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Llegué a la Argentina el 3 de julio de 2010. Ese día la Selección jugaba contra Alemania en cuartos de final del Mundial de Sudáfrica. Alcancé a ver el primer tiempo en una escala en Panamá. Cuando el avión tocó tierra en Buenos Aires ya estaba todo definido: 4 a 0, goleada de los teutones.
A mí me pasaba otra cosa. Era mi primer viaje a un país que ni sabía que iba a terminar siendo el mío. Dejé la maleta en casa de unos amigos y salí a caminar un rato. Lo que más me llamó la atención fue el silencio. Una ciudad que se supone ruidosa, y esa noche no se escuchaba nada: ni bocinas, ni bares llenos. Apenas había gente caminando por la calle. Los días siguientes siguió esa tristeza dando vueltas hasta que se disipó. No era una eliminación cualquiera: en ese equipo estaban, por primera y única vez juntos, Diego Armando Maradona de técnico y Lionel Messi de capitán. Parecía una cita con la historia que terminó demasiado pronto.
Después seguí viviendo los mundiales ya de este lado. En 2014 los vi llegar a la final en Brasil y perderla. Cuatro años después, en Rusia, ni siquiera hubo final: quedaron afuera de mala manera. En 2022 estuve acá para la fiesta de Qatar, que fue una locura, la calle desbordada como pocas veces. Y ahora, en este Mundial que recién terminó, otra final. Una vez más perdieron. España fue mejor y se llevó la copa con todo merecimiento. Así es esto.



Con los años —ya tengo 45— uno termina entendiendo que en la vida se pierde bastante más de lo que se gana. Ganar es lo raro. Perder, lo normal. Por ahí conviene separar dos palabras que solemos usar como si fueran la misma cosa: perder y ser derrotado. No es lo mismo.
Esta generación de Lionel Scaloni lo viene demostrando hace rato. Acostumbró a sus hinchas a la victoria por casi una década, pero también a que se puede perder sin quedar tirado en el piso. El resultado queda en la estadística, pero cómo se llega hasta ahí es otra historia. A mí se me quedan grabados el camino hasta esta final, los abrazos, las lágrimas, esas remontadas que no tenían por qué pasar, el triunfo ante Inglaterra y partes de los jugadores desplegando al final una bandera que, a su vez, unos hinchas entraron al estadio a escondidas y pintaron a mano sobre un pedazo de sábana y que decía “Las Malvinas son argentinas”. Y esa terquedad de seguir corriendo cuando el reloj ya no daba margen para nada.


Vivimos en una época donde parece que solo importa ganar. El deporte de élite empuja fuerte en esa dirección. Pero un Mundial siempre dice algo más que un resultado. Y no porque muestre “cómo somos” —esa es justamente la trampa—, sino porque durante un mes una sociedad entera se pone a imaginar quién le gustaría ser.

Hace ya más de veinte años, el sociólogo argentino Pablo Alabarces salió a discutir esa frase que se repite en cada Mundial, la de que “el fútbol refleja a la sociedad”. Su idea va justo al revés: el fútbol no refleja nada, fabrica relatos. Un país cuenta una historia sobre sí mismo, discute ahí sus símbolos, arma sentidos. La Selección no es la patria. Pero durante un mes actuamos como si lo fuera, y lo hacemos con una convicción que a veces sorprende hasta a uno mismo.
Ojo, tampoco es que un Mundial resuelva nada real: no baja la inflación, no arregla ninguna injusticia, no cambia las estructuras de un país. Y sería igual de tramposo despacharlo como puro negocio, como una maquinaria armada para entretener y nada más. En el medio de esas dos lecturas hay algo que sí es cierto: la felicidad que produce, aunque dure poco, es felicidad real.

El propio Alabarces lo dice a su manera: Qatar dejó una enseñanza que cuesta discutir. Se puede mirar el fenómeno con distancia crítica y al mismo tiempo no despreciar la alegría que genera. La felicidad, dice, también es un derecho.
Por eso yo termino fotografiando más a los hinchas que a los goles. En esos abrazos de dos segundos hay algo que se escapa del fútbol. No es la esencia de ningún país —de nuevo, esa trampa—, pero sí una manera, tal vez la única que tenemos a mano, de sentirnos parte de algo juntos, aunque sea por un rato.




















