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“No todo el cine se puede hacer con favores de amigos”, dice Maidelis Pérez Hernández, productora de Especie, uno de los diez proyectos beneficiados en 2026 por el Fondo Noruego para el Cine Cubano. Su afirmación resume una dificultad que atraviesa la creación audiovisual en la isla: hay cineastas, escuelas, preparación e historias por contar, pero conseguir el dinero para llevarlas a la pantalla sigue siendo una carrera de obstáculos.
“Ojalá hubiera más, pero esta es una luz que hay ahora mismo en el cine cubano”, añade. Para ella, el respaldo no beneficia únicamente a los jóvenes. En un escenario de escasas fuentes de financiamiento, ofrece un respiro a realizadores de distintas generaciones que intentan sostener sus proyectos.
La decimotercera edición del fondo recibió 70 propuestas. Trece llegaron a la selección final y diez resultaron beneficiadas, según datos de la Embajada de Noruega en Cuba. Detrás de esas cifras hay películas que podrán avanzar, equipos que tendrán recursos para trabajar y autores que encontrarán una posibilidad de continuar creando en medio de la crisis del país.
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Entre 2014 y 2025, la iniciativa apoyó 152 proyectos cinematográficos, de acuerdo con el registro histórico de la sede diplomática. Largometrajes, mediometrajes, cortos, documentales, ficciones, animaciones y obras híbridas integran una trayectoria cuyo alcance no se agota en el número de títulos: también puede leerse en las carreras que ha acompañado y en las historias que han logrado encontrar espectadores dentro y fuera de Cuba.
El dinero que puede cambiar el destino de una película
El embajador de Noruega en Cuba, John Petter Opdahl, impulsor del fondo durante su anterior misión en La Habana, describe un mecanismo de escala modesta, pero decisiva. La iniciativa no pretende convertirse en productora principal de las películas, sino aportar recursos que ayuden a hacerlas posibles.
“Aquí estamos hablando de hasta un máximo de 10 mil euros por una obra”, precisa. Aunque se trata de cantidades menores que las disponibles en otros programas internacionales, “ese dinero puede ser justamente la diferencia entre un sueño y una posibilidad que el realizador tiene”.

Para Jorge Luis García, productor de Kimbo, el respaldo llega en un punto determinante. En una conversación previa al anuncio de los resultados, explicaba que recibirlo permitiría comenzar el rodaje. También confiaba en que una primera contribución facilitara la búsqueda de otras.
“El proceso de financiación de una película, tanto corto como largo, todos sabemos que es un proceso complicado. Entonces, qué mejor manera de comenzarlo que desde casa”, afirma.
La utilidad del fondo está relacionada, además, con la forma en que los productores pueden disponer de los recursos. Yumei Besú, integrante del jurado desde su creación, destaca que se trata de un financiamiento que puede destinarse directamente a la realización de las películas y que sus mecanismos se han ajustado a las condiciones cambiantes de la producción en Cuba.
La Embajada, aclara, “no es una casa productora de cine”. Su intervención busca complementar esfuerzos: respaldar proyectos que ya han recorrido parte del camino y necesitan un impulso para avanzar o terminar.

Hacer cine también para poder seguir haciéndolo
Marta María Borrás, directora y guionista de Los pasajeros del último viaje, habla del fondo como una presencia continuada en su vida profesional, no como una ayuda aislada.
“Todos mis materiales están vinculados al fondo de Noruega; por lo tanto, para mí es parte intrínseca de mi carrera, de mi obra y del cine cubano”, asegura.
Su relación con la Embajada comenzó incluso antes de que existiera la convocatoria anual. Se acercó con la intención de realizar un proyecto y encontró apoyo. Después participó en distintas ediciones.
Desde esa experiencia, Borrás identifica un efecto que resulta difícil expresar únicamente mediante estadísticas: la posibilidad de mantener el ejercicio de la creación. Un cineasta necesita filmar, probar soluciones, trabajar con otros y volver a hacerlo. La continuidad permite desarrollar una mirada, no solo completar una obra.

El Fondo “ha logrado formar procesos, formar poéticas, formar discursos, porque muchos de nosotros empezamos jóvenes y ya no lo estamos tanto”, sostiene.
Su trabajo se inscribe en un cine de autor, social y colectivo, construido a partir de grupos que se reúnen para pensar y realizar proyectos. Para esa manera de producir, contar con espacios sostenidos de financiamiento es imprescindible.
Borrás introduce también un matiz sobre la etiqueta de “cine independiente”: aunque reconoce las particularidades de esas formas de creación, insiste en que “el cine cubano es uno” y debe defenderse como tal.
Un termómetro de la realidad cubana
Para Besú, los proyectos que llegan cada año permiten observar las preocupaciones del país. El fondo funciona como “un termómetro”, dice, de manera similar a como ocurrió con la Muestra Joven, donde trabajó como productor general.
En las propuestas de 2026 encuentra conflictos asociados con la migración y el abandono de las personas de la tercera edad. Esos temas no aparecen únicamente en documentales o ficciones: también atraviesan las animaciones.
La crisis tiene, así, una doble presencia: condiciona las posibilidades materiales de producir y, al mismo tiempo, forma parte de las historias que los realizadores necesitan contar.
Gabriela Pérez Díaz, directora y guionista del cortometraje de ficción La Convención, ve en el fondo una oportunidad para defender las búsquedas personales.

“Es una ventana de hacer el cine que soñamos hacer y cómo lo soñamos hacer”, afirma. A su juicio, permite presentar una idea, un discurso y una propuesta artística que, sin estas posibilidades de financiamiento, podrían no llegar a existir como película.
También valora que el apoyo se distribuya entre varios proyectos. Esa convivencia de directores, discursos y puestas en escena distintas constituye, para ella, “la verdadera manera de enriquecer la cultura cubana y también el cine del futuro”.
La convocatoria está abierta a creadores de todas las edades, aunque, según explica Besú, al menos el 50 % de los recursos se reserva para proyectos de menores de 35 años. El jurado no ha encontrado dificultades para cumplir ese criterio: la selección por calidad artística ha dado lugar, de manera habitual, a una presencia mayoritaria de jóvenes entre los beneficiados.
Trece ediciones de acompañamiento
El Fondo Noruego para el Cine Cubano nació en 2014. Opdahl había trabajado previamente en la cooperación cultural internacional de su país y participado en el establecimiento del Fondo del Sur (Sørfond), concebido para apoyar a cineastas con menor acceso al capital necesario para producir.
Cuando llegó como embajador a La Habana en 2011, aquella experiencia le sugirió una posibilidad: desarrollar una iniciativa de menor escala para los realizadores cubanos. Solicitó los recursos y obtuvo el respaldo de su país.
Besú recuerda otro antecedente: los intentos de vincular a la Embajada como patrocinadora principal de Haciendo Cine, un espacio de búsqueda de financiamiento asociado con la Muestra Joven. Aunque esa fórmula no se concretó, el intercambio desembocó en la creación de una convocatoria propia de la sede diplomática.
Desde entonces, el acompañamiento ha alcanzado obras con importantes recorridos internacionales. Entre los títulos que la Embajada identifica como beneficiarios figuran A media voz, de Heidi Hassan y Patricia Pérez Fernández, ganadora en 2019 del premio al mejor largometraje documental en IDFA, y La obra del siglo, de Carlos Machado Quintela, reconocida en 2015 con un Tiger Award en el Festival de Rotterdam.
La lista incluye también Esteban, de Jonal Cosculluela; Vicenta B, de Carlos Lechuga, y El lenguaje de la montaña, de Isabel Cristina López Hamze.
Son películas distintas en sus lenguajes y preocupaciones. Su presencia en ese historial permite apreciar la diversidad de un apoyo que ha contribuido a sus procesos de realización.
El vínculo con otras oportunidades internacionales aparece igualmente en ese recorrido. Según la información institucional, Vicenta B recibió apoyo de Sørfond, al igual que el proyecto Bahía Honda, de Alejandro Alonso, seleccionado por ese programa en 2024. Sørfond es un mecanismo distinto del fondo gestionado desde La Habana: exige establecer alianzas con productores noruegos.

Más necesidades que recursos
La continuidad de la iniciativa contrasta con las dificultades para ampliar las opciones de financiamiento. Besú recuerda que en otros momentos coexistieron varias convocatorias internacionales cuyos aportes podían complementarse: una película buscaba recursos para una etapa en un fondo y acudía a otro para continuar.
Algunas de aquellas posibilidades desaparecieron. Por eso valora la apertura de nuevas iniciativas, como Haciendo Cine de Casa en Casa, con apoyo suizo y orientada a proyectos en desarrollo.
La demanda sigue superando los recursos disponibles. Que un proyecto no resulte seleccionado no significa necesariamente que carezca de calidad, advierte Opdahl: “La competencia es alta y las decisiones del jurado dejan fuera ideas valiosas”.
El acompañamiento tampoco se limita a la entrega de dinero. La Embajada organiza talleres sobre preparación de carpetas, presentación de proyectos, estrategias de financiamiento y distribución. Este año participaron como especialistas Arturo Infante, Yamila Marrero y Besú.
Para finales de noviembre está prevista, además, una muestra de cortometrajes cubanos con tres noches de proyecciones, dedicada principalmente a obras de realizadores apoyados por el fondo.
La confianza para continuar
Jorge Luis García encuentra otro efecto en la selección de Kimbo: el reconocimiento de que su historia puede interesar a otros.
“Ser beneficiario de un fondo de este tipo es una cosa que te hace creer un poco en ti, un poco en tu proyecto, un poco en que lo que quieres contar funciona”, dice. Más allá del soporte económico, identifica un respaldo emocional: la sensación de que el trabajo realizado no ha sido en vano.
La continuidad es uno de los aportes que emergen de los testimonios: poder pasar de una idea a un rodaje, terminar una película, desarrollar una voz y regresar después con otra historia.
Borrás lo expresa desde la necesidad concreta del oficio: “Uno necesita hacer, y bastante poco podemos hacer”. Por eso desea que el fondo permanezca y que lleguen otros. “El cine es caro, el cine es complicado, el cine necesita dinero”, recuerda. Mantener abiertas esas posibilidades, sostiene, es vital “para que siga vivo el cine cubano”.










