Miguel Ángel Lobaina Borges, figura esencial en la historia del grabado cubano y maestro de varias generaciones, falleció este lunes en Santiago de Cuba.
Así lo notificó un obituario de Unión de Escritores y Artistas de Cuba (Uneac), que lamentó profundamente el deceso del artista. Igualmente, la Fundación Caguayo se sumó al luto de la plástica cubana, en una publicación en la que consideró al fallecido creador “un imprescindible del grabado, la escultura y el dibujo”.
Las notas publicadas no refieren la causa del deceso de Lobaina, quien había nacido en Guantánamo en 1953, aunque desarrolló la mayor parte de su vida y su obra creativa en el territorio santiaguero.
Su muerte representa una sensible pérdida para la cultura cubana y, en particular, de Santiago, que este fin de semana también despidió al actor, pedagogo y promotor cultural José Emigdio Pascual, “Pini”, una figura muy querida y con una intensa labor en la mayor ciudad del oriente cubano.
Inicios y asunción del grabado
Graduado de la especialidad de Escultura, Cerámica y Dibujo en la Academia de Artes Plásticas José Joaquín Tejada de Santiago de Cuba, Miguel Ángel Lobaina consolidó una sólida formación académica que más tarde complementó con la Licenciatura en Historia del Arte en la Universidad de Oriente.
En 1975 asumió el grabado como género artístico, disciplina que lo acompañaría durante toda su existencia y en la que alcanzó reconocimiento nacional e internacional.
Sus primeros años estuvieron vinculados a proyectos escultóricos, como su colaboración en el Conjunto Monumental del parque Abel Santamaría en Santiago de Cuba, bajo la dirección de René Valdés Cedeño.
Sin embargo, pronto se decantó por la gráfica, explorando técnicas tradicionales como la litografía, xilografía y calcografía, antes de volcarse en la colografía o grabado matérico, donde se convirtió en uno de los exponentes más destacados del país.
Itinerario creativo
A lo largo de su carrera, Lobaina inauguró una veintena de exposiciones personales y participó en más de 150 muestras colectivas dentro y fuera de Cuba. Su obra se encuentra en colecciones del Museo Emilio Bacardí, en Santiago, así como en instituciones internacionales como el Museo de la Universidad de Benton, en Estados Unidos.
Su producción artística atravesó distintas etapas. Entre 1975 y 1983 abordó temas vinculados a la idiosincrasia campesina, la belleza del cuerpo humano y la tradición histórica cubana. A partir de 1984, con la serie Los Sueños, ofreció una visión más intimista y experimental, que lo posicionó como figura sobresaliente de la gráfica nacional.
Durante los años 90, su capacidad innovadora se puso a prueba con la serie Los reyes no caen del cielo (1994), presentada en la Fiesta de la Cultura Iberoamericana de Holguín y reveladora de su capacidad innovadora para sortear las carestías suscitadas a raíz del llamado Periodo Especial.
En 1997, con Paraíso de Reyes, consolidó un estilo figurativo con visos neoexpresionistas, utilizando gamas de negro, gris y blanco, y acentos en rojo y azul para enfatizar elementos de interés. Más tarde, con Retablo de inútiles (2007), reafirmó su madurez creativa, exponiendo en el Memorial José Martí y en el Encuentro Nacional de Grabado de 2013.

Reconocimientos y premios
La trayectoria de Lobaina estuvo avalada por más de 50 premios y menciones en salones competitivos provinciales y nacionales. Destacan el Premio del Salón Nacional de Grabado (1997, La Habana) y el Premio Especial “José Contino” por la obra de toda la vida (2007).
La Uneac de Santiago de Cuba y el sistema Caguayo también le otorgaron distinciones que reconocen el valor de una obra sostenida por el rigor y la defensa de las raíces culturales.
Su papel como fundador del Taller Cultural de Santiago de Cuba fue esencial para el desarrollo de las artes visuales en el oriente del país. Allí guió a jóvenes creadores, transmitiendo un magisterio generoso y exigente que lo convirtió en referente indiscutible en el país.

Opiniones críticas
La curadora Margarita González Lorente, del Museo Nacional de Bellas Artes, ha destacado que la obra gráfica de Lobaina se reconoce de inmediato por la combinación de colores, los recuadros y elementos arquitectónicos, así como por la experimentación que rompe límites y marcos tradicionales.
“Los rojos, negros y verdes han creado su imaginario, lo acompañan siempre y lo identifican en cualquier formato”, señala.
Por su parte, el historiador y crítico de arte Lázaro Gerardo Valdivia Herrero ha subrayado la evolución técnica y conceptual del artista, desde sus primeras litografías hasta la consolidación de la colografía como soporte principal.
“Lobaina Borges sigue desafiando al tiempo en busca de la estampa perfecta, esa metáfora debatida entre lo real y lo maravilloso que aspira, sin muchas pretensiones, a alcanzar la utilidad de la virtud”, afirmó en una reseña sobre su trabajo.












