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“Llevamos diez días con 23 horas sin luz. Solo una hora al día, y además la ponen de 9 a 10 de la mañana, cuando estoy trabajando”. El mensaje salta en un grupo de WhatsApp en el que mi prima es de las primeras en dar los buenos días. En los últimos meses, no obstante, lamentos así han ensombrecido sus saludos, a los que ninguno de sus familiares fuera de Cuba sabemos cómo reaccionar.
Tiene 40 años, vive sola en el barrio de Buenavista (Playa) y ha aprendido a arreglárselas bien y “resolver” desde muy joven, sorteando los obstáculos habituales en Cuba después del Período Especial. Sin embargo, asegura que nunca había enfrentado una situación tan limitante y agotadora como la actual.
“No te imaginas: todos los días tengo que ir hasta el Vedado a comprar hielo para que no se me eche a perder la insulina y también la comida. Y lo venden carísimo”, me cuenta cuando le escribo por privado.
A los 12 años le diagnosticaron diabetes mellitus tipo I y necesita inyectarse insulina cuatro veces al día. Pero sostener ese tratamiento en las actuales condiciones se ha vuelto cada vez más difícil.
“Llevo más de 20 años sin que me den jeringuillas para inyectarme y desde 2019 no hay alcohol en la farmacia. Las tiras para medirme el azúcar deberían costar 25 pesos, pero nunca las sacan: las revenden en 8 mil CUP la misma caja, que además no alcanza para un mes. A ese precio, solo puedo medirme cuando me siento mal. No tengo cómo controlarme al menos dos veces al día, que es lo que necesito: una antes de acostarme, para no inyectarme más insulina de la cuenta y evitar una hipoglucemia en la madrugada, y otra en la mañana. Muchas veces tengo que inyectarme ‘al tacto’, sin saber exactamente cómo tengo el azúcar. Es muy difícil todo aquí”, dice.
El peso financiero de vivir en Cuba siendo diabética la llevó a salir de su empleo estatal e intentar enrumbarse hacia el sector privado, donde pensó que podría mejorar un poco su situación.
“Tuve que hacer de tripas corazón y decir: tengo que hacer algo. Antes limpiaba casas y me pagaban 5 dólares por una casa entera. Después trabajé limpiando una empresa privada: primero me pagaban 500 pesos, luego 1000. Pero con eso no haces nada, no te alcanza ni para una botella de aceite. Entonces decidí emprender. Empecé a pedir dinero prestado por todos lados para comprar la moto de tres ruedas que tengo ahora. Todavía estoy pagando deudas. La moto ya la terminé de pagar porque vendí un carro y con una comisión de 500 dólares pude saldarla, pero ese dinero también era prestado y aún lo estoy pagando poco a poco.”
No obstante, lo que gana ahora, un año después de haber salido del sector estatal para intentar prosperar con su emprendimiento —da clases de conducción de moto, en un área de negocios además poco explorada por las mujeres en Cuba— tampoco le da la cuenta para pagar todos los meses por una caja de tiras para medirse la glucosa.
“Estoy ganando, con suerte, entre 15 mil y 16 mil pesos al mes, pero eso solo si tengo alumnos. Si no, no gano nada. Antes trabajaba en la ambulancia, en el SIUM, y ganaba entre 2 mil y 2400 pesos. Después pasé al hospital militar, donde llegué a cobrar 3900. Es decir, muchísimo trabajo para un salario con el que no se puede vivir.”

“Una vez sí tuve que pagarlos, los 8 mil pesos, porque estaba enferma, cuando me dio el chikungunya. Ahí sí era necesario medirme el azúcar. Las jeringuillas, por ejemplo, las consigo como puedo. A cualquiera que venga de afuera le pido: ‘Oye, ¿me puedes traer unas jeringuillas?’. Mi tío, cuando estuve enferma, me mandó un nailito con algunos paquetes de Estados Unidos. Mi papá, cuando puede viajar, también me trae”, relata.


Según estimaciones de economistas independientes, a finales de 2024 una pareja en Cuba necesitaba más de 45 mil pesos mensuales solo para cubrir gastos básicos. Si consideramos esta una cifra realista, más de un año después y al paso de una inflación galopante, una persona saludable, sin padecimientos crónicos necesitaría alrededor de 22 mil pesos cubanos para llegar ajustada a fin de mes.
La realidad, no obstante, va sumando más pesos a las espaldas de quienes necesitan asegurarse de que sus medicamentos estén al día, algo para lo cual no siempre se puede contar con la cobertura del sistema público de salud.
“La insulina, por lo menos, ahora sí me la dan en la farmacia. Pero hace tres años estuve nueve meses sin cogerla porque no había cómo producirla. En ese tiempo, como yo trabajaba en el SIUM y en el hospital, resolvía hablando con enfermeros que me regalaban una o dos, y así iba sobreviviendo. En todas las reuniones del barrio —del CDR y esas cosas— siempre planteaba mi situación. Hasta que por fin volvió a producirse y se estabilizó un poco”.
Por ser diabética tipo 1, necesita además hacer comidas frecuentes para evitar una hipoglucemia. Pero conseguir alimentos de buena calidad se ha vuelto tan difícil —o más— que pagar precios justos por lo poco que aparece.
“Una botella de aceite está en 1500 pesos. Una libra de frijoles, en 450. El picadillo a granel, en 380. El pollo llega hasta 500 pesos la libra… y encima te obligan a comprar el paquete de 10 libras, porque ya no lo venden fraccionado.
El arroz es malísimo, el que están dando ahora no hay quien se lo coma: si le echas poca agua queda duro, si le echas la normal queda aguado. Ayer mismo tuve que comer puré de malanga porque ya no puedo más con ese arroz. Y si no, tienes que comprarlo en las mipymes, que está a 280 pesos la libra.
La fruta hace rato que casi no se ve, y cuando aparece está carísima. Ayer, viniendo para el trabajo, vi a una muchacha vendiendo fresas naturales. Me paré a preguntarle: dos libras por 2 mil pesos… y además decía que aceptaba transferencia. Y uno se queda así.
El plátano maduro, cuando aparece, una mano cuesta 300 pesos, y cuando te lo comes no sabe a nada: está madurado con químicos. El tomate está a 200 pesos la libra. La col la pagué el otro día a 500 pesos”.

Bajo apagón
Laura vive en el Cerro junto a su esposo y dos niños pequeños, uno de ellos todavía bebé. Vecina de la Calzada del Cerro, además de los apagones diarios de más de 20 horas, también debe lidiar con otro dilema paralelo que se suma a la situación energética y la escasez de alimentos: cómo prepararlos y cuándo.
“En mi municipio no hay gas de la calle. Hemos pasado tres meses o más sin poder comprar una balita. Entonces, el poquito gas que me queda —que ya te digo, hace meses que no repongo— lo tengo reservado para el bebé. En caso de apuro, cuando no llega la corriente en ningún momento, tengo que echar mano a eso y cocinarle su comida, que además es diferente a la que comemos el resto de la familia. Eso es lo más estresante, porque yo siempre pienso: ‘Bueno, el otro niño y nosotros podemos resolver con una pizza, un pan, cualquier invento… pero al bebé no le puedo dar eso, y tampoco lo puedo dejar sin comer”, contó a OnCuba en medio de su agitación cotidiana en un audio de WhatsApp.
Cuando ponen la corriente, Laura se moviliza para dejar encaminadas todas las tareas domésticas que en apagón son imposibles de ejecutar: lavar la ropa, hervir el agua y preparar la comida de sus hijos.
“Ayer, por ejemplo, pasamos muchísimas horas sin corriente. Nos levantamos en apagón, nos la pusieron un momentico; el niño mayor me ayudó a montar el arroz en la arrocera y yo me puse rápido a hacer el almuerzo del bebé. En menos de una hora se volvió a ir. Lo único que me dio tiempo fue hacer ese arroz blanco y el almuerzo del bebé. Ya no hubo más corriente hasta casi las cuatro de la tarde”, relata.

Laura siente que se levanta y se acuesta en una suerte de “estado de guerra”. El tiempo del que dispone en sus escasos ratos “libres” —cuando no aprovecha las horas con electricidad para cargar la laptop y enviar los mensajes que quedan pendientes cuando se va la corriente— está enteramente orientado a asegurar lo básico para su familia. Para lograrlo, ha tenido que organizar una lista de prioridades que ya se ha automatizado en su rutina, siempre en función de aprovechar al máximo el poco tiempo de luz.
“Tienes que estar pensando: llegó la corriente, bueno, voy a montar lo primordial, que es la comida. Después, ¿qué hago? Bueno, voy a echar a lavar. Yo tengo una lavadora automática, pero la gente que no la tiene se demora más. Y después de eso, ¿qué sigue? Bueno, tengo que planchar los uniformes del niño grande… Y así es todo el tiempo, en una resistencia, como si uno estuviera en una guerra”.
Desde Holguín, el testimonio de Vivian también refleja vivencias en común con las de Laura. Tiene 30 años, es periodista y se busca la vida escribiendo para medios de comunicación y plataformas digitales.
“Si para la mayoría la cotidianidad es muy compleja, para quienes dependemos básicamente de la electricidad y la conectividad para trabajar y buscar el sustento diario se vuelve aún más difícil. En apenas tres horas de electricidad —al menos en Holguín— solo alcanza, si acaso, para lo básico: garantizar la cocción de los alimentos (si ya los tienes a mano) y cargar todo lo posible los equipos.
En ese tiempo mínimo no se logra articular ni una nota de prensa, mucho menos imaginar un trabajo de mayor magnitud, que implica investigar, triangular, buscar información —muchas veces en Internet— o contactar a personas por redes sociales. Apenas se va la electricidad, también desaparece el acceso a internet, y te quedas sin opciones.
¿Qué hacer? Muchas veces toca salir a un lugar donde haya electricidad y conectividad, espacios cada vez más escasos y poco propicios, en mi caso, para el ejercicio creativo de la escritura. El desafío inmediato, aunque triste, sigue siendo sobrevivir: mantener lo esencial, encontrar mecanismos mínimos, funcionales y prácticos para sostener la vida en un país donde la vida se mide por alumbrones”, cuenta.

Garantizar lo básico, vivir al límite
Asegurar el preparo de los alimentos es la prioridad en casa de Laura cuando ponen la corriente. Con los vaivenes del gas, ella y su esposo optaron por invertir en un saco de carbón para tenerlo de reserva.
“Está carísimo. En ese momento nos costó 2 mil pesos; no sé ahora cómo estará. Lo tenemos guardado porque sé que, en algún momento, cuando se me acabe el suspiro de gas que tengo, voy a tener que echarle mano al carbón. Y ahí todo va a ser mucho más duro, porque el carbón cocina más lento. Yo nunca he cocinado con carbón, por eso te decía que todavía soy privilegiada. Pero va a llegar el momento en que lo voy a tener que hacer”.
Otra de sus angustias es la conservación de los alimentos, que con las intermitencias de la corriente eléctrica se vuelve un peligro latente que se echen a perder, aún más cuando la media de apagón supera las 20 horas.
“Lo que hago —me lo enseñó una vecina— es coger una colcha de la casa y dejarla permanentemente en la nevera, tapando la comida, para que cuando se vaya la corriente eso actúe como un conservante y no se me descongele tan rápido. También hemos tratado de meter muchos pomos de agua en la nevera, porque no siempre está llena. Cuando hay menos cosas congeladas, todo se descongela más rápido. Entonces llenamos con pomos de agua para que se congelen y ayuden a conservar un poco más la comida”, relata.

Como Laura, Irma, de 70 años, también ha echado mano del recurso del hielo para evitar desperdicios de comida. “Leno botellas de agua y las pongo en el freezer; ese hielo dura mucho”, relata.
Con su jubilación de 3590 pesos cubanos puede hacer poco, razón por la que hace un tiempo decidió volver a trabajar por su cuenta para completar el dinero que le hace falta para lo básico. “Con lo que gano de jubilación no puedo comprar un paquete de pollo, que cuesta 5 mil pesos”.
Después de haber trabajado 35 años como profesora, Irma ahora vive sola con su perrita y a veces llega a fin de mes con la ayuda que su hija le envía del exterior. Es hipertensa y en 2025, cuando se contagió de chikungunya, la situación energética también afectó su recuperación. “Me mandaron a comer gelatina y nunca se solidificaba porque el agua no se enfriaba”, recuerda.
Para la hipertensión que padece toma dos medicamentos: Lisinopril e hidrocloriotiazida. “A veces vienen y no alcanzan, depende del día en que toque comprar. Eso está organizado por consultorios. Esta vez me tocó el cuarto día”.
Como ella, su hermana también depende de medicamentos regulados para mantener a raya una patología psiquiátrica. “Hay algunos que nunca más han venido, por ejemplo la olanzapina y el clonazepam. Estamos vivos de puro milagro”, dice.

Irma vive pendiente al momento en que ponen la corriente para poder hacer lo esencial.
“Cuando la ponen corro a poner el motor del agua, a cargar el ventilador y el celular. Vivo con incertidumbre, porque si se cae el SEN por muchos días puedo quedarme sin agua. Planchar, que para mí es la última carta de la baraja, se hace muy difícil. Me ha pasado quedarme con una blusa a medio planchar; entonces, cuando ponen la corriente, aprovecho y plancho dos o tres cosas. Es una zozobra constante. En medio de todo esto, tengo la ‘ventaja’ de que vivo sola y no cargo con la angustia de padres mayores o niños pequeños”.
Para sobrellevar la situación, de vez en cuando intenta reunirse con alguna amiga, aprovechando el tiempo libre que su jubilación parcial le proporciona para salir un poco de la casa. Pero incluso estos momentos de ocio se vuelven abrumadores.
“Los precios del transporte son exorbitantes. Además, los medios que tenemos ahora son precarios, como los triciclos eléctricos. Y aunque soy ágil y activa, tengo 70 años y a veces temo caerme, porque hay que saltar para bajarse”, relata.

Llegada a esta etapa de su vida en la que soñaba vivir con más tranquilidad, Irma pasa sus tardes sentada en el balcón tras el corte habitual de luz a las 5 de la tarde hasta que la noche cae y puede irse a dormir. Desde allí ve sumergirse en el basurero de enfrente a los “buzos” en busca de algo que llevarse. “He visto hasta mujeres en esa faena, y algo muy triste, un hombre con una niña pequeña buscando en la basura. El otro día, un buzo, evidentemente loco, protestaba porque no había encontrado nada que sirviera en la basura”, cuenta con pesar.
En la zona en la que vive normalmente una mipyme se ocupa del descarte y recogida de desechos, pero, según cuenta Irma, hace una semana que no pasan. “Hay una vecina al doblar que tiene un contenedor al frente, y se lo llenan de basura. Además de que no la recogen, hay indisciplina social porque la gente bota muebles viejos, escombros y ramas de árboles que han cortado”.

“A mis 70 años, nunca pensé vivir una etapa como esta. Porque no es solo lo que una vive en carne propia; como comento con mis amistades, somos de ‘la burbuja’, pero igual sufrimos. Sales a la calle y la cantidad de gente pidiendo dinero, de personas desorientadas, es terrible. No quiero que esto sea una quema de Bayamo, ni que el discurso social nos conmine a morir. Yo no me quiero morir: todavía tengo mucho que vivir, a pesar de los pesares”.













