“Un país que no tiene cine documental es como una familia sin álbum de fotos”, solía decir Patricio Guzmán, y esa convicción lo convirtió en el gran documentalista de la memoria chilena y latinoamericana, un cineasta que dedicó su vida a registrar la historia reciente de su país y a transformar el género en una herramienta de resistencia contra el olvido.
Fallecido este martes en París a los 85 años, víctima de un paro cardiorrespiratorio, Guzmán dejó una obra que trasciende fronteras. Su cine no se limitó a narrar hechos: los convirtió en testimonios colectivos. Desde La batalla de Chile hasta Mi país imaginario, Guzmán entendió el documental como un derecho ciudadano y como un espejo de la memoria social.
“El documental siempre va a ser peligroso, porque cuenta la verdad”, afirmaba. Esa verdad lo llevó a filmar la Unidad Popular, el golpe de Estado de 1973 y las huellas de la dictadura de Augusto Pinochet, incluso cuando debió exiliarse en Cuba, España y Francia.
La batalla de Chile: un clásico universal
Entre 1972 y 1973, Guzmán rodó junto a un pequeño equipo la trilogía La batalla de Chile, considerada uno de los grandes documentales políticos de la historia. Con apoyo del cineasta francés Chris Marker y el ICAIC, la obra, considerada un clásico del género a nivel mundial, pudo sobrevivir al caos posterior al golpe militar de 1973.
Patricio Guzmán logró sacar clandestinamente el material filmado y, ya en La Habana, el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos le ofreció equipos, técnicos y respaldo político para montar las tres partes del documental. Gracias a ese apoyo, las cintas pudieron preservarse, editarse y difundirse internacionalmente —incluso en el Festival de Cannes—, convirtiéndose en un testimonio histórico de la Unidad Popular y en una obra clave del cine político latinoamericano.
Las tres partes —La insurrección de la burguesía (1975), El golpe de Estado (1976) y El poder popular (1979)— se convirtieron en referencia mundial por su capacidad de registrar en tiempo real el proceso social y político que culminó con el derrocamiento de Salvador Allende.
Exilio y persistencia
Detenido en el Estadio Nacional tras el golpe, Guzmán logró salir de Chile y continuar su trabajo en el exilio. En Cuba, España y finalmente, en Francia, mantuvo su obsesión por la memoria. “Todo creador tiene un tema obsesivo, y para mí es la memoria de este país”, decía.
Su filmografía incluye títulos como En nombre de Dios (1987), sobre el papel de la Iglesia frente a la dictadura, y Salvador Allende (2004), un retrato íntimo del presidente socialista.
La trilogía de la memoria poética
En la última década, Guzmán ofreció una nueva trilogía que unió geografía y memoria. Nostalgia de la luz (2010), que vinculó astrónomos en el desierto de Atacama con madres que buscan restos de desaparecidos; El botón de nácar (2015), metáfora del mar y voz de los pueblos originarios de la Patagonia; y La cordillera de los sueños (2019), Ojo de Oro en Cannes, que convirtió a los Andes en testigo de la represión.
Su último documental, Mi país imaginario (2022), registró el estallido social chileno de 2019, con énfasis en el rol de las mujeres y el movimiento feminista.
Reconocimientos y legado
El expresidente Gabriel Boric lo definió como “un gigante” y recordó el Premio Nacional de Artes de Chile que recibió en 2023. El cineasta Miguel Littin señaló que Guzmán “otorgó rostro y voz a Chile y sus dolores”.
Su obra fue premiada en Cannes, Berlín y con el Premio Goya, entre otros galardones. Pero más allá de los reconocimientos, Guzmán insistía en que el documental debía ser un ejercicio de memoria colectiva: “Es un derecho del ciudadano”.
Para Guzmán, el documental no podía ser un panfleto. “Tienes que filmar la sociedad y sus problemas desde el punto de vista de un poeta”, decía. Esa mirada lo llevó a innovar en el lenguaje, a construir personajes y a dotar de metáforas visuales a sus películas.
Su cine fue, en palabras del Ministerio de las Culturas de Chile, “una figura fundamental del cine y la cultura nacional, que seguirá dialogando con las nuevas generaciones”.
El cineasta Ricardo Carrasco Farfán, fundador del Festival Internacional de Documentales de Santiago (FIDOCS), subrayó que con Guzmán “desaparece uno de los grandes cineastas chilenos y uno de los autores que contribuyeron de manera decisiva a cambiar nuestra manera de comprender el documental”. Para Carrasco, la honestidad del documentalista consistía en asumir su punto de vista y no esconderlo, lo que convirtió la obra de Guzmán en una verdadera expresión cinematográfica más allá del registro histórico.
Por su parte, la socióloga y crítica Sofía Varas Rojas destacó que la filmografía del director se erigió como “una matriz de resistencia visual indispensable frente al negacionismo y la censura del régimen”. Guzmán, dijo, rechazó el sensacionalismo para fundar una ética del testimonio donde la dignidad de las víctimas y la verdad histórica eran prioridad absoluta. En esa línea, su cine funcionó como una trinchera contra la impunidad dictatorial y como un espacio de memoria colectiva que sigue dialogando con las nuevas generaciones.
Patricio Guzmán nació en Santiago de Chile en 1941, en el seno de una familia modesta. Desde joven se interesó por el cine, experimentando con cámaras de 8 milímetros a los 14 años.
En 1960, ingresó a la Escuela de Teatro de la Facultad de Artes de la Universidad de Chile, para luego continuar sus estudios en la Facultad de Filosofía y Humanidades (1961-65); no fue, sin embargo, hasta finales de la década que Guzmán llegó a la Escuela Oficial Cinematográfica de Madrid, espacio del que tenía referencias y donde el documental sobre la guerra civil española Morir en Madrid (1963), de Fréderic Rossif, le causó una profunda impresión.
“Yo tenía la voluntad de retratar Chile, me gustaba mostrar el conjunto de ese país que nadie conocía, pero cuando entra la política, mucho más, porque cuando Allende es elegido, dije: ‘Esta es la oportunidad de dar a conocer Chile a través de él'”, relató Guzmán en una entrevista de febrero 2016 al programa español La Tuerka, conversación en la que describió su paso por España como una etapa “estupenda”, resaltó un despacho de la agencia EFE.













