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Quinientos años después, el espíritu explosivo de Hernán Cortés vuelve a escindir opiniones y reavivar disputas. Recientemente, una solicitud dirigida al Instituto Nacional de Antropología e Historia de México planteó exhumar los huesos del conquistador, empacarlos en una caja de detergente y fletarlos a España. No se trata de un capricho, sino de resignificar su presencia —o su ausencia— simbólica en la historia de amor y odio entre ambas naciones.
Ni siquiera en su otra dimensión Cortés ha parado de moverse o encontrado la paz; mucho menos ha dejado de generar polémicas. Tras la muerte, ocurrida en 1547 en Castilleja de la Cuesta (Sevilla), los restos tuvieron un largo peregrinaje y acabaron cruzando el Atlántico de vuelta para cumplir su última voluntad de descansar en la tierra donde sembró su notoriedad.
Por 123 años la tumba se creyó perdida, alimentando uno de los mayores enigmas asociados al célebre personaje hasta que, en 1946, un documento filtrado condujo a su paradero. El hallazgo desató arcanos demonios y hasta hubo quien pidió arrojar los despojos al mar. Para muchos sectores sociales de México, Cortés fue el rostro que encarnó como pocos la barbarie, el régimen esclavista, las epidemias y el cataclismo de civilizaciones mesoamericanas. Evocarlo implica, desde hace tiempo, tocar un tema tabú y de fricciones políticas.
Nueve entierros después, el esqueleto de la controversia yace embutido en una pared de la Iglesia de Jesús Nazareno, en el mismo nicho donde fue redescubierto en urna de cristal dentro de una caja de madera cubierta por otra de plomo. Hay que llegar al fondo y mirar a la izquierda del altar, a tres metros sobre el suelo, para detectar la placa con las generales del difunto. Es un espacio poco visible y sobrio, cercado por muebles antiguos, andamios y sacos. No se permite hacer turismo ni tomar fotos. El templo, ubicado en una céntrica avenida, no muy distante del Zócalo, parece un lugar abandonado.
Así, tan cerca y tan lejos, languidece el personaje. ¿Héroe o villano?

Primer alcalde
El hidalgo nacido en 1485 en Medellín, comarca de Extremadura, que tuvo la habilidad de leer la escena política para convenir una coalición con tribus indígenas, someter Tenochtitlán e imponer la monarquía al imperio azteca, no era un improvisado. En Cuba había forjado sus ambiciones y distintivos como uno de los legendarios conquistadores del siglo XVI. Probablemente, si Hernán Cortés no se hubiese publicitado como gran conquistador de México, su nombre no fuera ahora tan mencionado a nivel universal; sin embargo, en la retentiva de la historia de Santiago de Cuba siempre habría de recordársele como primer alcalde y fundador.
Secundó a Diego Velázquez, lugarteniente del gobernador de La Española, en la colonización de la isla de Fernandina. A los 26 años Cortés fungía como tesorero. Velázquez quedó tan impresionado con el trabajo del joven que decidió hacerlo su secretario personal y luego lo designó alcalde de la villa fundada en el verano de 1515.

Durante años, Santiago fue capital de Cuba y una de las ciudades más importantes en el hemisferio oeste del mapa, pues devino epicentro de expediciones continentales. Mientras tanto, en el ejercicio de sus tareas administrativas y con los recursos que adquiría por su merced de indios explotados en minas y hatos, Cortés evolucionaba a hombre rico e influyente que pronto iba afianzar su liderazgo.

En su Historia de Santiago, el acucioso Ernesto Buch esbozó un perfil completo del extremeño: “Cortés no ha dado muestras de soberbia ni de egoísmo. Ajústase a las órdenes del Adelantado cuya autoridad finge acatar. Es gran simulador. Sin duda, el más simpático, arrogante e inteligente del grupo. Su apuesta figura predispone a su favor. Amante de placeres mundanos, tuvo frívolas dificultades porque se atrevió a flirtear con la coqueta Catalina que distrae a Velázquez en la odisea de la colonización”.
Por algún momento estuvo abierta la interrogante de si fue o no el primer alcalde de Santiago. Basado en papeles color sepia, el historiador Leocésar Miranda esclareció en el libro Santiago de Cuba. Fundación y primeros años, que en el año 1525 desembarcó en la ciudad el licenciado Juan Altamirano para encargarse de la gobernación y efectuar un recuento del señorío anterior, el de Velázquez, muerto en junio de 1524. De esa revisión, Miranda citó una escritura del cabildo —con fecha 7 de julio de 1516— en la que se refieren “ciertos repartimientos y derramas de ciertas contías de maravedíes e pesos de oro” (sic) firmada por Fernando Cortés.

Asimismo, aludió a un poder con fecha 1 de diciembre de 1517, dado por el alcalde pionero a su primo Francisco Altamirano en los siguientes términos (que respetamos en su castellana redacción): “Sepan cuantos esta carta vieren, como yo Hernando Cortés, Alcalde e vecino de esta Villa de Santiago, Puerto de esta Ysla Fernandina, doy y otorgo todo mi poder […]”. Es de aclarar que en los primeros tiempos se escribió “Hernando” o su equivalente “Fernando”, hasta que la ortografía convencional lo encauzó a la forma abreviada.
Leocésar Miranda, considerado todo un experto en la historiografía del Santiago primigenio, concluyó: “La seriedad de la documentación expuesta es suficiente para esclarecer este hecho histórico, pues en ella podemos apreciar que Cortés fue el primer alcalde de esta ciudad y lo siguió siendo hasta su salida para la conquista de México”.
En alguna casucha de horconadura recia, techo de guano y vestiduras de yagua, ubicada en el perímetro del actual Parque Céspedes, debió vivir los ocho años que pasó en Santiago. Al frente del villorio y del reparto de encomiendas se volvió conocedor del mundo aborigen y se curtió en las trifulcas diarias entre los españoles de Indias. Pero su temperamento no era afín a la vida vegetativa del funcionario ni se contentaba con cofres de tesoros; sino que siempre afanoso de acrecentar su patrimonio y su épica, perseguía aventuras que le aportaran la gloria suprema, o lo que es igual, la inmortalidad a su nombre.
Elegido con roncha
En 1518, Hernán Cortés se sentía listo para retos mayores. Hacia octubre de ese año, en el fuerte de piedras donde moraba el gobernador Diego Velázquez, se fraguó el plan para la invasión de México. Por las exploraciones de Francisco Hernández de Córdoba (1517) y Juan de Grijalva (1518) se sabía que era un país de fabulosas riquezas y de la belicosidad de sus habitantes.
En consejillo privado, el Adelantado y su gabinete de subalternos deliberaron para escoger al hombre capaz de conducir a buen término el temerario designio. No podían fallar. Entre los propios edecanes brotaban ronchas de envidia. El jefe vacilaba discretamente antes de pronunciarse. Cortés, que anclado al cabildo de Santiago se había perdido las incursiones anteriores, resultó al final escogido para capitanear esta tercera expedición.
Animado por el nombramiento como jefe de la flamante armada y para no dar tiempo a que Velázquez se arrepintiera, el audaz Cortés aceleró los preparativos y “comenzó a buscar todo género de armas, así escopetas, pólvora y ballestas, y todos cuantos pertrechos de armas pudo haber […] se comenzó a pulir y ataviar su persona mucho más que antes, y se puso su penacho de plumas, con su medalla y una cadena de oro, y en fin, como un bravoso y esforzado capitán”, narró Bernal Díaz del Castillo en su Historia verdadera de la conquista de la Nueva España.

Sobre la apariencia física, Bernal Díaz lo describió como tipo “de buena estatura y complexión, bien proporcionado y robusto; el color de su rostro era algo grisáceo, no muy alegre, y un rostro más alargado le habría sentado mejor. Sus ojos parecían a veces cariñosos y otras veces graves y serios. Su barba era negra y rala, al igual que su cabello, que en aquel entonces lucía del mismo modo. Tenía el pecho alto, la espalda bien formada y era delgado, con poca barriga”.
Con su vara de alcalde ordenó tocar trompetas y tambores por las callejuelas de Santiago para pregonar su partida e incitar a los vecinos que quisieran seguirlo. Mandó a confeccionar banderas con símbolos de las armas reales y su estandarte de tafetán negro y cruz roja con la leyenda: “Sigamos la señal de la Santa Cruz con fe verdadera, que con ella venceremos”.
Además, vendió cuanto poseía, pidió dinero prestado y escribió a los amigos radicados en otras villas a fin de obtener favores. Aunque años más tarde Cortés y compañía distorsionaron los hechos difundiendo la idea de que la mayor parte de los preparativos había corrido por cuenta propia, lo cierto es que “en aquella sazón estaba tan endeudado y pobre” —anotó Díaz del Castillo—, que por sí solo no podía costear una empresa de esas proporciones.
El único capaz de desembolsar capital en condiciones para poner a flote semejante proyecto era precisamente Diego Velázquez. Este “[…] habló con Hernando Cortés, vecino y alcalde de la ciudad de Santiago por vuestras Majestades, y díjole que armasen ambos a dos hasta ocho o diez navíos (sic)”, afirmó Fernando Díaz-Plaja en La historia de España en sus documentos. En un mes consiguieron reunir cinco naves, 350 tripulantes y provisiones.
¿La expedición descortés?
Cortés zarpó de la bahía santiaguera el sábado 18 de noviembre de 1518, bajo una cortina de aplausos optimistas. Lo acompañaban conocidos como Pedro de Alvarado, Cristóbal de Olid, Gonzalo de Sandoval y Bernal Díaz. Este último dejó constancia de la partida: “[…] muy de mañana, después de haber oído misa, nos fuimos a los navíos, y el mismo Diego Velázquez fue allí con nosotros, y se tornaron a abrazar, y con muchos cumplimientos de uno al otro […]”. La mutua identificación sellaba una despedida en buena onda. A esa hora nadie podía adivinar que con las velas atrevidas de Cortés se abría una incógnita que colapsaría ambos destinos.
El relato del cronista contradice la versión propagada por Bartolomé de las Casas de que Cortés, con “infidelidad y desvergüenza”, mandó a embarcar y soltar amarras “a mucha prisa y con muy pocos bastimentos porque aún no estaban los navíos cargados”, aprovechando el misterio de la madrugada y que Velázquez dormía. Confusamente, se popularizó que sugestionado por leales y amigos Velázquez determinó sustituir del mando a Cortés, y que puesto sobre aviso este optó por dejársela en los callos. Entonces el Adelantado, enterado de la fuga, mandó a la carrera emisarios rumbo a las villas occidentales para detener al traidor.
En realidad —sostuvo Leocésar Miranda— no hubo tal huida alocada y la manida teoría de la conspiración fue más bien producto de un falso testimonio que “riendo y mofando” dio Cortés al crédulo Padre las Casas, poco antes de morir. En el Santiago de tabla y guano, pequeño como una moneda, no había manera de que 300 hombres embarcaran —fuera de día o de noche— sin crear tropelías que llegaran a oídos del gobernador. De haber querido o haber tenido la mínima sospecha de motín y movimientos a escondidas, Velázquez no sólo habría depuesto a Cortés, sino que era capaz de ahorcarlo sin miramientos. Malas pulgas y potestad le sobraban para eso.

Por si fuera poco, Cortés hizo escala en las villas de Trinidad y La Habana (entonces en la costa sur) en busca de más abastecimientos. En puerto trinitario, por ejemplo, se apropió mediante un acto de piratería de cuatro mil arrobas de pan, 1500 tocinos y muchas gallinas. En ambos puntos sumó expedicionarios y barcos hasta duplicar su flota a 11 navíos, 19 caballos, 14 cañones, 200 nativos esclavos y 600 soldados que ignoraban la piedad.
Fue el 10 de febrero de 1519 cuando ordenó levar anclas y poner proa hacia Yucatán. Es decir, pasaron dos meses antes de abandonar Cuba, periodo suficiente para que el mismísimo Velázquez acudiera a apresarlo, sin apelar tontamente a mensajeros de poca monta que de seguro habrían sucumbido ante la facundia o la fuerza de Cortés.
Cara o cruz
Diego Velázquez y Hernán Cortés sostuvieron por años una mancomunidad de intereses y relación de compadres, hasta que el subordinado empezó a tensar la mirada más allá de sus privilegios de regidor local y próspero colono del Caribe. El choque de narices se concretó cuando, arrebatado por las fiebres del poder, Cortés dispuso con arrojo inaudito “quemar las naves” y desobedecer las instrucciones del superior. Habría articulado tal fallo —dijo a un tribunal el testigo Diego de Ávila— mientras “estaban en San Juan de Ulúa”.
El Adelantado supo de la traición —ahora sí— “luego de siete meses esperando cada día con mucha congoja” noticias de su apoderado y del convoy en el que había invertido media fortuna. Su rabia estalló al recibir información de que su antiguo socio había expedido directamente a España una carabela que valía su peso en oro, y por ende expresaba su enojo al reino en carta del 12 de octubre de 1519, solicitando licencia para “ir mi persona a remediarlo”. El permiso de real cuño nunca llegó, y don Diego murió con la sed de venganza inundándole las entrañas.
Encandilados por el caudal que les enviaba el astuto servidor, los reyes prefirieron hacer la vista gorda y olvidar la contrariedad. En 1522, una real cédula confería a Cortés el título de gobernador y capitán general de la Nueva España. Se había salido con la suya; pero a despecho de su triunfo formidable, no fue más bienaventurado que sus predecesores Colón y Velázquez.
La gloria envenenada de Hernán Cortés lo persigue todavía, como una maldición perpetua. Dicen que el pasado, cuando no se resuelve, regresa. Y a veces, para bien o para mal, lo hace desde una tumba.













