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En cualquier lugar del mundo un algoritmo aspira a entender nuestros sentimientos

El lenguaje de Ishiguro contiene levemente esa poesía que encuentra uno en la literatura japonesa, pero a la vez es directo y cosmopolita como sus personajes, que son un reflejo de su propia biografía.

por
  • Leandro Estupiñán
mayo 21, 2021
en Entre dos aguas
0
Foto: Francesco Guidicini/The Times /NI Syndication/Redux, vía: The New Yorker.

Foto: Francesco Guidicini/The Times /NI Syndication/Redux, vía: The New Yorker.

Me debo muchas lecturas de Kazuo Ishiguro, cuyo nombre escuché cuando los medios de todo el mundo difundieron hace cuatro años que la Academia Sueca le había otorgado el Nobel de Literatura. Entonces algunos, tomando en consideración su rostro y nombre, enfatizaban que, con el premio, las posibilidades de su coterráneo, Haruki Murakami, quedaban reducidas a cero, o al menos serían postergadas a saber cuánto tiempo.

Pero, Ishiguro en verdad casi debe más a Inglaterra que al país donde vivió hasta los cinco años, desde su nacimiento en Nagasaki, en 1954. Por eso, a la hora de darlo como ganador por la “gran fuerza emocional” de sus novelas, a través de las cuales “ha descubierto el abismo bajo nuestro ilusorio sentido de conexión con el mundo”, el secretario permanente del comité Nobel dijo que se trataba de un “autor inglés”.

Al menos tres premios Nobel que yo recuerde, están marcados por esta conexión: J. M. Coetzee, Doris Lessing y V. S. Naipaul, nacidos en Sudáfrica, Rodesia del Sur y Trinidad y Tobago, respectivamente, pero afincados en Inglaterra, al punto de haber completado o complementado su formación en una tierra de la cual asumieron la ciudadanía.

Nosotros mismos tenemos a Cabrera Infante, que pasó tantos o más años de su vida en Londres, que en Gibara o en La Habana, aunque no por ello su obra perdió un ápice de los elementos por los que cualquiera puede definirlo como ejemplar de la literatura nacional.

No sé aun con qué intensidad la cultura japonesa está presente en la obra de Ishiguro, ya que apenas aquel 2017 estuve entre quienes la descubrió, aun cuando esta fuera abundante, y contara con relatos, letras de canciones nominadas a premios Grammy, guiones y novelas adaptadas al cine como Lo que queda del día (1989). 

Hasta el momento apenas he leído cuentos como “El cantante melódico”, la historia de un guitarrista que en Venecia se gana la vida tocando para los turistas frecuentes en la Piazza San Marco.

Un día, Jan, el protagonista y narrador, enfrenta una experiencia que lo hará confrontar pasado y futuro hasta verse a la salida de un laberinto moral. Habrá entendido que ciertos ídolos de nuestras vidas llevan en sí la oscuridad que su brillo nos había ayudado a disipar, casi un dilema, pero es causa de nuestra humanidad.

La experiencia del narrador podría ser la de cualquiera: en medio de unos de esos trabajos de sobrevida, descubre de repente en una mesa a Tony Gardner, un cantante estadounidense que había sido ídolo musical de su madre. Tanto lo adoraban cuando habitaban un país comunista (al momento del cuento ha dejado de serlo) que la familia adquirió todos sus discos en el mercado negro, única manera de conseguirlos allí.

El encuentro, que acerca al narrador a quien de alguna manera seguía siendo también su héroe de la infancia, lo involucra en un historia inesperada gracias a la cual descubre cosas elementales, como que una persona aun siendo de talento brillante puede ser olvidada de prisa cuando el gusto de la sociedad que lo mantuvo vivo cambia, y que para recuperar ese brillo tendrá que mutilarse a sí mismo en pos de la resurrección que espera de los demás.

El lenguaje de Ishiguro contiene levemente esa poesía que encuentra uno en la literatura japonesa, pero a la vez es directo y cosmopolita como sus personajes, que a la vez son el reflejo de su propia biografía. En su discurso de aceptación del Nobel dijo:

“Si alguno de ustedes se hubiera cruzado conmigo en el otoño de 1979, habría tenido algunas dificultades para ubicarme, socialmente e incluso en el ámbito racial. Yo tenía entonces veinticuatro años. (…)Si hubieran mencionado ustedes Japón o me hubiesen preguntado por su cultura, habrían podido detectar incluso cierta impaciencia en mi tono al dejar clara mi ignorancia sobre el tema, ya que no había puesto los pies en ese país –ni siquiera durante unas vacaciones– desde que me marché de allí con cinco años”.

Otras novelas que le han permitido ser el autor destacado que es: Un artista del mundo flotante (1986) y El gigante enterrado (2015).  Este año, y por estos días, el autor promueve Klara y el Sol, historia que parece desarrollarse en un escenario de futuro aterrador, según declaraciones suyas destacadas por la prensa.

Han sido esas conversaciones las que me han obligado a esta parada. Lo primero fue el título de una entrevista: “El siguiente Premio Nobel puede ser para una inteligencia artificial”, idea que nos hace exclamar frases como: “Pero qué diablos está diciendo este hombre”.

La novela transcurre en un mundo en el cual se vive bajo una enorme presión. Los padres se sienten forzados socialmente a “mejorar” a sus hijos para que sean más inteligentes y sanos. Sería como el momento de la humanidad adonde, empujados por ese deseo constante de perfección que hoy nos invade, busquemos ayuda en la modificación genética como parte de una solución ordinaria.

El uso de avanzadas tecnologías para protegernos de enfermedades hereditarias y graves podría llevar a una optimización intelectual que en el autor produce interrogantes como: “¿qué ocurriría si pudiéramos hacer que unos seres humanos fuesen mejores que otros?”. En ese filosofar sobre la preponderancia de la inteligencia artificial, cuestiona si acaso estas podrían competir con el hombre en el plano creativo, a lo cual se responde afirmativamente. Y vuelve a perturbarnos con otra pregunta más: “¿Qué pasaría si una máquina consiguiera escribir una novela que nos conmoviese hasta las lágrimas?”

“Si llegara a pasar, me preocuparía sobre todo por la sociedad. Significaría que un algoritmo entendería nuestros sentimientos y emociones, y sabría cómo manipularlos y controlarlos. Me pondría muy muy nervioso si una inteligencia artificial consiguiera generar emociones concretas de forma premeditada, específica. Usar esa habilidad con fines políticos podría resultar muy eficaz”, ha dicho Kazuo Ishiguro, el Premio Nobel de Literatura 2017, que promueve su trabajo más reciente, la historia donde imagina un mundo cuyas características le convierten en una historia de ciencia ficción.

Es preocupante, pero recuerde la frase de Hurtado: la literatura de ciencia ficción es solo literatura de anticipación. Imagina el mundo que viene. Solo que si el futuro se nos desboca, como dice Ishiguro, será terrible.

Etiquetas: LiteraturaPortadaPremio Nobel
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Leandro Estupiñán

Leandro Estupiñán

Los pies en Buenos Aires y la cabeza, en su lugar, aunque la mente desande por ahí. Una rumba flamenca, la primera idea y arranqué esta columna. De precisar datos curriculares, remítase a la foto, y a los textos que vayan saliendo.

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