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Marvelys Marrero: “No existe algo más sublime que el momento preciso de escribir”

Su producción frondosa, que le ha valido premios, becas, inclusión en antologías y traducciones a otra lengua, creció paralelamente a sus trabajos de diseñadora gráfica y promotora cultural. Además, pinta y hace fotografías.

por
  • Alex Fleites
julio 24, 2026
en De otro costal
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En su casa de El Carmen, Santa Clara, Cuba, 2020. Foto: Cortesía de la entrevistada.

En su casa de El Carmen, Santa Clara, Cuba, 2020. Foto: Cortesía de la entrevistada.

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Aunque un jurado imprudente, tal vez sin mala intención, trató de separarla de lo que ya venía perfilándose como una vocación “irrevocable”, Marvelys Marrero (Santa Clara, 1981) ha publicado, entre 2008 y 2021, ocho volúmenes de narraciones más que notables.

Esa producción frondosa, que le ha valido premios, becas, inclusión en antologías y traducciones a otra lengua, creció paralelamente a sus trabajos de diseñadora gráfica y promotora cultural. Además, pinta y hace fotografías.

En algún momento de esta entrevista, Marvelys dice que trabajar mucho la hace muy feliz, pero no devela lo que para mí es el mayor misterio en torno a su persona: de dónde saca tiempo para tanto. 

Este intercambio pretende contribuir a la proyección de una autora de mucho mérito, ya inscrita, a golpe de dedicación y talento, en la cultura del país, más allá de las demarcaciones geográficas que establecen mentes pequeñas. 

Marvelys Marrero. Tropical Park, Miami 2025. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Si bien un buen lector no tiene que ser forzosamente un buen escritor, lo contrario es casi imposible: un buen escritor tiene que ser, por fuerza, un buen lector. ¿Cuándo debutaste como lectora?

En la infancia. Amo los libros desde entonces. Recuerdo que siempre que visitaba Santa Clara con mi madre —aunque nací en Santa Clara, mi niñez transcurrió en Quemado de Hilario, un campito ubicado a 7 km de la ciudad— era obligación revisar la librería de la terminal de ómnibus intermunicipales y llevarme al menos tres o cuatro títulos. Corrían los años ochenta, y mientras esperábamos el taxi para regresar al campo, ya iba leyendo. 

Mi madre siempre andaba orgullosa de mi afición por la lectura, con solo sexto grado y en medio del distanciamiento rural, quizás porque fue ella misma quien, ante la ausencia de un curso preescolar, me enseñó a leer. 

¿Cuáles fueron los primeros libros que ejercieron cierta fascinación en ti?

Recuerdo que me fasciné con Pipa Mediaslargas; me identificaba mucho con el personaje. Fui una niña aventurera a la que le gustaba irse sola a la arboleda a buscar frutas, ponía trampas en los arroyos y represas para pescar tilapias y biajacas, y jugaba a las casitas en bajareques que construía con pedazos de madera y zines viejos. Tuve una infancia muy libre en ese aspecto.

Hubo un libro del que no recuerdo su título, pero que tengo las imágenes aún en la cabeza. Tendría yo unos 7 años, y la historia trataba de una madre gata que había sido abandonada con sus gaticos. Contaba las peripecias de la madre para garantizar alimento y prepararlos para la vida. Aunque el final era feliz, recuerdo que me dejó una sensación de tristeza, porque los gaticos, al crecer, abandonaban a la madre para irse a vivir sus propias vidas.

También me encanté con los cuentos de Onelio Jorge Cardoso. Ya esto fue sobre los 10 años, casi al mudarme a Santa Clara. La poesía en la obra de Onelio, esa manera tan natural y sensible de acercarnos a sus personajes, de hacer que todo se sintiera tan real, que cada cuento se percibiera como un dibujo del alma de la gente común y corriente, de cualquier lugar y cualquier contexto, me atrapó para siempre. 

Central Park, NY, 2025. Foto: Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Quiénes son aquellos escritores que descubriste en la infancia y en la temprana juventud que te siguen acompañando hasta hoy?

En mi adolescencia descubrí a García Márquez, Isabel Allende, Pablo Neruda, Gertrudis Gómez de Avellaneda, Cirilo Villaverde, Félix Luis Viera, Miguel Ángel Buesa, Agatha Christie… y muchos más. Era una época en la que llenaba libretas de cuentos y poemas. Lo típico en la adolescencia por aquellos años, solo que yo, lejos de transcribir los textos de otros autores, escribía mis propios textos. 

Después del año 2001, con 20 años recién cumplidos, esta lista de autores se hizo muy diversa. Conocí la obra de Reinaldo Arenas, Virgilio Piñera, José Lezama Lima, Charles Bukowski, Abelardo Castillo, Virginia Woolf… La lista es extensa, pero no quiero dejar de mencionar a las narradoras cubanas que de cierta manera marcaron el camino. Nombres como Ena Lucía Portela, Ana Lidia Vega Serova, Lourdes González, Mariela Varona y Rebeca Murga me acompañan siempre desde la admiración.

En la tumba de Pablo Neruda. Isla Negra, Chile, 2023. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Qué te gusta más, leer o escribir?  

Leer y escribir son para mí dos necesidades muy distintas. Es como un proceso de retroalimentación. A la hora de leer, tengo que encontrarme un texto que me atrape, que me sacuda por los hombros y me obligue a seguirlo, que me arrastre y me haga beber sus páginas. 

Leer como asunto obligado me aburre, me satura. Hay ciertos clásicos con los que nunca he podido. Para mí, leer debe ser un pacto de satisfacción y disfrute, no una especie de tortura académica impuesta. 

Mérida, Yucatán, México, 2026. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Qué tipo de lectora eres?

Soy de ese tipo de lectora a la que no le gustan las largas descripciones, ni el regodeo en escenas que luego muy poco aportan a la trama. Me gusta sentir al ser humano detrás del personaje, verlo desde las sensaciones que me transmite la palabra, no con el detalle de su físico ni el color de su ropa. Me importa, por encima de todo, que la literatura me haga sentir.

Al escribir me pasa otro tanto; es una necesidad que, cuando aparece, por más que me resista, termino cediendo. A veces no es el momento más oportuno, ni el lugar, y de repente viene la primera oración de un cuento, así, de la nada; en ocasiones es un párrafo completo. Es como si una voz me dictara; es un proceso donde no interfiere el pensamiento objetivo del autor. Al menos así me ocurre muchas veces. Luego llega un momento, cuando me siento a escribir, que esa voz se silencia y me deja sola a mitad del camino. Es ahí donde entra el oficio, y entonces se revisa, se organiza y se escribe.

Cubierta de libro.

¿Puedes simultanear la lectura/escritura de varios libros?

A veces estoy trabajando en un libro sobre un tema y de repente me surge otra historia que no tiene nada que ver. Lo importante es no dejar pasar esa primera oración, ese primer párrafo, al menos anotarlo o grabarlo ahora que tenemos tanta tecnología al alcance, porque es frecuente que, si no se hace, luego de una forma tan mágica como aparece, la idea también desaparece.

Suelo alternar libros al leer, también al escribir. La verdad es que agradezco tanto cuando me encuentro un libro para leer que me atrapa, de ese tipo de libros del que no puedes desprenderte, porque generalmente, cuando eso pasa, es como si se abrieran puertas dentro de mí y naciera todo un universo para ser escrito.

Cubierta de libro.

¿Cómo, cuándo descubriste tu vocación literaria? 

Cuando en la infancia me preguntaban si iba a ser bailarina —era muy delgada y alta de estatura—, respondía que sería escritora. Creo que las primeras cuartetas las escribí a los siete años. Vivía en un campo donde la casa más cercana estaba a más de un kilómetro. Mis compañeros de juego eran cinco perros, y a ellos, los pobres, les leía todo lo que escribía.

Desde sexto grado hacía décimas para actividades escolares y escribía algún cuento, y en la secundaria participaba en concursos municipales a nivel de bibliotecas. 

En su casa de El Carmen, Santa Clara, Cuba, 2022. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Hubo un familiar o un maestro que fuera decisivo en ese despertar?

Agradezco mucho a dos profesoras: Omara García, en sexto grado, y Cristina Pérez Godoy, durante séptimo, octavo y noveno, quienes me recomendaron libros y autores. Gracias a Cristina conocí la obra de Gertrudis Gómez de Avellaneda, y quedé profundamente atrapada con su poética.

Participaste en el movimiento de talleres literarios. Relata brevemente cómo fue esa experiencia.

A los 10 u 11 años, recién mudada al barrio El Condado, en Santa Clara, el escritor Ricardo Riverón, que por entonces era mi vecino, hizo dos cosas por mí que agradezco mucho. Primero, me regaló varios libros de autores villaclareños, entre ellos algunos de Félix Luis Viera; y segundo, me llevó a un Taller Literario para niños en la Biblioteca Provincial José Martí, me presentó a la profe Maritza Jaime, quien conducía el espacio, y allí me dejó rodeada de niños que, como yo, amaban la lectura y, sobre todo, escribir.

Una vez terminado ese taller, no volví a acercarme a espacios literarios hasta la juventud. Mi adolescencia fue en los años 90, y a principios de los 2000 la necesidad de escribir, quizás ya un poco más en serio, me lanzó a buscar algún tipo de asesoría. 

En su casa de El Carmen, Santa Clara, Cuba, 2021. Foto: Cortesía de la entrevistada.

Una compañera de trabajo me hizo el favor de preguntarle a un escritor vecino suyo —Ernesto Peña González— a dónde podía ir para que alguien revisara mis cuentos, y él le pidió ver y revisar alguno; quería asegurarse de no mandar un caso de bodrio literario a las amigas Lisy García e Ileana Rodríguez Martínez, quienes por aquel entonces conducían el Taller Literario de la Casa de la Cultura en Santa Clara. Ernesto terminó pidiendo que fuera a su casa para orientarme, y fue así como llegué nuevamente a los talleres literarios, allá por el 2001.

Fue un tránsito muy breve, porque se acercaban los encuentros debates de talleres literarios municipales, y en muy pocos días trabajé un cuento para presentarlo. La experiencia resultó terrible. Uno de los escritores en el jurado fue muy agresivo con su análisis. Llegó a decir que narradora, definitivamente, yo no sería. Discurso que, lejos de resultar educativo, me provocó tanto rechazo, que borré de mí la idea de escribir; incluso estuve años sin tocar un libro.

Pero la necesidad de escribir era ineludible, y continué haciéndolo, esta vez sin enseñarle a nadie lo que escribía. En 2006, cinco años después, regresé a un encuentro debate de talleres literarios sin ser parte de ningún taller y, para mi sorpresa, obtuve un premio. 

Este premio me ayudó de cierta manera a validar mis intentos literarios y a volver a confiar en lo que hacía. Quizás también influyó en que me decidiera a participar en la convocatoria para el Curso de Técnicas Narrativas del Centro de Formación Literaria Onelio Jorge Cardoso, en la que tuve la suerte de ser seleccionada para recibirlo desde enero a junio de 2007, como parte de su Novena Edición. 

“La Marcha”, 2021. Acrílico sobre tela, 116 x 94 cm.

¿Es la escritura un oficio solitario?  

Escribir es un oficio muy solitario; exige tiempo de distancia para con el mundo. Es un momento en el que todo se resume a ese cosmos que creas, esa otra realidad que amasas y moldeas como si se tratara de una pieza artesanal. La palabra construye y da color, y el escritor es solo un vehículo para que este torrente de vida fluya y cobre forma.

¿Necesitas condiciones especiales para escribir? 

En una época de mi vida me vi obligada a abandonar esta soledad al escribir. Tenía un pluriempleo como profesora de Cartografía y como diseñadora editorial, y el tiempo no me alcanzaba como para darme el lujo de cumplir con algún tipo de ritos o exigencias al escribir. Escribía como podía, lo mismo en el medio de un aula que en la imprenta donde trabajaba mientras se imprimía el libro de turno de la Editorial Capiro o de Sed de Belleza. Esto me ayudó a trabajar la concentración a un punto de enajenarme, focalizada absolutamente en lo que escribía. 

Con el trovador Ireno García. Santa Clara, 2022. Foto: Cortesía de la entrevistada.

¿Tienes supersticiones, manías a la hora de emprender un nuevo proyecto literario?

Mi única manía al escribir ha sido seleccionar la banda sonora de lo que escribo. Cada libro que he escrito ha tenido una banda sonora diferente. La música está en mis libros; es más fácil encontrar referentes musicales en lo que escribo que referentes literarios. Creo que si el mundo es un lugar mejor, es porque existe la música.

De mis libros, Mientras Tracy Chapman canta (Ediciones Sed de Belleza, 2009) ya desde el título hace referencia a la banda sonora con la que fue escrito. Recuerdo que la playlist que usaba en ese entonces, con más de 50 canciones de la cantante norteamericana, se repetía hasta el infinito. Y era como magia, solo de escuchar un acorde, ya sentía la necesidad de escribir.

Hoy para escribir no necesito condiciones especiales, me he vuelto menos exigente, quizás. Basta con que venga el inicio de la historia y que tenga el tiempo de sentarme a escribir. Nunca he sentido el pánico ante la página en blanco que algunos autores describen. Escribir para mí es un acto de exorcismo, de renacimiento y realización. No hay sentimiento más sublime que ese que queda tras poner el punto final habiendo dicho cuanto se quería decir. 

“La tormenta”, 2021. El Carmen, Santa Clara. Foto digital.
“Las luces de mi ciudad 1”, 2025. El Carmen, Santa Clara. Foto digital.
“Palomas sobre el campanario”, 2023. El Carmen, Santa Clara. Foto digital.

¿Llevas la escritura de más de un libro a la vez?

He tenido etapas de trabajar en varios libros a la vez. Es solo leer y meterte en el personaje nuevamente, identificarte con el personaje, adentrarte en su mundo y vivirlo. Luego las palabras fluyen y las historias avanzan.

Si tuvieras que sugerir uno de tus libros de relatos a alguien que quisiera adentrarse en tu literatura, ¿cuál sería? ¿Por qué lo consideras más motivador que los otros?

Depende de la persona a quien deba sugerir un libro mío. A una mujer que haya sido víctima del machismo y la violencia doméstica, le voy a sugerir mi primer libro: Palabras, modos y rutinas (Premio Celestino de Cuento, Ediciones la Luz, 2008). 

A un padre o una madre que se enfrenta a la crianza de un hijo en el contexto cubano después de 2010, le hablaría sin dudas de A dónde fueron los reyes (Premio Alcorta 2009, Editorial Cauce 2010) y El verde de las canicas (Editorial Letras Cubanas, 2013 y Editorial Primigenios, 2023). 

Pero si se trata de un público que guste de la experimentación, de lo distinto y lo inusual, le recomendaría leer Ya no creo en Lars von Trier (Ediciones la Luz, 2021 y Castelvecchi Editores, 2024). Creo que en la lectura literaria, como en casi todo en la vida, interfieren mucho los intereses y las necesidades estéticas de cada quien.

“Discordia”, 2022. Acrílico sobre tela, 187 x 118 cm.
“El orden de las cosas”, 2022. Acrílico sobre tela, 118 x 88 cm.
“Matria”, 2022. Acrílico sobre tela, 116 x 88 cm.

Tengo la percepción de que los escritores cubanos son bastante empáticos entre sí, lo que no ocurre en otros países, donde constantemente están en pugna. ¿De acuerdo con tu experiencia, es así? ¿Cómo te llevas con los escritores de tu ciudad, donde hay muchos nombres valiosos?

Las pugnas literarias siempre han existido, y creo que ningún lugar está exento de ellas. De lo que sí tengo la certeza es de que, en mi ciudad, a pesar de que cada cierto tiempo pueda surgir algún tipo de contradicción dentro del gremio, al final, cuando llega el momento de apoyarse por una causa común, prevalece la empatía sobre las diferencias.

Particularmente, me llevo bien con los escritores de mi ciudad. Me gusta, cuando llego a los espacios literarios, ver que la gente me saluda con buena vibra. Creo que cuando se respeta el trabajo y la opinión del otro, aunque no se esté de acuerdo con su manera de hacer o decir, ya es suficiente para coexistir pacíficamente. 

Me percibo como una persona tolerante, empática, y cuando encuentro un comportamiento que no entiendo, trato de ponerme en el lugar del otro, caminar con sus zapatos, y si aun así sigo sin comprender, pues me aparto, porque asumo que el problema no es mío, sino de la otra persona, y, sencillamente, lo dejo ser. Y esta manera de actuar me ha ayudado a formar parte de este gremio por casi 20 años sin verme involucrada en pugnas o conflictos literarios.

¿La crítica literaria se ha ocupado de ti? ¿Cómo te ha tratado?

La crítica literaria, en ciertos momentos, se ha enfocado más en mi trabajo y mis resultados; esto siempre va condicionado por la publicación de algún título o la obtención de algún premio. La verdad, no me quejo. Se han escrito reseñas sobre mis libros, tanto en medios oficiales dentro de la isla como en medios alternativos y extranjeros. 

En 2024, Ya no creo en Lars von Trier (Castelvecchi Editores, 2024) fue seleccionado por la crítica especializada entre los mejores libros publicados en Italia, y estuvo nominado a la XVI edición del Premio IILA-Literatura. Aunque no obtuvo el premio, a mí me llenó de alegría un resultado así, por ser mi primer libro traducido al italiano y tener tan buena acogida entre un público tan diferente.

Igual te confieso que, aunque la crítica ha sido benevolente conmigo y me ha hecho sentirme bien efímeramente, no hay mayor satisfacción que un lector te agradezca un texto; pero sobre todo, no existe algo más sublime que el momento preciso de escribir. Eso que se siente, esa euforia, esa adrenalina, ni la crítica, ni una opinión favorable, ni un premio, pueden superarlo. Porque los reconocimientos alimentan el ego, pero hacer literatura te llena el alma. 

Cubierta de libro.

Eres una escritora bastante prolífica que, sin embargo, se desempeña profesionalmente como diseñadora. ¿Es que la literatura no “da” para vivir?

Es un hecho. La literatura no da para vivir, y menos en el contexto cubano actual, donde la inflación alcanza valores astronómicos. A menos que tu libro se convierta en un éxito comercial y logres un buen contrato con una editorial extranjera como para permitirte vivir de las regalías, la realidad demuestra que, además de escribir, el autor debe desempeñarse en otro oficio. En mi caso particular, vi en el diseño gráfico la posibilidad de acercarme a la literatura. 

En aquel momento, hace ya 20 años, cuando quise coger en serio la escritura, tomé dos decisiones arriesgadas. Una: dejar el trabajo que tenía por aquel entonces, donde estaba supercómoda, y estudiar diseño de forma autodidacta para aspirar al puesto de diseñadora dentro de la plantilla de la revista Umbral, porque la sede de la publicación radicaba en la imprenta de Cultura, donde se imprimían los libros de las dos editoriales villaclareñas, y así estaría rodeada de autores y editores.

La otra decisión fue dejar la carrera universitaria que estudiaba en ese momento. Recién terminaba el tercer año de Construcción Civil, con notas de 5 en todas las asignaturas. Ni mis profesores ni mis compañeros entendían por qué lo hacía, mucho menos cuando les decía que yo quería escribir, y que la carrera me quitaba tiempo para hacer lo que verdaderamente me gustaba.

Al final no me salió mal, obtuve el puesto de diseñadora, y ese mismo año me seleccionaron para el Curso de Técnicas Narrativas del Centro Onelio [Jorge Cardoso].

¿Dices que eres autodidacta como diseñadora gráfica?

Me hubiera gustado estudiar Diseño Gráfico en el ISDI, pero en mi adolescencia quería estudiar Periodismo, Psicología o Lengua Inglesa. 

El fatalismo académico de aquellos tiempos no me favoreció. Y digo fatalismo porque en mi época todos los preuniversitarios eran centros internos en el campo. Fui el segundo escalafón de mi secundaria con 99,9 puntos y comencé el 10.º grado en el IPUEC Roberto Rodríguez, el muy mencionado Yabú 3, centro de referencia nacional en su momento. Allí el día se dividía en tres jornadas: el trabajo en el campo por las mañanas; en las tardes, la docencia; y en las noches, autoestudio. 

Como era alta de estatura y algo voluntariosa, de las muchachitas del grupo en las jornadas de campo, casi siempre era yo quien cargaba el saco de boniatos o papas en el surco. Y por eso terminé lastimándome. Adquirí un padecimiento crónico que desconocía y que me afectaba el área de la cadera, además de una escoliosis que me provocaba unas crisis de dolores terribles. 

Con apenas 15 años comencé tratamientos de antiinflamatorios y sedantes, y esto desencadenó una crisis hipertensiva. En resumen, mi salud se complicó de tal manera que al final tuve que irme del preuniversitario y estudiar Geodesia y Cartografía en un politécnico seminterno, porque no había preuniversitarios urbanos.

Una vez graduada del politécnico, comencé a estudiar Construcción Civil porque era una carrera afín. Pero, la verdad, no era algo que realmente soñara hacer, y llegado el momento lo puse en la balanza.

“El deseo de ser”, 2022. Acrílico sobre tela, 69 x 50 cm.
“Ascensión”, 2022. Impresión digital sobre tela, 185 x 100 cm.

En algunos sitios apareces señalada como artista naive. ¿Se puede ser universitaria y culta y, al mismo tiempo, ingenua? ¿Estás cómoda con esa etiqueta?

Finalmente, no tengo un título universitario; pude ser una ingeniera o licenciada de algo con lo que no me identificaba, pero escogí escribir, y no me arrepiento.

La etiqueta naive viene del año 2020. Durante el primer encierro por la pandemia, la vida que conocíamos se paralizó, y comencé a pintar para llenar los días. No podía escribir; tanto dolor, tanta agonía, la noticia constante de la muerte de alguien conocido, el colapso de los hospitales, la falta de oxígeno… De cierta forma, todo esto bloqueó mis palabras, y no conseguí escribir más de dos cuentos en esa etapa. Entonces pinté. Lo hice como hobby, como una forma alternativa de canalizar la ansiedad por el aislamiento, pero luego un gran amigo, Roberto Ávalos, crítico de arte, vio lo que hacía y me motivó a seguir. En el año 2021 me animé a participar en el Salón Territorial de Arte Popular, que une a artistas de Sancti Spíritus, Cienfuegos y Villa Clara, y para mi sorpresa, el conjunto de obras que presenté, con un personaje llamado Patacucha, se alzó con el primer premio, más el premio colateral de la Uneac. 

Desde ese momento, algunos me clasifican como pintora naive o pintora popular, lo que se refiere a la falta de academia y al tratamiento de personajes del imaginario popular. Pero no creo que lo que pinto sea ingenuo.

Hay un concepto detrás de cada obra, y es evidente; creo que es una mezcla resultado de algo más contemporáneo con un universo fantástico y surreal. Pero, la verdad, no me interesan mucho las etiquetas, ni en el arte ni en la vida.

“El fruto”, 2023. Acrílico sobre tela, 80 x 60 cm.

¿Conoces el volumen Pintores y dibujantes populares de Las Villas, de Samuel Feijóo? ¿Tu obra tiene vínculos directos con ese movimiento? Estoy pensando en artistas como Benjamín Duarte, Panchita Alarcón, la familia Hernández (Ángel, Lidia y Antonia), Anido…

Pintores y dibujantes populares de Las Villas es más que un libro. Es un mapa del paisaje de un grupo artístico muy afín con la estética feijoseana. El trabajo de Feijóo, y su tránsito por tantas manifestaciones artísticas, tiene un valor encomiable. Recuerdo que era encantador escuchar las historias que René Batista contaba de Feijóo mientras se imprimía algún número de la revista Signos. 

Fue así, trabajando en la imprenta, como me acerqué a los procesos de la revista Signos y conocí esta tradición de dibujantes en el territorio. Después tuve la oportunidad de trabajar en el diseño de la revista desde el número 66 hasta el 74, y quedé fascinada con este universo de mitos, fantasías y cultura popular que Feijóo nos dejara como herencia. Creo que de ahí viene mi vínculo con estos artistas y las referencias o influencias que de ellos pueda tener. 

Debo mencionar que mi padre, Rolando Marrero, pertenece también a esta tradición. Su trabajo ha sido expuesto y reseñado aquí en el territorio. Él trabaja más la línea del art brut, y a sus 83 años no deja de dibujar.

La antigua Las Villas (Sancti Spíritus, Cienfuegos y Villa Clara) es sin duda un enclave de arte de este tipo, algo que fue estudiado no solo por Feijóo, sino también por figuras como el investigador, crítico y folclorista José Seoane Gallo (1936-2008). Para regocijo de los críticos y especialistas en el tema, cada año se celebra una edición del Salón Territorial de Arte Popular y siempre surge algún nombre nuevo que se suma a la lista de participantes.

“A tu vera”, 2026. Acrílico sobre tela, 60 x 110 cm.

¿Tus obras literarias y plásticas rivalizan entre sí? ¿A cuál le dedicas más tiempo? ¿En cuál de las dos artes te sientes mejor representada?

A lo que más tiempo le dedico es al diseño gráfico. Gracias al diseño —algo que, como antes te dije, vi en un inicio como una forma de acercarme al mundo editorial— tengo trabajo y vida. 

Soy una persona laboriosa; si tengo trabajo, soy feliz; si tengo mucho trabajo, soy aún más feliz. En esos días que mágicamente he terminado todos los proyectos de diseño, entonces pinto o escribo, según la necesidad del momento, lo que me pida el cuerpo o la mente. 

Pintar es como volar; el tiempo se escurre de una manera indescriptible, es como una droga que me domina. Escribir es esa adrenalina que te hace sentir invencible. Mis “patacuchas” suelen ser tiernas, coloridas; en cambio, lo que escribo no lo es tanto. Más bien es crudo, violento, sucio… Son dos maneras muy diferentes de exorcismo, dos universos, pero al final los dos salen de mí. Más bien soy un poco de todo lo que hago.

¿Cómo es la relación que sostienes con tu ciudad? ¿Qué te exalta positivamente de ella, qué te deprime?

Santa Clara es mi casa grande; sus calles, sus parques, sus rincones son todos parte de mi historia de vida. En esta ciudad he reído, he llorado, he caído, me he levantado, he soñado y he hecho realidad muchos de esos sueños. 

Mi relación con ella se basa en el agradecimiento, pero me duele a veces, últimamente mucho más. La desidia, el abandono, la indiferencia en ocasiones terminan erosionando lo que alguna vez fuera único. También duele la ausencia de esas personas que por una vida mejor y más digna decidieron echar a andar. 

Las personas también hacen las ciudades, y una ciudad que es abandonada por miles de sus hijos pierde alegría y se apaga. Santa Clara sufre por la vida que tuvo, esa que ya no vuelve, y se convierte en recuerdo para muchos, mientras otros aún nos aferramos a permanecer y soñar con hacerla mejor, aunque en el proceso algo de nosotros también se marchite.

Desde mi azotea casi todas las tardes observo buena parte de Santa Clara. Hago fotos del paisaje, del horizonte y sus montañas, de las luces en el cielo. Veo los pájaros negros regresar al parque Vidal, la luz dorada del sol al ponerse detrás de la iglesia de El Carmen, los tejados envejecidos, los tanques azules, y le doy gracias a esta envejecida ciudad por cuidar de mí como lo ha hecho.

¿Cómo te imaginas de aquí a diez años?

Es difícil imaginarme dentro de diez años. Creo que puedo ser más exigente y perfeccionista, algo que no es bueno, porque con diez años más no debo tener la misma vitalidad y destreza. 

Puede que me frustre perder capacidades. Quizás sea un poco más torpe, más peleona, casi rozando lo insoportable, o tal vez sea más paciente y tolerante de lo que ya soy.

Lo que más me aterra en tratar de verme y ver mi vida en 10 años es que, por lógica, es muy probable que algunas de mis perritas ya no estén conmigo. Tengo tres perritas criollas, dos recogidas de refugios temporales y otra heredada de una amiga. Son mis chiquillas, los seres con quienes más tiempo comparto. Freaky, Mina y Linda son un regalo divino que voy a agradecer siempre. Voy a sufrir mucho cuando partan.

Con las perrijas. Santa Clara, 2024.

Y si de algo estoy segura es que, si dentro de 10 años aún ando por estos planos, si mi cuerpo y mi mente me acompañan, voy a seguir sonriendo y respetando al prójimo, seguiré pintando, seguiré diseñando y, sobre todas las cosas, seguiré escribiendo. Porque para mí hacer el bien y crear es la única forma de vivir, de crecer y de hacer que este efímero tránsito por la vida tenga sentido. 

“La luz, bróder, la luz”, 2026. En honor a Sigfredo Ariel. Acrílico sobre tela, 60 x 90 cm.

Dos minicuentos de Marvelys Marrero

Ese extraño don

Miré a mi perro y pensé: que ladre, así no más, sin razón, y él se desenfrenó en un ladrido atemorizante. Sonreí al verlo obedeciendo mis órdenes y pensé entonces: ¿y si no es casual, si de repente se me ha concedido el don de realizar deseos? Que florezca la planta desaliñada a la entrada del edificio, pensé, y me asomé al balcón, pero allí seguía la planta mustia. Sonreí burlándome de mi insensatez y fui en busca de un té frío para disipar el calor; mientras abría la nevera, escuché la voz de la vecina de los bajos: Miren, esto es un milagro. Corrí al balcón y allí estaba, una flor púrpura colgando del tallo más seco de la planta. Me llevé las manos a la boca y me recosté a la pared; lentamente me deslicé hasta el piso, retiré la mano de mis labios y sonreí como una demente. Que mis paredes sean azules, y todo se tiñó. Que el frutero del comedor se colme de manzanas y peras, hecho. Que la música estridente del vecino desaparezca, silencio. Y así he estado desde hace al menos diez minutos, cambiando lo que creo necesario. Poco a poco mis ojos han escudriñado los rincones y se han detenido en la sala, en esa foto donde mi abuela de espaldas contempla el mar: Que viva, pensé y cerré los ojos; que viva, dije y me golpeé la frente; que viva, grité y mi perro vino corriendo a pasarme la lengua por la cara; entonces sonó el teléfono.

Los silencios

Cuando todo está dispuesto de esa forma estúpida y convencional que a mí —el hombre de la casa, su marido hace seis años— tanto me gusta: la comida en la mesa, el brandy jerez junto a las copas, los zapatos limpios de polvo, el baño tibio, la habitación a media luz, las sábanas olorosas, los inciensos prendidos… Cuando la tarde se llena de luz y perfección, allá, donde no puedo verlas, entre sus risas agudas surgen a intervalos los silencios, e imagino que susurran algo con complicidad, algo simple, que no trasciende. Y las dejo ser, las dejo compartir esos tontos secretos de amigas de la infancia, amigas de toda la vida. Que disfruten de esos silencios que completan las rutinas; me consuela saberla feliz. Nada hay de peligroso en ello. Y voy aferrado a ese pensamiento, a ese quietismo que me caracteriza, para no hacer lo que ahora he hecho: abrir la puerta y verlas así, de esa manera tan callada, solas en la cocina, besándose.

Etiquetas: Literatura cubanaPortada
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Alex Fleites

Alex Fleites

Poeta, curador de arte y editor afincado en La Habana.

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