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Lo más cerca que estuvo Antonia G. de una guerra fue hace 65 años, a unos cinco kilómetros del teatro de operaciones y con el corazón en estado de pánico.
“Desde mi balcón veía el humo negro y más que eso asustaba el estruendo de las bombas que caían en Ciudad Libertad. Corrí para el cuarto de los niños y los metí debajo de la cama. Estaban ya despiertos y lloraban a moco tendido”. Ahora esta ex miliciana y ex maestra normalista, ya anciana y viuda, con uno de los hijos y nietos en Hialeah —el otro murió en un accidente carretero en África— teme que ese episodio inolvidable que fue preludio de la invasión por Bahía de Cochinos en 1961 adquiera el tamaño de “un simulacro” si los “americanos deciden cualquier locura” en la isla.
“No quiero ni pensar”, dice enarcando unas cejas grises. “Somos un país maltratado, hundido ya, entonces…”, termina agregando el adverbio con una voz triste que indica una poderosa incertidumbre que el paso de los días no logra disipar, sino todo lo contrario.

Durante años, muchos, círculos académicos ilustraban la coartada del gobierno cubano para justificar su política de plaza sitiada con el poema Esperando a los bárbaros, de Konstantinos Kavafis (1863-1933). Era como ajustar un guante en una mano.
El texto de uno de los grandes poetas de la modernidad europea, nos habla de la utilidad del enemigo externo para justificar el inmovilismo político y moral. El poema muestra cómo la expectativa de los “bárbaros” se convierte en excusa para la inacción y el autoritarismo, y cómo, al no llegar los invasores, la ciudad-Estado queda desnuda frente a su vacío interno. Pero, para más de un observador, con Trump ese enchufe metafórico comienza a tener cortocircuitos.
Porque cayó la noche y los bárbaros no llegaron.
Y gente que viene de la frontera asegura
que ya no existen los bárbaros.
¿Y ahora qué será de nosotros sin bárbaros?
Esta gente, al fin y al cabo, era una solución.
Esos son los versos finales del poema de Cavafis, y si siempre parecieron la excusa perfecta para un poder que evita enfrentarse a sus propios problemas, Trump amenaza con desmontar su alegoría en el caso cubano.
Recién, el presidente republicano ha vuelto a invocar a “los bárbaros”, al frente de los cuales toma la vanguardia. En realidad, no ha parado de hacerlo en semanas.
Afirmó el 1 de mayo que “tomará el control” de Cuba “casi de inmediato”, y días antes, a bordo del Air Force One, respondió con deliberada ambigüedad cuando una periodista le preguntó si contemplaba una acción militar contra la isla. No dijo que sí. Tampoco dijo que no. “¿Qué es para ti una acción militar?”, contrapreguntó retóricamente.
Nueva amenaza: Trump dice que EE.UU. “tomará el control” de Cuba “casi de inmediato”
En la isla, la amenaza no es nueva, pero esta vez tiene una textura diferente. Con un bloqueo energético que va apretando día a día la garganta del país —ya la bocanada que trajo el Anatoly Kolodkin se está agotando— para las autoridades un eventual golpe militar tiene todos los visos de un proyecto potencialmente ejecutable en el corto plazo.
“Ahora eso está a la vuelta de la esquina”, consideró un abogado en medio de una improvisada tertulia durante una exasperante cola en un cajero de la avenida 23, en El Vedado. Para apoyar su conjetura, el jubilado profesor de Derecho contaba que días atrás el Senado no amarró las manos de Trump para “meterle una cañona” a Cuba.
Con una votación de 47 votos a favor y 51 en contra, la iniciativa para controlar las posibles acciones de fuerza sobre La Habana ordenadas desde el ejecutivo, fue frenada por los republicanos quienes votaron en un bloque casi unánime.
“Tras la humillación histórica sufrida en Irán, donde tras dos meses de guerra no logró ni un solo objetivo estratégico, Trump busca anotarse un triunfo fácil y rápido en Cuba desde el que reafirmar su poderío militar, alimentar su ego y ganar algunos votos para noviembre”, desliza en X el politólogo, consultor y podcaster dominicano Elvin Calcaño, máster en Teoría Política en la Universidad Complutense de Madrid, sumándose a una hipótesis manejada por algunos.

Lo que Trump dice y lo que los expertos leen
La retórica de Trump sobre Cuba mezcla fanfarronería electoral con señales geopolíticas que analistas de Washington, Madrid, La Habana o Ciudad de México se apresuran a descifrar.
“Las conversaciones o negociaciones, como quiera que se les llame, se vislumbran como muy difíciles. Cuba deberá asumirlas con inteligencia y esa mezcla de audacia y prudencia que caracteriza algunas actividades especiales, pero sin olvidar que, tanto en Venezuela como en Irán, Estados Unidos utilizó todo el poder de sus armas para atacar en medio de las negociaciones”, advirtió a principios de abril Carlos Ciaño Zanetti, del CIPI, Centro de Investigaciones de Política Internacional, un think tank cubano con una nómina profusa en doctores en ciencias.
De acuerdo con Ciaño, para la Administración estadounidense “Cuba está con el agua al cuello y sin alternativas”, pero tanto “Trump y Rubio deberán ajustar sus reclamos a un escenario distinto (al de Venezuela) si quieren comenzar a andar por un camino que realmente conduzca a soluciones.
“El pueblo de Cuba está en una situación sumamente tensa y el gobierno tiene la obligación de encontrar una salida, pero también tiene una larga y rica historia de lucha, ha sabido resistir por más de 60 años y no se dejará humillar ni va a aceptar imposiciones que hieran su dignidad y resquebrajen su independencia y su soberanía”, matizó el investigador. “El futuro de estas conversaciones no parece muy prometedor, al menos por ahora”, vaticinó entonces. El actual tono desafiante del Gobierno cubano parece concederle la razón al académico.
Para Peter Kornbluh, director del Proyecto de Documentación Cuba en el National Security Archive de Washington, las declaraciones de Trump responden más a una lógica de audiencia doméstica —el electorado cubanoamericano de Florida— que a una planificación militar real. “La retórica belicosa hacia Cuba tiene una función política muy precisa en la coalición de Trump”, ha señalado en análisis recientes. “Pero entre el discurso y la operación hay un abismo que la historia ya ha medido.”
Ese abismo tiene nombre y fecha: Bahía de Cochinos, abril de 1961. La única invasión militar organizada contra Cuba desde territorio estadounidense, aunque con tropas no profesionales de cubanos exiliados, terminó en un fracaso humillante que marcó a fuego la política exterior de Washington durante décadas.
“La victoria tiene cien padres y la derrota es huérfana”, admitió el presidente Kennedy en una aceptación pública de la derrota, luego de ser tachado de “traidor” por los expedicionarios al no autorizar bombardeos devastadores sobre la isla.
Desde entonces, ninguna administración ha vuelto a intentarlo, no por falta de voluntad, sino por exceso de cálculo.
Luego de un reciente viaje a la isla, Kornbluh, coautor de Diplomacia encubierta con Cuba, (Back Channel to Cuba: The Hidden History of Negotiations between Washington and Havana, 2014) una crónica de las negociaciones secretas entre La Habana y Washington, dijo que el asesinato de los líderes iraníes sirve como “puñal en la garganta” para el gobierno cubano, pues es una señal de que el gobierno de Trump puede buscar un cambio de régimen forzado a pesar de estar en medio de negociaciones diplomáticas.
De acuerdo con The New York Times, Kornbluh reveló que los funcionarios cubanos con los que habló se mantienen en su postura de “dignidad nacionalista”, y afirman que siguen abiertos al diálogo, pero que se niegan a negociar bajo la amenaza de la aniquilación.
Igualmente citada por el influyente periódico, la historiadora cubanoestadounidense Lillian Guerra, de la Universidad de Florida, señaló que los funcionarios cubanos “deberían estar nerviosos”.
Añadió que si Trump intentara eliminar a la cúpula del gobierno —como a Díaz-Canel o Raúl Castro—, el resultado sería similar al caso de Irán, donde la Guardia Revolucionaria mantiene gran poder. Recordó que en Cuba los militares y el Ministerio del Interior son fuerzas dominantes y controlan buena parte de la economía.

Los costos que nadie quiere calcular en voz alta
William LeoGrande, profesor de Gobierno en la American University y uno de los latinoamericanistas más respetados de Estados Unidos, ha advertido repetidamente que una intervención militar en Cuba tendría costos que Washington difícilmente está dispuesto a asumir.
En marzo, aseguró que un acuerdo económico entre ambos países es “muy posible”. Sin embargo, advirtió que si la administración Trump intenta incluir reformas políticas en la agenda, “la reacción instintiva del Gobierno cubano será decir que no”.
A juicio del académico de la Universidad Americana de Washington, la crisis en la isla es tan grave que “los cubanos aceptarán” un pacto de apertura económica, dado que el Gobierno ha sido incapaz de reformar el sistema en los últimos quince años. En esa decisión, subrayó, será “crítico” el papel del expresidente Raúl Castro, quien a punto de cumplir 95 años aún ejerce influencia ejecutiva pese a no tener un cargo formal.
“Un acuerdo económico es muy posible” entre Cuba y EEUU, afirma el experto William LeoGrande
LeoGrande insistió en que el acuerdo no puede interpretarse en La Habana como una rendición de la soberanía nacional. Alertó que Washington se adentra en un “juego peligroso” al “emplear la presión económica para forzar al Gobierno cubano a rendirse”, lo que podría derivar en un “desastre” para Estados Unidos, con un aumento de la migración y nuevas rutas para el narcotráfico y el crimen organizado.
De acuerdo con informes de prensa extranjeros, Cuba cuenta con más de 49 mil efectivos en sus fuerzas armadas regulares, complementados por una milicia de reserva que algunos estimados sitúan en varios cientos de miles de ciudadanos con entrenamiento básico. El sistema de defensa territorial, concebido en los años 80 precisamente para disuadir una invasión convencional, está diseñado para hacer inviable una ocupación rápida de la isla.
Sin embargo, los propios reportes mediáticos cubanos, alegan observadores internacionales, muestran muchas veces un ejército preparado para una guerra de época, e incluso imágenes de baterías antiaéreas tiradas por tracción animal logran una narrativa más cerca de la mascarada patética que de la seriedad estratégica que el momento impone.
A ello se suma el factor geopolítico. Una acción militar unilateral de Estados Unidos contra Cuba desencadenaría una crisis diplomática de proporciones difíciles de contener: condenas en la ONU, tensiones con potencias adversarias a Washington como Rusia y China, además de aliados europeos, y una ola de solidaridad latinoamericana con La Habana. “Trump le regalaría a Cuba la mejor campaña de relaciones públicas de su historia”, resumen algunos con ironía.
“Una intervención militar en Cuba sería humanamente costosa e históricamente irresponsable”, establece rotundo el historiador cubano Rafael Rojas, del Colegio de México y una de las voces académicas más respetadas de la diáspora.

En un artículo publicado en el periódico mexicano La Razón, el autor de más de una veintena de textos, entre ellos José Martí: la invención de Cuba (2000), Tumbas sin sosiego (Premio Anagrama, 2006), e Historia mínima de la Revolución Cubana (2015) asegura que una confrontación “devolvería la historia de la isla a 1898 o 1906, años traumáticos del pasado nacional, cuando la hegemonía de Washington en territorio cubano y, en general, en el Gran Caribe, se afirmaba por medio de la fuerza”.
“El nuevo régimen nacería con un déficit originario de soberanía, muy parecido al que minó la legitimidad de la primera República cubana (1902-1934), en tiempos de la Enmienda Platt”, anticipó Rojas.
En el corazón del exilio cubano, un político como Joe García no decae en ánimos. “Voy a hacer una predicción: vamos a encontrar una solución con Cuba. No será perfecta, pero habrá un acuerdo,” manifestó al podcast Ciberdiálogos, de León Krauze, hijo del historiador y ensayista mexicano Enrique Krauze.
Según García, abogado y ex congresista demócrata de origen cubano, nacido en Miami Beach en 1963, en el sistema norteamericano existe el concepto de compromise, distinto al “compromiso” en español, porque implica que ambas partes ceden algo importante y por ello considera que el primer pronóstico es que Estados Unidos y Cuba llegarán a un acuerdo económico y político basado en concesiones mutuas.
Finalmente, señaló que mantiene esa esperanza con fe, pese a sus dudas como jesuita: “Creo que la esencia de todo cubano de buscar mejoría va a predominar, y encontraremos un camino, difícil, pero posible.”
Post Scriptum
La entrevista Krauze-García tuvo lugar el 27 de abril, unos días antes de que Trump, con su infladera de cada semana, hablara en el Forum Club de West Palm Beach de posicionar el portaaviones USS Abraham Lincoln “a unos 90-100 yardas de la costa” de Cuba para forzar la rendición del gobierno cubano.
Un par de días después, El Coto, apócope de El Cotorra, un verborreico ponchero del Cerro, comentó que Tron no estaba loco para poner frente al Malecón el catedralicio navío de 332,8 metros de eslora y alrededor de 90 aeronaves entre cazas, aviones de alerta temprana y helicópteros. “No le van a tirar, caballero, porque eso sería empezar la guerra, pero ya verán el millón de gente nadando con tremendo desespero pa`pirarse. ¡Eso va a ser lo más grande con lo más chiquito!, profetizó, todo muy serio, mientras el reventón de una zurcida cámara de bicicleta hacía sobresaltar y luego reír a los presentes bajo el grito zumbón de un cliente: “¡Ñoo! Llegaron”.












