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En medio de un presente atravesado por apagones, crisis económica y desgaste social, Cuba conserva una relación vital con el color que, vista desde el contexto global actual, resulta casi anacrónica. Hay algo en sus calles y en sus paredes, en la indisciplina cromática con que cubanas y cubanos combinan —o deliberadamente no combinan— la ropa, en esa manera profundamente libre y desordenada de habitar el espacio cotidiano, que escapa a la homogeneización visual dominante en buena parte del mundo contemporáneo.
En una galería de mis fotos de Cuba publicada en mis redes, alguien dejó un comentario que en ese momento me pareció apenas una observación amable: “Qué bueno ver fotos de una ciudad en colores”. Hablaba de una paleta de azules profundos, amarillos gastados, paredes descascaradas con capas de distintas tonalidades, ropa fosforescente, autos rosados y vestimentas variopintas. Agradecí y seguí de largo.





Días después leí un artículo que terminó de darle sentido a aquel comentario. El británico Science Museum Group, una de las redes de museos de ciencia y tecnología más importantes del mundo, analizó 7083 fotografías de objetos de uso cotidiano y llegó a la conclusión de que los objetos modernos se han vuelto más grises y más cuadrados con el paso del tiempo.
El mismo patrón se repite en los estacionamientos de todo el planeta. Según el informe global 2025 de Axalta, multinacional especializada en pinturas y colorimetría automotriz, el blanco, el negro, el gris y el plateado representan el 81 % de los colores de los autos nuevos. Literalmente, el mundo se está volviendo gris.
El fenómeno no ocurrió de golpe. Se instaló lentamente en la vida cotidiana, a través de los objetos que consumimos y de las ciudades que habitamos. Hoy muchas urbes crecen bajo una estética uniforme y contenida. Las vidrieras, los bares, la tecnología e incluso la ropa responden a una misma lógica visual dominada por tonos acromáticos. En nombre de la modernidad se levantan ciudades sin identidad, cada vez más parecidas entre sí, donde la diversidad cromática languidece y los colores capaces de transmitir emoción, clima o carácter ceden terreno ante una paleta diseñada para no incomodar a nadie.
Lo que muchas veces parece una elección personal es, en realidad, una lógica económica: el diseño neutro resulta más fácil de producir, vender, revender y escalar. Quizás seamos de las últimas generaciones que crecimos rodeados de una paleta amplia y desordenada. Los que vienen después ya habitan un universo dominado por blancos, negros y beiges cuidadosamente inofensivos.

Detrás de esta uniformidad cromática creciente aparece también el retrato de una época: ciudades pensadas para no generar fricción, objetos diseñados para agradar a cualquiera y una estética global y minimalista donde la neutralidad transmite orden, control y eficiencia. Los tonos grises, blancos y negros encajan a la perfección en un modelo de consumo que necesita productos elegantes, universales y fácilmente comercializables en cualquier rincón del planeta. El color, en cambio, conserva algo difícil de domesticar: carga historia, identidad y pertenencia. Habla de territorios concretos, de culturas específicas, de formas particulares de habitar la vida. Tal vez por eso opone tanta resistencia a la lógica de la estandarización.
Visto así, aquel comentario sobre mis fotos iba mucho más allá de una valoración estética. Era, en el fondo, una reacción casi sociológica. Esos colores de Cuba llaman la atención justamente por su persistencia en un mundo cada vez más uniforme. El asombro surge porque aquello que durante décadas fue parte natural de la vida cotidiana —paredes intensas, mezclas cromáticas espontáneas, ciudades visualmente vivas— hoy comienza a percibirse como una rareza.



Y ahí aparece la paradoja. Mientras gran parte del mundo se vuelve gris en lo visual, muchos cubanos describen su propio presente con esa misma palabra. “La cosa está gris con pespuntes negros”, se escucha con frecuencia en la jerga popular de la isla, como metáfora de un tiempo opaco, detenido, sin una salida clara a la vista.
El gris y el negro, que buena parte del planeta adoptó como estética de sofisticación y modernidad, representan, para cubanas y cubanos, la imagen exacta de lo que padecen. Sin embargo, y contra toda lógica, las paredes de las casas siguen siendo naranjas, azules, verdes o rosadas. Como si las ciudades y el país todavía se empeñaran en pintar aquello que la vida, por ahora, no consigue iluminar.

Por supuesto, esa persistencia del color, sin embargo, no responde a ninguna búsqueda estética consciente o a políticas urbanas planificadas. Surge de la propia lógica material de la vida en la isla: cuando alguien pinta el frente de su casa en Cuba, utiliza el color que pudo conseguir, el que estaba disponible dentro de un mercado atravesado por la escasez y el azar.
El resultado es una acumulación de decisiones individuales tomadas dentro de las posibilidades reales de cada familia. Una pared celeste junto a otra naranja. Una verde descascarada que deja ver el ocre de abajo. La ciudad convertida en archivo involuntario de lo que hubo y de lo que pudo hacerse en cada momento. Ahí reside buena parte de su riqueza visual: el color cubano permanece ajeno a las tendencias globales precisamente porque nunca terminó de integrarse a ellas.

Lo más revelador de mi propio trabajo fotográfico en tal sentido es que nunca existió una intención de retratar “la paleta cubana”. Lo que persigo en mis imágenes es otra cosa: la relación entre lo humano y su contexto, esos pequeños cruces entre las personas y el espacio que habitan. Al color apenas le presto atención aparece en un segundo plano. Y justamente por eso el color cubano termina diciendo algo más elocuente que cualquier búsqueda deliberada: sigue ahí porque continúa siendo parte de la vida cotidiana cubana. No fue agregado, buscado ni construido para la cámara. Simplemente existe y resiste.



















