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Conocedores de lo que significa que una causa política se convierta en la coartada perfecta para la cancelación, muchos escritores cubanos nos solidarizamos con la escritora argentina Ariana Harwicz, quien la pasada semana terminó excluida de un evento para el cual había sido programada.
Fue una de las intelectuales invitadas por el Cultur Alh, el Festival Internacional de Arte, Literatura y Humanidades que promueve la Universidad de Granada, hasta que los organizadores recibieron una negativa sobre la posición en el conflicto israelí-palestino de esta escritora radicada en Francia y autora de libros como Mátate, amor o Degenerado.
El motivo, comentó la propia Harwicz, parte de que a un grupo de estudiantes pro-palestinos no les gustó su inclusión entre los ponentes. Los promotores de la exclusión se agrupan en la Red Universitaria por Palestina de Granada, desde donde explicaron el motivo de la iniciativa, eufemísticamente llamada por ellos como “desinvitación” a la autora de 49 años.

El documento, que podía leerse en el Instagram de la escritora española Sabina Urraca, considera que Harwicz “niega el genocidio que está llevando el Estado de Israel contra los palestinos” e “injuria a quienes nos oponemos al proyecto de aniquilación de ese pueblo”; además, no dudan en aseverar que Harwicz “avala el exterminio”.
Por su parte, Harwicz, según algunas citas destacadas por el diario Clarín, cree que la “castigan por ser mala judía”, y diciéndolo arremete contra los intelectuales o el campo cultural, pues a su juicio, no se solidarizan con su caso: “Los que menos me apoyaron fueron los de la cultura”.
Por lo que he leído, no es la primera vez que Harwicz espuelea al campo intelectual en pos de los mismos principios que defiende ahora. Ya en una entrevista con para Letras Libres dos años atrás había referido que la postura asumida en los círculos académicos e intelectuales occidentales en defensa de Palestina y contra el sionismo era “una renovación lexical de la juventud hitleriana y del nazismo del siglo XX” con la intención de que “desaparezca Israel, única democracia de Medio Oriente”.
Estos comentarios fueron emitidos un año después del 7 de octubre de 2023, cuando Hamás lanzó un ataque sorpresa coordinado y masivo contra Israel desde la Franja de Gaza, por el cual 1500 personas murieron y poco más de dos centenares fueron secuestrados, ante lo que, en venganza, el ejército de Israel había asesinado a 71 mil palestinos, según el ministerio de sanidad gazatí.
Por esto, otro amplio grupo de escritores e intelectuales ha apoyado la cancelación o censura de Ariana Harwicz en un hecho que pone sobre la mesa una vez más la realidad de que los espacios plurales son cada vez más escasos, que la fanatización de la política, sea cual sea la causa, lleva a tomar decisiones que la mayoría de las veces ni siquiera los políticos asumen, ya que terminan siendo más tolerantes y flexibles o, bueno, políticos al fin.
Recuerdo esta frase de Albert Camus: “Los métodos de censura, vergonzosos o cínicos, pero siempre estúpidos, no son los que cambiarán en algo estas verdades.”
Quien gana con la cancelación es el fanatismo y, contradictoriamente, el cancelado mismo; lo sabemos los cubanos después de más de 60 años de exclusiones por motivos ideológicos, por perspectivas distintas de ver el mundo y por aplaudir cosas como aquello de que “dentro de la revolución todo y contra la revolución nada”.
Desde la famosa frase de Fidel Castro, el campo cultural (para seguir con el término) quedó dividido en dos tajos que pocas veces lograron acoplar, y cuando lo hicieron, no pocas veces quedaron sus impulsores como el pan de sándwich separado por la suspicacia, la burla o la desestimación.
Leyendo sobre estos asuntos, encontré una frase de la poeta Reina María Rodríguez, quien fue testigo de uno de aquellos momentos en los que se intentó juntar a los escritores de una y de la otra procedencia ideológica o, en este caso, literalmente, de una u otra orilla. Me refiero a los coloquios de 1994, llamados uno de ellos La isla entera (lema considerado procastrista por uno de los escritores del exilio).
Reina María Rodríguez decía: “Si he trabajado por la cultura, es pensando que cualquier desviación hacia zonas de mutilaciones, censuras y métodos represivos para los artistas sería abolida con la confianza en el trabajo creador, que es la primera fuente de cultura que permite la proliferación de voces, matices, estilos, ideas, todo en un haz diverso”.
En el caso de Ariana Harwicz ha habido poca confianza y también mucho de radicalismo, como sucede siempre en casos semejantes y como sucedió cuando se lanzaron contra el propio Camus por su posición ante la independencia de Argelia, cuando fue incluso llamado traidor por su oposición a la violencia terrorista en la lucha por la liberación.
En sus Crónicas argelinas también escribía Camus: “Cuando la violencia responde a la violencia en un delirio que se exaspera y convierte en imposible el simple lenguaje de la razón, el papel de los intelectuales no puede ser, tal como leemos todos los días, el de excusar desde la lejanía una de las violencias y condenar la otra, con lo que se consigue el doble efecto de enfurecer al violento al que se condena y animar a una violencia mayor al violento al que se aplaude”.
Pero fue al escritor judío Amos Oz a quien le leí algunas ideas sobre el apasionamiento con el que se considera cualquier cuestión en el tema árabe-judío. La contratapa de su libro Contra el fanatismo reproduce esta frase que nos puede hacer pensar:
“La actual crisis del mundo, en Oriente Próximo, o en Israel/Palestina, no es consecuencia de los valores del islam. No se debe a la mentalidad de los árabes, como claman algunos racistas. En absoluto. Se debe a la vieja lucha entre fanatismo y pragmatismo. Entre fanatismo y pluralismo. Entre fanatismo y tolerancia. El fanatismo es más viejo que el islam, que el cristianismo, que el judaísmo. Más viejo que cualquier Estado, gobierno o sistema político. Más viejo que cualquier ideología o credo del mundo. Desgraciadamente, el fanatismo es un componente siempre presente en la naturaleza humana, un gen del mal, por llamarlo de alguna manera”.













