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Está sobre la baranda estrecha del promontorio. Lleva una antorcha encendida. Lo envuelve la noche sin luna. A 14 metros debajo de sus pies, el paradójico océano Pacífico embiste a las rocas con furia. Es la glorieta Sánchez Tobada, en la playa Olas Altas del malecón mazatleco, en México.
Quienes lo miramos, concentrados en lo alto —nacionales y visitantes—, no sabemos su nombre. Es clavadista. El clavadista. Representa a una tribu urbana pintoresca que desde los años 60 del pasado siglo se juega el tipo cada vez que las condiciones climáticas lo permiten. Desafía la suerte, pero no solo. Hay valor, destreza e intuiciones profundas en su acto. Es su modo de vida y también una filosofía que se transmite de generación en generación.

Nos hemos reunido unas doscientas personas para apreciar su arte. Quiero una buena foto, me concentro en conseguirlo, pero la distancia a la que me encuentro y la falta de luz no ayudan. Se deja caer con gracia, un vuelo como de un ave que desciende al mar para atrapar una presa. Mi cámara solo registra la tea, el destello que desciende hasta apagarse al contacto con la franja de agua sembrada de rocas filosas. Todos miramos el mar, en vilo. Demora en aparecer su cabeza entre las olas, más de lo que creemos normal. Al fin emerge. Junto con él, todos respiramos.

La poza donde se hacen los clavados no es propiamente profunda. Para que no se produzca un accidente, el “oficiante” debe calcular el momento justo en que la ola de turno aumenta el volumen del agua. Tiene, dice alguien muy cerca, una sola ocasión para equivocarse.

Todo ha sido fugaz. En condiciones de caída libre ideal, debió necesitar 1.69 segundos para tocar la superficie del mar con una velocidad de impacto de 59.66 km/h. Todo, la preparación física y mental, y el rito personal que siguió en los preliminares, para un acto tan breve.
Vengo de la llamada Perla del Caribe a la ciudad conocida como la Perla del Pacífico. Es, como la mía, una urbe costera, pero a diferencia de la que queda frente al Golfo de México, esta vive en/desde/por/de y para el mar. Uno de los apodos de los mazatlecos es “patas saladas”, gente que sabe extraer riquezas de las profundidades del mar, ese viejo amigo que hay que amar y temer en iguales proporciones.
Lo que empezó 66 años atrás como la apuesta de un joven con sus amigos es hoy una de las marcas de identidad del municipio sinaloense, una expresión idiosincrática, una tradición que las autoridades locales no favorecen propiamente y un ejemplo vivo de resistencia cultural. Previo al salto, uno de los clavadistas pide colaboración al público. Lo usual es que los asistentes donen 20 pesos mexicanos por persona, un dólar y centavos al cambio de hoy.

El clavadista
Como no podría ser de otro modo, El clavadista es el título del documental que les llevó seis años elaborar a los directores Fernando Alarriba y Daniel Reyes, y que finalmente tuvo su estreno en 2023 en el teatro Ángela Peralta.
Según declaraciones de Fernando Alarriba a la periodista Grecia Bojórquez, el filme puso el acento en develar a las personas que están detrás de los personajes, sus historias cotidianas y las motivaciones para volver una y otra vez a practicar un oficio tan riesgoso. Y si tuvo una buena acogida de público en su momento, el logro mayor fue reconocer, en toda su dignidad, a ese conjunto humano para el cual lanzarse de vez en cuando al abismo no es un pasatiempo ni una búsqueda fútil de adrenalina, sino más bien una razón de vida que asumen con gallarda dedicación.
Totorames
Los primitivos habitantes de Mazatlán fueron los totorames, pescadores avezadísimos, recolectores de sal y agricultores, eliminados por los españoles en los albores de la conquista. De su idioma, el pirome, apenas han quedado algunos topónimos. De manera que no se conoce la palabra con que nombraban el mar. En cambio, se afirma que una de las festividades populares más llamativas de la región parte de los ritos ancestrales de fertilidad que se dedicaban a Nrama, dios de la sal, el chile y el mezcal.

Se llama la Fiesta del Mar de las Cabras, y su versión “moderna” data de 1904, año en que se oficializó. Debe el nombre al cerro de Las Cabras, y se celebra cada año, del 21 al 25 de mayo, en Escuinapa, municipio localizado a una hora de Mazatlán.
Durante esos días, miles de personas se trasladan a la orilla del Mar de las Cabras y construyen enramadas (chozas rústicas de palma) para alojarse de manera provisional con sus familias. Y allí van con todo, desde las mascotas hasta los enseres de cocina. Es un jolgorio intenso que suma música, baile, coronación de reyes y reinas, deportes náuticos, juegos de habilidades y competencias de gastronomía regional.
Los mazatlecos aman el mar. Su vasta gastronomía se conforma mayormente de platillos elaborados a base de peces, crustáceos y mariscos. Desde bien temprano en la mañana, las playas están colmadas de pobladores locales y visitantes.
El próximo año no pienso perderme la Fiesta del Mar de la Cabra. Ya les contaré.













