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Recuerdo que volver a la escuela cada 1.º de septiembre, sobre todo durante mis años de primaria, era siempre alegre, cargado de expectativas. Cursé de primero a sexto grado en la misma escuela, el Ateneo Fernando de Dios Buñuel, en la ciudad de Holguín. Durante todo ese tiempo, mis compañeritos fueron casi siempre los mismos y a las maestras y maestros ya los conocía.
Eso ocurrió desde mediados hasta finales de los años ochenta, por lo que pertenezco a esa generación —quizás la última— de pioneritos que no conoció la escasez como parte de lo cotidiano. Había cupones para comprar uniformes nuevos, meriendas, libretas que olían a papel recién impreso. El 1.º de septiembre era, ante todo, una fiesta.
Casi cuatro décadas después, con el Período Especial de por medio —aquella crisis que llegó para quedarse, convertida en un círculo vicioso del que la isla no ha logrado salir— y con un recrudecimiento del bloqueo del Gobierno estadounidense, el día a día, y también la noche a noche, transcurren entre apagones que no tienen precedentes en la historia reciente de Cuba. Vivir se ha vuelto una odisea y volver a la escuela, por supuesto, no es la excepción.

Sin la más mínima intención de caer en el lugar común de romantizar el presente, que es muy duro, creo que, aun en medio de la debacle, esa alegría por volver a la escuela perdura en los niños.
Quizás compartan la misma emoción de antaño por estrenar aula, descubrir quién quedó en qué grupo o contarle al amigo del curso pasado cómo fueron las vacaciones. Esa capacidad de la infancia para encontrar alegría en medio de la precariedad es, tal vez, lo único que no ha cambiado del todo entre mi generación y la de ahora. Los pioneritos de los ochenta no sabíamos lo que se avecinaba; los niños de hoy no conocen otra cosa que la escasez y, por eso mismo, no la viven como una pérdida, sino como parte del paisaje cotidiano.
La carga más pesada recae sobre las madres y los padres, que hacen malabares para completar un uniforme que no se consigue en las tiendas, reciclar mochilas de un curso a otro y estirar las libretas hasta la última hoja. A la pregunta diaria de qué conseguir para la merienda y a las dificultades del transporte se suman ahora los apagones en medio de noches calurosas que impiden descansar. Así, el simple gesto de llegar a la escuela termina convirtiéndose en una hazaña cotidiana.


Los maestros, mientras tanto, sostienen el sistema con una entereza que debería reconocerse más allá de los discursos. Con salarios magros que no alcanzan siquiera para cubrir lo básico, muchos se han ido —a otras profesiones, a otros países— y quienes permanecen cargan con aulas más numerosas, menos recursos y la responsabilidad de explicar el mundo a niños que muchas veces llegan a clase después de haber dormido mal por el calor y la falta de electricidad.


Que la escuela cubana siga abriendo sus puertas cada septiembre, contra viento y marea, dice mucho de la voluntad de quienes la sostienen desde adentro. Y acaso ahí sobreviva también algo de aquel 1.º de septiembre que recuerdo: la alegría de los niños por reencontrarse, aprender y estrenar un nuevo curso, aunque el país que los espera al salir del aula sea radicalmente distinto al que nos esperaba a nosotros.




















