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En el agitado panorama digital cubano hay un sitio web que destaca por la calidad de los textos que comparte, por su rigor intelectual y por el ameno acceso que brinda a sus contenidos. Es El Camagüey, que este agosto celebrará seis años de fundado.
Coordina este medio la Doctora en Ciencias de la Comunicación Social María Antonia Borroto (Esmeralda, 1973), una de sus fundadoras, periodista, investigadora, docente y…polemista de raza. Entre las infrecuentes virtudes de El Camagüey se cuentan entender y atender la cultura como un continuum impermeable a manipulaciones ideológicas y consignas, un devenir que, en la medida en que se hurga en sus raíces, esclarece el presente.
El Camagüey, como su nombre lo indica, pone el centro de su atención en esa zona del país, y desde ahí irradia hacia la cultura nacional. Es un ejemplo, además, de como el provincianismo es una condición mental y no una fatalidad geográfica; al tiempo que demuestra con solvencia que estudiar, divulgar y exaltar cuanto de valioso hay en esa provincia cubana nada tiene que ver con la actitud del aldeano vanidoso de que hablara Martí, aquel que confunde su comarca con el mundo.
María Antonia es autora de una profusa bibliografía que muestra a las claras sus diversos intereses intelectuales. Cito algunos de sus títulos: Palpitación de lo diario: un costumbrista llamado José Martí (Ediciones Ávila, 2007); Imagen múltiple de la ciudad: tres cronistas miran La Habana (Casa Editora Abril, 2008); Ansias de traspasar el horizonte: estudios sobre Julián del Casal (Editorial Ácana, 2012); Arreglamundos: mujeres y periodismo en Cuba (Editorial El mar y la montaña, 2019), y De cronistas, sus textos y sus viajes (Ed. Matanzas, 2023), por los cuales ha recibido numerosos reconocimientos.
En dos ocasiones se alzó con el premio Razón de Ser, que concede la Fundación Alejo Carpentier, con los proyectos “El modernismo: cuestión de ideas” y “Miradas cruzadas desde el periodismo: lo francés y lo cubano en Carpentier”. Asimismo, su libro “Julián del Casal: modernidad y periodismo” obtuvo mención en la categoría de ensayo sobre tema artístico literario en la 55 Edición del Premio Casa de las Américas.
Vamos al diálogo.

En 1996 te licenciaste en Comunicación Social en la Universidad de Oriente, y te doctoraste en Ciencias de la Comunicación Social en 2013, en la Universidad de La Habana. ¿Entre una y otra fecha, ejerciste el periodismo en algún medio oficial? ¿Cómo fue esa experiencia?
Trabajé un año en Radio Mambí, en Santiago de Cuba, y nueve en el periódico Adelante, de Camagüey. Durante los años de estudio hubo un momento en que pensé cambiar de carrera. No lo hice porque, como esos años coincidieron con el Período Especial, fue casi heroico mantenerme allá. Sumémosle que mis padres me tuvieron ya un poco mayores —para los estándares de los años setenta— y no podía alargar mi estancia en la Universidad, amén de que iba a ser complicado explicarles el motivo del cambio, pues durante todo el preuniversitario yo aseguraba que lo único que de verdad me interesaba era el periodismo. No tuve coraje, es la verdad, para hacer algo así. Me parecía muy desconsiderado con ellos.
En segundo año de la carrera me sentí muy decepcionada, e imaginé lo que iba a ser mi vida en una redacción. Hubo planes para quedarme, una vez graduada, ejerciendo en la Universidad de Oriente como profesora, planes que no se concretaron porque una disposición del Comité Central del Partido establecía que un recién graduado debía ejercer el periodismo al menos dos años antes de integrar el claustro de cualquier universidad.
Así, de pronto, caí de fly en la redacción de Radio Mambí, la emisora municipal de Santiago de Cuba. ¿Por qué Santiago? Mi novio de entonces es de Contramaestre, aún no se había graduado y tomamos la decisión, no menos heroica, de que yo siguiera en Santiago. Soy oriunda de Esmeralda, así que mis posibilidades aquí en Camagüey eran más limitadas, y tendría que vivir agregada.

Casi todo salió mal. No se dio lo de la Universidad, el entorno en la emisora me pareció incluso hostil, pasé más hambre y trabajo que siendo estudiante, y la relación sentimental se fue a bolina… Sin embargo, conservo recuerdos muy bonitos: anudé amistades del entorno universitario que aún perduran y conocí el mundo de la radio, lo que me ha sido muy útil durante mi docencia en el ISA. Hice entrevistas en programas en vivo, experimenté por primera vez la sensación de la adrenalina del cierre, ayudé a hacer guiones de noticiarios y revistas informativas…
Una tarde un director de programas me estaba esperando para que hiciera la conducción, junto a la locutora habitual, de una revista. Ella debía ausentarse en algún momento de la transmisión, a partir del cual asumiría yo sola el trabajo. Esa tarde fue tremenda. Estaba muy asustada y, al mismo tiempo, muy alborozada. Recuerdo que entre los entrevistados estuvo Eliades Ochoa, que aún no tenía la notoriedad que alcanzaría después.
En Santiago no se paraba: festival de la trova, festival del son, festival de coros… Siempre de una cosa en otra. Pude entrevistar, aunque con grabadora, a Compay Segundo, que me pareció sabio y encantador. Fue antes del Buena Vista Social Club, en un momento en que ni yo misma sabía a derechas quién era él.
Fue muy difícil por las circunstancias del trabajo —sin medios técnicos y sin transporte—, yo seguía a escondidas en la beca, a medio camino entre el mundo del estudiante y el de un profesional. Dos de mis compañeras me decían, con razón y preocupadas por mí, que la radio no era lo mío… Y yo no entendía muchas cosas, entre ellas cómo lograr hacer más de cien informaciones al mes. Era la menos productiva de la redacción. Y para colmo fue tanta la presión que tuve que abandonar mis estudios en la Alianza Francesa, donde me iba muy bien.
Vine entonces para el periódico Adelante, donde estuve nueve años. Fue muy complejo también. Algunos de mis textos despertaban suspicacias en el departamento ideológico del Partido. Hubo un período —mientras estuve al frente del rotativo Miguel Febles— en que me reconcilié un tanto con el periodismo, pues pude hacer algunos trabajos más a mi gusto. Al mismo tiempo, inicié una maestría en Cultura Latinoamericana, dirigida por Luis Álvarez, comencé a estudiar el periodismo de Julián del Casal y el gusto por la investigación fue adueñándose de mí. Me propusieron ser docente en la filial del ISA; allí comencé en el 2004 como adjunta, hasta que a inicios del 2007 decidí dedicarme por completo a la docencia y a la investigación.

La historia del periodismo en Cuba parece estar entre tus principales preocupaciones intelectuales. Incluso, has abordado a prominentes figuras de la cultura nacional, como Julián del Casal, José Martí y Alejo Carpentier. A tu juicio, ¿cuáles han sido los momentos más importantes del periodismo cubano a lo largo de la historia?
Nunca me lo he planteado así, pero voy a aceptar el reto que me propones, circunscrito al periodismo impreso, que es el que conozco un poco mejor.
Incluiría el periodismo costumbrista, con nombres como Buenaventura Pascual Ferrer, y su prontuario sobre la naturaleza de los textos para ser publicados en la prensa; José María de Cárdenas y Rodríguez (Jeremías de Docaransa), y sus cuadros de costumbres que aún hoy hacen reír, y a otros muchos costumbristas. Habría que incluir allí, aunque no fue solo un costumbrista, a Gaspar Betancourt Cisneros, con un estilo muy propio y uno de los primeros en notar que cualquier empresa de transformación social debía ser impulsada o apoyada desde las publicaciones periódicas. La labor periodística de El Lugareño en los Estados Unidos aún está por estudiarse.
Durante la llamada Tregua Fecunda el periodismo cubano alcanzó altísimos estándares de calidad y una difusión enorme. Asociados o no a los intereses de los partidos políticos, y como resultado de las transformaciones estructurales acaecidas tras el Zanjón, se multiplicaron los periódicos y comenzó el proceso de profesionalización de los periodistas. Hubo periódicos, como La Lucha, El País o El Pueblo, este último de Camagüey, con una concepción muy moderna, con un estilo más netamente informativo, aun cuando había espacio para los grandes cronistas (pensamos en Casal, en Manuel Márquez Sterling, Aurelia Castillo, Manuel de la Cruz, Emilio Bobadilla…) y para los columnistas, como Enrique José Varona. En el exilio también existieron muchos periódicos; el más conocido es, por supuesto, Patria, fundado por Martí, considerado una de las cimas de nuestro periodismo.

Ya en la República, con el nacimiento de El Mundo y las propias transformaciones de El Fígaro, una de las más importantes revistas cubanas, se consolida la modernización de los periódicos, tanto desde el punto de vista tecnológico como en sus rutinas y agendas. Hay nombres descollantes, con una prosa muy cuidada y personal; pensemos en Manuel Márquez Sterling, Miguel de Marcos, Alejo Carpentier, Urrutia…
Y como extensión de lo anterior, habría que hacer un aparte para las revistas ilustradas y su impacto en la cultura cubana. Pienso en El Fígaro, Gráfico, Social, Carteles, Bohemia… Y también, claro, en la labor en ellas de Emilio Roig, Jorge Mañach, Carlos Márquez Sterling, Raúl Roa, Roberto Agramonte, Herminia del Portal, Mariblanca Sabas Alomá, Loló de la Torriente, Rosa Hilda Zell, Suárez Solís, Guy Pérez Cisneros…
Y creo que ahora estamos viviendo una etapa muy interesante, con el surgimiento y consolidación de medios no adscritos a entidades gubernamentales, sin la chatura y estrechez de miras de la prensa oficial y oficiosa, que permiten mostrar las complejidades de la realidad cubana y que cuidan también la forma. Creo que hay algunos nombres que con total derecho pueden considerarse continuadores de la riquísima tradición del periodismo cubano.

¿Has trabajado sobre el periodismo de Nicolás Guillén? ¿Te interesa la labor periodística que desarrolló Gastón Baquero en el El Diario de la Marina?
Me interesa muchísimo el periodismo de Guillén. He estudiado su sección “Pisto manchego”, compilada por Manuel Villabella. En el sitio web El Camagüey, del que hablaremos en un rato, incluí un texto de mi autoría que explora la relación de esa columna en el periódico El Camagüeyano con otros espacios del rotativo. El estudio de la obra de cualquier periodista se enriquece muchísimo si toma en cuenta las múltiples conexiones de sus textos con el entramado que es la publicación para la cual fueron concebidos o donde, por criterios editoriales, esta fue incluida.
En el caso de “Pisto manchego”, me sigue sorprendiendo la ductilidad de su prosa, su sentido del humor y esa manera tan ocurrente de incluir las menciones publicitarias, pues el objetivo de la sección era ese. Al poder trabajar con El Camagüeyano encontré textos de Guillén de esa época de los que no se tenían noticias —disponibles todos en El Camagüey— y estoy casi segura de que en muchos sueltos y varios de los textos que acompañan otros anuncios publicitarios el joven Guillén puso su mano.
Sueño con poder hacer eso mismo con otras zonas de su periodismo, y muy en particular la revista Mediodía, de efímera duración, adscrita al Partido Socialista Popular.
Me interesan muchísimo Gastón Baquero y, tal como te decía antes, El Diario de la Marina, aunque he podido estudiarlos de manera muy tangencial. Me llama mucho la atención cómo Baquero logró sumar a importantes intelectuales al staff de La Marina, aunque debemos reconocer que ese rotativo tuvo una agenda muy curiosa. No olvidemos la sección “Ideales de una raza”, de Gustavo Urrutia, por ejemplo, y el hecho de que allí fueran publicados por primera vez los Motivos de son de Guillén.

¿Te atreverías a hacer un “top ten” de periodistas cubanos, desde la aparición de este oficio en Cuba hasta nuestros días?
Una vez hechas las advertencias al enunciar cinco grandes momentos del periodismo cubano, incluiría a Enrique José Varona y a José Martí. A riesgo de parecer sacrílega he escrito primero el nombre de Varona. Nuestro Enrique José fue un soberbio columnista, colaboró con muchísimas publicaciones y reflexionó abundantemente a propósito del periodismo, su naturaleza y su impacto social. Cuando dirigió Patria ya tenía una amplia experiencia en la redacción periodística, había atemperado su estilo y hasta la extensión de sus textos al formato de un periódico, y lograba un tono conversacional que hace que aún hoy lo sintamos muy cercano. He leído textos suyos a mis alumnos de Periodismo —hace ya algunos años, al impartir Ensayo Periodístico y Periodismo y Literatura a estudiantes de la Universidad de Camagüey— y ellos se asombraban al revelarles el autor y la fecha de escritura.
Manuel Márquez Sterling es otro que no podría faltar: escribió crónicas de viaje y también artículos de opinión y reportajes que aún hoy se consideran antológicos.
Habría que incluir a Casal, por supuesto, a Manuel de la Cruz, Carpentier, Guillén, Raúl Roa, Enrique Serpa, Lino Novás Calvo, Mariblanca Sabas Alomá, Loló de la Torriente, Emilio Roig de Leuchsenring…
Y habría que hacer un aparte para quienes gestaron y dirigieron publicaciones periódicas. Pienso, por ejemplo, en Miguel Ángel Quevedo, en los Rivero, al frente de La Marina, en el propio Roig y su labor en Gráfico, Social y Carteles, entre otros muchos. Recordemos a quienes animaron El Fígaro, La Habana Elegante, La Lucha, El Triunfo y otros tantos periódicos y revistas a finales del XIX; y en el XX, El Mundo, por solo mencionar unos pocos casos.

¿Cómo valoras la participación de las mujeres en el periodismo cubano? ¿Quién fue la primera periodista cubana de que se tenga noticia?
Ana Núñez Machín menciona como primera tipógrafa y una de las primeras periodistas a Domitila García Duménico de Coronado. Gertrudis Gómez de Avellaneda está considerada la primera que concibió y dirigió una revista, el Álbum Cubano de lo Bueno y lo Bello. Aurelia Castillo de González fue una cronista formidable.
Tengo la satisfacción de haber publicado nuevamente a Ana María Borrero, a quien conocía por las referencias de Renée Méndez Capote y, por supuesto, por ser una de las Borrero, lo que es en sí mismo una condición. Su periodismo podría parecer frívolo a primera vista, pues escribió, entre otras cosas, de la moda, mas, cuidado, también reflexionó sobre la identidad femenina, su lugar en la sociedad, los cambios en las dinámicas sociales tras la Segunda Guerra Mundial, entre muchísimos temas.
Una visión prejuiciada también condenaría a Rosa Hilda Zell, quien como Adriana Loredo firmaba una sección de cocina en Bohemia. Pues bien, ese espacio devino una suerte de atalaya desde donde reflexionar sobre problemas sociales, relatar e interpretar sucesos de actualidad: su texto sobre el 10 de marzo de 1952, por ejemplo, ayuda a comprender mejor cómo se percibieron esos acontecimientos por sus contemporáneos.
Habría que mencionar también a Mariblanca Sabas Alomá, Ofelia Acosta, Loló de la Torriente… No son tan pocas como podríamos suponer. Algunas fueron declaradamente feministas, otras, aunque no se declararon como tales, podrían ser tenidas por feministas. Es el caso, por ejemplo, de Rosa Hilda.

Obviamente, la sociedad machista y patriarcal vetó durante muchos años el acceso de la mujer al ejercicio del periodismo. ¿Cuál fue el punto de giro de ese estado de cosas?
Habría que hacer varias precisiones. De hecho, en cuanto tenga la oportunidad revisaré algunas publicaciones relacionadas con la Escuela Profesional de Periodismo Manuel Márquez Sterling, para intentar determinar el porcentaje de mujeres egresadas de sus aulas. Sé de dos: Marta Rojas y Graziella Pogolotti. Marta Rojas ha relatado detalles del minucioso trabajo de la sección “En Cuba”, de Bohemia, y de su incorporación a ese equipo, siendo una recién graduada.
A mi modo de ver, lo que tal vez no cabía en la mentalidad machista y patriarcal era la reportera. En algún momento de mi libro Arreglamundos; mujeres y periodismo en Cuba cité a un periodista español que no creía que las mujeres pudieran ser reporteras pues se les podrían partir las uñas y los tacones…

¿Qué es El Camagüey?
En algún momento de sus célebres diarios, Anaïs Nin explica que “en las escrituras antiguas, la ciudad, como centro de la cultura, tiene cuatro puertas peatonales. Se pueden ver. Se puede mostrar la entrada física. Pero la ciudad tiene también una quinta puerta que no se puede enseñar porque no es tangible; y por donde se puede entrar solamente de una forma metafísica. Es la puerta de la ilusión”. Creo que esa podría ser una buena definición de El Camagüey, un sitio web dedicado a la cultura de la región homónima. Tiene un enfoque historicista, y, medio en broma y medio en serio, me gusta decir que la idea es sacar a Camagüey del tinajón en que algunos pretenden que está.
¿Cuándo se fundó?
Se puso en línea el 30 de agosto de 2020 y fue, en buena medida, resultado del confinamiento durante la pandemia de la COVID-19. Un amigo del pre, residente en Estados Unidos, se quedó atrapado durante varios meses en Camagüey y apreció su ciudad natal con la nueva perspectiva que dan los años de ausencia y el conocimiento de otros lugares. Él tiene un sitio web precioso, Poeticous, dedicado a la poesía, y que es una especie de hermano mayor de El Camagüey. Pues compró el dominio en la web y me invitó a trabajar juntos. Sobre la marcha fuimos perfilando las secciones que tendría el sitio, su apariencia, elementos gráficos… Su nombre es un homenaje a la forma en que fue conocida la región. Algunas personas se refieren al sitio como “el Camagüeyano”, tal vez porque perciben alguna conexión con el periódico más importante de la ciudad durante la República, o porque el sitio les parece muy camagüeyano. Ambas posibilidades nos alegran.
Para mí fue toda una aventura. Nunca había trabajado para un sitio web de esa naturaleza, con un mecanismo tan preciso. Debí aprender muchísimas cosas, perfilar mis habilidades como editora y devenir también lo que hoy se denomina community manager…
¿Cómo definirías su línea editorial? ¿Ha variado esta a lo largo de los años?
No ha cambiado mucho su línea editorial. Creo que uno de sus sellos es la nueva puesta en circulación de textos tomados de fuentes primarias, fundamentalmente de periódicos y revistas. Mi formación como periodista y mis propias investigaciones han permitido que la colección de textos periodísticos o relacionados con esa profesión tenga un peso relevante. En breve, si tenemos el apoyo de nuestros lectores y colaboradores, queremos convocar a nuestro primer concurso de crónicas.
Los contenidos están organizados en las secciones Historia, Arte, Misceláneas y Arquitectura, agrupadas también en varias etiquetas, según su temática, género o fuente de procedencia. Existe un claro predomino de textos extraídos de fuentes primarias, inéditos algunos hasta el momento de su inclusión en el website.

¿Cómo se sostiene económicamente el sitio?
En El Camagüey trabajamos solo dos personas. Yo me he convertido, sin pretenderlo, en su cara visible. Ha sido sostenido desde el punto de vista económico y tecnológico por su gestor, quien se ocupa de la programación y diseño web; también de algunas tareas de edición. Persigue las erratas con furia de cruzado y es un polemista nato.
Tenemos muchos amigos y colaboradores, que nos han apoyado con donaciones, con bibliografía e imágenes, textos de su autoría, sugerencias y con su participación en algunos debates que hemos sostenido.
De El Camagüey me enorgullecen muchas cosas, muy en particular la comunidad que hemos ido fomentando y las polémicas, varias de ellas durante el confinamiento.

¿Consideras que El Camagüey propicia el debate entre los lectores?
Con “Al sol en un día del mes de diciembre”, de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y “Dos voces en la sombra”, de Enrique José Varona, tuvimos los primeros indicios de que incluso la poesía podría despertar apasionados intercambios. Sin embargo, el debate más vivo se suscitó con “Los veteranos”, de Fina García Marruz, con 85 intervenciones a propósito inicialmente de la pertinencia (o no) de ciertos términos para la creación poética, discusión ampliada luego a las dinámicas del arte contemporáneo y al concepto de belleza, en la que participaron varios estudiantes y miembros del claustro de la filial del ISA en Camagüey.
Una suerte de eco de esta discusión se sostuvo a raíz de “El mundo natural y el mundo del arte”, de Esteban Borrero. Este autor también nos movilizó con el epílogo de El amigo del niño: esa vez conversamos sobre las peculiaridades de la literatura destinada a ese segmento de la población. Las publicaciones de Henry Mazorra, “¿Cuál es la iglesia más antigua de Camagüey?” y “El excepcional entramado urbano de Camagüey”, generaron sendos intercambios de criterios.
Con el poema “Estrada Palma”, de Aurelia Castillo, sucedió algo muy curioso: los monumentos erigidos en memoria del controvertido presidente constituyeron el primer escalón del debate, referido luego a la idoneidad y buen tino de los restantes ubicados en la céntrica calle G de El Vedado, hasta incluir el reciente emplazamiento, dizque una bandera cubana, frente a la Embajada de los Estados Unidos.
Una carta de Carmen Zayas Bazán a José Martí, y una de Amalia a Ignacio (la única suya que se conserva) avivaron igualmente la polémica.
También hemos ensayado, y con mucho éxito, la sucesiva publicación de textos afines entre sí: el epistolario entre Eduardo Agramonte Piña y su esposa Matilde Simoni Argilagos resultó toda una revelación, como mismo lo fueron los cinco artículos relacionados con la visita de la Infanta María Eulalia de Borbón a La Habana que implicaban a varios camagüeyanos: Amalia Simoni, viuda de Agramonte, Herminia y Ignacio Ernesto Agramonte Simoni, hijos del matrimonio, y a Enrique Loynaz del Castillo.
Una crónica de Dulce María Loynaz, cuyas raíces principeñas este proyecto reverencia, fue la primera de esta suerte de novela por entregas que incluyó textos sin firma tomados directamente del periódico Patria y que constituyen —no temo pecar de inmodesta— un inestimable aporte a la comprensión de sucesos de la época y de las sutiles tramas que constituyen la historia. De Dulce María Loynaz también hemos publicado poemas de juventud, no incluidos en sus libros, dados a conocer por la Revista de la Asociación Femenina de Camagüey.
Aun así, creo necesario ratificar la que ha sido una idea rectora desde el principio: cada publicación es una unidad en sí misma. Quiere esto decir que el orden para la lectura no está condicionado de antemano: el lector debe sentirse libre al recorrer El Camagüey.
Hace apenas unos meses comenzamos a cobrar una cantidad mínima por el acceso desde fuera de Cuba —dentro de la isla es gratis—, lo que permitirá recuperar un tanto la inversión inicial y tal vez crecer. Sueño con la posibilidad de retomar la producción de audiovisuales, con mejorar la dotación tecnológica necesaria para el procesamiento de los textos: una buena cámara fotográfica, al menos un scanner de mano, accesorios para la grabación de audios y videos…
¿Quiénes son los lectores de El Camagüey? ¿En alguna medida se ocupa del acontecer actual?
El sitio nació teniendo en la mira, sobre todo, a los propios camagüeyanos, sin embargo, nos siguen personas que no son oriundas de la región. Lo publicado, aunque de autores camagüeyanos o referido a la región, ayuda a iluminar los procesos culturales de la nación. Aunque no se refiere a sucesos de actualidad permite, al trazar determinadas coordenadas, tener referentes para comprender sucesos del presente.
Hicimos una excepción, tanto desde el punto de vista espacial como temporal, al compilar los primeros debates tras la exhibición televisiva del documental “La Habana de Fito”. Yo los había ido colocando como comentarios al pie de un texto de Guillén de 1971 —“Sobre el Congreso y algo más…”—, llegó el momento en que eran muchos, lo que volvía muy incómoda la lectura. Mi partner mi sugirió hacer una publicación independiente. Finalmente, la compilación debió dividirse en siete partes.
Varias personas que participaron en los debates nos hicieron llegar algunas imágenes, mantuvimos comunicación permanente con Juan Pin Vilar y Gustavo Arcos en aras de no dejar fuera nada que pudiera ser relevante. Luego, la Asamblea de Cineastas Cubanos nos pidió dar a conocer en el sitio la Declaración de la Comisión de Censura y Exclusión. Todos son ya documentos históricos, aunque al momento de su publicación eran de muchísima actualidad.
El sitio tiene presencia en las redes sociales, sobre todo en Facebook, con una página muy activa, donde se comparten los enlaces a publicaciones asociadas a efemérides o que puedan relacionarse con a sucesos de actualidad. Siempre instamos a no comentar en Facebook, sino en el propio sitio, pues muchas veces los comentarios enriquecen el texto publicado. He usado a veces la comparación con una tienda con vidrieras como metáfora. Comentar en Facebook es como hacerlo en las vidrieras de la tienda, sin saber a derechas de qué se trata. Lo ideal es entrar a la tienda, examinar con detenimiento lo que allí haya… Y ahora que hablo de tienda, he recordado que también tenemos una pequeñísima tienda virtual con algunos objetos identificados con nuestro logo.
Es frecuente escuchar que el periodismo cubano que se ejerce a través de los medios oficiales no satisface las expectativas de los lectores. ¿Es así? Si estuvieras de acuerdo con ese aserto, ¿qué haría falta para cambiar radicalmente ese panorama?
Los medios de comunicación en Cuba forman parte, más bien, del sistema de relaciones públicas del Partido-Gobierno. El teórico español José Luis Martínez Albertos, al explicar las diferencias entre periodismo, relaciones públicas y publicidad, menciona un tipo de textos que parece salido de gabinetes de relaciones públicas. Eso son, muchas veces, algunos trabajos que circulan en los medios, y así son vistos los propios medios por el aparato estatal y partidista.
Los medios no existen en el vacío; Cuba debe cambiar para que ellos realmente cambien.
¿Existe la libertad de prensa en sentido universal o es más un horizonte al que aspiran llegar los periodistas?
Esta es la más compleja de las preguntas, y su respuesta, como algunas anteriores, daría pie a un ensayo. Habría que tener en cuenta las múltiples mediaciones que intervienen en la producción de noticias, díganse políticas, ideológicas, económicas, tecnológicas… No creo, por otra parte, que sea algo a lo que deban aspirar solo los periodistas: la sociedad misma debe aspirar a ella. Hay un axioma respecto a la objetividad que bien puede ser traído a colación: se dice que la objetividad es como la virtud, inalcanzable y, al mismo tiempo, una meta constante; hay teóricos que prefieren hablar, por tanto, de honesta subjetividad. Con la libertad de expresión tal vez pase más o menos igual.
Ahora bien, las cosas no son nada sencillas. Te pongo un ejemplo que no tiene que ver, o al menos no en principio, con la política: en redes sociales sigo a varios especialistas en cuestiones sanitarias y farmacológicas que llaman la atención sobre la preponderancia de ciertos influencers que recomiendan prácticas no avaladas por investigaciones científicas y que desafían incluso el sentido común. Pero como este es el menos común de los sentidos, muchos los siguen y hasta prueban algunos de estos métodos. Tales influencers pretenden ampararse en la libertad de expresión. Los expertos a quienes sigo se preguntan lo mismo que yo: ¿la libertad de expresión debe respaldar e incluso aupar consejos que atentan contra la salud de las personas?
Otro asunto tiene que ver con que el periodismo, que es un producto de la modernidad, es asociado por algunos teóricos al derecho de la ciudadanía a información de calidad; yo diría, incluso, que el periodismo está indisolublemente unido al concepto mismo de ciudadanía. Habría que definir, por supuesto, qué es información de calidad. Eso, el derecho de la gente a estar informada, debería ser una obligación moral de todas las sociedades, y una demanda permanente de las personas.
En el caso de Cuba, y conectando esta pregunta a la anterior, pensamos la libertad de expresión, por lo regular, en términos políticos: en sistemas totalitarios esta se vuelve una aspiración de primer orden.
¿Continúas ejerciendo la docencia? ¿Qué lugar ocupa el magisterio en tu vida?
Sigo en la filial camagüeyana de la Universidad de las Artes, en la carrera de Arte de los Medios de Comunicación Audiovisual, donde imparto Semiótica y Estética. Ya son casi 23 años siendo docente, 25 si sumamos dos cursos que impartí siendo estudiante universitaria, relacionados con la apreciación del audiovisual, a estudiantes de Historia del Arte.
Nunca imaginé que llegaran a gustarme tanto ciertas dinámicas del aula e, incluso, ser llamada “profe”. El contacto frecuente con jóvenes revitaliza. Veo el aula y el magisterio como un ejercicio de humildad y de flexibilidad. Trabajo con personas con una sensibilidad muy especial, de quienes constantemente aprendo y cuyo trabajo admiro, amén incluso de sus resultados. Te digo esto último porque si bien el desarrollo tecnológico facilita la producción audiovisual, en el contexto cubano, y sobre todo de una ciudad del mal llamado “interior”, todo se vuelve muy complejo. La carrera también alienta en ellos, y por extensión en los profesores, esos mecanismos personales que permiten vencer obstáculos de todo tipo en aras de salir adelante. Disfruto muchísimo el ejercicio final en el que muestran y debatimos sus cortos y documentales.

El magisterio se reconfigura con las nuevas tecnologías, el acceso a internet, la IA… Y aunque desde Cuba cuesta mucho trabajo seguir el ritmo de estas transformaciones, uno, al menos en su fuero interno, debe proponérselo constantemente.
Nunca, en mi primera juventud, me imaginé frente a un aula, es la pura verdad. Me parecía que sería algo muy aburrido, repetitivo, desquiciante… Pues la vida, al revés de lo que se suele decir, me desmintió. Hay cosas que no me gustan ni un poquito, díganse los registros de asistencia, los propios exámenes, algunas reuniones, las cuestiones metodológicas… pero se vuelven tolerables gracias a esos instantes en el aula que son sanadores y rejuvenecedores.













