en La Habana. Bajo la Vía Láctea, la crónica del camino y la crónica de ese viaje en el tiempo aparecerán el próximo año.

Eres autor de novelas, cuentos, crónicas, poemas… ¿En cuál género te sientes más a gusto? ¿En qué zona de tu obra te sientes mejor representado? ¿Te consideras un poeta, o un escritor que, entre otras cosas, escribe poesía?
Comencé garabateando poesía, como cualquier adolescente, pero solo descubrí mi incurable vocación por las palabras cuando escribí mi primer libro de cuentos, Sin perder la ternura, en 1981. Tanto, que cambié radicalmente de oficio, para consternación de mi familia.
Soy un escritor al que ocasionalmente, en momentos particularmente emocionales, visita la poesía. He escrito cada uno de mis tres poemarios de un tirón, sin mirar atrás, y a diferencia de la narrativa, ya vienen en su envase definitivo. Siento un infinito respeto por los poetas que padecen esa pulsión toda su vida. No es mi caso.
He publicado cinco novelas y he terminado otras dos. Sus temas me exigían formatos más extensos. Pero donde me siento más confortable es en el cuento. Sin contar antologías y recopilaciones personales, he publicado ocho volúmenes de cuentos y otros dos aparecerán el próximo año. Cada cuento es una aventura, un estallido que se gesta sin darte un respiro hasta el punto final. Exige un blanco bien definido, pero la trayectoria de la flecha puede ser sinuosa siempre que alcance su objetivo con la máxima precisión. Se escribe como un poema, pero se reescribe como una novela bonsái.

El cuento te obliga a no desperdiciar ni una palabra. A veces, entre la escritura inicial y la publicación transcurren varios años y decenas de revisiones. Armar un libro de cuentos es una labor de alta costura. Cada historia debe sorprender al lector, pero, al mismo tiempo, debe percibir que ese y no otro es su lugar en el libro. Sé que en la industria editorial los cuentos no son el género más comercial, pero la felicidad de escribirlos no tiene precio. A mí, como a Sherezada, los cuentos me han salvado la vida.
Te estableciste con tu familia en España en 1994 y, al poco tiempo, asumiste la condición de exiliado. Como dijo Nazim Hikmet, ¿es duro oficio el exilio?
Aunque como escritor nunca fui censurado, al ser un periodista condenado al divertimento, me sentía el médico que diagnostica como resfriado la trombosis a la señora República. Una vieja amiga a la que no veía desde mis tiempos de geólogo, al saber que era periodista, me preguntó: “Y no te da vergüenza?”. Supe que debería avergonzarme. La alternativa a la cárcel interior habría sido la cárcel, como se demostró en la Primavera Negra (2003).
Por eso, cuando en Murcia un jurado presidido por José Hierro, futuro Premio Cervantes, otorgó a Un asombro pendiente el Premio Antonio Oliver Belmás, decidí la tercera vía. En agosto de 1994 emigré a España con mi esposa y mi hijo pequeño. Seis años después, mi hija mayor se reunió con nosotros. Emigrar fue mi decisión. El exilio, no. Y fue posterior.

Desde que los primeros homínidos se arriesgaron a abandonar el sur de África, emigrar es un deporte de riesgo. Llegar a un país ajeno sin casa ni trabajo, con dos maletas y un niño fue muy duro. La ausencia de redes familiares y sociales. La lenta aprehensión de los códigos locales. La familia distante y dispersa. Los amigos ausentes. Pero también la solidaridad de una tierra donde nunca me he sentido extranjero, como si devolviera la visita de mis abuelos. Nunca nos hemos arrepentido. Ni en los peores momentos.

Soy un migranxiliado: un emigrante al que convirtieron en exiliado. En 1996 acepté la invitación de Jesús Díaz de integrar el consejo de redacción de la revista Encuentro de la Cultura Cubana. En 1998 intenté renovar mi pasaporte porque debía dictar en Suiza un ciclo de conferencias. En el consulado se cernía una espesa niebla sobre este asunto, ni sí ni no, y me recomendaron llamar a la UNEAC, donde me exigieron abandonar el consejo de redacción para desbloquear el pasaporte. Según ellos, “me estaban utilizando”.

Diez años como periodista en Cuba me habían enseñado el verdadero significado de “utilizar”. Como nadie desde La Habana paga mi casa, mi electricidad y mi comida, nadie puede manipularme con un mando a distancia; les respondí. Encuentro es un proyecto inclusivo donde no cobro nada, pero al que no voy a renunciar. De eso tampoco me he arrepentido, aunque ese día perdí mi condición de “cubano en el exterior” y me convirtieron en exiliado.
Lo reafirmaron en 2004, cuando me negaron el derecho a asistir a la presentación de mi libro El éxito del tigre en la Feria del Libro de La Habana. Desde 2002 hasta su desaparición en 2009 fui jefe de redacción de la revista Encuentro. En 2014 me reexilié en Houston, Texas, hasta 2018, cuando me ofrecieron impartir Lengua y Literatura, Filosofía y Teoría del Conocimiento en Toledo, España. Y desde 2024 hago creer a mis vecinos que estoy jubilado. No quiero darles envidia con esto de ejercer el mejor oficio del mundo. Confío en seguir escribiendo hasta que un día me quede tieso frente al teclado. Espero que sea en un punto y aparte.

¿Qué relación afectiva tienes con La Habana? ¿La piensas, la recuerdas, la sueñas?
Nací y viví en La Habana los primeros 40 años de mi vida. Allí pasé mi niñez, mi adolescencia, me hice adulto, tuve mi primer amor y el último, la mujer con quien comparto la vida hace 37 años. Cursé estudios universitarios, trabajé, cambié de profesión, nacieron mis dos hijos y mis primeros libros. Al abandonar el país en 1994, una buena parte de las cosas que marcan una vida ya estaban hechas. Y las hice en aquella Habana, una ciudad con una personalidad singular, abierta al mar y que podía ser tan acogedora como agreste, tan deliciosa como infame (aquellos mítines de repudio de 1980). Pero que siempre consideré mi ciudad, esa de la que no solo me sentía inquilino, sino copropietario. Y ese sentido de pertenencia, dueño de sus espacios, de su luz, de su aire, de su mar, es el que intenté recrear en Habanecer.
Posiblemente ninguna ciudad del mundo alcance para mí el peso, la densidad que tuvo La Habana. Descubrir en ella la amistad, el amor, el sexo, las ilusiones y los desengaños, la nostalgia y el entusiasmo, la dotan de una cualidad única, intransferible. La Habana de aquel libro escrito en 1989 y que se desarrollaba en un solo día de 1987 era una señora hermosa, aunque desmaquillada. Mantenía su encanto a pesar del maltrato. Lo mejor de la ciudad, su gente, intentaba vencer la adversidad cotidiana y salvar sus ilusiones.

En 2009 viajé a La Habana porque mi hijo, que llegó a España con cuatro años, quería recuperar la ciudad donde nació. El resultado es Diario delirio habanero, publicado por Mono Azul en 2010. Una crónica del desastre escrita con dolorosa ironía. En mi último viaje, poco antes de la pandemia, constaté que mi ciudad había sido asesinada por el artefacto ruralizado que la ha sustituido. Se llama igual, pero descubrir mi Habana bajo la costra de escombros, suciedad y desaliento es tan difícil como adivinar la Roma del emperador Vespasiano paseando las ruinas del Coliseo. Esa Habana me duele cada día. La de mi memoria se mantiene intacta. La mitad de mi vida vaga por esas calles y sé que nunca las abandonará.



Cinco poemas de Luis Manuel García Méndez
Definiciones
Una campana que tocase sola en la rama de un ceibo
o regresar del horizonte con la cabeza baja.
La muerte es foliar besos
rotular estrellas
catalogar la brisa.
Es saber que mañana no podremos hallar
en el desván de la memoria
pajarillos blanquísimos, flores desconocidas.
La muerte es darse cuenta que son casas las casas,
botellas las botellas, piedras las piedras,
y metódicamente asistir a la vida.
(De Un asombro pendiente, Ed. Regional de Murcia, España, 1994; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1994).
Dedos
Suelo contar mis dedos en los parques.
Si falta alguno, sé que anda por ahí
indicando el camino a un extraviado,
o sembrando cebollas,
o señalando incendios,
o adivinando húmedo
de dónde corre el aire.
Mi dedo vagabundo.
Si sobra, le doy una palmada
en la falange y susurro:
“Vete, muchacho, vete a buscar tu mano”.
Y él se aleja
dócilmente
en la noche.
(De Un asombro pendiente, Ed. Regional de Murcia, España, 1994; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1994).
Fidelidad
Decidí consultar un poema, por turno,
con todos mis amigos.
Fui aplicando después sus sugerencias
en orden de aparición.
De modo que al final el poema regresó
a su concepción original, intuitiva.
Esto me ha hecho rescatar la confianza
en la fidelidad global de mis amigos.
(De Un asombro pendiente, Ed. Regional de Murcia, España, 1994; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1994).
Uno
Minutos antes de asesinarlo bajo la ducha,
se me echa encima, como un tigre, tu olor.
Sigo su rastro
desde el jabón y el peine hasta la toalla.
Lo acorralo en un libro huérfano de tus ojos.
Se me escabulle por la sala
y lo pierdo en el pomo de la puerta.
Pero es una artimaña de tu olor.
Y haciéndome el desentendido o el amante,
lo sorprendo temblando sobre la sábana.
No intenta huir,
y lo sujeto sin piedad contra la cama.
Hoy deberé dormir con infinita cautela
para que no despierte tu olor antes que yo
y escape.
(De Un asombro pendiente, Ed. Regional de Murcia, España, 1994; Ed. Letras Cubanas, La Habana, 1994).
Solsticio
“La oca avanza poco a poco hacia el altiplano.
El hombre parte y no regresa.
La mujer lleva un niño en su seno pero no lo da a luz”.
I Ching. El Libro de las Mutaciones,
Círculo de Lectores, Barcelona, 2001, p. 301
La sombra a la espera de su árbol.
El puente hacia ninguna parte.
La carretera que se da de bruces
con el farallón de la montaña
y clama por un túnel que será nunca.
El pan a medio hacer en la boca del horno.
La lluvia indecisa, congelada en el cielo.
Las cuencas vacías de la casa sin ventanas,
su artesonado de cielo borrascoso.
Un cuarto de sonrisa. Medio llanto.
La admiración que no se cierra.
El tsunami petrificado a cien metros de la costa.
Un maullido sin gato. El agua seca.
Relámpagos taimados, silenciosos.
Carcasas vacías de ordenadores personales
en la línea de montaje. Caparazones
de crustáceos abandonados en la playa.
Un amanecer lisiado alumbra a medias
este solsticio sin verano ni invierno.
Un solsticio de mundo
indeciso entre cuajar y disiparse.
De La siniestra sonrisa de los dioses, LMLibris, Madrid, 2026.












