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La explosión migratoria de cubanos de 1994, conocida como “crisis de los balseros”, alarmó tanto a Estados Unidos que llevó al presidente Bill Clinton a buscar un acuerdo con Fidel Castro. Siguió uno de los periodos de distensión que se han alternado con etapas de empeoramiento del conflicto bilateral.
Un resultado de ese alivio de tensiones fue el inicio de contactares entre el jefe de la base naval estadounidense en Guantánamo, al extremo oriental de Cuba, y un oficial cubano equivalente.
Las reuniones rara vez se hacen públicas, por lo que no es posible saber si se han mantenido de forma regular. Pero cada cierto tiempo hay señales de que la comunicación permanece a pesar de los vendavales de la política.
El viernes 29 de mayo, bajo la peor escalada de tensiones en décadas, la reunión subió de nivel. En la línea fronteriza se saludaron el jefe del Comando Sur de Estados Unidos, general Francis L. Donovan y el viceministro primero y jefe del Estado Mayor General de las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR) de Cuba, general Roberto Legrá Sotolongo.
Según las FAR, el encuentro abordó “la seguridad en torno al perímetro divisorio del enclave militar”, un eufemismo poco habitual en el lenguaje oficial cubano, que suele referirse a la base estadounidense como una ocupación ilegal de territorio.
El Comando Sur dijo que Donovan conversó con los cubanos “asuntos de seguridad operativa” y, además, evaluó las condiciones de la zona y de su personal en la base.
Junto con fotos que publicó el Comando Sur, el tono de los relatos evita alusiones a la crispación en curso o a las versiones de amenazas de un ataque militar a la isla.
Esta es la cuarta reunión confirmada entre representantes de ambos gobiernos en el año. En ese incipiente diálogo la tendencia es la bilateralidad, no la búsqueda de soluciones fuera del orden jerárquico cubano.
Tras la visita a La Habana del director de la Agencia Central de Inteligencia (CIA), John Ratcliffe, el 14 de mayo, este es el segundo encuentro en el que el tema es la seguridad común.
La bilateralidad como forma y la seguridad como fondo coinciden con la respuesta cubana del 1 de febrero pasado a la Orden Ejecutiva del presidente Donald Trump, que declaró el cerco energético hasta que Cuba muestre que se alinea con los requerimientos de seguridad de Washington.
En la cita en Guantánamo hay también una alta dosis de pragmatismo. Sigue a una ofensiva directa de Estados Unidos contra los militares cubanos: sanciones al Grupo de Administración Empresarial ( GAESA), el corporativo económico de las FAR; la detención de familiares de dos generales y la acusación penal contra Raúl Castro, entre otras.
Más aún: Legrá está sancionado desde 2021 con el congelamiento de sus bienes en Estados Unidos (si los tuviera), por su papel en la represión de manifestantes del 11 y 12 de julio de ese año. Era entonces vicejefe del Estado Mayor y director de Operaciones de las FAR.
Otro notable filo pragmático es el que puso a los jefes de la CIA y del Comando Sur frente a dos miembros del Buró Político (ejecutivo) del Partido Comunista, de generaciones posteriores a la histórica, de las últimas promociones en las guerras africanas y con trayectorias que los ubican en la antesala de la dirigencia.
El ministro del Interior Lázaro Alberto Álvarez Casas (1963), veterano de la contrainteligencia militar, ascendió hace un año a general de Cuerpo de Ejército, el grado máximo en el escalafón. Raúl Castro elogió entonces, además de sus servicios militares, su lealtad al sistema, sus aptitudes personales y su “firmeza, serenidad y ecuanimidad para enfrentar y actuar ante diferentes situaciones”, una oblicua referencia a la represión de 2021.
Con estudios en la desaparecida Unión Soviética, Legrá (1945) se desempeñó en mandos de infantería. Por la posición que tiene puede ser el próximo ministro de las FAR, en caso de retiro del actual titular, Álvaro López Miera.
*Originalmente publicado en Reforma












