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Si me lo hubieran contado, habría pensado que era un recuerdo mío deformado por la nostalgia. Una escena reciclada de la infancia, improbable en estos tiempos en que las pantallas y lo virtual absorben casi todo el mundo lúdico de los niños. Pero no. Ahí estaban. Un grupo de chamaquitos en una calle estrecha de La Habana, justo en esa frontera entre los barrios de Miramar y Romerillo, en Playa. Los vi a la distancia y me acerqué. La atracción era algo que giraba, mejor dicho, que bailaba. La estrella de aquella reunión de fiñes en una tarde cubana cualquiera era un trompo.
Aquella legión de niñas y niños había tomado la calle. Habían hecho suyo ese tramo del mundo. Si pasaba un carro, avanzaba despacio, esperando que le abrieran paso. Es más, una camioneta que pasaba por allí llegó a detenerse. El chofer y sus acompañantes se detuvieron unos segundos para contemplar cómo daba vueltas aquel trompo.


No fue para menos, aquello era todo un espectáculo: el golpe seco de la madera contra el asfalto, el zumbido breve antes de que el trompo se afirmara, el grito del que logra que el suyo dure más que el del otro. Y el trompo que yacía en la calle mientras los demás trataban de impactarlo: si no daban en el blanco, o si el lanzamiento fallaba y el trompo no bailaba, tocaba abajo.
Por un instante volví a mi barrio, en mi natal Holguín, treinta y tantos años atrás, cuando tenía la misma edad de esos pequeños, entre ocho y doce años. Volví a mi calle, al pedacito de tierra al lado de la casa de Pepa donde la infancia parecía no acabarse. Recordé el ritual de preparar el trompo: enrollar la cuerda —cabuya en Holguín, pita en La Habana— con la tensión justa. Ni floja ni apretada. Un gesto concentrado, casi ceremonial, antes del lanzamiento. En ese instante se decidía casi todo.

Nunca lo había pensado hasta ese momento, pero yo tuve el honor de presenciar cómo se hacían mis trompos. A media cuadra de mi escuela había un carpintero que los fabricaba. Yo me quedaba mirándolo desde la ventana de la carpintería. La madera —cedro, casi siempre— girando en el torno, la herramienta afinando la forma, el clavo encajado como punta, el humo leve que se deshacía en el aire. Salían calientes, recién hechos. Ese olor a madera quemada aún lo recuerdo con exactitud. Un peso costaba el trompo de una sola cabeza. Veinte centavos la cabuya. Con poco alcanzaba para ser feliz.
Yo tenía dos. Uno de madera, mi favorito, que cuidaba mucho. Y otro de plástico macizo, más liviano y más resistente. Ese era el de “batalla”, el que se llevaba a los “cascotazos”: las guerras entre trompos en las que sobrevivía el más duro.
Nunca fui un experto, lo mío era insistir. Si lograba que el trompo quedara bien abrazado por la cuerda y al tirarlo diera un par de vueltas limpias, me daba por satisfecho. Había otros que parecían tener el asunto resuelto desde siempre. Recuerdo a David: enroscaba la cabuya con una velocidad natural y hacía bailar el trompo donde quisiera, en el suelo, en la palma de su mano, pasándolo de una a la otra sin que perdiera el giro. Yo lo miraba con admiración y un poco de rabia silenciosa.
El más común era el trompo de una cabeza, pero los había de dos y hasta de tres. Y esos raros, sin cabeza, que llamaban “bonifacio”. Nadie sabía por qué. Nadie lo explicaba. El nombre bastaba. Los había de madera, de plástico y hasta de plomo, cada uno con su peso y su manera de plantarse en el asfalto.
Volví en un parpadeo. Los niños seguían ahí. Uno lanzó el trompo con precisión. Cayó, giró, se plantó. Otro intentó tumbarlo y falló. Risas. Un tercero lo recogió aún girando, lo sostuvo en la palma y lo tiró al aire. Lo atrapó sin que tocara el piso. Dos segundos de silencio. Luego, el estallido.
Entonces hice lo que suelo hacer: me metí sin pedir permiso. Levanté la cámara y empecé a disparar. Una, otra, la siguiente. Me moví entre ellos, esquivando cuerpos, buscando ángulos, cazando la luz. Algunos me miraron de reojo; otros siguieron jugando. El trompo giraba y yo detrás, tratando de fijarlo en el encuadre.

No estaba fotografiando solo ese presente. Estaba tratando de retener algo más. Hacía fotos para conservar todo lo que pudiera de mi propio pasado. Cada disparo era una forma de volver.
En la felicidad de esos niños me vi reflejado. Esa euforia absoluta en el juego, esa risa sin cálculo, esa manera de habitar la calle sin pedir permiso: yo la conocía. La había vivido. Éramos así de felices, sin demasiadas cosas, sin grandes escenarios, con un trompo, una cuerda y la calle.
Yo les agradezco a esos niños que me dieran la oportunidad de apropiarme del tiempo, aunque fuera por un rato. De construir un territorio propio en medio de lo que faltaba. Y sobre todo de comprender que esa alegría de cuando uno es pequeño no desaparece del todo: se desplaza, muda de forma, se esconde. Pero cuando aparece, es inconfundible.
Estaba guardando la cámara cuando uno de los muchachos me miró. No sé qué vio. Tal vez la cara de alguien que no estaba solo fotografiando, sino buscando algo. Sin mediar palabra me extendió su trompo. Los otros se rieron. Me estaban invitando.
Ahí entró el niño Kaloian.
Porque en ese momento no era el fotógrafo de cuarenta y cinco años parado en una calle de La Habana. Era el mismo de Holguín, el que nunca fue del todo bueno pero insistía. El que miraba a David con rabia silenciosa. El que enrollaba la cabuya con más fe que técnica.
Tomé el trompo. Lo sopesé. Enrollé la cuerda despacio, con la tensión que el músculo recuerda aunque la mente haya olvidado. Los niños esperaban. Alguno sonrió. Lancé y el trompo bailó. No mucho. No con la elegancia de los que llevan años en esto. Pero giró, se afirmó, zumbó. Unos segundos que valieron por todas las veces que fallé de niño.
Los muchachos gritaron. Yo también, por dentro.

Hay un refrán cubano que dice que no hay que ir a bailar a casa del trompo. Significa no meterse donde no te llaman, no pisar terreno ajeno. Pero esa tarde hice exactamente lo contrario: me metí. Y no solo con la cámara. Me metí con la torpeza de quien perdió el hábito y con la memoria de quien no olvidó del todo. Bailé en casa del trompo. Y el trompo y sus dueños, contra todo protocolo, me dejaron entrar.
Esto también es Cuba: una calle tomada por niños jugando. Y, en medio de un contexto tan áspero, hay que aferrarse a ese tejido mínimo que resiste. Defenderlo no implica negar lo que duele, sino aferrarse a lo que todavía late.
Lejos de cualquier romanticismo, en el giro breve y obstinado de un trompo sigue dando vueltas una parte de lo que fuimos y de lo que todavía somos, aunque los avatares de la vida y el peso de los años nos hayan ido alejando, casi sin darnos cuenta.















