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Hay objetos que funcionan como mapas del alma. Cuando Alejandro Stivel tenía 17 años y la Argentina caía bajo la bota de la última dictadura cívico-militar en 1976, su madre —la actriz Zulema Katz, perseguida por su militancia— le dijo que hiciera las valijas rápido y que llevara solo lo imprescindible. Había que escapar. El cerco se cerraba. Alejandro dejó ropa, dejó objetos, dejó casi todo. Pero los vinilos no. Los discos de rock argentino viajaron con él al exilio.
“La ropa la dejo, pero los discos me los llevo”, recuerda hoy, cincuenta años después, con la misma certeza de aquel día en que Buenos Aires quedó atrás.
Madre e hijo aterrizaron en la España de la Transición, en un Madrid que también sacudía sus propios fantasmas tras la muerte de Franco. Se instalaron en Chamartín. Y fue allí, en la sala de ese pequeño departamento de exiliados, donde una noche Alejandro puso sus vinilos para dos invitados especiales: Pablo Milanés y Silvio Rodríguez, que acababan de dar un concierto y habían terminado en esa casa, entre guitarras que pasaban de mano en mano y conversaciones que se estiraron hasta la madrugada.
Zulema había preparado la cena. Las canciones de Charly García, Spinetta, Sui Generis y Almendra sonaron por primera vez para los trovadores cubanos. Tal vez esa escena haya sido, sin que nadie lo supiera entonces, el kilómetro cero de todo lo que vendría después.
Alejandro se convertiría en Alejo Stivel, uno de los productores musicales más importantes del mundo hispanohablante. Junto a su compatriota Ariel Rot formó Tequila, el dúo que revolucionó el rock español en los albores de la Movida madrileña, vendió millones de discos y llenó los recintos más grandes de la península.
Tras la disolución del grupo en 1983, se lanzó en solitario y, casi en paralelo, comenzó a construir una carrera como productor que hoy suma cerca de 300 álbumes, entre ellos joyas como “19 días y 500 noches”, de Joaquín Sabina, “Usar y tirar” y “Sin enchufe”, de M Clan, o el debut en solitario de Kelvis Ochoa tras el fenómeno de Habana Abierta.
Pero yo no lo asociaba con Silvio Rodríguez. Fue el propio trovador quien, en una conversación hace un par de años, me reveló la amistad que lo unía con Zulema Katz, con Paco Urondo —el escritor y militante asesinado por la dictadura argentina en 1976, que había sido esposo de Zulema y una figura paterna importante para Alejo— y con aquel muchacho que una noche le presentó el rock argentino en una velada en Madrid. Esa revelación fue la semilla de esta historia.
Porque lo que nadie esperaba —quizás ni ellos mismos— era que aquella amistad de casi medio siglo terminara cristalizando en una canción.
A principios de este año, cuando se reencontraron como comúnmente hacen cuando Silvio anda por España o Alejo por Cuba, el argentino le propuso al cubano producirle un tema. Silvio declinó la oferta, pero le soltó: “Hagamos una canción juntos”.
Semanas después, el autor de “Ojalá” le mandó la letra. Así nació “Déjame en paz”, un título que al principio Stivel creyó dirigido a alguna figura externa, hasta que entendió que Silvio hablaba de sí mismo, de esa conversación incómoda e inevitable con la propia conciencia.
La melodía le demandó meses de pruebas y descartes a Alejo. El videoclip, realizado con inteligencia artificial ante la imposibilidad de Silvio de filmar en persona, quedó a cargo del director Leandro Raposo y la productora Cósmico.
Hace unos días le escribí a Alejo por Instagram. Le envié un puñado de preguntas como disparadores. Respondió en audios. Su voz —con un acento marcadamente español, aunque todavía atravesado por un dejo argentino, como una huella involuntaria que delata el exilio— se escucha emocionada, o más bien ebria de alegría, por la concreción de este tema y por la gran acogida que está teniendo en redes sociales, las plataformas digitales de música y entre el público en general.
Hay algo en la manera en que Alejo Stivel habla de Silvio Rodríguez en esos mensajes de audio que excede la lógica habitual de una colaboración entre músicos.
No aparece la idea del feat, ni la estrategia de mercado, ni siquiera el gesto de consagración mutua entre artistas reconocidos. Lo que se escucha es otra cosa: la emoción todavía intacta de un adolescente (ahora un sesentón) que jamás imaginó que fuera posible grabar una canción junto a una de las voces que más lo marcaron en su vida.
“La voz, la obra y la sensibilidad de Silvio me marcaron desde que soy adolescente”, dice Stivel. Hacer una canción con él ni siquiera formaba parte de sus fantasías posibles.
“Era un sueño… pero ni siquiera lo soñaba porque no pensaba que pudiera ocurrir”. La frase tiene algo más profundo que la simple admiración. Habla de la distancia simbólica que muchas veces existe entre quienes crecieron escuchando a ciertos artistas y la posibilidad real de compartir una obra con ellos.
Por eso todavía le sorprende que haya sido el propio Silvio quien impulsara el encuentro creativo. “Me propuso él hacer una canción juntos. Y yo, feliz”, cuenta. En esa inversión de roles —el trovador convocando al productor— parece esconderse parte del espíritu de “Déjame en paz”: una canción construida desde el diálogo y no desde la reverencia.
Stivel define el tema como una pieza atravesada por un “toque filosófico, poético y reflexivo”. Y no tarda en asociar esa dimensión con la figura de Silvio. “Es un poeta y también podríamos decir que es un filósofo en un punto.”
La observación no es casual. En buena parte de la obra del cantautor cubano, las canciones funcionan como espacios de pensamiento, zonas donde conviven la introspección, la duda moral y la reflexión política sin necesidad de bajar línea explícita.
Lo interesante es que Alejo no intentó copiar ese universo ni disfrazarse de trovador. Dudó. Pensó si debía acercarse más al estilo clásico de Silvio o llevar el tema hacia su propio lenguaje musical. Finalmente, ocurrió algo menos calculado y probablemente más honesto. “Salió así”, resume.
La canción encontró una forma propia, situada en un territorio intermedio donde conviven el pulso melódico de Stivel y la densidad poética de Silvio.
También admite que sintió alivio cuando Silvio aceptó la propuesta musical. “Podía haberme dicho que no era su estilo y no ocurría la cosa”, reconoce. Pero pasó lo contrario: Silvio no solo aceptó la música, sino que, según Stivel, “la cantó increíblemente bien” y se metió “perfectamente en el rollo”.
Sin embargo, lo que más lo impactó no fue el resultado artístico, sino la actitud detrás del proceso. “Lo que más me sorprendió fue la apertura mental”, dice. Y ahí aparece uno de los aspectos más interesantes de su mirada sobre Silvio: la capacidad de alguien con más de cinco décadas de trayectoria para seguir entrando en zonas desconocidas.
“Para alguien tan consagrado, tan idolatrado, que en este punto de su carrera se haya metido en algo que no había hecho antes… eso me sorprendió muchísimo.” En tiempos donde muchos artistas administran su propio legado con prudencia, Stivel valora justamente lo contrario: que Silvio todavía conserve la capacidad de arriesgar.
La utilización de inteligencia artificial en el videoclip no aparece, en el discurso de Stivel, como una provocación tecnológica ni como un gesto futurista vacío. Más bien la piensa desde una lógica profundamente humana y ambigua: la de todas las herramientas capaces de transformar la vida y, al mismo tiempo, ponerla en riesgo.

“La inteligencia artificial es algo muy positivo y muy peligroso al mismo tiempo”, dice. Y despliega una reflexión que evita tanto el entusiasmo ingenuo como el rechazo apocalíptico. Para Stivel, la IA forma parte de una larga tradición de avances tecnológicos que modificaron radicalmente la experiencia humana: Internet, los aviones, los automóviles, la televisión. Ninguno fue exclusivamente bueno o malo. Todos ampliaron posibilidades y abrieron nuevas formas de daño. “Los aviones son maravillosos, pero también pueden bombardear ciudades”, ejemplifica. La tecnología, por sí sola, no posee moral. Todo depende de quién la utiliza y con qué intención.
Esa mirada se traslada directamente al videoclip. Lejos de pensar la IA como un reemplazo de la sensibilidad artística, Stivel la describe como un instrumento más dentro del proceso creativo. “En este caso la utilizamos para hacer algo bonito, algo poético.” La definición no es menor. En tiempos donde gran parte de la discusión sobre inteligencia artificial en el arte gira alrededor de la automatización y la sustitución del trabajo humano, él insiste en la dimensión estética y emocional del resultado.
Hubo una razón práctica detrás de esa decisión: el videoclip surgió luego de que Silvio rechazara filmar presencialmente. La IA apareció entonces como una solución posible para construir imágenes sin forzar al trovador a exponerse frente a cámara. Pero el resultado, según Stivel, fue más allá de la mera resolución técnica. Habla de “imágenes fabulosas” y se muestra genuinamente sorprendido por la recepción. “La gente lo está disfrutando mucho.”
Su postura se mueve en una zona compleja: entender la inteligencia artificial como una herramienta poderosa, capaz de ampliar el lenguaje artístico, pero también de revelar las tensiones éticas de la época. Ni fascinación ciega ni miedo automático. Tal vez la misma ecuanimidad con la que, hace casi cinco décadas, un adolescente decidió qué valía la pena cruzar el océano. La ropa, no. Los discos, sí. La música, siempre.












