|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
En un rincón de Cuba el río Undoso —o Sagua, segundo más largo del archipiélago— arrastra historias antediluvianas, recordándonos que mito y realidad mantienen un romance furtivo en las posadas de la memoria. Fundada oficialmente en 1812 por don Juan Caballero y declarada villa en 1866, Sagua la Grande nació bajo el signo de cagua, voz aborigen que significa “lugar de abundante agua o caracoles”, del roce de las aguas y las ilusiones de sus habitantes. De esa cuna son Joaquín Albarrán, Concepción Campa, Wilfredo Lam, Sosabravo, Mañach, entre otras personalidades que han dejado huellas. En cualquier recodo del río, calle del poblado o campo cercano, emerge un nombre o un cuento negado a morir.
Por las arterias de los siglos circularon ecos del ayer que, como el cauce que atraviesa la ciudad, desembocan en un mar de relatos a medio camino entre la tradición y lo etéreo, entre la ficción y la historia. De eso convence al lector Folklore Sagüero, una compilación fondeada en bibliotecas que lideró la profesora Ana María Arissó, basada en investigaciones de sus alumnos del Instituto de Segunda Enseñanza entre 1938 y 1940. Esas páginas guardan un repertorio de leyendas que en Sagua todavía se deslizan como sombras en su espejo de agua.

Madre de agua
La Madre de agua es de las leyendas más arraigadas en la región central de Cuba. No era diosa ni sirena, sino una especie de majá enorme, silbante y guardiana de la corriente. Pues, en Sagua, desde la época en que Ignacio Lohera tenía almacenes en las inmediaciones de la Laguna de Hoyuelos, se dio por sentado que quien osara internarse en esas aguas desaparecía para jamás volver, arrastrado al fondo por la sombra que devoraba todo cuanto hallaba en su camino.
La boca de Juan Hoyuelos, moreno vendedor ambulante del agua que extraía del estanque, regurgitó los relatos más claros. El aguatero juraba haberla visto varias veces en su faena y la describía como una gran bestia aterradora, escamosa, con tarros en la frente, capaz de transformarse en joven seductora y hechizar a quienes la miraran a los ojos, empujándolos a su reino de honduras. En aspectos generales, una ensalada criolla de Nimue la Dama del Lago y el Nessie de la Laguna Negra. Nadie más la había visto, pero la mezcla de fascinación y temor no abandonó a los lugareños, al punto que la laguna se volvió un umbral peligroso y sagrado.
La fabulación habría cobrado rostro en la familia del campesino Elías, cuya esposa e hija sufrieron la “maldición” de la sierpe mágica. Una tarde, después de tormenta, mientras lavaban en el río, apareció una yagua y bajo ella notaron unas escamas negras que fueron a perderse en un remolino turbio. Desde entonces el silencio más atronador hizo presa de la mujer y la niña cayó en fiebres hasta morir. Elías, muerto de angustias, quedó a vagar por la orilla persiguiendo un espectro que solo él parecía ver, hasta que lo rindió la vejez y murió de cuerpo maldiciendo al monstruo que le había desgraciado la vida.
La india Sención
En bohío de yagua y guano, junto a la laguna, vivía Ascensión, una joven de tez india, mirada fiera y trenzas largas y negras que caían como la noche sobre sus hombros. Su carácter le hacía desafiar instintivamente las reglas impuestas por la progenitora, quien buscaba alejarla de un galán no aceptado por la humilde familia.
Sención —así la apocoparon de cariño— escapó una tarde con su amante a la laguna. La madre los sorprendió y reprendió con dureza. La muchacha, dominada por la espuma de su sangre insumisa, gritó: “Mamaíta, su merced me ha abochornado y no va a hacerlo nunca más”, y diciendo esto le lanzó una bofetada de rabia. Pero el gesto de humana insolencia se volvió terriblemente inaudito: la mano de la joven quedó pegada al rostro de la madre, y no fue posible liberarlas por más que lo intentaron. El padre apeló a un brujo, quien, incapaz de hallar remedio santo en su catálogo de ensalmos, tomó la rabanera medida de amputar la mano maldita. Sención aceptó la sanción del destino y se arrojó a la laguna pantanosa para siempre.
En viernes de luna, a las doce, insurgía la india esbelta y pálida con sus trenzas nictálopes y el muñón sanguinolento envuelto en gasa. Abría los brazos al cielo en ademán de arrepentimiento. La vieja casita, ubicada cerca del lugar donde se alzaría la estación del ferrocarril por los años 1814-1816, permaneció enlutada y esquiva para los vecinos, temerosos de toparse a la puerta a la figura errante, implorando indulgencias de malas pulgas.
Sin güije no hay paraíso
En los bosques del pasado no hubo charco sin güije. ¿O viceversa? Embotellado, lo mismo que el río al estrellarse contra peñascos forma remolinos y cantinelas de aguas sometidas, el barrio de Guata quiso esconder su secreto más oscuro como un rumor en botella ambarina. En ese espejo de agua habitaba un güije, criatura extraña, mitad hombrecillo y mitad duende, guardián celoso cuyo oficio era espantar a quien intentara violar con su cuerpo impuro la virginidad del meandro. Se dejaba ver en días santos, acurrucado al sol, esperando a los atrevidos.
Los que sobrevivieron a su avistamiento para contarlo hablaban de poderosas garras, dientes afilados y cuerpo sin pelo, lustroso y aterrador; culebreaba entre las sombras y emitía un aullido que erizaba los pelos. Capitanes matasiete, cazadores, bandidos y cimarrones confesaron haber sentido sus ojos clavados en la nuca, su alarido de horror o el salto súbito que lo zambullía en el fondo. No había dios que pudiera atraparlo o matarlo. El güije era eterno en su acecho.

En noches cuando la luna apenas alumbra el apagón perpetuo del campo, los abuelos siguieron cuchicheando la leyenda del bicho a sus nietos. Cierta vez llegó el cine a Sagua, grabó la historia de potrero y proyectó el rollo al mundo. El güije se moldeó como un espíritu burlón, de nuevo tiempo. Pero los viejos no olvidaron la charca donde no solo nadaban peces y anguilas, sino un misterio que nadie quiso encarar. La poza se hizo mito, o advertencia, frontera intangible de un recelo que se coló bajo los pelos de la memoria. Y los siguió poniendo de punta, al punto de que si el célebre Heráclito hubiera nacido en las riberas del Undoso, otro sería su fallo: nadie se baña dos veces en el mismo charco después de encontrarse con el güije.
Leyenda del sábalo
Los lugareños creían que un sábalo moraba en el tramo del río alrededor del Paso Real. A ojo de buen cubero viejos pescadores le calcularon dimensiones épicas y lanzaron el anzuelo de la leyenda. A pesar del tamaño de miedo, el pez era inofensivo y jamás hizo daño a nadie. Si cuando estaba a la sombra de los güines que crecían espesos en la orilla o tomando bocanadas de oxígeno se aproximaba alguna persona o un animal, huía espantado y el coletazo revolvía con tal fuerza las aguas que revelaba la magnitud del cuerpo sumergido.

De noche se podía escuchar sus bufidos al salir a la superficie desde su cueva en el cantil. Cuando perseguía la lisa u otro pez para alimentarse, levantaba olas impresionantes. Algunos intentaron pescarlo, pero el sábalo astuto no iba a morir por la boca.
Como no mordía la carnada, un gran nadador sagüero nombrado Pepe Artigas se propuso pescarlo con arpón. Cuando se vio a tiro, el sábalo agitó el agua con su cola para alejar al pescador y lo único que este pudo lograr fue arrancarle una escama, del tamaño de un plato pequeño.
En una de las periódicas crecidas, el pez habría aprovechado para irse al mar y no se le volvió a ver una aleta.

La poza de la Vieja Trabuco
En la margen derecha, cerca de los Chorrerones del Hicacal, el río formaba un remanso al que acudía la chiquillada alborotosa a bañarse “en cueros” y dejarse llevar por la corriente de travesuras. Entre las “gracias” estaba meterse con la dueña de la finca aledaña, una campesina de nombre Rufina, voz ronca, machete al cinto y capaz de manejar el arado como cualquier hombre. Los muchachos —que para la guasa pueden ser crueles— no perdonaron tan rudo perfil y la apodaron Vieja Trabuco. El mote se sembró en la tierra que la doña trabajaba sin descanso.
Cuando los niños la desafiaban con burlas y palabrotas, Rufina salía con sus zapatos de vaqueta y el machete ceñido en acto de custodiar sus linderos. No les perdía pies ni pisadas y con voz de tormenta reprendía sus malacrianzas. A veces, engrifada por los insultos, perseguía a los vejigos hasta la poza y ni el agua fría la frenaba en su pretensión de alejar a aquellos espíritus traviesos o aprehenderlos para tirarle de las orejas a modo de correctivo.
El tiempo, el cansancio y la soledad mudaron a Rufina lejos de la finca, dejando tras de sí solo el recuerdo de su presencia firme como las raíces de los árboles que plantó con manos voluntariosas. Más que un nombre, fue símbolo de lucha por defender su parcela. Como si una y otra estuvieran conectadas por nervios soterrados, la poceta desapareció bajo los sedimentos. Mas persistió el designio, un monumento sin bronce en la Poza de la Vieja Trabuco.
(Des)aparecidos en arroyo Ternero
Cerca del barrio La Jagüita, un arroyo de aguas quietas escondía una trampa mortal. A simple vista, el curso reposado convidaba a un baño de paz, pero quien osaba cruzarlo sin conocer del fango enmascarado bajo la superficie corría el riesgo de convertirse en víctima potencial. Un campesino con sus cuatro bueyes y la carreta cargada de caña quisieron vadearlo un día, sin presentir que las arenas movedizas les negarían el paso.
Entre pataleos y gritos dramáticos, el hombre y sus animales se hundieron vivos, condenados por un abrazo de lodo que no les dio tregua ni clemencia. El tiempo sepultó el episodio como polvo bajo la alfombra, hasta que un caminante llegó al pueblo con los ojos botados, afirmando que en el vado traicionero se le habían aparecido los desaparecidos. En espejismo cruel, vio al hombre con sus bueyes luchando en vano antes de ahogarse. Pronto aumentaron los testimonios peregrinos de la escena fantasmagórica.
Como una escultura de barro, el Arroyo Ternero grabó para la eternidad la aparición de un lamento y la reverencia de la vida ante la muerte.
La Vela pirata
A quince millas del puerto comercial de Isabela de Sagua, pequeña Venecia cubana, asoma La Vela, cayo desolado como un corcho en la inmensidad. Desde tiempos remotos, la ribera de Sagua ha sido una tentación flotante. Según el mapa de la tradición oral, en la era de la vela sirvió de bóveda de banco a Henry Morgan, El Olonés y otros piratas del Caribe.
Hacia 1561 un grupo corsario que huía mar adentro habría enterrado allí un rico botín. En las pompas de salitre viajó la leyenda del tesoro y la fiebre del oro contagió a los marinos. La clave para su hallazgo serían dos argollas que guiaban hasta unas rocas donde una gruesa capa de pintura sellaba el sitio. Empujados por los céfiros de la ambición, los navegantes buscaron en el islote no solo el refugio frente a las tempestades, sino también el secreto de oro y plata.

En charlas tabernarias sostenían que al surcar esas aguas se escuchaban voces sobre las olas, gruñidos del más allá que marcaban las horas negras de la medianoche. Eran las almas piratas obligadas por el destino infernal a rondar el mundo dejado atrás. Algunos vivos se atrevieron a excavar con manos temblorosas a la luz de la luna muda, pero no descubrieron más que arena y raíces. La Vela devino refugio para pescadores y carboneros, una pieza de tierra repleta de huecos vacíos, cicatrices abiertas de aquellos que cambiaron oro por fantasía.

Los tesoros del mogote
Las cavernas naturales de los Mogotes de Jumagua se pintaba al sindicato patadepalo para enterrar sus baúles de joyas, fechorías y calaveras. El mito habla que allí un grupo de lobos de mar enterró una vez un botín, y justo después de quedar el tesoro escondido el segundo al mando del barco desapareció con algunos compinches. Sospechando una felonía, el capitán ordenó buscar y fusilar a los alzados. Ambos grupos acabaron enfrentándose en un combate sangriento y al final se reveló que el capitán pillo tenía razón: su segundo había liderado un motín y robado el oro para volver a los mares del mal en bergantín propio.
Con la leyenda de ladrón que robó a ladrón trascendió la idea de que el tesoro podría seguir en el intestino del mogote. Pero los que se aventuraron a la búsqueda solo volvieron cargados del arcano cuento y picaduras. La verdadera fortuna no yacía en un socavón, sino en los hilos intangibles que unieron a generaciones de sagüeros en torno al cofre fenomenal de la leyenda.

El niño y la virgen
En 1888 un ciclón sometió a los habitantes de la playa Casa Blanca, título otorgado por las casitas blancas que realzaron el paisaje de Isabela de Sagua. A pesar de las advertencias del comandante del puerto para que desalojaran hogares y buscaran refugio en Sagua, la gente no dio crédito a la alarma en tanto veían cielo azul y clima apacible. Sin embargo, el huracán irrumpió con su furia gris horas más tarde, inundando de pánico y devastación. El pueblo quedó en ruinas. Las aguas revueltas arrasaron cientos de casas y ahogaron muchas vidas.
Un niño sobrevivió salvado por una silueta de mujer vestida de blanco y largo velo flotante, que lo condujo en brazos sano y salvo a la Aduana de Isabela. Guiados por el llanto, aduaneros lo encontraron envuelto en una frazada. Lo cuidaron hasta que creció y se hizo hombre, conocido en la comarca como Juan el Muerto. La entidad milagrosa resultó identificada como la Virgen del Carmen, patrona de los isabelinos y símbolo de esperanza en medio del desastre.
¿Un rey mono?
En una loma cercana al central Purio, Calabazar de Sagua, se descubrió una cueva con objetos correspondientes a primitivos habitantes en su interior. Asientos de piedra, instrumentos rústicos, restos fosilizados y la imagen de una virgen tallada en la roca causaron gran sorpresa. Pero algo mucho más impresionante centró la atención de todos.
Un negro vivía asilado en la gruta desde los tiempos de la esclavitud. El ermitaño se alimentaba de frutos y de la caza, tenía la cara cubierta de pelos y uñas encorvadas de lo largas. Se dijo que podía saltar y trepar árboles con la agilidad de un mono. Creyéndolo mal de la cabeza, lo trasladaron a la ciudad para internarlo en un asilo de ancianos. Debió parecerle una jaula. Murió poco después, seguramente nostálgico de libertad, extrañando ser dueño del monte.
En La Unión están los fantasmas
Hacia 1902 Francisco Goñi construyó en la calle Carmen Ribalta un edificio de tres pisos que tuvo en los bajos la embotelladora Lobatom y encima un hospedaje popularmente conocido por La Unión, donde mayormente acudían personas de baja condición social. Un día llegó en compañía de su amante un tipo al que todos llamaban Panterita, para instalarse una temporada. Las discusiones de la pareja resultaron cada vez más frecuentes, pero no pasaban del escándalo y de prender la alarma en todo el hotel.
Hasta que, con un olfato que justificaría su felino sobrenombre, el pichón de pantera se olió la carne del pecado y quedó en acechanza. Extraviado por los celos, una noche acusó a la mujer de haber descubierto su infidelidad y le asestó varias puñaladas. Los espantosos gritos de la víctima siendo acuchillada transitaron los pasillos rogando auxilio.
Cuando llegó, la policía solo pudo encontrar el cuerpo ensangrentado, inerte. El asesino se evaporó como un fantasma.

Desde entonces, reza la leyenda urbana, la interfecta sigue lanzando a medianoche su clamor eterno para punzar los silencios, como pidiendo castigo justiciero para quien le arrebató la vida. Con el tiempo, muchos huéspedes abandonaron el lugar jurando sentir aires de escalofrío o tocados por las almas en pena del trágico suceso, que aún vagaban sin reparo. Hotel Embrujado, lo rebautizaron.
El inmueble está habitado en la actualidad, ya sea porque “está duro” el asunto de la vivienda o porque los oídos modernos son sordos a anticuadas supersticiones. ¿Alguien puede decir su estado o si sigue guardando retintines de secretos negados a morir?













