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Aunque se crea relativamente contemporánea, la práctica futbolística en Estados Unidos lleva más de siglo y medio. El fútbol llegó en los pies forasteros de escoceses, irlandeses, alemanes, italianos y otros europeos que llevaron consigo la pasión por el deporte rey. Durante décadas surgieron equipos que se convirtieron en distintivos de las comunidades inmigrantes y se jugaron ligas con el mismo vértigo que se vivía en la tierra del nuevo destino. Entre ellos destacó el Galicia Sporting Club, precursor de una larga tradición gallega en el soccer.
Su historia se remonta a inicios del siglo XX, cuando 30 mil españoles —en su mayoría gallegos y asturianos— pasaron por el centro de inmigración de Ellis Island, de Nueva York. Entre los asentados estaba Juan Gallego, un empresario de La Coruña que se estableció a la sombra del puente de Manhattan. Fue allí donde, junto a otros coterráneos, fundó en 1922 el Galicia SC.
El club tendría un ascenso tan meteórico como su caída. En 1926 se tituló campeón en la Liga Hispanoamericana de Nueva York, al año siguiente cayó en la final y en 1928 reconquistó el trofeo derrotando al Celtic. También ganó la Copa Ever-Last, certamen en el que intervenían 65 conjuntos. Aunque su culmen, especialmente mediático, fue cuando en un campo de Brooklyn plantaron cara y empataron (1-1) a un Real Madrid que realizaba su primera incursión por América.

La prensa de la época definió al Galicia como “un equipo potente y rápido”. Pero más allá de los laureles en la arena deportiva, la entidad se volvió uno de los pulmones de la colonia gallega. Juan presidió además el Centro Gallego en la ciudad de los rascacielos, y en esa dualidad de funciones el club deportivo bajo su gerencia auspició eventos socioculturales de connotación. El Galicia desaparecería goleado por el crack del 29.
A esta sucinta biografía debe agregarse que el Galicia SC fue de los equipos estadounidenses pioneros en realizar una gira por el exterior, y en su caso el destino escogido resultó Cuba.
Negocio redondo
Comenzando el año 1926, Juan Gallego se adelantó a La Habana con el propósito de estrechar vínculos y concertar una serie amistosa con equipos locales. Entre botellas de champán descorchadas en un banquete del restaurant Moka, visitas a sociedades deportivas y homenajes del Centro Gallego, se debatieron los pasos preliminares.
Ante Urbano Llano, representante en Cuba de la Federación Occidental de Foot Ball —así se escribía entonces—, Gallego propuso jugar sin que su entidad percibiera ganancias monetarias. Solo pedía que se le cubrieran los gastos de viaje y hospedaje. Obviamente costear esa estancia no era una menudencia. Sin embargo, en la cuenta de la comisión organizadora pesó más la resonancia que tendría aquel intercambio con el mejor once de la temporada norteña, lo cual servía de efectiva propaganda para el auge balompédico nacional.
La junta terminó aceptando por unanimidad la oferta. Cerrado el acuerdo, el distinguido caballero se fue por donde vino, con la promesa de que en pocas semanas volvería con sus hombres a ofrecer tardes emocionantes de buen fútbol y confiado en el triunfo de aquel proyecto que olía a negocio redondo como pelota de cuero.
“Realmente el equipo del Galicia Sporting Club posee un record que justifica el optimismo de su presidente señor Juan Gallego, quien ha hecho manifestaciones en el sentido de que ha de salir en esta serie que se aproxima por la puerta grande, que es la del éxito. Como una docena de partidos jugó este team en la Liga Internacional de Estados Unidos, ganándolos todos por un margen que es la mejor prueba de su valía […] 43 goals a favor y 8 en contra es un record que habla bien del conjunto”, subrayaba el Diario de la Marina.

“Toros, pero se les gana”
Al mediodía del 6 de febrero el vapor Monterrey partió rumbo a La Habana desde el muelle número 13 —cuerda para supersticiosos— del puerto neoyorkino, llevando al invicto Galicia, cuya plantilla estaba formada por seis españoles, tres norteamericanos, cuatro escoceses y un irlandés.
Embarcaron con todo: el guardameta David Forsythe, alto como un larguero y ex New Castle; Leonard McNamara y John Gallagher, defensas centrales rocosos pero de soprendente salida con balón; los mediocampistas Agustín Galiño (ala derecha), James Murphy (centro) y Germán Rodríguez (ala izquierda), trabajadores y duros en la contención; William Findlay (extremo derecho), Manuel Vega (interior derecho), Rodnick McChesnie (centro-delantero), Ramiro Guerra (interior izquierdo) y Francisco González (extremo izquierdo), con el gafete de capitán, aportaban el calibre en la línea de ataque. Eran los regulares, mientras en calidad de suplentes traían a William Jackson, José Mena y José Knills, auténticos comodines. Presidían la comitiva Juan Gallego, el árbitro y federativo William Hollywood, y Valentín Aguirre, director.
En la mañana del 10 de febrero la nave que conducía al glorioso equipo cruzaba frente a la escarpada punta del Morro. “Han tenido un viaje delicioso, ni siquiera hubo que lamentar una baja por mareo, pues el barco venía como por sobre raíles”, apuntaba el Diario de la Marina. Eso sí, durante la travesía los muchachos no perdieron tiempo para entrenar y estando en esa faena acabó Guerra lastimándose el hombro. El médico a bordo lo reconoció sin poder precisar la gravedad del golpe, así que el lesionado quedó a la espera de tocar tierra para realizarle una radiografía en la Quinta de Salud del Centro Gallego. A la postre sería baja.
Bajo una lluvia de vítores y chupinazos el Monterrey fue conducido hasta el muelle de la Ward Line por el remolcador Manuela, sobre cuya cubierta aventaban pañuelos los señores José María Prieto, Hilario López, Segundo Timaraos, Miguel Bardón y Enrique García Fraguela, comisionados por el Centro Gallego para recibir a los excursionistas. Abrazos, felicitaciones y muchos apretones de manos se dieron al bajar la escalerilla; todavía al pie del buque los visitantes posaron de traje y corbata para su primera fotografía en suelo cubano.
Con la caravana atlética arribó Enrique Fernández, uno de los capitanes del Fortuna Sport Club, el equipo campeón de Cuba y vencedor de un torneo en Costa Rica. Enriquito —así le decían— se hallaba de tránsito en Nueva York y aprovechó el viaje para regresar junto a los suyos. “Son unos toros los muchachos, pero creo que les podemos ganar”, declaró a los periodistas.

La última palabra
Tras la bienvenida en el puerto los recién llegados se trasladaron a la redacción del Diario de la Marina, en cuyos salones se les obsequió con un lunch. Luego continuaron al Centro Gallego, donde igualmente fueron agasajados, para dirigirse más tarde al hotel. Así terminaban su palpitante día inaugural en Cuba. Por casi un mes alargarían su estancia, en la que disfrutaron de toda clase de homenajes y festejos.
A la mañana siguiente arrancaron las prácticas, a puertas cerradas, para ir conociendo el clima y los secretos del “campo de batalla”, que de seguro guardaba algunos. Por ejemplo, los notorios desniveles y escaras del terreno que causaron negativa impresión en los galaicos, habituados a jugar en el Starling Park, plano como una mesa de billar. Dos horas y media pasaron haciendo piruetas, carreras y filigranas con el balón. Jugaron un match de veinte minutos, siete contra siete, cubriendo una de las porterías Vidal, del Centro Gallego. Después, los delanteros se quedaron chutando al arco. En general los jugadores se mostraron muy técnicos y complacidos con el ambiente fresco de febrero. El calor era su único fantasma.

Flotaba una expectación realmente grande. El debut del Galicia y la oportunidad de asistir al primer torneo oficial de categoría internacional con sede en Cuba constituían el suceso del año. “Mañana se cae la valla en el Almendares Park”, avisaban los titulares peliculeros de la víspera. Mientras en centros deportivos o cualquier lugar donde coincidían los peñistas no se hablaba de otro tema, más que del tope previsto para la pradera almendarina. “Esos toros vienen a convertir a cualquier equipo local en pasta para sinsonte”, opinaba la fanaticada pro-americana. “También tenemos madera para endosarles un trabucazo”, rebatían los triunfalistas criollos.
Una crónica futbolera sazonaba aún más la previa: “Serán nada menos que los ‘niños’ de la efe gótica los encargados de ‘tantear’ al Galicia Sporting, los llamados a recibir la primera paliza o dar la primera corrida de baqueta a los que nos llegan con tantas ínfulas y carteles, con tantos pergaminos y records. Vamos a ver si el Fortuna tiene la suerte de ponerle la primera en la frente, que de todo puede haber en la viña del Señor. Pero si tal no ocurriera, ahí tenemos a los gallegos del patio, los que todavía no se han ido a viajar a Nueva York, pero que están declarados de ‘peso completo’ en La Habana y sus cercanías. Los astures, que se encuentran en la mejor forma, es otro de los huesos donde pueden soltar las muelas, sin ser gran milagro, los galaicos neoyorquinos”. El terreno tendría la última palabra.
A propósito, una curiosa nota del Diario de la Marina confirma que hay ciertos males que nos persiguen desde atrás y, al decir de un célebre narrador de fútbol, los llevamos pegados como estampilla postal: “Para comodidad de la afición, desde las ocho de la mañana del domingo se expenderán entradas en los terrenos del Almendares Park. Y se hace público para que de esta manera no sufran por la tarde los sobreprecios de los revendedores ni pasen trabajo para obtener localidades”. Sin más comentario.

Fútbol de alta clase
En la tarde dominical del 14 de febrero el coliseo localizado en Marianao lucía sus mejores galas, para recibir el primer partido internacional en la historia del fútbol cubano. El público abarrotó las gradas anheloso de vivir el épico momento. A las 3:36 p.m. el árbitro Jesús Hermo silbó el inicio del partido y, por designio de una moneda al aire, el Fortuna puso la esférica en movimiento frente a unos galaicos que vestían yerseis con rayas negras y amarillas.
Con similar fortuna que hacía honor a su nombre, los también llamados Osos Blancos —por el color de su camiseta— fueron los primeros en mover el pizarrón, cuando al minuto 20 el delantero húngaro Katzer envió un centro cruzado que tuvo la suerte de encontrar a Castillo en plena carrera y este solo tuvo que empujarla al fondo de la red. Las jugadas se sucedían en toda la cancha, con estupendos despliegues defensivos y contrataques como piezas de Capablanca en tablero de ajedrez. Ambos conjuntos tuvieron varias oportunidades frustradas, hasta que en el ‘42 llegó el premio para los visitantes. McChesnie tomó la de cuero y con magnífico dribling esquivó a dos defensores para lanzar un misil que el portero Guillermo no pudo detener. Con el 1-1 se fueron al descanso.

En la segunda mitad afloró el desgaste por la intensidad desplegada en el primer tiempo. Al minuto 51 pitaron tiro libre a favor de la visita. El olímpico Findlay, como vaquero del antiguo oeste, pulsó la brisa, calculó la distancia y disparó una parábola impecable para adelantar a los suyos y establecer la remontada parcial. Los de la “F gótica” se lanzaron a puro coraje tras el empate y al ‘68 tuvieron una oportunidad de oro desde el manchón de penal; pero Katzer quiso esquinar tanto la pelota que malogró el lance. Los fortunatos no mermaron su bombardeo, aunque el reloj se fue consumiendo sin que pudieran vencer la muralla de Forsyth. El 2-1 no se movió y se cantó el exprimido triunfo del Galicia.

Así, lleno de muchas más emociones —pues 90 minutos de idas y venidas no caben en estas líneas— fue aquel partido que abrió una senda. El 24 de febrero volverían a enfrentarse. Esta vez los chicos del Fortuna, guiados de la mano, o mejor dicho de los pies de Enrique Fernández, lograron desquitarse con score de 2-0. Otras dos selecciones la “Blanca” y la “Roja”, fueron igualmente armadas por la federación de fútbol cubana para enfrentar a los invitados. La Blanca cayó y la Roja repitió la hazaña del Fortuna.

El Galicia llegó con todas las papeletas de abusador del aula y salió con sendos “porrazos” en las mejillas. Nada que no pudiera ocurrir en los locos años 20.
Con la serie empatada a dos, en victorias y derrotas, los galaicos neoyorquinos se devolvieron a sus predios de la Gran Manzana no solo dejando a los aficionados satisfechos de ver su juego de altos quilates, sino legando a la flaca memoria un capítulo crucial en los anales del fútbol cubano y un ejemplo supremo de los múltiples vínculos históricos, culturales y deportivos que todavía unen a Cuba, España y Estados Unidos.












