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Usar el criterio de un software especializado para calzar un titular acusatorio me parece tan cuestionable como el hecho que se lleva a cuestionamiento en la opinión pública. El titular de El País hace unos días, relacionado con la novela Donde el agua trabaja, del peruano David Silva Rojas, en principio y cuanto menos fue imprudente.
Lo que sigue sería decir que es algo así como difamatorio. También podría esconder malas intenciones o un ardid comercial. Hay de todo en las viñas del Señor.
El titular: “La novela premiada Donde el agua trabaja está escrita por IA al 99%, según el detector Pangram”. Pocos días después y según el mismo diario, el autor aseguró lo que sigue: “Yo concebí, escribí y revisé esta novela. No utilicé herramientas de inteligencia artificial generativa para crearla, redactarla ni revisarla”.
El texto firmado por tres periodistas puso en la palestra otra vez el uso de la IA en un proceso creativo. Algunos aprovecharon para desacreditar al autor, cuyo trabajo desconozco como muchos de ellos; solo leímos su nombre por esto y porque ha ganado el Premio Internacional de Novela Breve Almadía Ventosa-Arrufat.
Otros, en alarde de ingenio, chisporroteo de ironía o ingenuidad, echan a correr la idea de que da lo mismo si se lee una obra escrita por IA o por un humano, con tal que nos cuente algo. Los que piensan así puede que tengan una cuota de razón, pero leer una historia creada netamente por una IA sería engañarse, como engañarse es aplaudir a una vaca que dibuja o a un robot que toca el piano.
Claro, diría cualquiera: ¿acaso no nos estamos engañando al leer un libro bajo seudónimo?, ¿o a nombre de un autor detrás de quien se esconde el trabajo de un escritor fantasma?, ¿no nos engañaron los tres escritores escondidos tras una autora superventas?
Sería esta, en todo caso, una especie de mentira piadosa, un engaño tolerable. Cuando el autor es una máquina, el engaño me parece imperdonable. La literatura no es sino el procesamiento de nuestra humanidad, las experiencias vitales licuadas por la imaginación. Nuestro interés por el otro nos lleva a leer, más o menos, dijo el ensayista Alberto Manguel.
La IA podría contarnos tantas historias como los chistes que repite Alexa, pero no serán más que historias chatarra, nuestro producto intelectual pirateado por una máquina y devuelto como algo nuevo. Serviría, probablemente, para insensibilizarnos más de lo que estamos.
Además, la literatura es también prueba de nuestro conocimiento del idioma, la evidencia de nuestra capacidad de ordenar ideas, de formar estructuras, de demostrar una capacidad sobre la cual han puesto su esperanza decenas de profesores, de lengua y de decenas de materias. En este sentido, aceptar que la IA escriba por nosotros es no solo fraude, sino una forma de traición.
Otro asunto es negar el uso de la IA para acelerar procesos. En unas profesiones es más útil y permisible que en otras. No es lo mismo un programador que quien escribe y busca en ella un criterio respecto a esta o aquella estructura; pretende clarificar ideas o quiere eliminar errores garrafales. Algo veníamos trabajando ya desde hace por lo menos 30 años con softwares que nos sugieren cambios ortográficos, sinónimos y antónimos como un primer intento de infiltrar nuestra escritura.
Creo que en lo adelante el uso de la IA pasará a ser como una religión o una preferencia sexual: habrá quien la explicite, habrá quien no; pero estará presente y siempre existirá la tentación en cuanto a la profundidad de ese uso.
La IA se ha ido colando en nuestras vidas y lo más probable es que, de no tomar conciencia, se vaya cediendo al punto de dejarla expresarse por nosotros; será ella la que establezca criterios, opiniones o enrumbe nuestros pensamientos.
Sobre el caso en cuestión que movió estas líneas, tengo otras preguntas: ¿Significa que el jurado que premia un libro escrito por inteligencia artificial ya está tan insensibilizado que hasta la máquina le impone su falsa humanidad? ¿La nueva literatura tendrá que ser escrita con el estilo de las máquinas para ganarse un premio? ¿Qué es lo que sigue?













