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Esta historia inicia con un epílogo macabro. Eran 51. No se conocen sus rostros ni sus nombres. No se sabe cuándo ni cómo murieron, seguramente por alguna epidemia de barracón, exceso de trabajo o asesinados en el potro de castigo. Lo único claro es que fueron 51 entre los millones de africanos extirpados de sus tierras nativas para ser esclavizados al otro lado del mar.
Separados en la muerte como en la vida de blancos y cristianos, fueron inescrupulosamente enterrados en los arenales del Monte Vedado, al noroeste de La Habana amurallada. En 1840 un intruso profanó la paz de sus sepulcros, desenterró los esqueletos, arrancó sus cráneos y los despachó a Filadelfia.
Colección de la discordia
Las anónimas cabezas terminaron en manos de Samuel Morton, pionero de la antropología física estadounidense. Entre 1830 y 1840 se dedicó a reunir 1300 cráneos de distintas regiones hasta armar la mayor colección de su tipo en el mundo, que sería la base para demostrar sus tesis poligenistas. El científico creía que con la medición comparativa de cavidades craneanas podía establecer esquemas de jerarquías raciales y determinar cualidades distintivas como la inteligencia y el carácter. Por supuesto, todo visto desde un enfoque supremacista de blanco.

Cuando llegaba un cráneo a su gabinete, Morton lo barnizaba, le tatuaba en la frente con tinta china el número de catálogo y le fijaba una pequeña etiqueta explicativa con la procedencia y a veces el nombre de su facilitador. Algunos de los 51 todavía mantienen la inscripción “Negro, nacido en África”.
El anatomista tomaba meticulosamente la dimensión de cada cráneo, primero los llenaba con granos de pimienta, luego los rellenaba con perdigones para volver a pesarlos y medirlos. Sus innovadoras mediciones de la cavidad craneana le valieron cierta relevancia y por su tremebunda colección ganó el apodo de “Gólgota americano” en círculos profesionales.
Samuel Morton fue un erudito de intereses extravagantes. Su obra tuvo elogios y detractores. Tras morir, en 1851, la colección continuó su propio camino, siendo estudiada y exhibida por décadas. Fue conservada en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia y un siglo después pasó completa —en calidad de préstamo— al Museo de Arqueología y Antropología de la Universidad de Pensilvania, donde quedó hasta hoy.
En 2007, un estudiante que preparaba una tesis sobre huesos puso el foco de atención en los 51 cráneos importados de La Habana. Algunos presentaban dientes gastados, vértebras fusionadas, traumatismos graves, entre otras huellas abrumadoramente impactantes de lo que el dogal monstruoso de la esclavitud causó en vida a lo que una vez fueron personas con sentimientos y conciencia. Mirando a las cuencas vacías y bocas amordazadas por un silencio de inframundo de las calaveras se imponía una pregunta retórica: ¿de veras pertenecen aquí?
En el verano de 2020, el tema volvió a ser noticia cuando un grupo de académicos y activistas removió el polvo de la estantería. Por esos días, la saga de la injusticia racial en Estados Unidos —alimentada en parte por un racismo científico estilo Morton— tuvo otra página de protestas y, bajo el lema “Vidas negras importan” (Black Lives Matter, en inglés), la ola de reclamos se extendió a la colección.

Esgrimiendo códigos modernos para el manejo responsable de material biológico proveniente de personas, los comunitarios alegaron que semejante exposición perpetuaba la injusticia, pues fueron seres humanos sacados de sus tumbas sin permiso, y que ninguno pidió terminar como espécimen anatómico o pieza de exhibición. El museo se vio compelido a disculparse por la posesión poco ética y a anunciar un plan de repatriación.
Su “hombre” en La Habana
Morton logró tejer una red global de contactos. Cientos de colaboradores, desde colegas científicos, comerciantes, coleccionistas, cirujanos militares hasta misioneros, respondían con presteza a sus solicitudes de cráneos y no dudaban en saquear tumbas, extraer los huesos y enviarlos de un lado a otro, para convertirlos en objetos de experimentos.
Su “hombre en Cuba” fue el médico habanero José Rodríguez Cisneros. De él se tienen datos contados. Según la Gaceta de La Habana en noviembre de 1850 era profesor de la Facultad de Medicina; mientras en la Guía de Forasteros en la Siempre Fiel Isla de Cuba (1859) aparecía entre los doctores censados en la capital, con domicilio en la Calle de San Nicolás, número 86.
Desconozco si Morton y Cisneros llegaron a conocerse en persona. Se ha dicho que entraron en intercambio epistolar por mediación del médico francés Pedro Alejandro Auber y del naturalista español Ramón de la Sagra. En agosto de 1835 Cisneros tenía ante sus ojos la caprichosa solicitud del estadounidense, para conseguir los cráneos africanos que deseaba.
Entre la papelería de Morton archivada en la Academia de Ciencias Naturales de Filadelfia, institución de la que fue miembro, se conserva una carta escrita por Rodríguez Cisneros el 27 de julio de 1840, en relación con su encargo de “50 cráneos de la raza africana pura, los que yo mismo he buscado y encontrado en los arenales de la finca del Vedado, donde no se entierran más que negros bozales”. Enfatizaba el remitente que pertenecían a africanos traídos recientemente a Cuba, aun cuando resulta difícil creer que tuviera elementos de juicio para validar ese dato; más si uno analiza que algunos pudieron ser esclavos nacidos en la isla.

Luego agregaba: “Por la barca india se los enviaba a V. pero el capitán de dicho buque no quiso recibirlos a bordo pretestando (sic) que si los llevaba tendría quizá que hacer cuarentena; mas por el bergantín Elisabeth van en una caja con el sobre para el Dr. Morton y aunque se presente no he podido especificar las tribus a que pertenecen; sin embargo en lo sucesivo ofrezco a V. tomar todo el empeño que me sea posible por conseguir enviarle algunos marcados con el nombre de la nación a que corresponden; mas desde ahora manifiesto a V. que es de necesidad algún tiempo para cumplir esta oferta”.
Cisneros se despidió prometiendo que “cuando pueda especificar a V. las tribus a que corresponde la segunda remesa de cráneos, procuraré enviarlos con su mandíbula inferior”. No era un detalle menor, pues la mayor parte de la colección de Morton tenía cráneos sin mandíbula. En los rostros explotados no cabe la sonrisa.
Sembrado de cadáveres africanos
Para los habaneros del año 1800 la actual urbanización Vedado no era más que el Monte Vedado, apelativo debido a que alguna vez estuvo prohibido vivir, sembrar y criar ganado por esos linderos, en interés de la defensa de la villa ante los ataques de corsarios y piratas. Abundaban en la zona los arenales y existían algunos oasis de cultivo. Precisamente en una de esas estancias comenzó a hacerse costumbre enterrar a negros bozales.
Siguiendo una costumbre medieval, hasta hacía poco los entierros se efectuaban en los límites de las iglesias. A tal efecto, estas se dividían en diez tramos a partir del altar mayor, lo que iba marcando el orden jerárquico y estatus de los difuntos. Por ejemplo, una sepultura junto a las gradas del altar podía costar 137 pesos oro. Pero en 1806 el cabildo puso fin a la antihigiénica práctica y ordenó la creación de cementerios en las periferias. Aquellos que carecían de dinero, morían sin bautizar o forasteros iban a parar al llamado Pudridero de los Uveros, cerca del litoral de San Lázaro y en dirección a lo que es hoy La Chorrera.

En marzo de 2024, la reconocida historiadora y académica cubana radicada en Estados Unidos, Marial Iglesias, ofreció en Casa de las Américas una esclarecedora presentación sobre el tema. En su conferencia “Cráneos de africanos en los Arenales del Vedado. Necropolítica, ciencia y esclavismo en la Habana decimonónica”, disponible en YouTube, la doctora examina el vínculo de la sociedad esclavista cubana —más allá de los espacios “ilustrados” de la época— con sitios sombríos como el cementerio de bozales.
Tratándose de una zona que empezaba a urbanizarse, sostiene Murial, no hubo registro abarcador de esos enterramientos esclavos; tampoco se tiene mucho conocimiento de las características de los nichos ni de cómo eran los entierros. Pero basada en los resultados de su minuciosa pesquisa, la doctora lo calificó de terreno “sembrado de cadáveres africanos”.
En el lugar, por décadas, se vieron escenas de horror. Caminantes o familias que paseaban por la playa fronteriza a la plantación salían espantados al ver aves carroñeras, perros, cerdos y gusanos devorando carnes o extremidades humanas a plena luz. Esto se debía a que los cadáveres no eran enterrados en los típicos cajones, sino que se les conducía en parihuela por dos esclavos a pie y eran lanzados a huecos superficiales en la arena.
Este problema generó continuadas disputas legales y sanitarias entre personas de rango que se negaban a admitir el atroz espectáculo. El doctor Angel J. Cowley, miembro de la Junta Superior de Sanidad, dejó un escalofriante testimonio: “vimos parte de un cadáver que yacía a la izquierda de la entrada […] estando totalmente descubiertos y en estado de avanzada corrupción el muslo y la pierna del lado izquierdo, faltando el pie, pasto de las auras o buitres”. Lo peor es que sucedió cuando llevaba de excursión a sus dos hijos menores.
Huele a podrido en el Monte Vedado
La enorme hacienda, que pertenecía a don Antonio de Frías, antepasado del Conde de Pozos Dulces, adquirió pronta fama de sitio maldito dada la aparición frecuente de los muertos a flor de tierra. Por esa causa el propietario protestó con todas sus fuerzas en reiteradas ocasiones, acusando el deplorable estado del lugar y que se arrojaba a los infelices como a animales.
De poco sirvieron las quejas de don Antonio; seguían apareciendo cadáveres en sus linderos. Así que, en vez de sostener la querella fatigosa e inútil, optó por negociar con las autoridades y venderles la parcela comprendida entre las actuales calles 11 y 15, B y E (al fondo de la Parroquia del Vedado). En esa superficie se construyó el Cementerio de los Protestantes, el cual contó desde su apertura con reglamento propio y del que era supuesto responsable el capitán general don Salvador José de Muro y Salazar, Marqués de Someruelos.
El investigador Manuel Barcia expone en un texto publicado por el Boletín No.1/2001 del Gabinete de Arqueología de la Oficina del Historiador de La Habana que: “Originalmente Frías, en su representación ante el Ayuntamiento, reunido el 28 de junio de 1816, dice que el terreno y los materiales que de sus fondos había cedido eran con el fin de enterrar a los protestantes de la villa, pero he aquí la manzana de la discordia, también a los negros bozales. Frías plantea que, con anterioridad a la cesión de sus tierras, los enterramientos se producían en el mayor desorden… en medio de tablas de boniatos que tenía sembrados”.

Sin embargo, luego Frías denunciaba que por alguna razón los bozales no se habían enterrado allí, sino en otros puntos de la hacienda, que vendría coincidiendo con las calles G y H, 5ta y 7ma –enmarcaba Emilio Roig De Leuchsenring en La Habana: Apuntes Históricos. Tomo III) –, suelo ocupado hoy por las sedes del Minrex y el Centro Deportivo José Martí (“El Martí”).
Provisto de evidencias existentes en el Archivo Nacional, el documentado artículo de Barcia añade que en el Cabildo celebrado el 19 de agosto de 1816 se propuso construir un cementerio para verificar dentro de sus muros todo entierro de bozales. “Un año más tarde […] se encargó a Ciriaco de Arango y Parreño hacerse cargo en comisión de sus particulares. Ya a estas alturas, el decoro de los comerciantes protestantes habaneros los llevó a dar una genuina batalla en pos de no verse mezclados, en su postrer reposo, con los restos de los negros esclavos”.
“Así, poco después, a instancias del ofrecimiento que hiciera un mes antes un tal Francisco Ysasi, de construir el cementerio, Don Ciriaco de Arango presentó al Ayuntamiento el 5 de septiembre de 1817 el reglamento que regiría la sui generis necrópolis. Por último, en enero de 1818, poco antes de que desapareciese —solo en el papel— la trata negrera, se acordó que se forme un semicírculo con la extensión proporcionada, con cerca de tablas en una de las paredes del cementerio para llenar el objeto de la separación de blancos y negros”, reseña Barcia.
Por su parte, la periodista Ángela Oramas, autora del libro Los Cementerios de La Habana, anota que el 13 de noviembre de 1832 se autorizó a los ingleses residentes en la isla, extensivo a los angloamericanos, a edificar necrópolis para los súbditos en las poblaciones donde vivían cónsules. Resultó escogido un espacio de 200 metros de largo por 150 de ancho en las colindancias del antiguo Pudridero de los Uveros, que funcionó hasta el 23 de abril de 1864.
Con el tiempo, los terrenos pertenecieron a la Condesa del Loreto, quien, en 1920, los vendió a la dominicana Blanca María Vicini Perdomo. Esta los hipotecó a favor de Alfonso Gómez Mena y terminó vendiéndoselos cinco años después. Una mansión taparía “las arenas del ayer”.
Así fue que el céntrico Vedado habanero tuvo en los albores del siglo XIX un inmemorial cementerio conocido indistintamente como de los protestantes, de los bozales, de los ingleses y de los americanos. Quién sabe si por allí, bajo el pavimento bacheado y las pisadas ignorantes habite todavía algún residuo o espíritu, relacionado con aquellos 51 secuestrados por la ciencia pasada; desordenada heredad de huesos vejados.












