Estados Unidos y Nicaragua protagonizan otra ronda de desencuentros a partir de la proclamación del copresidente Daniel Ortega de que en el país “no volverán a haber elecciones”.
En el acto por el 47º aniversario de la Revolución Popular Sandinista, Ortega sorprendió con un anuncio que sacudió el panorama político: “Aquí no volverán a haber elecciones”, dijo en un discurso que mezcló viejos argumentos contra el imperialismo estadounidense y nuevas advertencias sobre la oposición en el exilio.
Ortega insistió en que los partidos vinculados a Washington y al somocismo jamás regresarán al poder. “Aquí se acabó la historia de que los partidos puestos por los yanquis, puestos por los somocistas volverán a llegar al Gobierno. Jamás, jamás, jamás”, citó un despacho de la agencia Prensa Latina.
El comandante, de 80 años y el único sobreviviente de los nueve que formaron el liderazgo inicial de la revolución sandinista, en julio de 1979, anunció que se impulsarán las leyes necesarias para impedir que grupos financiados desde el extranjero puedan promover acciones desestabilizadoras.
“Hay que hacer las leyes que les pongan un muro, un bloque a los golpistas, a los vendepatrias y que, por mucha plata que les den los yanquis, no podrán, no podrán, no podrán”, afirmó.
Estados Unidos, la OEA y Costa Rica: reacciones
El secretario de Estado norteamericano, Marco Rubio, condenó las palabras del mandatario y las calificó como la confirmación de la “verdadera naturaleza autoritaria” del régimen Ortega-Murillo.
“El pueblo nicaragüense tiene derecho a elegir a sus propios líderes mediante elecciones democráticas”, afirmó en un comunicado, instando a la comunidad internacional a “unir fuerzas” para enfrentar la dictadura.
Por su parte, el secretario general de la Organización de Estados Americanos (OEA), Albert Ramdin, declaró que Nicaragua “ha abandonado la democracia, incluso la apariencia de ella”.
Costa Rica, entretanto, denunció un “cierre sistemático de los espacios cívicos y la persecución contra las voces disidentes”. El gobierno nicaragüense respondió con dureza, asegurando que “Nicaragua no es una provincia” del país vecino.
Ortega y sus antiguos camaradas
Daniel Ortega ha convertido en víctimas de su poder a muchos de quienes fueron sus más cercanos colaboradores durante la revolución sandinista.
El sociólogo Óscar René Vargas, que en 1967 le salvó la vida, terminó en el exilio tras ser incluido en listas negras por sus críticas al régimen. El coronel retirado Carlos Brenes, homenajeado como héroe en los años ochenta, hoy permanece confinado en una celda de máxima seguridad acusado de terrorismo.
La legendaria comandante Dos, Dora María Téllez, quien dirigió frentes de combate y compartió trincheras con Ortega, fue primero encarcelada y luego deportada a Estados Unidos para terminar viviendo su exilio en España. Incluso Rafael Solís, padrino de bodas de Ortega y Murillo y artífice de su reelección en 2011, renunció a la Corte Suprema denunciando un “Estado de terror” y se exilió en Costa Rica.
La represión también alcanzó al ámbito cultural y religioso. Los escritores Sergio Ramírez, Premio Cervantes 2017, y la poeta y feminista Gioconda Belli, fueron desnacionalizados y enviados al exilio.
Por su parte, el sacerdote y poeta Ernesto Cardenal, figura emblemática de la revolución y una de las grandes voces líricas de Hispanoamérica del siglo XX, fue acosado hasta su muerte en 2020 y despojado de sus bienes en la isla de Solentiname, comunidad religiosa fundada por el clérigo en 1965.
Una democracia enterrada
Para Félix Maradiaga, excandidato presidencial exiliado en Estados Unidos, las palabras de Ortega no son más que la confirmación de un proceso que ya estaba consumado: “Ortega enterró la democracia nicaragüense hace largo rato”. Según Maradiaga, el régimen podría mantener una “fachada electoral” con partidos aliados, pero mientras Ortega controle el Estado, no habrá elecciones libres.
Desde las protestas de 2018, que dejaron más de 300 muertos según la ONU, el gobierno ha intensificado la persecución contra opositores, periodistas, intelectuales y religiosos. Muchos fueron encarcelados, despojados de su nacionalidad y bienes, y forzados al exilio. Miles de nicaragüenses viven hoy refugiados en Costa Rica, España y Estados Unidos.
La reforma constitucional de 2025 convirtió a Rosario Murillo en copresidenta, consolidando el control de la pareja sobre las instituciones del país, incluidos el ejército y los tribunales. Ortega apareció frágil en el acto, hablando lentamente y sentado, mientras Murillo se ha convertido en el rostro visible del gobierno.
Maradiaga sostiene que el presidente aún no ha logrado desmontar totalmente a la oposición, incluso dentro de su propio partido, donde hubo arrestos de antiguos aliados.
Fuerte aliado de Cuba y de Venezuela, en su momento, Nicaragua debía celebrar elecciones generales en 2027, tras una reforma que extendió el mandato presidencial de cinco a seis años. Sin embargo, el anuncio de Ortega pone en duda ese calendario y abre un nuevo frente de confrontación con Estados Unidos y organismos internacionales.













