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Los grafitis no son, ciertamente, una novedad en La Habana. Tampoco la crisis, con sus ineludibles y dolorosas consecuencias. Ambos llevan años, décadas, siendo parte de la vida de la capital cubana —como de toda la isla—, de sus dinámicas y rutinas, de sus paisajes y sus habitantes.
Ambos tienen también una relación propia, vasos comunicantes. La crisis —que no es solo económica, sino también social, política, axiológica, cultural— ha sido y sigue siendo un efervescente caldo de cultivo para los sentimientos e ideas que se manifiestan públicamente en los muros de la ciudad.


Sencillos o creativamente rebuscados, esperanzadores o pragmáticos, poéticos o vulgares, los grafitis habaneros muestran un rostro sin filtros ni maquillajes de la espiritualidad popular. Revelan deseos y opiniones, vocaciones e inquietudes de quienes decidieron convertir paredes, parques y hasta monumentos en su forma de expresión.
Algunos son coloridos, artísticos. Otros, directos como un mazazo. Los hay personales y reflexivos, y también sexuales y procaces. Muchos no pasan de simples firmas, de ejercicios de autoafirmación y declaraciones amorosas, mientras otros cumplen incluso funciones oficiales o propagandísticas, a veces tapando alguno que clamaba su descontento.


En los últimos años, a medida que la crisis se ha ido agudizando y las esperanzas marchan en retroceso, uno en particular se ha ido expandiendo por La Habana, anónimo y revelador. “Necesitas ser feliz”, afirma en un mensaje claro y contundente, lo mismo en carteles y muros que en basureros y portones.
A estas y otras expresiones gráficas visibles hoy en las calles habaneras nos acerca el fotorreportero Otmaro Rodríguez. Sus fotos descubren esta vez otras imágenes, creaciones que funcionan como signos y síntomas de una crisis que aprieta cada día más los bolsillos y la sensibilidad de los cubanos.

























