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Sin prisa pero sin pausa, gradual e insensiblemente, la vida del pobre Liborio se fue dilapidando con el tiempo. Causas históricas y más recientes, entrelazadas y complejas en toda época, así lo decretaron. Similar a una cadena perpetua, —lo mismo que el “chivo que rompe tambor” o “el negro que tiró la tiza”— Liborio quedó musicalmente sentenciado en la mentalidad nacional a pagar los platos rotos; a cargar sobre sus espaldas la cruz de las culpas ajenas, como un “pagador” de promesas en clave cubana.
El cerebro de Ricardo de la Torriente fue su padre y su madre, la mano. Nació en el seno de La Discusión, allá por los años 1900. Luego se mudó a La Política Cómica, semanario satírico ilustrado dirigido por el dibujante matancero y llamado “órgano oficial de Liborio”, pues en esas páginas el personaje catapultó su estatura. Encaneció con la República de generales y doctores, y aun cuando la publicación desapareció en un cuarto de siglo, Liborio consiguió trascenderla.
En su humanidad famélica y ultrajada, y en su condición de “pobre diablo” que no sale de una para entrar en otra, encarnó la Cuba de su tiempo. Desde fecha temprana, la masa aceptó ese vínculo porque el cuadro caricaturesco abrió titulándose, estratégicamente, El Pueblo Cubano.

Liborio es un tipo flacucho, narizón y de patillas espesas, bigote de gato y barbas de chivo. Siguiendo el arquetipo del cubano, más bien del campesino genuino, viste un atuendo endomingado: sombrero de yarey, guayabera almidonada o —en onda más vernácula— camisa de olán estampada y pañuelo al cuello. Su afición son las peleas de gallos, a veces lleva el paraguayo colgado del cinto, y se le ve acompañado por un perro sato con la lengua afuera, o por Rufina, su mujer.
No-propietario real de parcela alguna ni del bohío suyo, su autonomía es ficticia. Es el clásico guajiro o cubano “de a pie” dueño de mucho concepto alegórico y al mismo tiempo dueño de nada. Liborio está a merced del tunante de cuello blanco, del gran propietario, del propietario medio, del intermediario, del bodeguero de barrio, del Tío Sam… Depende de todos para todo: para la comida, para el médico, para el transporte, para el trabajo, para lo más básico; hasta para el bautizo y el velorio. Cada año se le ve más desvalido, enredado en las circunstancias y estrangulado por las partidas de bribones.
Indefenso, engañado, desengañado, vuelto a engañar múltiples veces; pesimista, abatido, va perdiendo la fe y la voluntad de crear. Para qué creer y producir si nada resuelve, el esfuerzo nunca alcanza. Cuando se ha caído en la promesa vacía y miserable es difícil levantar la cabeza. Ve que hay cierto éxito en los que emplean mañas impropias. Cerrados los caminos —real y figuradamente— se repliega en sí mismo. Instintivamente tira al cesto la confianza, empieza a reproducir una especie de espíritu desdeñoso y burlón. Ya no cree en chácharas prometedoras.

Dijo el caricaturista Juan David que Liborio era “la estampa viva de la frustración e impotencia nacional”. Otros apuntaron que —como resultado de la vacilación política de su creador— asumió una postura conformista y pasiva; y le colgaron al cuello calificativos más duros como “guanajo”, “trajinado” de siempre o “bobo de turno”. Pienso que no fue esa “víctima” absoluta que se pinta.
De sus costillas tomó cuerpo la sátira, y sus experiencias vitales prendieron la chispa de una crítica original y brillante. A pesar de su escepticismo y complejo de inferioridad, galleaba para desahogar fatigas e inconformidades. Fue capaz de reclamar derechos soberanos, cuestionar la injerencia norteamericana, denunciar la corrupción gubernamental, las leyes absurdas y nombrar lo que no tiene nombre.
Pronunció en broma las mayores verdades. En el ton mordaz de su tira cómica esgrimió un estilo amonestador, concienzudo e incisivo que tuvo el filo de su machete. Siendo la síntesis dibujada de la opinión pública condensó sus hondos decires y pesares. “Así se convertiría en figura urbana, irónico hasta el cinismo, con su apariencia de tonto, pero sagaz e intuitivo”, sostiene la historiadora Olga Portuondo.
Como cubano auténtico, Liborio hizo del chiste el analgésico para sus desgracias, del chucho su válvula de escape. Captó el carnaval de vicisitudes, angustias y alegrías populares, y las tradujo al lenguaje dinámico de la viñeta episódica y precisa, a veces en cuartetas, otras veces con una simple mueca de su cara expansiva. Desde el punto de vista comunicativo constituyó una fórmula genial para facilitar la decodificación del mensaje, que por lo general contenía una acentuada intención reflexiva y enjuiciadora sobre asuntos de alcance social.

Con el triunfo de 1959, que planteó “la erradicación de los males y vicios del pasado neocolonial” y “del servilismo de los gobiernos títeres”, la función social de Liborio no tendría sentido; por lo que una inyección paternalista se encargó de liquidarlo, o mejor dicho, a su disminuido e intermitente alter ego Liborito. De hecho, el legendario protagonista de la caricatura política había sido amordazado desde el machadato, y destronado por El Bobo de Abela y El Loquito de Nuez. Aun así, Liborio subsistió como un eco intermitente, y lo que en esencia cambió fue su código de alusión e interpretación simbólica dentro del imaginario.
El prototipo que se había instalado como nervio y rostro de Cuba, alma y símbolo de la nación, acabó confinado a una manida frase: “Eso lo paga Liborio”. La locución quedó prendida como hierbajo en el nuevo relato, omnipresente en la conciencia popular. Dependiendo del contexto y de la perspectiva del discurso se usa para referirse a un daño público, a la pérdida colectiva vertida en saco roto, al manejo sin transparencia, al abuso de poder o a la implantación de una medida “macarrónica” llamada a trasquilar aún más la siempre frágil economía doméstica.

No deja de ser, por tanto, una idea que alberga un claro y extraño cinismo sociopolítico. El cinismo de la vista gorda y la abulia general. Si Liborio ha sido la representación gráfica del pueblo, el “eso” que paga Liborio disimula, disfraza, encubre una implicación colectiva: significa que lo pagamos todos. ¿Se puede ser indiferente a esa lectura? Lo preocupante es que el adefesio semántico resulta sabido y consentido. Ironía del destino.
El icono pagano no ha muerto. Liborio parece venir por los vericuetos del ayer, con su cruz a cuestas, como el rehén de una deuda eterna. Sus caricaturas sin muerte no solo mueven a risa. Ofrecen un rejuego de entredichos y debates retóricos; transmiten ideologías, sensaciones y parábolas. Útiles todavía en la era del meme, sirven para recordarnos que quien olvida las lecciones de la Historia está condenado a repetir errores y fracasos. Los muñecos también hablan. He aquí una galería de prueba.




















