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Cristóbal Díaz Ayala, uno de los más grandes eruditos y coleccionistas de la música cubana, murió este martes en San Juan de Puerto Rico, a los 96 años, divulgaron medios de prensa y usuarios de redes sociales.
Su vida estuvo marcada por la pasión por los discos, la investigación y la escritura, hasta convertirse en referencia mundial de la musicología antillana.
Nacido en La Habana el 20 de junio de 1930, Díaz Ayala creció rodeado de música. Desde niño escuchaba a Sindo Garay y al Trío Matamoros desde el balcón del Hotel Vistalegre, donde vivía con sus padres. Su padre, tenor aficionado, le cantaba para dormir y lo introdujo en un universo sonoro que marcaría su destino.
En 1947 ingresó a la Universidad de La Habana para estudiar Derecho y Ciencias Sociales, y también Periodismo. Allí conoció a Fidel Castro y a figuras como Guillermo Cabrera Infante y Lisandro Otero. Sin embargo, en 1960 decidió abandonar Cuba: “La decisión fue política, no estaba de acuerdo con el proceso que comenzaba… la mayoría abrumadora estaba con Fidel y eso no tenía reversa”, confesó años después.
Se instaló primero en Miami y luego en San Juan de Puerto Rico, donde trabajó como bodeguero y constructor antes de dedicarse plenamente a la investigación musical.
El coleccionista mayor
En Puerto Rico inició un programa radial llamado Cubanacán, que obtuvo premios y reconocimiento. Paralelamente, comenzó a coleccionar discos de música cubana, hasta reunir una de las colecciones más vastas del mundo.
Su archivo, donado a la Florida International University (FIU), fue evaluado en 150 mil piezas: 45 000 elepés, 16 000 discos de 78 rpm, 4 mil casetes, 3 mil CDs, 2500 discos de 45 rpm, mil videos, 4 mil partituras, 5 mil libros y revistas, 5 mil fotografías y 40 mil tarjetas de archivos de RCA-Víctor. El conjunto fue valorado en dos millones de dólares.
“Quedé convencido de que las grabaciones eran la máxima prueba para determinar la labor de un músico”, explicó sobre su método de investigación. Esa convicción lo llevó a entrevistar a intérpretes, productores y coleccionistas en Puerto Rico, Miami y Nueva York, construyendo una red de conocimiento que trascendió fronteras.

Obras fundamentales
La obra de Díaz Ayala es vasta y decisiva para comprender la historia musical de Cuba y de las Antillas.
Publicó más de 40 libros, entre los que destacan Música cubana: del areíto a la Nueva Trova (1981), Si te quieres por el pico divertir. Historia del pregón latinoamericano (1988), Cuando salí de La Habana: cien años de música cubana por el mundo (1998), Cuba canta y baila: Discografía de la música cubana (1994 y 2005), Los contrapuntos de la música cubana (2006) y Oh, Cuba hermosa. Cancionero político social en Cuba hasta 1958 (2018).
Cada uno de esos títulos refleja su empeño por documentar con rigor la discografía, los géneros y las voces que marcaron la identidad cultural de la isla.
Su monumental Cuba canta y baila es considerada una enciclopedia sonora sin precedentes, y bastaría por sí sola para inscribirlo en la historia cultural de Cuba y de Hispanoamérica. Sin embargo, Díaz Ayala no se detuvo y continuó ampliando su mirada hacia Puerto Rico y el Caribe, con obras como La marcha de los jíbaros y San Juan-New York, que integran la música puertorriqueña en un mapa mayor de la diáspora antillana.
Díaz Ayala fue también un investigador minucioso. Descubrió que el primer bolero grabado no fue Tristezas en México en 1907, como se creía, sino cinco boleros registrados en La Habana en 1905. También identificó que La borinqueña fue la primera grabación de música puertorriqueña.

Celia y los demás
Su relación con figuras como Celia Cruz fue decisiva. La cantante lo recomendó en Colombia en los años ochenta, donde conoció a coleccionistas como Hernán Restrepo Duque y fortaleció la memoria musical de ciudades como Cali y Medellín. Sobre Celia afirmó que “fue la cantante de mayor impacto universal. Además le cantó a Cuba con el corazón”.
Cuando el escritor y periodista colombiano Umberto Valverde le preguntó por qué siempre citaba como aportadores a su cultura musical a personalidades como Alejo Carpentier, María Teresa Linares, Leonardo Acosta y Danilo Orozco, pero omitía a los escritores Guillermo Cabrera Infante y Natalio Galán, el investigador respondió:
“Todos los que mencionas al principio, bregan con lo que es la música, cuáles son sus creadores y/o intérpretes, bregan, como yo, sobre hechos. Cabrera Infante y Natalio Galán bregan con las sensaciones, el efecto que la música produce; son dos caras distintas de una misma moneda. Para escribir como lo hacen Cabrera y Galán, hay que ser un poco poeta, y yo desgraciadamente no he podido escribir ni una cuarteta en mi vida”.
En su primer regreso a Cuba, Cristóbal Díaz Ayala no fue a investigar, sino a realizar demostraciones en seis instituciones culturales —entre ellas el ISA, la UNEAC, el CIDMUC y la Fundación Fernando Ortiz— para explicar cómo acceder a su discografía en internet. La acogida fue cálida y entusiasta.
En una segunda visita, participó en el evento anual dedicado al disco, que ese año estaba consagrado a Puerto Rico. Allí presentó su libro sobre la música de ese país en La Habana. Díaz Ayala aseguró que, de haber querido investigar en Cuba, habría contado con todas las facilidades.
Maestro y referente
Aunque comenzó a publicar a los 41 años, su obra se consolidó en la madurez. Fue colaborador del Grove Dictionary of Jazz, del Diccionario hispanoamericano y de la revista RPM del Instituto de Cultura de Puerto Rico. Impartió conferencias en universidades de Estados Unidos y Europa, y participó en festivales internacionales.
Su legado fue reconocido por discípulos como Sergio Santana, quien lo definió como “maestro, padre, hermano, amigo y tutor”. La musicógrafa y filóloga cubana Rosa Marquetti, por su parte, lo consideró “una de las mayores autoridades en la música cubana”, destacando su generosidad y apoyo a jóvenes investigadores.
“Su obra investigativa dotó al pensamiento y la investigación musicográfica cubana y latinoamericana de un basamento que deviene herramienta inexcusable para todos los que abordemos los diversos aspectos de la música en nuestros países y su interacción con las sociedades donde han tenido lugar,” valoró Marquetti en su cuenta en Facebook.
“En Cuba tú no tienes que buscar la música, la música te busca a ti. Yo oía la radio de casa en casa cuando iba o venía de mi primaria, la Escuela Pía de La Víbora. A la hora de almuerzo la CMQ presentaba artistas extranjeros que hacían furor, mexicanos mayormente. Orquestas, pianistas, cantantes, claro, todo el tiempo en vivo. La música me seguía de la casa hasta el colegio y del colegio a la casa cada día. Así me crié”, contó al poeta y musicógrafo cubano Sigfredo Ariel en un testimonio publicado en el sitio AM:PM en 2020.











