|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Parece que fue ayer cuando Messi caminaba por Lusail con el bisht, la túnica negra y dorada que los cataríes le regalaron antes de levantar la Copa del Mundo. De hecho, desde la memorable final que encumbró a Argentina con su tercera estrella pasaron “solo” tres años y medio, el menor tiempo transcurrido entre dos ediciones mundialistas.
Aquel partido memorable, con las atajadas del “Dibu” Martínez, la resistencia heroica de Mbappé, la tensión de los penales y la coronación de Leo, lo viví en La Habana, tumbado en la sala de mi casa. No podía imaginar entonces que en el siguiente Mundial estaría trabajando en uno de los bares de Madrid que nunca retransmite fútbol, que está siempre en silencio cuando la ciudad explota con los goles de prácticamente cualquier selección.
Contar episodios del torneo así, a ciegas, es todo un reto, como marcar un gol desde la media cancha. Pero en materia de fútbol, la capital española te retroalimenta siempre, incluso cuando no puedes ver muchos pasajes de juego. Durante la Copa que han organizado México, Estados Unidos y Canadá, hay muchas personas que no quieren saber nada de fútbol y hay otras que quieren que sepas todo lo que sucede.
Ulises es uno de esos que trata de contagiarte con la fiebre futbolera. Desde hace algunos meses llega cada tarde al bar, siempre a la misma hora, y se pone a ver videos de goles, pases y filigranas en el celular, a todo volumen. Se queda deslumbrado y a veces sonríe, como si viajara a través de esa pequeña pantalla a los estadios del mundo, como si corriera al lado de los jugadores y celebrara con ellos un disparo que se cuela por la escuadra de la portería.
Un día, alguien que lo veía disfrutando con los vídeos le preguntó qué estaba mirando. “Son goles del Burrito Ortega. ¿Sabes quién es?”, le contestó el chico muy rápido, en parte a modo de desafío y en parte con unas ganas enormes de mostrar su vena argentina.
“Es el ídolo de la infancia de mi padre. Cuando era un niño, lo vio ganar la Libertadores. A mí me gusta mucho”, dijo sin dar tiempo al señor de que le contestara sobre uno de los delanteros sudamericanos más recordados de los últimos 30 años.
No es casualidad que Ulises hable así de los jugadores argentinos que muchos fanáticos al otro lado del mundo pueden haber olvidado. El chico de diez años nació en Buenos Aires y en su vida no ha escuchado hablar de otra cosa que no sea fútbol. La pasión por la pelota le viene de cerca. Su padre, Matías, es hincha a morir de River Plate; su madre, Celeste, lleva el escudo de Racing Club de Avellaneda grabado en la pantorrilla; su tío, Julián, se tatuó en letras gigantes el nombre de Leo Messi en la espalda.
Todo eso lo supe mucho después de conocer a Ulises. Al principio, cuando ni siquiera sabía su nombre, lo veía entrar al bar vestido con el uniforme de algún colegio madrileño, que luego cambiaba por una camiseta de la albiceleste. Entonces, con su atuendo futbolero, se paraba al lado de las tragaperras a esperar un rato por un señor que lo recogía.
El hombre, de unos sesenta años, siempre venía puntual, le compraba un bocadillo o una tortilla y una “coquita”, como le dicen los argentinos a la Coca Cola. Después se marchaban, el señor con una pelota bajo el brazo y Ulises con un par de zapatos gastados colgados del hombro. “Vamos a jugar a ser Messi”, decía una y otra vez.
![]()
El rostro de Ulises me resultaba conocido desde la primera vez que lo vi, pero no tenía ni idea de dónde. Hasta que un día, el señor que todas las tardes lo recogía, no apareció. El chico estaba nervioso, le pregunté qué pasaba y me contó que se había quedado solo, que si podía llamar a su padre. De memoria y a la carrera me dictó los números de teléfono y cuando respondieron enseguida soltó: “Papá, el abuelo no vino hoy”.
Del otro lado de la línea, sorprendido y nervioso, el hombre le dijo que se quedara allí, que iba corriendo. Al escuchar lo asustado que estaba, le pedí que se tranquilizara; yo cuidaría del chico hasta que él llegara, sin prisas. Pero invadido por la sensación de urgencia, en menos de 20 minutos ya el padre estaba ahí, y, al verlo, entonces entendí de dónde conocía a Ulises.
Era Matías, un vecino del edificio donde vivo, con quien había hablado varias veces sobre la vida, los retos propios de un migrante, la nostalgia, los recuerdos de la tierra, entre ellos el fútbol. Un día de esos me contó lo mucho que extrañaba ir al campo allá en Argentina, pero que dejó atrás su país por la inseguridad en las calles y las dificultades económicas.
“Conocemos familias que han perdido a sus hijos, que han desaparecido. Se los llevan para trata de personas. Hay asaltos. Todo se ha puesto muy complicado y, encima, el dinero no alcanza. “Vas a comprar pan en la mañana y en la tarde cuesta el doble, sin explicación”, me comentó semanas atrás.
El fútbol, afortunadamente, es un punto de respiro. Las victorias de la albiceleste durante los últimos años —desde las Copas América al Mundial de Qatar— han sido un atisbo de luz en medio de la oscuridad. Matías no puede disimular su pasión por un juego que lleva en la sangre, aunque nunca ha sido muy bueno con la pelota en los pies.
Solo por su vestimenta ya se puede intuir el fanatismo. Siempre que no va con el uniforme de “laburo” (trabaja de conserje en una comunidad al norte de Madrid), lleva indistintamente camisetas de su amado River Plate, del Real Madrid (del inglés Bellingham) o de Argentina, con el 10 de Leo Messi en la espalda.

De las muchas veces que me crucé en el edificio con Matías, en alguna vi a Ulises y no retuve su cara. Pero desde que vi a su padre entrar por el bar, enseguida le puse rostro a un niño que ha pasado momentos difíciles desde que aterrizó en Madrid.
“Le han dicho de todo en el colegio; sobre todo con el tema del fútbol hay mucha rivalidad y el chico ama a su selección y a Messi. Defiende sus colores a muerte y han llegado a llamarle sudamericano de mierda, o que Messi es un sudamericano de mierda. Más de una vez ha regresado llorando a la casa”, me contó Matías un par de días después de recoger al chico en el bar, coincidiendo justo con el inicio de la fiebre mundialista en España.
“Muchas veces se han burlado de él no solo por ser argentino, también porque no tiene el mismo nivel económico de los demás. En eso mismo del fútbol, ¿tú crees que no me gustaría ponerlo en un club o en el equipo del barrio? Pero qué va, cuesta como 500 euros al año y ahora no podemos pagarlo. Por eso todas las tardes va a jugar con ese señor al que le dice abuelo. Es un viejo amigo de la familia de mi esposa y nos hace el favor de pasar un rato con él mientras nosotros terminamos en el trabajo”, me comentó.
El bullying y la discriminación entraron por la puerta de esta familia argentina, que no la ha tenido fácil para salir adelante desde que llegaron a España hace año y medio. Durante mucho tiempo, solo Celeste, la madre de Ulises, tenía permiso de residencia, mientras Matías hacía lo que aparecía en lo que esperaba por sus papeles. En ese trance, dos empleadores le dieron trabajo de construcción “en negro”, pero ninguno de los dos le pagó.
Esos contratiempos fueron mellando la confianza y la fe de todos, al punto de que pensaron en retornar a Argentina. “Nos pasó por la cabeza, pero no iba a virar con una mano adelante y la otra detrás. Había que seguir peleando aquí y, por suerte, ya cuando me llegó mi residencia, las cosas se han ido arreglando. Además, Argentina está ganando. Tenemos que demostrar aquí quiénes son los campeones y que mi hijo no es un ‘sudamericano de mierda’, que Messi no es un ‘sudamericano de mierda'”.
![]()
Son casi las dos de la madrugada en Madrid. Ya a estas horas hay silencio en el barrio, que solo un poco antes hervía en algunas esquinas con argentinos celebrando la enésima victoria épica de la albiceleste en el Mundial que se celebra al otro lado del Atlántico. La víctima fue Inglaterra, hundida en su propia área con una desproporcionada línea defensiva, la cual, sin embargo, no pudo descifrar los códigos de Messi, asistente en los dos goles de la remontada.
Al llegar a mi edificio, en el portal me encuentro a Matías y Celeste, los padres de Ulises. Están roncos. Ella, la hincha más incondicional de Racing Club, gritó a viva voz el gol de Enzo Fernández, criado en la cantera de River Plate. Él, fanático empedernido de River, gritó alto el gol de la victoria de Lautaro Martínez, fruto de las inferiores de Racing Club.
Parece un trabalenguas, pero es poesía. Para quien no conozca el fútbol argentino, hay una rivalidad centenaria entre River y Racing, protagonistas del clásico más antiguo del país sudamericano. Sin embargo, cuando juega la selección, los colores de los clubes se difuminan y todos van al ritmo de la albiceleste.
Matías y Celeste están en el portal en medio de la madrugada descargando las tensiones. Su hija más pequeña, Vicky, ya duerme, y Ulises también cayó rendido. Terminaron todos extasiados, pero abrazándose y llorando.

El partido contra los ingleses, me cuentan, lo vivieron como siempre, respetando las cábalas: Matías de pie y caminando de un lado a otro, Vicky pegada a la ventana, Celeste encogida en el sofá y Ulises arrodillado en un cojín mordiéndose las uñas. En la pared del salón, una bandera argentina colgada que solo sacan los días de juego.
Celeste, como ya me había advertido, está en una nube. Para ella, aunque poner la cuarta estrella en el escudo de la camiseta tiene mucho valor, ganarles a los ingleses es otra cosa: “El Mundial para mí se puede acabar hoy, ya me siento campeona, pase lo que pase contra España”.
Matías, sin embargo, siente deseos de revancha. Los insultos que ha sufrido su hijo desde que llegó a España, entiende que no hay mejor manera de borrarlos que derrotando a La Roja en la final. “Por eso quería que eliminaran a Francia, para poder cruzarnos por la Copa. Ahora hay que ganar, por Ulises y por Messi en su despedida”.













