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Ahora reviso una síntesis que se ha publicado sobre los resultados de la intervención norteamericana en Venezuela:
1- 10 mil millones de dólares robados, como con “orgullo” repite con frecuencia el presidente Trump: “El botín es de los vencedores”.
2- 139 millones de barriles de petróleo saqueados y la cifra aumenta.
3- Servicio eléctrico desviado a los campos petroleros.
4- Sanciones unilaterales prácticamente intactas.
5- Deuda externa aumentada a 180 mil millones de dólares.
6- Inflación al 80 % y empeora.
7- Subordinación política del gobierno y de la soberanía exhibida a los cuatro vientos.
8- Permanente humillación al decoro e historia de ese país, digna patria de libertadores.
Es del género tonto pensar, como lamentablemente expresan algunos, que en Cuba sería diferente.
Por supuesto que en Cuba no existen las riquezas naturales que hay en Venezuela, pero también hay muchas cosas de interés, históricamente ambicionadas. La conducta sería esencialmente la misma.
Las intervenciones de EEUU nunca han sido una solución en ninguna parte del mundo. ¿Cuándo, dónde, de una política de agresiones y de alianzas o debilidades con EEUU ha nacido un estado “democrático de derecho”?
Obvio que negociar todo lo que se debe y se puede negociar no es debilidad, sino lo correcto, lo conveniente, pero no “a como de lugar”, como también afirman algunos en diversos espacios. Ahora me viene a la mente ese dicho del Cono Sur que recuerda que para bailar un tango hacen falta dos.
Ahora bien, mientras más se demore la reforma necesaria —la misma que avanza, pero aún sin suficiente coherencia y con insuficiencias—, en lo económico, lo político y lo social, más complicado es lidiar bien en un eventual escenario de negociación aceptable; que nunca será una dádiva graciosa de la otra parte, con un adversario tan poderoso y despiadado, en un momento crítico de su historia.
Por eso es esencial insistir en las transformaciones y darle la “arquitectura” necesaria, medir los tiempos, reforzar las alianzas, construir confianza y consensos internos, reconociendo la diversidad de criterios y de intereses en la Cuba actual.
Diferenciar la transformación estratégica de la necesaria atención a las urgencias que imponen la realidad y la crisis económica y social actual, a la vez que establecer una relación de coherencia entre ambas dimensiones, a esto nos hemos referido en extenso en otros textos.
Vencer el dogmatismo aún enquistado en muchas mentes y estructuras del país, atado torpemente a malas lecturas de las “sagradas escrituras”. Principios claros a la vez que sentido de la realidad y del tiempo y pragmatismo auténtico. Ni dogmas, ni intereses espurios y corruptos, mucho menos entrega de la soberanía, de la justicia social y de una alternativa propia de desarrollo económico y democrático.
Es obvio que toda esta consideración breve y general, expuesta en este texto, debe aterrizar en políticas concretas, basadas en datos y evidencias, pero con una orientación estratégica clara, como muchos colegas hemos propuesto y argumentado en detalle tantas veces en diversas publicaciones y espacios. De lo contrario, se puede llegar a “cualquier parte”. Humildemente, considero que otra “ruta” sería un paso al abismo, contrario al proyecto histórico de la nación. El desafío es de esta generación, aquí y ahora.
*Este texto fue publicado originalmente en el perfil de Facebook de su autor. Se reproduce con su expreso consentimiento.











