|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
En los últimos días de abril de 1924, Rubén Martínez Villena recibió una orden que llevaría su vida a otro nivel. Con la urgencia y el secreto propios de una conspiración, el general Carlos García Vélez —hijo de Calixto García Íñiguez y diplomático de “espinazo inflexible”, que hasta marzo de 1924 fue embajador cubano en Londres—, había despachado órdenes precisas como máxima figura del Movimiento Nacional de Veteranos y Patriotas: era hora de partir a Florida para organizar el escuadrón aéreo que debía bombardear objetivos señalados en La Habana.
La acción formaba parte de un plan insurreccional que buscaba deponer al presidente Alfredo Zayas. En principio debió ser un contingente de doce hombres, pero varios se bajaron del barco y el grupo se redujo a tres: Calixto García-Vélez Martínez-Ibor, hijo del citado cabecilla; José Antonio Fernández de Castro, integrante del Grupo Minorista; y Martínez Villena, entonces conocido por conducir la Protesta de los Trece y quien se convertiría en símbolo de su época.
Una calurosa mañana subieron a un vapor en el muelle del Arsenal con destino a Cayo Hueso. Ya el 28 de abril estaban en territorio de Florida, según confirma un registro de gastos conservado en el Archivo Nacional. Luego de desembarcar, en un intento por burlar a posibles soplones zayistas y los controles policiales, inventaron un laberinto recorriendo varias localidades sureñas como si se tratara de viajeros errantes. Hasta que llegaron a Ocala, ciudad a 140 kilómetros de Tampa y de gloriosa memoria para la emigración cubana.
Allá los esperaba Johnny Green, un reputado aviador local que dirigía un negocio de éxito y que fue contratado por el movimiento como coordinador para adquirir los aviones y conseguir a los instructores que iban a entrenarlos. Desde el primer día, Rubén y sus colegas de afanes se enfundaron con el traje de piloto e iniciaron las prácticas para manejar los aparatos.
Eran seis aviones Curtiss biplanos de uso comercial que tenían una velocidad máxima de 120 kilómetros por hora y autonomía de vuelo de dos a tres horas. Cruzar en ellos el Estrecho de la Florida con un arsenal a bordo y sobrevolar La Habana para un bombardeo no dejaba de ser una temeridad; o —para algunos— una locura. Así de entusiasmados andaban los muchachos cuando no vieron venir a los espías que con tenacidad de sabueso les seguían los pasos. Todo estaba orquestado en su contra y los dejaron llegar hasta meterse en la boca del lobo.

Green con pespuntes negros
La adversidad se impuso mucho antes. Hacia agosto de 1923 los rumores sobre la intención de un cambio político en Cuba surcaron el aire con la prisa de una chispa sobre hilo de pólvora. Los servicios federales se desplegaron tras cualquier indicio y obtuvieron reportes de que revolucionarios cubanos buscaban comprar aviones y aprender a pilotearlos en la península de la Florida, por lo que el estado completo quedó bajo foco de vigilancia.
El golpe de gracia sobrevino por accidente. A finales de enero de 1924, en la estación de trenes de San Petersburgo, pasaban un gran cargamento a un camión cuando una de las pesadas cajas de madera se le resbaló a un peón y cayó al suelo. Al abrirse, salió a relucir un montón de balas de ametralladora y, con la caja rota, la operación clandestina rodó por tierra prematuramente. Para colmo, un detective encargado de vigilar envíos ferroviarios fue testigo del incidente.
Durante el registro, ante los ojos atónitos de la multitud curiosa, aparecieron seis ametralladoras Thompson y 120 mil proyectiles. Las autoridades decomisaron el lote y lo guardaron bajo llave en la oficina de correos. Las especulaciones sobre el escandaloso hallazgo no tardaron en crecer y el rastro de la mercancía condujo hasta el hangar de Johnny Green. Este declaró que era totalmente lícita y que respondía a intereses comerciales, aunque su justificación no convenció a nadie. Mientras, la prensa ponía su extra, con periódicos como el St. Petersburg Times divulgando el prontuario y los movimientos subterráneos del aviador.

Para deshacer el misterio, el Departamento de Justicia de Estados Unidos designó al detective V.S. Hollingsworth, quien de inmediato echó a andar la maquinaria de averiguaciones. Un examen forense a la contabilidad del sospechoso arrojó que, desde noviembre de 1923, una cuenta bancaria asociada a su nombre había recibido seis mil dólares en transferencias, monto coincidente con el costo estimado del alijo de armas y municiones.
Siguiendo la traza del dinero, Hollingsworth descubrió que el crédito provenía de Salvador Martínez Ibor, importante empresario y descendiente de Vicente Martínez Ibor, fundador del enclave latino Ibor City que transformó a Tampa en centro social e industrial. Salvador —quien era cuñado del general García Vélez, y tío, por tanto, de Calixto— había creado la compañía West Coast Air Line con aviones comprados por Green en Texas. Aunque su verdadero objetivo, detrás de la fachada, era enmascarar las maniobras insurgentes.
Además, la investigación reveló que Johnny Green había viajado a Cuba varias veces en los últimos cinco meses, incluida una estancia de tres semanas, en enero de 1924. Su participación en el complot parecía irrefutable. El caso dejó al descubierto una red de intrigas que involucraba a cubanos y ciudadanos estadounidenses, y la decretaron de riesgo para la seguridad regional.
A fines de marzo la policía secreta alertó de la “perturbación” a Ángel Solano, cónsul cubano en Tampa, y este transmitió la información al gobierno de la isla. Lo que comenzó como una misión revolucionaria, iba a terminar diluyéndose en un juego de traiciones y fatalidades en el que cada escalón estuvo monitoreado desde el inicio y cada esperanza, condenada.
“Los quiero a ustedes, muchachos”
Se avecinaban grandes problemas. Enfocados en su cometido, Rubén y compañía centraban su entusiasmo en aquello que denominaban “la causa”. Cada mañana partían al campo de aviación para aprender el funcionamiento de los aparatos, engrasar los motores y familiarizarse con la difícil experiencia que pensaban afrontar. La preparación, bajo las indicaciones de tres pilotos estadounidenses nombrados Baker, Mac y Freddie, incluía simulacros de bombardeo, consistentes en el lanzamiento de ladrillos sobre los múltiples lagos del entorno.
La presencia de la escuadrilla no pasó inadvertida para los habitantes de la comarca. En Ocala se tejió una leyenda a su alrededor, y sobre todo las damas se mostraban intrigadas por la presencia de esos hombres simpáticos y desconocidos a los que creían actores de cine o aviadores vagabundos consagrados a recorrer ferias de pueblo. Alguna chica dijo sentirse atraída por Rubén, de 23 años, mentón partido y ojos verdes lúcidos. Pero este, dado su desconocimiento del idioma inglés y carácter tímido —por lo menos para el ámbito excitado de Ocala— se abstraía en el cuarto lejos de las fiestas a que eran invitados y dedicado a escribir entrañables cartas a Asela Jiménez, su prometida en Cuba. A diferencia de sus socios bohemios, el poeta no se tomaba el amor como cosa de juego.
Así volaron los días. El lunes 5 de mayo Villena y Fernández de Castro desayunaron temprano, consiguieron una máquina para trasladarse al campo de aviación, ubicado a kilómetro y medio del hotel, y se fueron sin Calixto, que quedó desayunando con una de las admiradoras. Ambos se encontraban —junto a los instructores Mac y Freddie— poniendo el radiador a un aeroplano cuando un automóvil se detuvo de repente a cuatro metros de ellos.
Al instante vieron al jefe de policía y al sheriff del condado, Mr. Sheffield, un individuo gordo y con cara de perro de presa, que, desenfundando su imponente revólver 45 como en una escena cinematográfica, tronó con ademán violento: “I want you fellows, guys”. Diciendo eso se dirigió a José Antonio para registrarlo, en tanto el otro oficial ordenaba a Rubén bajar del ala donde estaba subido. Este protestó —siempre en español—, mientras le aplicaban la requisa de rutina, señalando la arbitraria detención. El sheriff cara de perro le rebatió: “Cuando sepan los cargos que tienen contra ustedes, no protestarán”.
Se los llevaron esposados uno con el otro. Previendo que los aviones corrían peligro, los pilotos americanos, con Baker ya incorporado, levantaron vuelo para poner tres a salvo. En efecto, los agentes volvieron para registrar la propiedad de la compañía aérea, donde ocuparon y desmantelaron los tres aeroplanos restantes. Tarde se supo que Baker había sido teniente de la fuerza aérea y reserva de la secreta, por eso se le consideró el topo que desnudó el plan.
Calixto se enteró al rato del apresamiento y, en vez de fugarse como le aconsejaron, decidió entregarse para compartir la suerte de sus amigos. Juntos de nuevo, los tres fueron trasladados a la cárcel de Ocala, donde los encerraron en la celda de bandoleros comunes, por lo que conocieron de cerca la fauna criminal en su diversidad. Entre rejas los creyeron contrabandistas de licores que aprendían el oficio de piloto para elevar el negocio a una órbita mayor.

En la cárcel de Ocala
Las jornadas de presidio fueron duras, bajo la sinfonía de gritos de los castigados. La mazmorra era un ambiente plagado de insectos, sin asientos, de camas rígidas y con la única suavidad de almohadas mugrientas. La suciedad imperante y el desaliño de los obligados camaradas de hospedaje inquietaban un poco a los cubanos. Estos, no pudiendo fallar a su vicio de reuniones y arengas, transcurridas las horas del pertinente conocimiento recíproco, convocaron a una junta para explicar la necesidad de bañarse e imponer un poco de higiene en aquel palacio de la peste. Así se hizo, y ello marcó el origen de una auténtica confraternidad.
Comer la comida que les servían era peor que lamer las paredes. Agravaba la situación el estar incomunicados, no tenían un centavo ni la posibilidad de recibir recursos de sus vínculos. Un corazón conmovido de mujer acudió en auxilio, ofreciéndoles una comida diaria. Aferrado a principios estoicos, Rubén rechazó esa solución al considerarla “indigna de revolucionarios verdaderos que debían aceptar los hechos en su brutal rudeza”. Eso generó un encontronazo intestino con José Antonio, negado a pasar hambre, y con Calixto como expectador.
“Pero mientras Calixto y yo experimentábamos a veces un sentimiento de angustia y de inconformidad, y aun de protesta contra el aparente olvido de los compañeros de causa, Rubén se crecía soportando sin la menor queja aquella vida, y dando, desde entonces, la medida de su enorme poder de asimilación para las peores condiciones de existencia. Era un revolucionario”, reconocería años después el propio Fernández de Castro en un artículo testimonial.
El paquete epistolar remitido por Villena a su amada desde la prisión resulta cardinal para comprender la psicología del momento y cuánto sufrió aquella derrota moral. En una de las cartas comentaba: “el tedio espantoso de las cárceles ha caído sobre mí”, y hablaba de consolar a José Antonio, “el único realmente asustado (solo ante nosotros) que está haciendo comentarios disparatados sobre nuestra posible suerte futura”. En otra expresaba su convencimiento de que habían sido delatados por un agente, al que llamó “un tal Fernández”, sin que hayan trascendido más detalles sobre la identidad.
En lo personal resistió días terribles. “¡Qué tristeza más infinita hay en mi alma! El espantoso fracaso me tiene anulado para todo: para pensar, para escribir, para actuar”, decía a la novia. Su pesadumbre aumentó hasta lo indecible al recibir una carta que, a su decir: “me destrozó el alma. Si me quedaba alma”. Era de su padre, que lo censuraba agresivamente tachándolo de inconsciente y cruel, pues en el afán de derrocar un gobierno inicuo iba a ejecutar un asesinato cobarde al bombardear de noche una población desprevenida e inocente. Fue esa la idea que lanzó la propaganda y el padre la mordió, “criticando sin conocerlo —porque nadie en realidad lo sabe de veras— el plan que íbamos a llevar a la práctica”, apuntó Rubén, abatido.
Saliendo del aprieto
Para mitad de mayo de 1924 el Movimiento de Veteranos y Patriotas había fracasado, y de él no quedaba mucho más que tres jóvenes perdidos en la prisión de Ocala. Después de horas de incertidumbre conocieron el pretexto legal de su detención: los acusaban de emprender “una expedición militar para cambiar la forma de gobierno de Cuba, México y otros países en la región de las Antillas”.
El Diario de la Marina del 7 de mayo reprodujo una información publicada la víspera en Ocala: “Tres presuntos expedicionarios acusados de violar la proclama de Coolidge contra las expediciones armadas para Cuba”. Dos días después, otro cable daba cuenta de que los cubanos serían juzgados el 15 de mayo por “dedicarse al contrabando de implementos bélicos, violando la neutralidad de Estados Unidos”.

Mientras la prensa hacía su primavera, el profesor Antonio Fernández, padre de José Antonio, viajaba a Florida para realizar las gestiones correspondientes al pago de la fianza, fijada en tres mil pesos cada uno. El juicio oral se efectuó antes de los quince días. Los tres rechazaron la acusación, insistiendo que solo querían tomar un curso de aviación y ante la falta de pruebas salieron absueltos. También quedó libre Johnny Green, quien negó formar parte de la revuelta.
Ya en libertad, Rubén, José Antonio y Calixto se trasladaron a Tampa, donde Martínez Ibor los acogió con hospitalidad y les facilitó empleo en su cervecería. Villena la describió como una labor agotadora, pues lavaba botellas durante ocho horas al día. Pero la asumió con entereza a fin de ganarse la vida y poder costearse el pasaje de vuelta a Cuba. Se desconoce la fecha exacta de su regreso. A partir de una carta en la que anuncia su salida “dentro de diez o quince días”, se estima que pudo ocurrir entre mediados de julio y principios de agosto de 1924.

A tres meses de morir el adalid, devorado por la tuberculosis, José A. Fernández de Castro escribió sobre aquel episodio inédito al que tituló “Una ignorada aventura patriótica de Rubén Martínez Villena”. Basado en ese documento publicado por Bohemia el 8 de abril de 1934, y en las cartas del seráfico poeta a su novia (ver El útil anhelo, Tomo I), reconstruimos esta historia de fiasco y captura, en que la astucia de los perseguidores superó el fervor de los conjurados.
Rubén nunca había montado un avión, ni siquiera lo había visto de cerca. Pero siendo “una fuerza apasionada, febril, tormentosa” —en visión de Raúl Roa—, asumió ser el aeronauta que exigía su tiempo. “Siempre en primera fila, mientras los grandes caimanes apenas osaban sacar los colmillos”, Villena fue el más dispuesto a dar su carga para matar bribones.













