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Llevo largas madrugadas de desconexión con Dimarys. Aquí donde estoy, a orillas del océano Pacífico, no falta el fluido eléctrico, pero igual a mi trabajo lo rigen los apagones de La Habana. Aun así, logramos sacar esta entrevista con una poeta singular, seguidora de la estela de Carilda Oliver y, por eso, con una poesía erótica desacralizadora, potente.
Nació en Güira de Melena, Artemisa, en 1979. Es licenciada en Lengua Inglesa y, entre otras muchas cosas, miembro del Comité Organizador del Festival Internacional de Poesía de La Habana y especialista del Centro Cultural Cubapoesía.
Ha recibido los siguientes galardones: Premio Internacional, “La Pluma de Oro de 14k” (Perú, 2020); Premio Anca María David y Premio Archivo Literario (Rumanía, 2021); y Primer Premio del VII Certamen de Poesía “Mesa de Ocaña” (Toledo, España, 2021).
De prisa, temiendo ella y yo perder el contacto entre estas dos orillas del mundo, la someto a este fuego graneado de preguntas, inicio de un diálogo que habrá que continuar —ojalá en mejores condiciones— con dos tazas de café de por medio.

¿Cómo y cuándo ocurrió tu primer contacto con la poesía?
Fue un hallazgo casi doméstico, como suele pasar en la infancia. En casa siempre hubo libros, pero mi primer contacto real con el ritmo de la palabra no vino de la lectura silenciosa, sino de la oralidad; de escuchar la cadencia de la voz de mi madre o tropezar con fragmentos que se quedaban resonando en la cabeza sin que yo entendiera del todo por qué.
La poesía llegó antes de que supiera qué era la literatura; llegó como un misterio que se sentía en el cuerpo, una urgencia de nombrar el mundo de otra manera cuando la realidad cotidiana se quedaba corta.
¿Cuáles fueron los primeros poetas que leíste?
Mis primeras lecturas formales estuvieron entre los clásicos y la tradición hispánica. Llegué temprano a Federico García Lorca —su calidez dramática y musicalidad me fascinaron—; y, por supuesto, a la inmensidad de José Martí, que en Cuba es un aire que respiramos todos desde niños. Poco después me encontré con la poesía de Juana de Ibarbourou y de Alfonsina Storni, voces que me sacudieron profundamente y me mostraron que la vulnerabilidad y la fuerza podían habitar el mismo verso.

¿Quién fue el primer poeta relevante que conociste personalmente? ¿Cómo se dio ese encuentro?
Ese primer encuentro decisivo fue con un poeta que admiraba desde la distancia de la página y cuya presencia física imponía el mismo respeto que su obra. Se dio en una librería; era la presentación del libro La aguja irracional, de Marilyn Bobes. Su nombre: Roberto Manzano.
¿Dejó alguna huella en ti?
Más que un consejo técnico, lo que dejó en mí fue la certeza de que la poesía no es un oficio de horas libres, sino una actitud ante la vida, una ética del cuidado con el lenguaje. Me enseñó a escuchar el silencio antes de atreverme a escribir, y por él llegué a mi primera publicación, una antología de voces jóvenes, a las que les había tocado vivir una de las épocas más difíciles, que fue el Período Especial, bajo circunstancias tal vez diferentes a las actuales, pero con un impacto devastador para la sociedad. El libro fue El árbol en la cumbre. Nuevos poetas cubanos en la puerta del milenio”, de Roberto Manzano y Teresa Fornari, publicado por Letras Cubanas en el año 2016.
¿Tienes una definición personal de “poesía” o adoptas alguna de otro autor que compartas plenamente?
No me acomoda encajonarla en una definición estricta. Prefiero verla como una hendidura en lo cotidiano; es lo que queda al descubierto cuando le quitamos el ruido al mundo. Si tuviera que arrimarme a una idea ajena, diría, como se ha sugerido tantas veces desde la mística y la gran tradición lírica, que la poesía es una forma de conocimiento, una manera de rozar aquello que la lógica o la ciencia no alcanzan a explicar. Es la traducción del asombro y del dolor.

¿En qué circunstancias te estrenaste en el mundo editorial? ¿Ver tus versos impresos por primera vez te causó algún sentimiento particular?
Mi estreno editorial ocurrió en medio de las tensiones y los esfuerzos compartidos que caracterizan al mundo del libro en nuestro contexto. Fue un proceso de maduración, de soltar textos que hasta entonces solo me pertenecían a mí. Yo en ese tiempo dirigía una editorial en los Estados Unidos, y aunque era una joven poeta con publicaciones en revistas nacionales y extranjeras, aún no tenía un libro propio y me costaba sacarlo bajo el sello editorial que yo dirigía. No me parecía correcto hacerlo, aunque amigos poetas me criticaban por eso, hasta que un día me decidí por la insistencia de ellos mismos, y di a luz a mi primer hijo, Al derecho y al revés, en el año 2019, con prólogo de mi amigo poeta Ediel Pérez Nogueras, Premio David (2016).
Ver el primer libro físico provoca una mezcla muy extraña de pudor y desapego. Es un orgullo innegable, claro, pero también la revelación de que esos versos ya no son tuyos; se convierten en el espejo de un extraño.
El poema impreso se independiza de su autor.



¿Para qué sirve la poesía?
En un sentido utilitario, no sirve para nada, y ahí radica su mayor victoria y su absoluta libertad. No salva economías ni arregla desperfectos técnicos. Sin embargo, en un sentido espiritual, es imprescindible: sirve para salvaguardar la memoria afectiva de la humanidad, para recordarnos que somos vulnerables y para evitar que nos volvamos completamente inmunes al dolor del otro. Es el último refugio contra la prisa y la deshumanización.
Recomienda a nuestros lectores cinco poetas de cualquier época y de cualquier lengua de imprescindible conocimiento.
Constantino Cavafis: Por su mirada descarnada a la historia, el deseo y el paso del tiempo.
Anna Ajmátova: Una cumbre de la dignidad humana y el rigor poético ante la tragedia.
Rainer Maria Rilke: Específicamente sus Cartas a un joven poeta y las Elegías de Duino; es el manual definitivo del viaje interior.
Alejandra Pizarnik: Por su capacidad de rozar el abismo con una brevedad que corta la respiración.
Fernando Pessoa: La demostración de que un solo ser humano puede albergar toda la multiplicidad del universo.

Para ti, ¿cuáles serían los cinco nombres infaltables en el nutrido parnaso cubano?
Reducir nuestra tradición a cinco nombres es casi un pecado, pero pensando en pilares esenciales que transformaron mi sensibilidad:
José Martí: El origen y la brújula espiritual.
José Lezama Lima: Por fundar un sistema poético que estiró las posibilidades de la lengua.
Dulce María Loynaz: Su poesía es un ejercicio de contención, de una delicadeza y una lucidez demoledoras.
Fina García Marruz: Por su mirada sagrada sobre lo cotidiano y los hilos invisibles de la memoria.
Eliseo Diego: Nadie ha nombrado la fijeza del tiempo y los rincones de las casas viejas como él.

¿Tienes una poética?
Si por poética entendemos un manual cerrado de reglas, no. Mi poética cambia con mis obsesiones y con los años. Pero si tuviera que resumir mi búsqueda actual, diría que persigo la honestidad visceral. Limpiar el poema de artificios innecesarios, buscar la tensión exacta entre la música de la palabra y el peso de su significado. No escribir por llenar la página, sino cuando el silencio se vuelve insoportable.



¿Por qué vías accedes al poema? Cuéntanos si necesitas condiciones especiales para crear.
Lo hago casi siempre a través de una obsesión rítmica o una imagen visual que insiste en no borrarse. No creo en el mito de la musa que dicta versos al oído mientras uno descansa, aunque muchas veces he sentido esa sensación extraña que me hace levantarme a escribir. Pero lo atribuyo al silencio de la noche, a ese momento donde uno se acuesta a conversar con la almohada, y muchas veces en esa búsqueda dentro de uno nace la inspiración.
¿La inspiración existe? ¿Qué significa esta palabra para ti?
Sí creo que la inspiración existe, pero te tiene que encontrar trabajando, leyendo o con la atención muy afilada. No necesito grandes lujos: un rincón tranquilo, papel, bolígrafo y, sobre todo, silencio mental. El poema suele gestarse en la caminata cotidiana o en el desvelo, y luego se asienta frente a la página.
La inspiración es un puente y una radiografía. Es la evidencia física de un momento de lucidez o de crisis. Para mí es un pacto de absoluta honestidad para llegar al poema. En el poema no se puede mentir, porque el lector lo detecta de inmediato y ahí es cuando la “Inspiración” y la palabra se fusionan y se convierten en códigos que se transforman en imágenes y se van enlazando, ya sea en estructuras cerradas o en versos libres, que forman el poema. Tal vez sea ese proceso la metamorfosis de la poesía.

Entre todos tus libros, ¿cuál es el que mejor te representa, en el que llegaste a las más altas cotas de elaboración artística a tu alcance?
Cada libro responde a la mujer y a la escritora que fui en un momento específico, y a todos les guardo un respeto particular. Sin embargo, hay zonas de mi obra donde siento que logré despojarme del miedo y alcancé una madurez expresiva superior, donde el equilibrio entre la intensidad temática y el control de la forma se dio de manera más natural. Es ese texto donde miro hacia atrás y me reconozco por completo, sin la necesidad de cambiar un solo adjetivo, y esa satisfacción sobre todo la logro con mis libros de poesía erótica.
Has sido traducida al inglés, lengua que conoces. ¿Cómo fue leerte vertida a otro idioma? ¿Te causó un efecto de extrañeza, como si esas palabras hubieran sido escritas por otra persona?
Es una experiencia fascinante y a la vez un ejercicio de extrañamiento absoluto. El inglés tiene otra economía del lenguaje, otra comprensión del ritmo. Ver tus emociones articuladas a través de estructuras sajonas te obliga a redescubrir tu propio poema, a entender que la traducción no es un calco, sino la reconstrucción de una atmósfera en una geografía mental distinta.
En cuanto a esa extrañeza que preguntas al leerme traducida, te digo que sí, completamente. Hay momentos en que te lees en otra lengua y te preguntas: “¿De verdad yo quise decir eso?”. Pero luego descubres que el traductor captó una vibración subterránea que tú misma no habías racionalizado. Es como mirarse en un espejo cóncavo: eres tú, pero la silueta ha cambiado.



¿Es cierto en todos los casos aquello de “traduttore, traditore” (traductor, traidor)?
No, no lo creo. Hay traducciones que son verdaderos actos de traición, sí, pero por negligencia. Cuando el trabajo se hace con rigor y sensibilidad estética, la traducción no traiciona, sino que hospeda. Es un acto de generosidad inmenso: mudar el alma de una casa lingüística a otra. Más que traición, la buena traducción es una metamorfosis.
Los poemas tuyos que conozco tienen una fuerte carga erótica. ¿Es el tema central de tu obra?
El erotismo está presente porque es una de las pulsiones vitales más poderosas de la condición humana, pero no lo veo como un fin en sí mismo, sino como una llave. A través del cuerpo, del deseo y del encuentro con el otro, exploro la soledad, el paso del tiempo, el miedo a la pérdida y la búsqueda de lo sagrado.
El cuerpo es el territorio donde se libran todas nuestras batallas espirituales; por eso mi poesía pasa inevitablemente por ahí. Además, la poesía es un arma de lucha contra los tabúes sociales, contra el patriarcado, contra los prejuicios a los que han sido condenadas las mujeres. Es una lucha que recién inicia, y que corresponde no solo a la mujer, sino también al hombre como compañero de vida, como padre, hermano, tío, abuelo.
¿Crees que con un poema puedas llegar a seducir a una persona?
Se puede seducir la inteligencia, la sensibilidad o la imaginación de alguien a través de la palabra. El poema puede tender la pasarela, generar la atmósfera o desarmar las defensas del otro, pero la seducción real requiere del cuerpo, de la mirada, del misterio cotidiano. El poema es un magnífico cómplice, pero no hace todo el trabajo.
¿Te consideras una erotóloga?
No, para nada. La erotología suena a estudio clínico, a categorización científica, y yo no teorizo sobre el deseo; yo lo vivo y lo sufro a través de la escritura. Soy una poeta que utiliza el lenguaje de los sentidos para indagar en los misterios de la existencia. Prefiero la intuición del poema a la rigidez de cualquier tratado.
¿Cómo definirías tu poesía?
Si tuviera que usar pocas palabras: una poesía de la fijeza, de la insistencia en el cuerpo y en la memoria. Intento que sea un espacio donde cohabiten la intensidad de la experiencia vivida y el rigor de la forma; una palabra que no eluda las zonas oscuras, pero que siempre busque una brizna de luz o de belleza para sostenerse.

Si aceptamos que la poesía es aquello indefinible que en ocasiones va a dar lugar a un poema, ¿cuál sería el mayor hecho de trascendencia poética de tu vida?
El mayor hecho de trascendencia poética no ha ocurrido frente al escritorio. Ha sido la capacidad de sostener la mirada ante pérdidas profundas, la complicidad silenciosa compartida con los seres que amo, o esos instantes de absoluta comunión con el paisaje de mi isla donde el tiempo pareció detenerse. La poesía me ha salvado de la locura en momentos límite. Que hoy pueda seguir mirando el mundo con asombro y sin rencor, ese es mi mayor poema.
Comparte con nuestros lectores cinco poemas que les sirvan para introducirse en tu mundo poético.
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Amnios
(a Raúl Hernández Novás, por intentar el regreso).
Quiero verte, madre,
desde el fin hasta el principio,
guárdame en tu bolsa,
nútreme otra vez.
Tengo miedo de los insectos que me habitan,
de los grillos que cantan a mi nombre
y los gusanos que profanan las maneras.
Aléjame del ruido de los ciervos,
del silbido de la noche.
Quiero subirme a tus brazos
con el canto empinado del gorrión.
Robada fui cuando tus dolores fueron el aviso
y pusieron la esfera sin querer sobre la espesura.
Bajo el paso del fuego
dejé nombre,
dirección,
y al despertar
vi el mundo a mis espaldas.
Regreso y cae el hacha con sus alaridos.
¡Miradme!
Tenedme aquí
en este cuerpo que nombro,
que no quiere ser risa
ni palabra
ni duende
casi nada.
Una espiral que gira de niña a crisálida sin saber.
¿Dónde abandoné el capullo?
Y apuntando con el pecho hacia todo,
unas alas me llevaron…no sé a dónde.
Dimarys
(Acróstico)
Digo: que no soy ya esa muchacha
Ignoro aquella paz que me ató al nombre
Mientras no pueda hallar del filo, el hacha
Arrancar de la mano sin que asombre
Reír, si por llorar a veces miento
Ysi acaso persiste esa manía
Sabré que es fácil ir al sentimiento
Sí difícil es la monotonía.
Y tal vez volveré por el reverso
Revertiré mi mano desgastada
Advertiré a la niña enamorada
Más viviré mujer en cada lema
Ignorando tal vez que en el poema
Dibujé mi inicial en cada verso.
Quise ir desnuda a tu fiesta de amor
“Puedes venir desnuda a mi fiesta de amor
yo te vestiré de caricias”.
Rubén Martínez Villena
Quise ir desnuda a tu fiesta de amor
para afilar mis pechos dentro de tu boca;
tu boca, siempre tu boca.
La que inventaron mis pechos
para hincar más hondo o voltear el filo.
Quise ir desnuda a tu fiesta de amor
a horcajadas sembrar el trigo
que crece al choque impreciso
contra el límite de mis piernas
tan oriundas de ti.
Quise ir desnuda a tu fiesta de amor
y dejarme caer sobre tu escroto
al compás de tus acordes
y acompañar tu música con mis gemidos.
Quise ir desnuda
pero eras casto
me hablabas de lirios y rosas blancas,
yo no entendía el lenguaje de los santos
no sabía que existía la pureza
dentro de un hombre
legendariamente impuro.
DesnudARTE
Por transitar tu cabello,
tu frente y luego tus ojos,
tus labios -a mis antojos-
bordar con besos tu cuello;
porque dejes tu resuello
tatuado en mi anatomía;
por la cumbre de tu hombría
sobre mi sima otra vez
yo me resbalo a tus pies
presa de tu geografía.
Me prefiero arrodillada
exactamente a la altura
magistral de tu cintura
y con la voz mutilada.
Que mi boca sea cascada
donde se vierte tu río.
Culminado el desafío,
desde mi cuenca sonora,
puedes sacar sin demora
el último verso mío
La tumba
La casa era la tumba,
la fosa común donde tiran los restos
que nadie puede reconstruir.
Era la tumba la casa
donde pedía protección a la muerte,
el templo dedicado a Hades
purificaba mi alma entre amargas tazas
de café.
La casa, sobre todo,
seguía siendo una tumba,
un apéndice
donde guardar lencerías
con restos de semen,
el mausoleo
donde debí guardarme
sólo para ser pura.
debajo de la tierra.













