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A eso de las once de la mañana, el sol pega de lleno sobre la entrada principal de la Biblioteca Pública de Nueva York. No dura mucho. Un par de horas, tal vez menos, según la estación. Pero durante ese rato la luz se mete como un reflector entre las molduras, marca el relieve de las columnas y saca a la vista todo el trabajo y arte minuciosos de la piedra. Pasado el mediodía, las torres de vidrio de la Quinta Avenida le tapan el sol y la fachada de mármol vuelve a quedar en sombras. Ocurre todos los días, en una cuadra donde casi todo lo demás fue construido para ganar altura al cielo.
La biblioteca, en cambio, se quedó baja. Ancha. Casi terca en su horizontalidad, en medio de los rascacielos que la rodean por los cuatro costados. Uno camina por la Quinta Avenida y la distingue desde lejos, achatada entre las torres. Y, por algún motivo, es precisamente ese contraste el que hace que destaque más que cualquiera de los inmuebles de veinte pisos que tiene alrededor.

Diseñado por los arquitectos John Merven Carrère y Thomas Hastings, el edificio es una de las máximas expresiones del estilo Beaux-Arts en Estados Unidos. Surgido en la prestigiosa École des Beaux-Arts de París, este lenguaje arquitectónico se caracteriza por su monumentalidad, la rigurosa simetría de las fachadas, el uso de columnas y escalinatas monumentales, la profusa ornamentación clásica y una composición concebida para transmitir solemnidad, elegancia y grandeza.
Para su construcción se emplearon más de 15 mil metros cúbicos de mármol blanco de Vermont, con los que se levantó la imponente escalinata que conduce a la entrada principal sobre la Quinta Avenida. Allí reciben a los visitantes los célebres leones de mármol rosa de Tennessee, esculpidos por Edward C. Potter y bautizados como Paciencia y Fortaleza, convertidos desde hace más de un siglo en símbolos de la ciudad.
Desde 2008, el edificio lleva el nombre de Stephen A. Schwarzman, en reconocimiento a la histórica donación de cien millones de dólares que el filántropo destinó a su restauración y modernización.

La biblioteca abrió sus puertas en 1911. Hasta entonces existían dos instituciones independientes —la Astor y la Lenox— que terminaron uniéndose gracias, en buena medida, al legado del exgobernador Samuel J. Tilden. Su idea era que fuera una gran biblioteca pública, gratuita y abierta para cualquiera que viviera en la ciudad. No hacía falta ser rico, ni tener estudios, ni pertenecer a ningún círculo. Bastaba con entrar. Más de un siglo después, ese principio sigue plenamente vigente.
Adentro está la Rose Main Reading Room, el corazón del edificio. Allí se cruzan decenas de turistas con los habitués del lugar: estudiantes, investigadores, periodistas, profesores y amantes de la lectura. La sala impresiona por sus casi noventa metros de largo, los techos altísimos decorados con molduras doradas y las lámparas que cuelgan, una tras otra, sobre mesas de madera que probablemente acumulen más historias que muchos de los libros que allí se consultan. Nadie pide silencio. Si entras, simplemente bajas la voz sin darte cuenta.



Lo que no se ve con la misma facilidad es lo que la biblioteca guarda. Un piso más abajo, o varios, según la antigüedad y la fragilidad de cada pieza, descansan cerca de quince millones de objetos entre manuscritos, mapas, fotografías y archivos de todo tipo. Todo está conservado bajo estrictas condiciones: temperatura controlada, guantes obligatorios y cajas fabricadas a medida para evitar que el papel se deteriore.
Durante la Segunda Guerra Mundial, parte de la colección cartográfica fue utilizada por la inteligencia militar aliada para planificar operaciones. Es un dato que nadie imagina mientras pasa frente a una vitrina donde descansa un mapa colonial del siglo XVIII.
La necesidad de seguir creciendo sin alterar uno de los edificios más emblemáticos de Nueva York llevó a una solución tan audaz como ingeniosa. En 1991, la Biblioteca Pública construyó un gigantesco sistema de depósitos subterráneos bajo el vecino Bryant Park. La obra permitió ampliar de manera considerable la capacidad de almacenamiento sin modificar la histórica sede de la Quinta Avenida.
Bajo el césped, los senderos y las mesas donde cada día descansan miles de neoyorquinos y turistas, se extiende un inmenso archivo climatizado que resguarda millones de libros y documentos.

Existe, además, otra biblioteca: la que vive en el cine. Es la versión del edificio que millones de personas reconocen sin haber cruzado nunca sus puertas. La fachada aparece al comienzo de Los Cazafantasmas (1984), cuando los protagonistas todavía trabajan como investigadores paranormales. En El caso Thomas Crown (1999), el interior se transforma en el Museo Metropolitano de Arte, con Pierce Brosnan caminando entre las mismas columnas que hoy fotografían los turistas. También aparece en El día después de mañana (2004), convertida en refugio durante una catástrofe climática; en Spider-Man 3 (2007); y en Sex and the City (2008), como escenario de la boda que nunca fue entre Carrie Bradshaw y Mr. Big. Mucho antes de todo eso, Francis Ford Coppola ya la había filmado en You’re a Big Boy Now (1966), cuando todavía era una locación más y no el ícono cinematográfico en que terminaría convirtiéndose.



Al final, todas las sombras que proyectan los edificios de vidrio que la rodean son incapaces de opacar la riqueza arquitectónica y los tesoros que resguarda la sede principal de la Biblioteca Pública de Nueva York. Mientras los rascacielos simbolizan el poder del dinero, la velocidad y el vértigo de una ciudad que no deja de reinventarse, este edificio representa la obstinada persistencia de la memoria, el conocimiento y el acceso libre a la cultura.
Quizá por eso, más de un siglo después de su inauguración, sigue siendo uno de los rincones más extraordinarios de Manhattan, un oasis de sabiduría y arquitectura en pleno corazón de Nueva York.


















