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La telenovela cubana Entre aguas, que se estrenará el próximo miércoles 1 de julio por Cubavisión en las noches de lunes, miércoles y viernes, llega en un contexto marcado por la expectación habitual del público hacia el género, pero también por las dificultades reales para su seguimiento en muchas zonas del país debido a los prolongados apagones. Aun así, como ha ocurrido históricamente con la ficción televisiva cubana, el género continúa ocupando un lugar central en el imaginario de los televidentes, que siguen fieles a sus historias, sus conflictos y sus personajes como una forma de conexión con lo cotidiano, lo emocional y lo social.
Detrás de esta nueva propuesta de la Casa Productora de Telenovelas están los guionistas Yoel Monzón y José Ignacio León, quienes han construido a cuatro manos una historia contemporánea que, desde el melodrama, se adentra en conflictos éticos, sociales y humanos de fuerte resonancia actual.
Según Yoel Monzón, el punto de partida de Entre aguas se sostiene sobre una premisa dramática clara: “Es una telenovela contemporánea, citadina, cuyo tema fundamental es la venganza en contraposición con los valores de justicia y ética”.
El autor precisa que la historia no solo se sostiene sobre ese conflicto principal, sino que amplía su mirada hacia múltiples capas sociales:
“En Entre aguas también se aborda el derecho de los jóvenes a defender su vocación profesional y el de todas las personas a su realización personal por la vía que sea; la discriminación por preferencia sexual, racial o geográfica; el empoderamiento económico como vía de realización social; la combinación entre estudio y trabajo; el derecho de los ancianos a una vida plena y útil, y su capacidad de amar y ser amados, incluso en edades avanzadas; así como la corrupción, la ambición, los antivalores, la mentira y sus consecuencias”.
En esa línea, Monzón sintetiza el objetivo central de la obra: “Alertar sobre las consecuencias nocivas de optar por la venganza como forma de ‘justicia’ personal, y la espiral de antivalores que esta decisión puede generar. La obra apuesta por el triunfo del amor, la verdad y la justicia verdadera, que terminan imponiéndose”.
El propio creador explica también el sentido del título Entre aguas, que remite a las tensiones constantes que atraviesan a los protagonistas, Yadrián (Alejandro Cuervo) y Lía (Flora Borrego), en su proceso de construcción vital y emocional. Según señala, “el título se debe a que los protagonistas se ven constantemente presionados por decisiones trascendentales y opuestas en su camino hacia la construcción de una familia, el amor y su realización personal. Viven ‘entre aguas’ que los empujan a chocar, a decidir y a redefinirse constantemente”.

Esa metáfora de tensiones permanentes atraviesa toda la estructura dramática de la obra, que se acerca a la realidad cubana actual sin abandonar el melodrama clásico, un formato que Monzón reconoce como su principal herramienta narrativa. “Es una novela más contemporánea, más anclada a la realidad cubana actual, aunque sin salir del concepto del melodrama clásico que manejo en mi trabajo”, contó.
El proceso de escritura junto a José Ignacio León también ocupa un lugar importante en la concepción de la obra. Monzón destaca la dinámica creativa compartida: “El trabajo con José Ignacio León fue muy positivo. Ya habíamos colaborado antes, y cuando comencé a imaginar Entre aguas lo convoqué. Él aportó al argumento y a las escaletas, pero sobre todo a la escritura de los guiones, que hicimos a la par. Fue un trabajo a cuatro manos muy cómodo, creativo y productivo”.
En ese intercambio, la obra se fue construyendo como un ejercicio de negociación constante entre estilos y visiones, donde el objetivo común siempre estuvo por encima de las diferencias individuales.
En cuanto a las expectativas del equipo sobre la recepción del público en un contexto tan complejo, Monzón apuntó que los públicos son hoy más impredecibles que nunca, especialmente en tiempos de redes sociales, catarsis colectiva, pérdida de valores y confusión de conceptos. Aun así, añadió: “Espero que Entre aguas sea bien recibida, que entretenga, pero también que invite a pensar en cómo mejorar nuestras relaciones humanas y nuestra manera de vivir”.
Sobre el proceso de realización, el guionista reconoce una mayor interacción con la dirección en esta producción: “En Entre aguas tuve un mayor diálogo con la realización, especialmente con el director Felo Ruiz. Discutimos historias, personajes y casting. No asistí a las grabaciones, pero espero que esta vez no exista un divorcio entre guion y puesta en pantalla. Todos somos creadores, y todos debemos aportar desde el respeto y la profesionalidad”, concluyó.
José Ignacio León, por su parte, ofrece una mirada complementaria desde su doble condición de actor y guionista, lo que le permite una aproximación singular tanto al texto como a la interpretación. Sobre esa dualidad creativa, explica: “Esa doble mirada se equilibra cuando una alimenta a la otra. Escribir siendo actor me da síntesis y sentido del diálogo; actuar siendo guionista me permite entender mejor la construcción del personaje. Pero cuando actúo no soy dueño del texto, lo hago propio. El guion es una guía, nunca una camisa de fuerza. Hay que apropiarse del personaje para hacerlo orgánico”.
Desde su experiencia teatral, el actor y guionista señala además el reto que supone el lenguaje audiovisual y la estructura extensa de la telenovela: “Lo más desafiante fue entender que se escribe para ser visto en imágenes. A veces no hace falta diálogo, sino acción. Y escribir 80 capítulos a cuatro manos fue un ejercicio complejo, porque debíamos unificar estilos distintos sin perder nuestras voces. Fue trabajoso, pero también un gran entrenamiento profesional”.
Asimismo, destaca que el trabajo conjunto con Monzón se sustentó en la prioridad absoluta de la obra por encima de los egos individuales: “Lo importante siempre es la obra. Puede haber discrepancias, pero hay que negociar y llegar a lo mejor para la historia. No puede primar el criterio individual, sino el resultado colectivo”.

Consultado sobre los elementos que cuida especialmente al escribir diálogos como actor-guionista, León responde con claridad: “Soy fan de la síntesis. En el diálogo es vital ser preciso, tanto en la información como en el ritmo de las escenas”.
En relación con su personaje dentro de la telenovela, enfatiza su interés por la complejidad psicológica: “Como actor, siempre busco personajes que no se parezcan a mí. Eso me reta, me obliga a investigar y a transformarme en otra persona. Para mí, esa es la esencia de la actuación”.
Sobre el proceso creativo una vez que la obra entra en producción, explica: “Una obra audiovisual es un proceso vivo. La historia puede enriquecerse con lo que aportan los actores y la dirección, siempre que exista profesionalidad y respeto por el guion”.
En cuanto a la responsabilidad del género, amplía la mirada hacia una dimensión tanto ética como estética: “No solo se trata de valores humanos, también estéticos. Una obra audiovisual debe entretener, emocionar y tener calidad. Si se convierte en una clase, pierde su esencia. El entretenimiento es parte fundamental de su responsabilidad”.
El proceso creativo de Entre aguas se configura, así, como un trabajo colectivo atravesado por múltiples capas de decisión y colaboración.
Tras las cámaras
Mientras OnCuba conversa con el equipo, el director Felo Ruiz explica que el atractivo inicial del proyecto residió en su estructura dramática: “Entre aguas narra una historia compleja, con una combinación dramatúrgica muy interesante, donde una tremenda acción dramática central avanza paralelamente a varias acciones dramáticas secundarias, también muy fuertes”. Esa arquitectura narrativa, añade, fue clave para su vinculación: “La atención y la necesidad de seguir la marcha de esa historia en general fueron elementos constantes y espontáneos que me motivaron a vincularme con el proyecto”.

Sobre el desempeño del elenco, el director destaca el nivel de entrega del equipo actoral: “El nivel de actuación en la novela es destacable”. Aunque evita individualizar en exceso, reconoce a parte del reparto con el que ya había trabajado anteriormente: “Debo mencionar a quienes participaron en Asuntos pendientes y han tenido la gentileza de repetir conmigo, como Flora Borrego, Litzandra Batista, María Laura Jiménez, y los consagrados Fernando Hechavarría y Gina Caro, por solo citar algunos”. Extiende, además, el reconocimiento al conjunto del elenco: “Todas las actrices y actores han tenido una participación con mucha entrega, algo que les agradezco profundamente a cada uno de ellos”.
En cuanto a la comunicación entre dirección y guion, subraya su carácter fluido y constructivo: “Se estableció desde el primer momento y ha sido muy positiva. La puesta en pantalla tiene sus exigencias propias del lenguaje audiovisual, pero cuando hay una identificación clara con el guion se logra una interrelación muy beneficiosa”.

Respecto a los retos del proceso de producción, el director explica que han estado marcados por las condiciones materiales del contexto: “Todos fueron retos en el proceso de preparación y rodaje. Las condiciones actuales con los problemas energéticos, el combustible, la transportación y otras dificultades han provocado irregularidades que hemos tenido que enfrentar y resolver, además con el tiempo como un elemento que presiona mucho”.
Aun así, insiste en la dimensión colectiva y casi vocacional del proyecto: “Después del descomunal esfuerzo de todo el equipo, y del que aún se mantiene en la etapa de postproducción, se amplifica la voluntad y la intención que siempre nos acompaña a quienes trabajamos para hacerle grato y placentero un instante del día a nuestra audiencia, sobre todo en momentos complejos, donde merecen recibir distracción y entretenimiento con mensajes que también porten moralejas y enseñanzas ante la vida”.

Rostros y personajes
El protagonista, Alejandro Cuervo, interpreta a Yadrián, un personaje que define desde la cercanía emocional: “Tiene muchos puntos en común conmigo. Es una historia familiar, de amor y profesional muy profunda, me siento identificado en muchos aspectos”. Añade que se trata de un rol de alta carga emocional: “Es un personaje que tiene que perdonar porque es traicionado por personas importantes en su vida, y debe hacerlo más de una vez”. En ese sentido, subraya la riqueza interpretativa del papel: “He hecho pocos protagonistas, pero este me permitió interpretar muchos sentimientos, historias y conflictos, y eso fue lo que me llevó a aceptarlo”.
Ante la pregunta sobre cómo desea que sea recibido el personaje, el actor expresa su preocupación por el contexto de producción: “Me da mucha tristeza la situación energética del país y las dificultades de producción. Aun así, con que el público pueda ver el personaje y disfrutarlo, yo sería feliz”.
Desde otra perspectiva, la actriz Flora Borrego, quien vuelve a trabajar bajo la dirección de Ruiz tras Asuntos pendientes, describe su personaje como un reto emocional: “Es un hermoso personaje, lleno de matices, con momentos de luz y de sombra. Todo lo hace por amor. Tuve que salirme de mí misma para poder comprenderla e interpretarla, pero terminé amándola”.

Borrego subraya además la vocación del proyecto hacia el espectador: “Es una novela realizada para y por nuestro público. El espectador vivirá tramas interesantes y situaciones que dejan enseñanzas duras. Es un guion retador, muy humano, con historias para todas las edades”.
En la misma línea, el primer actor Fernando Hechavarría ofrece una lectura humanista de su personaje: “Simón es un exbailarín de la tercera edad, retirado pero apasionado con la docencia. Convive con su hijo y su nieta, y es el centro de una pequeña familia”.
Su interpretación se apoya en una dimensión profundamente vital del personaje: “Quiero que el público lo reciba como hombre amante de la vida, del arte, de la formación de nuevas generaciones; sensible, vulnerable como todo ser humano, pero capaz de superar retos extraordinarios de la vida y seguir adelante. Sería hermoso que pudiera ser aceptado como un reflejo positivo en una población aceleradamente envejecida, como ejemplo y reflejo”.

Finalmente, sobre su permanencia en la telenovela, concluye: “Es una vía ideal para interactuar con el público de mi país y conversar sobre problemas cruciales de nuestra sociedad —aun cuando no se reflejen con la profundidad que ameritan—, provocando al menos el pensamiento. Eso ya es, cuando menos, un golpe a la inercia social. Entretenemos y activamos el pensamiento colectivo hablando de la Cuba contemporánea”.
De este modo, Entre aguas se perfila como una telenovela que no solo narra conflictos familiares y sociales, sino que articula un proceso creativo colectivo en el que convergen escritura, actuación y dirección. Una producción que transforma las limitaciones del contexto en una propuesta dramática orientada a conectar con el espectador desde la emoción, la reflexión y la vida cotidiana.













