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Tengo un viejo amigo viejo. Cada vez que nos encontramos, en la calle o en el agro, nos ponemos a meternos cuentos. Por lo regular son historias reales que nos hemos relatado cientos de veces, pero aún así nos las volvemos a calar, porque a ambos nos interesa constatar cómo vamos mejorando nuestras imágenes del pasado. Así, una discusión en una 68 podemos transformarla en una tumultuaria “piñacera” donde nuestros adversarios quedaron “conclusos” para el cuerpo de guardia del Calixto.
También rememoramos antiguos amores. ¡Cómo éramos de gallardos y apuestos! Las muchachas nos pretendían entre todos…Recodamos asambleas, en la Universidad o en los trabajos posteriores, donde levantamos la voz, gritamos nuestra inconformidad con las orientaciones “de arriba” y nos negamos a seguir políticas erradas, a pesar de las nefastas consecuencias que tuvimos que afrontar.
Aunque nos subleva hablar de nuestra precaria actualidad, terminamos cayendo “en el tema”, luego de inventariar los achaques respectivos. Aquí me toca declarar que preferiría que no estuviéramos siempre tan de acuerdo. Sospechamos, con sobradas razones, de la unanimidad —¿una nimiedad?—.

Los dos tenemos a nuestros seres más amados fuera de Cuba, lo que nos produce un agridulce dolor. Sólo saber que no están sometidos en sus lugares de destino a apagones infinitos, carencias de alimentos, agua, gas, medios de transporte y medicina, atenúa la lógica añoranza.
A veces dedicamos la jornada a intentar desentrañar quiénes mienten, quiénes dicen medias verdades y quiénes se saltan a la torera en sus discursos y declaraciones a la prensa los temas que más nos interesan a todos, los unánimemente jodidos, los no tenidos en cuenta por los decisores políticos de ambas orillas.
Casi siempre concluimos en que el estado generalizado de los pobladores de este lado del mar es el hastío. Una señora que escogía en el agro las pocas viandas que se podía permitir, irrumpió una mañana en nuestra conversación con estas frases contundentes: “Lo que vaya a ser, que sea pronto. Este esperar nadie sabe qué, no es vida.”
Y tenía razón. En tantas décadas de vida hemos visto desfilar errores garrafales, promesas incumplidas, planes impracticables por absurdos, una caída abrupta de la natalidad, el éxodo masivo de la población en edad productiva y reproductiva, y ese atroz desbalance entre nacimientos y defunciones que pone en peligro la existencia futura del pequeño género humano que somos, como le hubiera gustado decir a Simón Bolívar.
Incorruptibles corruptos, orientadores desorientados, gente buena que se dobla sobre los campos y las maquinarias y no ve convertido en calidad de vida el fruto de su abnegación, también están presentes en nuestras pláticas.
Los dos residimos en el Municipio Plaza, consejo popular El Carmelo, 1.32 km², 29 613 pobladores, según EcuRed; la zona del país con mayor densidad de personas de la tercera edad que viven solas. En mi edificio, en los últimos cinco años han fallecido, contando por arriba, unas seis personas. A algunos les tocaba, a otros les ganó la mano la soledad y las difíciles condiciones de vida.

María
Justo ayer mi amigo me preguntó por María, “la mujer que hablaba con los gatos”. Tuve que decirle que desde hace dos años se marchó a mirar los geranios —sus flores favoritas— por las raíces. Fue instrumentista en un salón de operaciones durante toda su vida laboral. Luego, cuando tuvo la necesidad de ser atendida, ya jubilada, se vio obligada a posponer varias veces una intervención quirúrgica por una causa u otra. No sé si esa dilación de meses le ocasionó o le adelantó la muerte. Lo cierto es que aún no le tocaba, pues no rebasaba los 65 años en un país en que el promedio límite de edad de las mujeres, según Wikipedia, oscila entre los 80 y los 86. Tal vez la venció el dolor de perder a su único hijo, atropellado por un auto en una calle de Miami.
María estaba entre nuestros personajes favoritos del barrio. Tenía un humor muy peculiar, también un trato profundo y frecuente con el mundo esotérico. Su compañía era la tribu de gatos de la vecindad, a los que alimentaba día tras día sin hacer distingo entre los callejeros y los oportunistas que tienen dueños e igual bajaban al pasillo cada mañana a pegar la gorra.

Aún hoy, a la hora habitual, entre las 7 y las 8 a.m., lo mismo con lluvia que con buen tiempo, se agolpan frente a su puerta cerrada desde entonces. Y entre los veteranos han comenzado a aparecer, sorprendentemente, individuos que no la conocieron y que tal vez hayan sabido de su devoción a través de la información genética.

Entre tantos sujetos maullantes, María tenía dos o tres preferidos. Mauricio, que no se ha visto más por estos andurriales, era un naranja bronquero y curtido. Siempre andaba hecho un despojo, con el cuerpo cubierto de heridas y el pelaje pegajoso de sangre. Su aspecto desastrado le ganó el mote de El Churre.

Otro que recibía de ella un trato personalizado es El Cola, aristócrata y engreído que no se mezclaba con la chusma. Él era servido cuando ya todos habían comido, y de las sobras que aportábamos los vecinos, escogía sus manjares preferidos: amaba el pollo y desdeñaba las verduras y viandas cocidas.
Cirilo completaba el trío de sus amores, un macho alfa, siempre presto para la fecundación y la galantería. Nos ha dejado una larga progenie con su sello característico, un rictus que asemeja o es —¿por qué no?— una sonrisa perenne.




De María me gusta recordar dos anécdotas. Durante la pandemia, por momentos en mi zona la circulación por las calles estaba prohibida. Yo salía a botar la basura y caminaba muchas más cuadras de las necesarias para drenar la energía que el encierro no me permitía gastar.
Por entonces tenía un solo par de zapatos, unos tenis verde olivo que en sus mejores tiempos fueron “de salir”. En una de mis escapadas a la calle pasé por 17. Al lado del night club El Submarino Amarillo hay un parqueo de camiones de una entidad oficial que se había sumado al combate contra la COVID-19. Ellos rociaban por las avenidas un líquido con alto contenido de cloro. Sin darme cuenta, metí un pie en un charco de ese compuesto. Doscientos metros después noté horrorizado que uno de mis zapatos ya no era verde, sino que ahora tenía un feo tono blancuzco.
Al verme llegar al edificio todo compungido, María me soltó: “Mira que eres excéntrico. Los zapatos de dos colores distintos. La verdad es que por tal de llamar la atención eres capaz de ponerte cualquier cosa”.
Quizás como reflejo de ese accidente, noches después tuve un sueño. Una amiga a la que le había perdido la pista desde hacía años, me regaló un par de zapatos hermosos. Los dejó en la puerta de mi apartamento con una nota cariñosa. Cuando me los probé, noté, angustiado, que me quedaban demasiado grandes. Le conté a María el sueño doloroso y le pregunté si ella sabía cómo podría cambiar esos tenis por unos de mi talla.
Sin pensarlo dos veces me soltó: “Tienes que volver a soñar. Localizar a tu amiga, que también debe estar soñando, e ir juntos a la tienda. Solo deben decirle al dependiente: el perro tiene cuatro patas, pero camina en una sola dirección. Él te estará esperando. Y asunto concluido”.
“¿Tú me estás jodiendo, María? —le pregunté.
“¿Quieres cambiar los zapatos o no?” Asentí con la cabeza. “Entonces haz lo que te digo”, concluyó.

Mi socio y yo ayer subimos a mi casa, brindamos con añejo y café por el recuerdo de María, y pusimos dos canciones que a ella le gustaban: “María” (The Jackson Five), con el hermoso falsete de Michael, y “María, María”, de Milton Nascimento y Fernando Brant, de la que cada vez que la escuchábamos juntos tenía que traducirle la letra. Esta, en algún lugar dice: “María, María es un regalo, una cierta magia,/ una fuerza que nos advierte. /Una mujer que merece vivir y amar / como cualquier otra en el planeta…”













Que hermoso relato.