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Hasta hace unos años, el sábado en el Prado empezaba temprano. Antes de que el sol apretara, ya había gente sentada en los bancos de mármol con una cartulina sobre las rodillas, escrita con plumón, a veces con faltas de ortografía, a veces con letra de maestra jubilada:
“Permuto 2 cuartos en Centro Habana por dos de uno”.
“Doy casa en La Víbora, busco en el Vedado. Con arreglo”.
Lo de “con arreglo” lo entiende cualquier cubano: hay plata de por medio, aunque nadie lo diga en voz alta.
Era la bolsa de permuta del Prado, bien popular e improvisada, como tantas cosas en Cuba. Una “inmobiliaria” espontánea que no tenía oficina, ni cartel, ni nadie que la hubiera fundado. Simplemente existía, desde hacía añares, bajo los laureles de uno de los paseos más lindos de La Habana. El mismo por donde en 2016 desfilarían las modelos de Chanel, con Karl Lagerfeld mirando desde algún lado mientras medio mundo sacaba las fotos. Las modelos estuvieron un día. Los que buscaban casa allí llevaban décadas yendo.
El Paseo del Prado baja desde el Parque Central hasta el Malecón entre edificios que mezclan de todo: neoclásico, ecléctico, algún art déco que resiste como puede. Tiene leones de bronce que los niños montan como caballos, faroles de hierro y una sombra que en agosto vale oro. Es un sitio para pasear o para sentarse a no hacer nada. Y durante décadas fue también un mercado inmobiliario de lo más raro.

Raro porque la permuta era el arte de juntar necesidades opuestas en una especie de mercado paralelo, y cuando no alcanzaba con dos, se armaban cadenas de tres, cuatro o cinco familias que se mudaban el mismo día, como en un baile.
Para armar esas cadenas estaban los permuteros. Así les decían a los corredores de permuta, que se paseaban entre los bancos con una libreta o, los más al día, con un celular, y que llevaban en la cabeza un mapa de la ciudad que ningún catastro podía igualar. Sabían quién ofrecía qué en Luyanó, qué se buscaba en Playa, qué casa tenía problemas con los papeles y cuál tenía una hermana que no quería firmar. Cobraban una parte de lo que se movía en la operación. Y se movía bastante, porque el trueque perfecto casi nunca existió. Si tu casa valía más que la mía, yo te pagaba la diferencia por debajo de la mesa, y en los papeles quedaba escrito que habíamos cambiado una cosa por otra igual. Todo el mundo sabía que no era así. El Estado también.



Todo ese absurdo fue llevado al cine. En 1983, Juan Carlos Tabío estrenó mundialmente Se permuta, con Rosita Fornés en el papel de una madre dispuesta a cualquier cosa con tal de mudar a su hija a un barrio mejor (y, de paso, alejarla de un novio que no le gustaba). Es una comedia, pero en Cuba nadie la vio como ficción: cada espectador tenía un tío, una vecina o un primo que había pasado por algo parecido, o peor.
En 2011, el gobierno volvió a permitir la compraventa de viviendas entre particulares. Después llegó internet, primero a cuentagotas y luego de golpe, y el negocio empezó a mudarse a las pantallas.
Durante un tiempo, el Prado siguió llenándose. Menos que antes, decían los que conocían el lugar de toda la vida, pero se llenaba. Iban los que no tenían buena conexión o desconfiaban de lo que se publicaba en las redes, los que preferían verle la cara al otro antes de hablar de su casa. E iban algunos que ya no buscaban nada en particular y se sentaban igual, por costumbre, a ver qué se ofrecía y a comentar precios con el de al lado.
Después llegó la pandemia y vació los parques y las calles de La Habana. Cuando todo volvió a abrirse, ya nadie tenía por qué ir hasta el Prado. Hoy las casas se ofrecen en páginas de clasificados, en grupos de Facebook y en estados de WhatsApp, con fotos del baño recién pintado y precios en dólares. Muchos permuteros se reciclaron como gestores.
Los leones siguen ahí. En los bancos ya no hay cartulinas, aunque me han dicho que a veces todavía se reúnen algunas personas. Lo cierto es que lo que durante décadas fue una inmobiliaria a cielo abierto ha quedado como una de esas historias de la isla que, contadas afuera, parecen inventadas.
Permanecen estas fotos como registros de cuando el sábado en el Prado empezaba temprano el trasiego de las permutas.

















