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―¡Aló!… ¿Hablo con Asistencia Pública?
―Sí, señor… ¿en qué puedo servirle?
―Llamo desde la fonda Ai Re dei Vini, en Paseo de Julio 294. Sírvase mandar una ambulancia a recoger un enfermo grave. Es un negro atorrante que se está muriendo en plena calle.
La ambulancia de la Cruz Roja llegó en minutos. Frente a una fiambrería a la altura de Paseo de Julio 330 hallaron al infeliz, tirado en el suelo como un perro callejero, anónimo y tísico. Lo trasladaron a la Casa de Beneficencia, donde lo internaron en la sala de primeros auxilios. Dos enfermeros comenzaron a quitarle el saco harapiento, los pantalones descosidos, los botines también rotos, las prendas interiores todas sucias de mier…Daba asco y lástima que un ser humano terminara así sus días, envuelto en semejante miseria e inmundicia.
Pero aquel andrajoso ocultaba un secreto enorme. Debajo de la camisa mugrienta llevaba, en lugar de camiseta, un curioso corsé; en el bolsillo un medallón con rostro de mujer y papeles extraños: un pasaje, el programa de su último concierto en España, pasaporte de Prusia, un recibo de empeño y una tarjeta de presentación… “Caballero Brindis, Barón de Salas”. “¿Será el violinista?”, se miraron atónitos quienes lo desnudaban ante la duda de estar frente a una celebridad. De hecho, mucha gente creía que el artista había muerto cuatro años atrás.


La mención de su nombre hizo que el moribundo reaccionara instintivamente y tuviera un segundo de lucidez, balbuceando con labios amoratados y ojos entreabiertos sin expresión: “Sí, soy Brindis de Salas; pero me muero”. Era la tarde del 31 de mayo de 1911.

Obertura para un desconcierto
Procedente de Cádiz, en el vapor Patricio de Satrústegui arribó a la capital argentina. En el país sudamericano había cosechado admiración y riqueza en 1889, y hasta le regalaron un Stradivarius. Por eso buscó anclar en playa amiga, con la esperanza de hacer un arreglo a la partitura de su vida tras el divorcio de la esposa alemana que lo dejó en la ruina. Pero habían transcurrido veinte años, los viejos conocidos estaban muertos y la nueva generación apenas lo conocía. Ahora no vestía de etiqueta ni zapatos finos. Su aureola de popularidad era una fábula.
Durante el 25 y 26 de mayo Brindis durmió en un refugio de la calle Sarmiento 357. Luego se mudó a la posada de ínfima categoría Ai Re dei Vini. Cuando aquel negro errante de barba desaliñada y ojos hundidos pidió hospedaje, el gerente lo contempló con ademán dudoso. El forastero, sin mediar palabra, extendió una moneda de plata que le garantizó pasar algunas noches en un cuartucho del piso superior. Cada día se iba a vagar por las calles como un alma extraviada entre los caravanistas de la pobreza, borrachos e indigentes. Comía bazofias en los latones del fondín y al oscurecer regresaba con pasos sonámbulos a refugiarse en su cuchitril.
Arrojado a las profundidades de la calle se le veía abrir con manos temblorosas el estuche sempiterno y sacar el violín, cuyas melodías alguna vez sometieron los principales auditorios del mundo. Ahora, en vez de sortilegios parecía emitir sollozos invisibles, quejidos humanos; una canción desgarrada que hablaba de palmas tropicales, escenarios resonantes, ciudades luminosas, intensos amores, fatales desaciertos… Nostalgias y delirios resbalaban por las pupilas cabizbajas del violinista como lágrimas de lluvia sobre una estatua.
¡Cuba!… tierra que lo vio nacer libre bajo el régimen de la esclavitud. Nacido el 4 de agosto de 1852, en la calle Águila no. 822 de La Habana, Claudio José Domingo fue hijo del destacado músico Claudio Brindis de Salas, compositor de aires típicos e integrante de la orquesta Concha de Oro, que falleció ciego y pobre en 1872. Del padre tomó las lecciones elementales y fueron sus segundos maestros José Redondo y el belga residente José Van der Gucht. A los once años debutó en el Liceo de La Habana y en 1870 ganó una beca en Francia. Allá creció en cuerpo, lauros y destrezas bajo la tutela de los reputados maestros Dancla, David, Sivari y Leonard.
París, Londres, San Petersburgo, Madrid, Viena, Milán, Florencia… en una cuerda de recuerdos presos en su cabeza desfilaban los años vividos con opulencia principesca. No hubo escenario donde no triunfara. No hay manera de sintetizar el catálogo de triunfos en los más consagratorios escenarios de Europa. Como concertista de la gran escena era un imán, dominaba todas las poses, manejaba el mecanismo con la intensidad de un poseído.
A propósito de una audiencia, así lo retrataba Il Corriere Italiano: “El caballero Brindis de Salas es un joven negro, perfectamente negro, hijo de Cuba; de un talento extraordinario, de hermosa y simpática figura, que habla seis o siete lenguas. Tocó anoche, en el intermedio de la ópera, dos trozos en el violín, y el joven negro maravilló y llenó de entusiasmo al auditorio. Es violinista de actividad admirable; tiene un portamento de arco ligerísimo, y al mismo tiempo, una energía que lleva impresa el ímpetu característico de su raza. Siente, y siente con una pasión que le chispea en las pupilas, que son de una expresión electrizante”.
En 1875 regresó a América forrado de gloria y dinero. Ejerció como director del Conservatorio de Haití y recorrió México, Venezuela, Argentina, las islas del Caribe. Aunque radicó la mayor parte de su vida en el extranjero, pasó temporadas en Cuba. Tras ocho años de ausencia volvió a La Habana a finales de 1877, actuó en los teatros Payret y Tacón. Inició una exitosa gira por la isla, y en enero de 1878 tocó en la Sociedad Filarmónica de Santiago. De nuevo, en 1886, se presentó en el Gran Teatro de La Habana y el Albisu, en 1895. Estuvo por última vez en 1900.
Su pintoresca extravagancia y talante garboso eran atractivos para las mujeres que lo veían como “un hombre rubio tallado en ébano”. Por el virtuosismo de sus ejecuciones la crítica y el público le dedicaron elogios hiperbólicos: “Rey de las Octavas” y “Paganini negro”, mientras las aristocracias le tributaron toda clase de honores. En Prusia lo condecoraron con la Cruz del Águila Negra y en Francia con la Legión de Honor, la corte española le entregó la Orden Carlos III y la austriaca la Orden Imperial de Francisco José, en Italia le otorgaron la Cruz de Mérito y el káiser de Alemania lo nombró Barón de Salas.
Su pecho estaba constelado de estrellas. ¿Pero, de qué sirven las cruces honoríficas para quien no puede librarse de la cruz del destino?
Notas desafinadas
Fuera del catálogo de epítetos y semblanzas en do mayor que lo han sacralizado como una deidad del violín, coloso de los arpegios y persona de ética sobresaliente y trato humilde, poco se conoce de la vida bohemia y tormentosa de Brindis de Salas. Varias anécdotas evidencian que su carácter impetuoso, altanería chocante y discutido talento —si bien nunca negado—, lo envolvieron en una atmósfera no siempre favorable. Su biografía está llena de zonas oscuras.
A propósito de unos recitales que ofreció en 1895 en Santo Domingo, cuyo producto sería destinado a la causa independentista cubana, el escritor dominicano Enrique Marchena escribió: “Como artista tenía todos los arrebatos y todos los caprichos de un alma multiforme, pero profunda en sentimientos. Como persona no dejó de tener críticos arteros”.
Asimismo, la revista Cuba y América (2 de julio de 1911) narró una anécdota reveladora de su temperamento. Contaba que allá por los años mil ochocientos ochenta y pico, el joven Claudio acudió cierta noche junto a amigos al concurrido café El Louvre. Cada uno fue pidiendo el refrigerio apetecido hasta corresponder su turno. El camarero —que no lo conocía, pero discriminaba el color de piel— dijo prejuicioso: “Yo no sirvo sino a los caballeros”.
Se puso de pie el aludido con su esbelta figura y, mostrando un broche en la solapa, contestó el agravio con sentenciosa presunción: “Pues, yo soy Caballero de la Legión de Honor, y no hay aquí tal vez ninguno que pueda decir lo mismo”. Alguien aclaró que se trataba de una personalidad y de inmediato el sirviente mosqueado se desdobló en disculpas. Sin embargo, las explicaciones estaban de sobra. Herido en su dignidad, el ofendido se marchó en el acto.
Libaciones en exceso dieron motivo a incidentes similares, como el ocurrido durante su primer viaje a Argentina. Ansiaba un contrato jugoso y fue a ver a un empresario local, Onrubia. Este, ignorando su portento, ofreció pagarle cien pesos por velada. Brindis lo consideró ridículo. “¿Cien pesos? Eso es lo que yo acostumbro a dejar como propina”. Entonces el general y ex-presidente Bartolomé Mitre lo invitó para amenizar una cena familiar. El cubano tocó diez minutos, como solo él sabía hacer. A la mañana siguiente el periódico La Nación habló maravillas de su opus. Onrubia replanteó las cuentas y añadió un cero al contrato. El músico aceptó, aunque reservándose el derecho de actuar cuando le viniera en ganas.
“Brindis de Salas oía la voz de su propio violín, y se mareaba con las armonías que él mismo arrancaba del espíritu… Hallábase siempre borracho de gloria… No tocaba sino cuando quería. Su vanidad necesitaba el humo del aplauso. Por eso odiaba y amaba las ovaciones”, apuntó el argentino Agapito Candileja en Caras y Caretas. “Como intérprete era incorrecto —agregaba—, en el sentido de que no siempre respetaba las obras. Conocía las debilidades del público. Era efectista. Arrancaba el entusiasmo a tirones. Pero su fogosidad subyugaba”.
En ocasiones incumplió sus compromisos; otras veces llegaba, saludaba con una reverencia, tocaba y se iba sin pronunciar una palabra. Tal era su táctica. Tales fueron su carácter y sus prontos, típicos de las manías y soberbias de los hombres endiosados, según revelan glosas de tinta añeja firmadas por algunos que lo conocieron y vieron actuar.
“De arrogante postura —contaba el también violinista cubano Juan Torroella— Brindis con su arte encontraba poca resistencia en los corazones femeninos. Rico, colmado de la fortuna, carecía de constancia para permanecer durante mucho tiempo en un mismo sitio. Tenía, como todos los bohemios, un destino que cumplir; su bohemia incurable lo obligaba a vivir en continua despedida y una borrachera de gloria reclamaba constantemente el aplauso de gentes distintas, de nuevos esclavos rendidos a su arte”. Como Narciso embriagado de sí mismo, en la copa del envanecimiento se bebió de un trago su porvenir.
Ovación cerrada
La última década de su vida condensó una sinfonía de reveses. Socavado por los excesos, las zozobras y la tuberculosis, el artista cayó del cielo al abismo. Después de haber sido casi millonario y paseado medio mundo conquistando corazones, el Paganini negro fallecía a los 58 años, horas después de ser hospitalizado. Es un mito que murió abrazado al violín. No tuvo ese romántico consuelo.
El empleado de una tienda de cambalache en la calle Rivadavia contaría que la mañana del 23 de mayo entró al negocio un guiñapo humano proponiéndole empeñar un violín. El dependiente pensó que se trataba de un ladrón. “Vea, señor, yo no soy lo que aparento. Ahora estoy pobre, pero he sido muy rico”, alegó el otrora chevalier al notar que era mirado con recelo. Le dieron diez pesos por el instrumento y un mes de plazo para rescatarlo. Brindis besó las cuerdas del violín y abrazó la caja de resonancia como quien se despide de un hijo que jamás volverá a ver.
El violín era su alma. En la madrugada del 1 de junio de 1911 se rompió la débil cuerda que sostenía su existencia. Frío, rígido, en una parihuela condujeron el cadáver a la morgue. Lo dejaron al lado de un joven suicidado y de un chorro muerto a balazos. Encima le enrollaron la ropa y el corsé, última pieza de la extinta vanidad del difunto. Ningún familiar reclamó el cuerpo ni hubo disposición testamentaria. Nada podía legar más que su leyenda.
De manera imprecisa se ha reiterado que Brindis de Salas fue enterrado en fosa común. No ocurrió así gracias a que el semanario P.B.T. asumió hacerse cargo del cuerpo y darle un funeral decoroso. Conmovidos e intrigados por la dramática circunstancia de la muerte, representantes del mundo artístico y del pueblo porteño colmaron la redacción donde se instaló el velorio. Aunque no pudo intervenir demasiado debido a que Brindis se había naturalizado alemán, el vicecónsul cubano Jorge Campuzano secundó la iniciativa de P.B.T. y promovió una colecta entre la comunidad de emigrados. Recaudaron 330 pesos, que no fueron necesarios pues la funeraria de González y Hermano rechazó cobrar sus servicios, de primera clase.

El sepelio se efectuó en la mañana del día 3. Cubierto con una bandera cubana llevaron el lujoso ataúd al Cementerio del Oeste, donde fue inhumado en el nicho 958, galería quinta de la sección primera del camposanto. La tapia de silencio que cubre a los muertos hizo olvidar su nombre hasta 1917, cuando se activó un movimiento para evitar que los despojos se perdieran echados al osario común. El diario La Razón desplegó una campaña a fin de erigir una sepultura digna, pero solo se logró que el nicho donde reposaba fuera liberado de la cuota de arrendamiento.

“¿Dejaremos que los restos del artista queden para siempre sepultados en un remoto cementerio?”, cuestionaba el Diario de la Marina en junio de 1911. Hubo que esperar hasta 1930, cuando el ministro de Cuba en Argentina, Néstor Carbonell, realizó nuevas gestiones para exhumar el cuerpo momificado, cremarlo y repatriar las cenizas. El 12 de abril celebraron honras fúnebres en la Basílica de San Francisco, de Buenos Aires; y dos semanas más tarde se confiaba la urna de bronce —moldeada por el escultor argentino Luis Perlotti— al capitán del barco Sub Cubano, que cubría la ruta a La Habana.



Luego de un homenaje solemne en la Academia Nacional de Artes y Letras, en inútil y tardío desagravio, el 27 de mayo de 1930 los restos fueron depositados en el Panteón de la Solidaridad Musical del Cementerio de Colón. La antigua Iglesia de San Francisco de Paula y actual sala de conciertos, donde fue llevada la urna cineraria tiempo después, guarda celosamente al Paganini criollo.


El aniversario 115 de su trágica muerte acaba de pasar desapercibido. ¿Otra escaramuza de su destino agorero? ¿Otro violinazo cubano? Rapsodia para un gigante olvidado.













