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Manchado de sangre y fuego, empalidecido por los soles y las lluvias de la manigua, roto, un sombrero expuesto con reverencia en el Museo Emilio Bacardí de Santiago de Cuba se presenta ante los ojos del visitante como una memoria inquietante. Ya no luce, desprendida por el otoño de los siglos, la escarapela tricolor, máximo ornamento en el uniforme del libertador, pero en su tejido sobrenada una estela de sacrificio, fatalidad y misterio.
En su muda ceremonia exhibe —a una cuarta de la frente donde brilló la insignia altanera— un orificio de bordes quemados como marca imborrable del punto por donde entró la bala que fulminó la vida del general José Maceo Grajales. Las pinzas que sacaron del cráneo el plomo fatídico, su cartera de operaciones, machete y fusil, entre otras pertenencias, se conservan en la misma vitrina para traer al presente a uno de los grandes independentistas cubanos.
El sombrero, reliquia de la muerte, es símbolo de la dignidad de un héroe y también un recordatorio de la fragilidad de la existencia. Su cicatriz abierta es la puerta de un agujero negro en cuyo interior gravita un horizonte de sucesos pasados. Cuando la mirada fisgona se adentra por ese túnel sombrío uno se vuelve espectador a la fuerza del fragor de la batalla, escucha los ecos de las más heterogéneas —y aviesas— versiones, cae en una emboscada de la historia.

Loma del Gato
El día que iba a morir el mayor general José Maceo no tenía espíritu de pelea. Así lo notaron sus edecanes. Él, puro carácter y sobrado de arrestos, llevaba semanas con el ánimo echado, con un vendaval de pensamientos en la cabeza y una carta de renuncia en la pechera.
Se sentía ninguneado por ordenanzas superiores, le preocupaba la suerte de su hermano Antonio en Pinar del Río y a nadie escondía que su alma guerrera estaba herida por las “ruindades” —así las calificó— del presidente Salvador Cisneros Betancourt, promotor de una campaña de animadversión en su contra, y por el nombramiento del general Calixto García para jefe del Departamento Oriental.
Por la inquina de propios y contrarios el León de Baconao —luego apodado de Oriente—, en vida, agonizaba. Por eso remitió a Máximo Gómez su dimisión al frente del Primer Cuerpo. Le sobraban motivos y no daría marcha atrás, expuso Fermín Valdés Domínguez en su diario de campaña: “[…] me dijo que de ninguna manera la retiraba, pues entendía que eran tantas las vejaciones del Gobierno, que lo obligaban a tomar esta determinación de modo irrevocable”.

Aun con el honor fracturado José continuó en su puesto —en espera de Gómez, que asumió atender el caso e iba a su encuentro— y cuando supo que una columna combinada bajo las órdenes del general Tirso Albert y del coronel Vara de Rey andaba cerca de su campamento quemando casas, ordenó perseguirla a paso acelerado y batirla. Ya fuera para aprovechar que disponía de buena concentración de fuerzas, bien porque quiso dar un golpe de efecto previo a la llegada del general en jefe, o como válvula de escape a su cólera.
El destino puso la encrucijada en Loma del Gato, jurisdicción de Alto Songo, actual provincia de Santiago de Cuba. Barriendo con vista de águila el teatro de operaciones, el general José pensó exprimir al enemigo con una pinza táctica. Curtido en cientos de acciones, combatir era para él un paseo. Envió por izquierda a la división del general Agustín Cebreco y por derecha, al brigadier Matías Vega con la suya; los secundarían el regimiento del coronel Luis Bonne y la guerrilla volante del teniente coronel Francisco Sánchez Hechavarría; en tanto, el general Periquito Pérez con su división vigilaría la retaguardia.
Desde su cabalgadura José vio esfumarse los minutos como el humo del tabaco que movía de lado a lado en la boca. La manía revelaba su ofuscación, pues a pesar de los audaces oficiales enviados en fila con indicaciones precisas, las maniobras no prosperaban con la celeridad deseada. Impaciente, atormentado por los zumbidos sibilinos que no paraban de revolotearle en la mente, acabó perdiendo los papeles. “¿Qué les pasará a esos generales?… ¡Si hoy no peleo, aquí no pelea nadie!”, gritó con la violencia de un rinoceronte embravecido y cegato.
“¡Arriba, la muerte es cuestión de fecha!”. Era el 5 de julio de 1896. Y clavando las espuelas en su caballo Noble salió en un arranque de ariete que lo puso varios pasos por delante de su escolta. Para más desgracia, la galopada los condujo por un callejón estrecho donde acabaron confusamente mezclados los hombres montados con los de infantería. La irregularidad del terreno condenaba el despliegue efectivo de la caballería, por lo que el combate derivó en un rudo intercambio de riflazos a corta distancia.
El León a tiro
“¡Aquí está José Maceo… barajo!”, rugió —con la euforia tartamuda habitual en sus ataques de molestia— cuando ingresó en el escenario bélico por el centro. Su irreflexivo arrebato lo colocó a extrema vanguardia. Tampoco era la primera vez que quedaba sobre la delgada línea que separa la vida y la muerte.
El León estaba a tiro. En medio del estrépito surcó el vacío la bala —maldita para Cuba, bendita para España— que atravesó el sombrero y trepanó el parietal derecho. Otra impactó en el pecho. Al estilo de una escena western, el tiempo quedó en suspense, el viento sopló en cámara lenta, se contrajo el rostro y entrecortó el aliento del jinete cuarentón; una negrura espesa en pleno mediodía abrió ante sus ojos un pasadizo ignoto…
La vida pasó por delante en dramática secuencia: el juramento ante el crucifijo de Mariana, los trajines de tres guerras, los ascensos de soldado a mayor general, el cafetal Indiana, Mangos de Mejía, Baraguá, la fuga de la cárcel mediterránea, el matrimonio y la paz en Costa Rica, el tocayo Martí —único que logró “sacarlo de su nido de amores”—, Duaba, el precipicio salvador, la odisea, la resurrección en Arroyo Blanco, la Mejorana, el Dios de la guerra en el lomerío de las Yaguas. Toda una biografía homérica contenida en una exhalación.
Con la muerte incrustada en la cabeza, José Maceo se desplomó mecánicamente por la izquierda del caballo. La caída le provocó una contusión en la frente. El teniente de su escolta, Salvador Durruthy, se lanzó a rescatarlo, pero teniéndolo ya en brazos resultó herido en la ingle. Acudió entonces en auxilio el teniente coronel José Antonio León con algunos números, lograron cargar al jefe desmayado y sacarlo de aquella balacera.
En una camilla improvisada evacuaron al moribundo hacia Ti Arriba. Años después, su médico y asistente personal, Porfirio Valiente del Monte, recapitulaba la peripecia en El Fígaro (febrero de 1899):
“Cuando fue posible detenerse en una curva del camino le practiqué la primera cura: de la herida se le extrajo una bala de plomo, que se veía superficialmente e hice notar a los oficiales presentes, con profunda tristeza, la gran cantidad de pulpa cerebral que había perdido, esparcida por los alrededores de la herida, como en signo de muerte inminente”.

¿Muerte a traición?
Un trébol de versiones nació fertilizado por las circunstancias que rodearon los últimos minutos de José Maceo. La primera incertidumbre giró en torno a la hora y el lugar exactos de la muerte. A juzgar por la palidez marmórea del rostro y la frialdad corpórea, algunos creyeron que murió en seco al relámpago del disparo. Sin embargo, el doctor Valiente —haciendo gala de su nombre o en acto de consuelo— porfiaba que las pulsaciones vitales no habían desaparecido por completo. Según el dictamen del médico, la defunción acaeció en la casona del cafetal Soledad, donde radicaba su cuartel general, “al trasladarlo a una cama que se le había preparado. Fue herido de once a doce, y expiró a las cuatro y veinte de la tarde”.
Por su parte, Lino D´ou, quien fungía como su jefe de Despacho, en un artículo publicado por la revista Labor Nueva (junio de 1916) coincidió en apuntar que el jefe cayó mortalmente herido sobre las once de la mañana; pero adelantó la hora fatídica: “a las 3 y 20 minutos de la tarde expiró entre la infinita tristeza y la extraordinaria consternación de los que lo rodeábamos”.
Otro debate se abrió sobre la causa de la muerte. Por ejemplo, el Heraldo de Baleares circulaba dos semanas después que Maceo habría recibido las heridas mortales “al hacer explosión una granada que disparó la artillería de nuestras fuerzas”. No obstante, si nos atenemos al testimonio del doctor Valiente queda claro que le “extrajo una bala de plomo”.

La presunta trayectoria balística y penetración del proyectil “por detrás” encendería la mayor polémica. La propaganda adversa no perdió oportunidad para sembrar intrigas. “Entre lobos anda la cosa”, señalaba El Correo de España, el 19 de julio de 1896. No fue un infundio aislado. La mayoría de los periódicos peninsulares coreó en la sección sobre últimos sucesos de la campaña militar en Cuba que el “cabecilla ha muerto a manos de sus propios secuaces”.
Hacían parecer la muerte consecuencia de desuniones irreconciliables en el mando insurrecto y, en particular, como un complot urdido por Calixto García para vengar la insubordinación de José. No hubo tal cosa. El punto de entrada de la bala estuvo determinado por un hecho fortuito. En ese santiamén el caudillo había volteado la cabeza para increpar a su caballería atascada entre vericuetos. Aunque, pensándolo bien, la muerte siempre es un acto de traición.
Sendero de tumbas
Cuando el médico-ayudante Porfirio Valiente decretó, por fin, la muerte anunciada, ahogadas emociones se agolparon en los pechos de sus hombres que lo creían a prueba de balas. José no fue menos titán que su hermano mayor: llevó en el cuerpo diecinueve heridas como medallas. Muerto el León hubo reunión exprés de generales y oficiales del Estado Mayor para definir dos cuestiones necesarias: quién asumiría el mando interino de las tropas y el destino del cadáver.
Luego de un funeral con guardia de honor que duró toda la noche, partió el cortejo a lo largo de catorce kilómetros hasta un bosque aledaño a La Cristina. Bajaron a un hueco agreste el ataúd fabricado a la carrera por Fulgencio Fernández, Bartolo Cuza y Leoncio Mauricet, miembros de su escolta. La tropa entera asistió al entierro y la banda-charanga creada por el musical José tocó a su memoria una marcha fúnebre compuesta por el director Rafael Inciarte.
En esa sepultura anónima, sin cruz ni epitafio, ni siemprevivas ni lágrimas de mujer, quedó el difunto glorioso en medio del monte. Solo. Pero solo en apariencia. A fin de impedir que por una delación o indiscreción fuera descubierto el lugar y terminaran profanados los restos, Porfirio Valiente, Tomás Padró Griñán, Lino D´ou, Lorenzo González y otros hombres de confianza decidieron trasladarlo esa misma noche a un sitio más seguro.
Bajo el manto de la oscuridad se movieron los juramentados, desenterraron la caja y con ella cruzaron ríos y subieron lomas. Como en un sepelio de espectros llegaron a Campo Rico para darle clandestina sepultura y encargar de su custodia al prefecto Ñico Puerta. El coronel Andrés Silva despidió el duelo y, en código secreto, dejaron en un bolsillo del pantalón una moneda de oro (águila americana) para certificar a futuro la legitimidad de los huesos.
Tras finalizar la guerra, su antiguo subordinado y ya general Francisco Sánchez Hechavarría propuso hacerle justicia. Convertido en gobernador civil de Oriente, en septiembre de 1902 mandó al coronel Enrique Thomas exhumar los restos y conducirlos a Santiago. El 9 de octubre, en un acto que sobrecogió a la ciudad, se rendía homenaje e inhumaba apropiadamente en el cementerio de Santa Ifigenia a siete figuras perdidas en la manigua: los mayores generales José Maceo, Guillermón Moncada y Flor Crombet; el general de división Mariano Sánchez Vaillant; los coroneles Victoriano Garzón, Andrés Silva y el capitán Manuel Lico Bergues. En el Patio D acontecía la tercera inhumación de José, mas no sería la vencida.
A inicios de 1944, un proyecto de remodelación del camposanto obligó a demoler la Tumba de los Mártires donde reposaba. El 24 de febrero en ese mismo cuadrante se efectuó la ceremonia de la primera piedra para construir el Retablo de los Héroes. De nueva cuenta, mientras se levantaba la obra de mayor simbolismo y belleza arquitectónica, la urna de José —junto al resto de patriotas— fue a parar a la oficina del administrador del cementerio, para ser reubicada días después en el Panteón de las Fuerzas Armadas, de manera provisional.

El quinto entierro fue otro movimiento interno. En diciembre de ese año, el periódico Oriente publicaba una carta dirigida al presidente Grau por Ambrosio Garzón Orozco, hijo del coronel Victoriano Garzón, quien denunciaba “la situación de abandono en que se hallaban los restos de 29 hombres que todo lo dieron por hacer libre e independiente nuestra patria”. Pues en ese momento yacían otra vez en la administración del cementerio, a la espera de concluir la construcción del nuevo panteón de los mártires, dilatada por falta de presupuesto.
Al siguiente año, para conmemorar la fecha solemne del 7 de diciembre, con ceremonia marcial fueron depositados finalmente los osarios en el flamante Retablo de los Héroes, donde hoy permanecen. Pocas veces ocurre que alguien pase por cinco tumbas, aunque en la historia nacional sobresalen de igual modo los casos de Martí, con cinco inhumaciones, y Céspedes, con cuatro. En cinco décadas José recibió cinco entierros. Como si fuera cosa de cábala: en vida tuvo cinco amores. Y algo todavía más inverosímil: podría batir el récord cuando algún día aún insospechado sea trasladado al sepulcro individual, erigido hace algunos años en el espacio que antes ocupó la tumba de su madre Mariana.

Leyenda
José Marcelino Maceo Grajales —hijo de león y de leona, en palabras de Martí— tuvo una vida de película. Sembró afectos y ganó detractores. Sobre su valía apreció Gómez, quien no regalaba lisonjas: “Era preciso haber conocido bien a fondo el carácter de aquel hombre sin dobleces y de rústica franqueza, para poder estimarlo y estimar su cariño cuando lo demostraba. El General José Maceo era todo verdad, y por eso para muchos parecía amargo. Descubrí en él la grande y noble gratitud del león que la historia cuenta, y entendí la grandeza de su valor admirable e intrépido cual ninguno, por su generosidad y su amor a las mujeres y los niños”.
El nombre se vuelve tangible en esa urna de cristal del Museo Bacardí que guarda el vestigio patético del último disparo.

Sucio, herido en su tela, cargado de ausencia, el sombrero no impresiona por su estado ni boato; sino por lo que representa. Es el sobreviviente silencioso de aquello que el dueño no pudo sobrevivir. No detuvo el tiro. No salvó al general José Maceo. Pero como reliquia de la muerte conserva algo que el balazo no alcanzó a matar: su leyenda.













