|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
¿Analfabetismo político o delirio gnoseológico? En plena década de los 60, en una plaza que había frente a la Terminal de Ómnibus de La Habana, ocurrió un hecho insólito: una hoguera de libros. Entre los escogidos para convertirse en ceniza estaba nada menos que El Capital, la obra cumbre de Marx; el texto que, tras cuarenta años de investigación y mecenazgo de Engels, revelaba el ADN del capitalismo, así como sus leyes, sus pecados funcionales y su lugar en la historia. Por ignorancia o complicidad, un noticiero Icaic grabó la escena, ya vivida en la Alemania de las camisas pardas, tal vez para que sirviera de documento de los bandazos y desafueros de las visiones políticas de entonces.
Es bien curioso. El episodio aconteció años después de que Fidel Castro declarase en 1961 el derrotero socialista de la revolución y tuvo lugar “en medio de un proceso de descalificación de la teoría marxista”, tal como destapó el portador de esta sabrosa anécdota, el ministro de Economía (1995-2009) durante el llamado Período Especial y, por tanto, uno de los hombres clave que manejaron las desconfiadas reformas para salir del atolladero dejado por el colapso soviético.
Se trata de José Luis Rodríguez (1946), panelista de Último Jueves, el mensual ejercicio participativo de la revista Temas sobre zonas de conflicto y disputa, que, finiquitando mayo, se ocupó de poner sobre la mesa de discusión los socialismos nominales al uso en el mundo, orientando los cañones de luz hacia el caso cubano.
Para ello fueron invitados, además, desde México, la diputada cubana Llanisca Lugo, psicóloga y educadora popular del Centro Memorial Martin Luther King, y desde España, el historiador catalán Víctor Ríos, del Centro de Estudios sobre Movimientos Sociales de la Universidad Pompeu Fabra de Barcelona; ambos vía Telegram, y el doctor en Ciencias Filosóficas y profesor de la Escuela Superior del PCC, Camilo Rodríguez Noriega.

Un “salto” al comunismo y un apagón estadístico
De acuerdo con Rodríguez, la arribazón de economistas marxistas occidentales a la isla, como Ernest Mandel (1923–1995), Charles Bettelheim (1913–2006), Paul A. Baran (1910–1964) y Paul Sweezy (1910–2004), entre otros, dejó una “huella profunda en el plano cognitivo”, aunque en el práctico derivó en una política económica “marcada por el idealismo” hacia mediados de los 60.
“Se intentó un salto directo al comunismo, lo que debilitó el sistema de dirección de la economía y generó puntos críticos, incluso en medio de zafras exitosas y relaciones favorables con la Unión Soviética”, recordó el también exvicepresidente del Consejo de Ministros y miembro del Consejo de Estado, hoy de 80 años.
Otra de las acciones disparatadas del momento fue un apagón estadístico con la eliminación del presupuesto estatal en 1967, “lo que dejó al país sin cuentas nacionales”.
“Las consecuencias de esa estrategia descaminada se reflejaron en un sistema de dirección inoperante y en problemas de endeudamiento externo tras la zafra de 1970”, precisó Rodríguez, quien tuvo las riendas del aparato financiero cubano entre 1993 y 1995.

Los años dorados del socialismo real y la luz roja en el semáforo de la reforma
Entre 1975 y 1985, José Luis Rodríguez describió una etapa de giro estratégico de 180 grados, marcada por la industrialización dentro de la división internacional socialista del trabajo.
Conocido como “Nuevo Sistema de Dirección y Planificación de la Economía”, y bajo la égida del economista Humberto Pérez, impulsor del cálculo económico y de cierta descentralización operativa en la toma de decisiones, propició avances en sectores como el níquel, la metalurgia y los bienes de consumo.
Sin embargo, Rodríguez reconoció que “en términos de política económica hubo serios errores detectados a partir de 1984”, como la desactivación de microbrigadas en la construcción de viviendas y obras comunitarias, y la reducción de consumos sociales, lo que obligó a un proceso de rectificación entre 1986 y 1990.
Ese periodo, poco estudiado según Rodríguez, implicó una reconfiguración de la política económica bajo la premisa de Fidel Castro (1926-2016) de que “no hay política sin economía y economía sin política”. El exministro recordó que el líder comunista se reunió durante tres años con empresarios de La Habana, buscando corregir desequilibrios y recuperar la articulación entre factores materiales y políticos en la construcción socialista.

Pero para ese entonces, ya se formaban los primeros nubarrones en el horizonte soviético. La suspensión por Moscú de los precios indexados en 1986 agravó el estancamiento económico hasta 1990, interrumpido por el cataclismo del Período Especial.
El exfuncionario subrayó que la progresiva salida de esa crisis entre 1992 y 2010 fue posible gracias a resultados que garantizaron la supervivencia y continuidad del modelo socialista. Posteriormente, bajo la presidencia interina y oficial de Raúl Castro, se enfrentó un déficit fiscal y de divisas que obligó a buscar un equilibrio macroeconómico, con concesiones al mercado y un sistema mixto de dirección que desembocó en los lineamientos de 2011–2018.
Bloqueo y cacerolazos en la balanza
Para Rodríguez, cualquiera de estos procesos se desarrolló bajo el bloqueo estadounidense, un factor casi omnipresente que “nos ha hecho un daño que no se mide, un daño enorme en la cultura económica”.
Aunque admitió errores internos, insistió en que la panoplia de sanciones de Washington, que según La Habana acumulan pérdidas por más de 170 mil millones de dólares a precios corrientes de 1963 a 2025, es mucho más grave, pues condiciona la política económica, la estrategia y la capacidad de dirección del país.
“Esto es una marca, por ejemplo, que nos diferencia completamente de cualquier país socialista que haya emprendido un proceso de desarrollo económico… Diría que los errores internos —sin justificar nada en este sentido— son menos graves que lo grave que es el bloqueo. Si a alguien le cabe duda de eso, que lea lo que está pasando en este momento”, invitó al referirse a los devastadores estragos que deja a diario el cerco petrolero de la administración Trump.

“Entiendo a la gente que sale con los cacerolazos. Lo que me gustaría es que salieran con dos carteles”, dijo al respecto de la política punitiva de Washington el doctor Rodríguez Noriega.
“Uno primero bien grande abajo el bloqueo y uno segundo, tal vez del mismo tamaño, con las demandas específicas que se le están situando al gobierno”. A su juicio, esa doble consigna permitiría visibilizar tanto la raíz estructural de la crisis como las exigencias concretas de la ciudadanía.

El profesor de la escuela Ñico López, percibida por muchos como un templo de la ortodoxia académica, subrayó que el bloqueo estadounidense es un factor determinante: “Si alguna duda teníamos de lo que era el bloqueo, yo creo que estos tiempos nos están disipando bastante la duda”. También señaló que existen problemas internos que han limitado y degradado la cotidianidad nacional: “El paternalismo estatal y el igualitarismo, la insatisfacción de necesidades esenciales; la calidad de vida que ha tenido altas y bajas, pero en general se ha mantenido por debajo de las expectativas creadas por la propia Revolución”.
Rodríguez Noriega identificó además males estructurales como el burocratismo, las ilegalidades y la corrupción, que “dañan todo el tejido de las relaciones sociales, incluidas las relaciones políticas”.
Su analítica le permite ver cómo las dinámicas actuales están reconfigurando el poder en Cuba: “Los cambios que están sucediendo hoy en la estructura socioclasista están afectando de uno a otro modo los acumulados de poder social, generando nuevas distribuciones y hasta arrinconando ciertos acumulados históricos”. Para él, esas tensiones son cruciales y deben ser atendidas con una visión integral que articule economía y política.
¿Qué hacer con el disenso en el socialismo?
Por su parte, la psicóloga Llanisca Lugo describió la situación de Cuba como la de un país que lleva “casi 40 años andando solo en el mundo como pequeños huérfanos en un gran mercado”, una metáfora que refleja la vulnerabilidad y el aislamiento económico, reconociendo que, pese a los esfuerzos, “no hemos resuelto nunca el problema de la conflictividad y el disenso dentro del socialismo”, lo que ha limitado la capacidad de construir consensos reales.
Para ella, un poder revolucionario auténtico no puede reducirse a la burocracia ni a la parálisis administrativa, sino que debe abrirse a la inquietud y la protesta: “No es la regulación de la inquietud, sino exactamente lo contrario: la creación política, el uso de los canales instituidos y la ampliación de espacios habilitantes”.
En ese sentido, Lugo, quien es autora de uno de los artículos recopilados en Vivir sin tener precio. Presente y futuro de la Revolución cubana (Marea Editorial, 2023), es partidaria de la necesidad de expandir espacios de participación para asociaciones, municipios, medios y publicaciones, de modo que puedan implementar políticas con mayor legitimidad social. La clave, afirmó, está en que el poder revolucionario aspire no solo a la “alegría del pueblo”, sino también a la inquietud creativa que surge del disenso y la pluralidad.

Un poder popular vinculante
En esa cuerda de la pluralidad también se mueve el pensamiento del catalán Víctor Ríos. Su visión es que el socialismo debe poner el énfasis en el poder popular, a través de mecanismos de participación directa como “asambleas barriales, consejos de trabajadores, comités de usuarios” y ojo, “presupuestos participativos vinculantes” para que las iniciativas ciudadanas no queden en un limbo por la incompetencia o desidia del funcionariado.
Para este activista antinuclear, la democracia socialista no puede limitarse a lo representativo, sino que debe ser una democracia radical, capaz de incorporar la voz ciudadana en la toma de decisiones cotidianas.
Otro eje de su propuesta descrita en el panel de Temas es la desburocratización y la transparencia radical, con instrumentos de control social que permitan auditar y revocar mandatos: “Mecanismos de revocatoria de los mandatos, control social sobre la gestión pública, auditorías populares”. Según Ríos, estas herramientas son esenciales para evitar la parálisis administrativa y garantizar que el poder revolucionario se mantenga ligado a la voluntad popular.

Voces desde la alteridad
El público, como siempre, se comportó más radical que los panelistas. El investigador y abogado Ramón García recordó en Último Jueves que el socialismo cubano se construyó bajo el paradigma soviético y señaló que entre 1991 y 2012 se transitó de una sociedad cerrada a una más abierta, aunque sin resolver los ciclos de crisis que se repiten cada ocho años desde 1962.
Por su parte, una de las voces más respetadas de la academia cubana de Economía, Julio Carranza, cuestionó la incoherencia del discurso oficial al clasificar el aparato empresarial en estatal socialista y no estatal, lo que a su juicio “produce un sismo que afecta la construcción de algo que debe ser coherente ante los grandes problemas”.
Doctor en Ciencias Económicas y uno de los autores del libro Cuba, la reestructuración de la economía (1995), Carranza defendió que tanto las empresas privadas como las estatales deben integrarse en un sistema socialista cubano capaz de articular diversidad y mercados, aceptar desigualdades relativas y construir consenso político. Para él, la isla sigue atrapada entre la agresión externa —“mucho más que bloqueo”— y errores internos, lo que impide garantizar la reproducción material de la economía.

El joven economista Juan Alejandro Triana complementó que, pese al esfuerzo de conceptualización del socialismo en 2016, “los problemas lo único que han hecho es agudizarse cada vez más, tanto por nuestra propia incompetencia interna política y económica como por todo aquello que nos abruma desde el exterior”. Mientras que el también economista Joel Maril sostuvo que Cuba no puede aspirar al socialismo del siglo pasado porque el modelo actual “no es capaz de producir la riqueza necesaria para sostener de forma generalizada” derechos como salud y educación, y advirtió que la reforma económica genera tensiones socioclasistas y un discurso oficial que empuja a actores no politizados del emprendimiento hacia la confrontación.
Para Lourdes Regueiro es un hecho el desencanto generacional: más del 40 % de los cubanos nació o creció después del Período Especial y se pregunta “¿qué encanto tiene el socialismo para esa generación?”, recordando que en Europa del Este no hubo movimientos de restauración tras la caída del sistema.
La médica jubilada Silvia Martínez defendió que el socialismo cubano fue funcional en salud incluso bajo condiciones de bloqueo, pero reconoció que el socialismo vivido por su generación no es el mismo que experimenta su nieto.

Lo innegociable
Para José Luis Rodríguez, Cuba enfrenta hoy “no al socialismo que deseamos, sino al socialismo posible”, condicionado por duros límites materiales, sociales y políticos, y recordó un discurso de Fidel Castro en 1995, cuando se aceptaron concesiones durante el Período Especial, pero con una advertencia central: “Podemos hacer todo lo que sea necesario siempre y cuando no perdamos el poder político”. Esa premisa sigue siendo vital, según el exministro de Economía y Planificación.
Con un doctorado en Economía por la Universidad de La Habana, Rodríguez insistió en que cada decisión económica implica costos y riesgos, y que la clave está en asumirlos con realismo. “En economía el orden de los factores sí altera el producto”, estableció, defendiendo la necesidad de priorizar lo posible sobre lo deseado. Señaló que la urgencia actual —combustible, alimentación, energía— obliga a medidas inmediatas, pues “si no resolvemos los problemas urgentes, todo lo demás va sobrando”.
El académico criticó que experiencias útiles del Período Especial, como la descentralización del comercio exterior, hayan sido abandonadas, y reclamó decisiones difíciles en materia de inversión extranjera y deuda externa. Con un endeudamiento de más de 28 mil 600 millones de dólares, advirtió que “si no hacemos algo para pagar aunque sea centavo a centavo, nadie va a venir ni a invertir ni a prestar un centavo más”.
Garantizar la alimentación y los medicamentos para espantar las enfermedades oportunistas por carencias nutricionales y resolver el tema energético, porque “no podemos trabajar” con un déficit de 2 mil o más MW “de brecha entre oferta y demanda”, es indispensable para sostener el poder político.
Igualmente, aceptar condiciones desfavorables de inversionistas, como ocurrió con la empresa canadiense Sherritt en 1994, que levantó la producción niquelífera, es inevitable si no comprometen la esencia de la revolución.

En sus palabras, conservar el poder político en medio de la reforma es el valor estratégico que debe guiar todas las decisiones.
Lo que está en juego es “la existencia del proyecto revolucionario cubano”, alertó Rodríguez, un hombre metódico a juzgar por sus señas y gestos: un reloj de pulsera que ponía delante de su mirada para no extralimitarse en los cinco minutos de exposición; una gorra de un blanco polar; unos libros, libretas de apuntes y una agenda dispuestos en el orden de prioridades discursivas y un cuidado maletín comando, cuyo nombre sobre un cintillo amarillo llamaba la atención: Solaris.
Toda una coincidencia homónima con la película de 1972 inspirada en una novela del polaco Stanisław Lem, bajo la dirección del fuera de serie Andrei Tarkovsky. En ella, muchos espectadores leyeron una velada crítica a la burocracia y el inmovilismo soviéticos, entre otras claves inquietantes y codificadas en esta obra de culto.
La vida está llena de coincidencias, ¿no?












