La música es el lenguaje más efectivo en cuanto a su comunicación directa con el alma, le decía a un amigo mientras cruzaba a todo correr por Plaza Las Heras en la ciudad de Buenos Aires. Tuve la precaución de no ser derribado por un ciclista de Pedidos ya, de esos que también suelen trasladarse a mil y sordos de una oreja por el audífono alimentador mientras pedalean en busca del próximo cliente y hasta gritan a las palomas en la senda: “Apártate, boluda”.
Desde que existe WhatsApp, y para mi pesar, me he convertido en una oficina ambulante: solo me falta sellar registros, archivar copias y estampar firmas en una mesa que he de llevar sujeta de los hombros. Cualquier salida puede ser momento para ventilar comunicaciones pendientes; de manera que ese día me dejaba llevar por un alto asunto.
Tema: La efectividad de la música y su conexión con el alma humana. Objetivo: Confirmarle a mi amigo Jesús Arencibia que el aprendizaje de un instrumento musical le estaba haciendo mucho bien a mi hijo. Antecedentes: Había compartido un video en Facebook donde mi hijo ejecuta el saxofón como parte de la orquesta de niños del conservatorio al que asiste. Hipótesis hiperbólica: Mi hijo puede llegar a ser un gran músico que llene escenarios. Hipótesis realista: Mi hijo será una gran persona gracias a los caminos que la música ya le hace recorrer.
La música te infunde más rápidamente un estado de ánimo, le dije a Jesús, y me quedé dudando en cuanto envié el mensaje de voz. A veces me siento obligado éticamente a justificar cada una de mis aseveraciones. No importa si estoy en la mesa del comedor o en la fila del supermercado, dicha una palabra, me asalta la duda de si es propia o la habré tomado de alguien (todas las palabras las tomamos de alguien, de alguna manera, aunque se resignifiquen en uno).
… ¿Y si esa la había tomado inconscientemente?… ¿podría ser acusado de plagiario?, me dije. El inconsciente es la gran verdad, escuché decir a Ernesto Sábato. ¡Pero, qué es esto!, exclamé sin abrir la boca para calmarme: se trata de una simple conversación, de un mensaje de audio, no de la defensa de una tesis doctoral. Y seguí en mis disquisiciones.
Ni creo que suceda con ninguna otra manifestación, le dije, por ejemplo, a mí me gusta mucho el teatro, me produce una energía que no la consigo ante otras manifestaciones. La literatura es diferente también en cuanto a lo que me deja: después de la lectura de un libro, uno se queda con una especie de emoción perpetua.
Entiendo el efecto de lectura de un libro como la puerta que te lleva a un sendero ignoto del que no tendrás certeza del instante en el cual lo transitarás, en tanto la música es el toque mágico que despierta una especie de llama perpetua en tu alma. Es algo fascinante (¿lo habré leído en Instagram?…)
La cosa es que me habría encantado ser músico y animar el espíritu de individuos solitarios o agrupados en masa frente al escenario. Tengo una guitarra y trato de lograr algunos sonidos, pero creo que podría sucederme como un tío abuelo llamado Juan Velázquez, hermano de mi bisabuela Rosa, en realidad. Lo recuerdo de niño, él en sus 98 años arpegiando la vieja guitarra española, de aspecto meditabundo que me hace dudar ahora, pues no sé si la tocaba a la perfección o aprendía a tocarla todavía.
Como quiera que sea, la imagen de aquel anciano ancestral tocando la guitarra o haciendo como que tocaba es ya mi enigma. A lo mejor tenía grandes composiciones y todas murieron con él, como aquel otro que me encontré una vez en algún lugar de los que he transitado, y me dijo: “Si pudiera expresar todo lo que guardo en mi cabeza, sería el libro más exitoso de la historia”. Vaya, recuerdo que respondí.
La Antología Personal de PM es casi mi antología personal de PM
Por alguna razón, el mensaje con Jesús Arencibia me llevó al disco Pablo Querido, de Pablo Milanés, y de repente me vino a la cabeza la anécdota del momento exacto en el que tuve una copia. Estudiaba periodismo y trabajaba para una revista de la Editora Abril. Un colega, fotógrafo, se ofreció para grabarlo en un casete. Le di uno nuevo, y unos días después me lo devolvió con la magnífica grabación, solo que al hacerla se había enfrentado a un dilema: “No cupo el viejito que sale al principio, y como era lo menos importante, lo dejé”, me dijo con total sinceridad.
“No importa”, le respondí, no menos franco, aunque sin poder ocultar cierto dolor. Me habría encantado haber tenido también el registro sonoro de García Márquez leyendo su presentación: “…En la casa de Pablito era imposible caminar por entre baterías atravesadas en la sala y saxofones sentados en las sillas…”.
“Es lo que te digo”, le dije a Jesús (Arencibia, que solo con amigos hablo por WhatsApp). A fin de cuentas, lo que importaba era la música.













