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La inteligencia artificial (IA) está haciendo su entrada en la vida de los ciudadanos de forma acelerada y diversa, en algunos casos de manera pasiva. Las herramientas digitales de IA con acceso gratuito han permitido a los usuarios realizar múltiples tareas, desde la búsqueda de información y la transformación o falsificación de imágenes y fotografías hasta el diseño complejo de objetos, edificaciones y ciudades. Pero, más allá de la forma activa de utilizarla, está la de consumirla como producto terminado, y esta tiene un impacto aún mayor.
En el campo de la arquitectura y el urbanismo, lo que antes era dominio exclusivo de sus profesionales ahora está al alcance de cualquier persona que sepa realizar indicaciones (prompts, en inglés) a la IA para transformar una fotografía de un espacio urbano o un edificio. Una acción como esta, que antes requería muchas horas o días de trabajo, puede realizarse ahora en segundos o minutos, según el grado de complejidad y la velocidad de conexión.
A pesar de las indudables ventajas que esto ofrece, también existe un peligro: la obtención de resultados visuales casi instantáneos sin los debidos análisis previos ni la experticia que requiere cualquier propuesta que impacte en la vida de los habitantes de una vivienda, un barrio o una ciudad.
A la par de este desarrollo sin precedentes, según varios expertos e historiadores, Cuba se encuentra en una de las peores crisis de su historia, lo que hace prever que se avecinan grandes cambios.
Estos posibles escenarios han propiciado que la imaginación de muchos se eleve hasta pensar que La Habana se convertirá, en pocos meses, en un Dubái del Caribe.

Aficionados cubanos, presumiblemente residentes fuera del país, imaginan una Cuba y una Habana prósperas, capitalistas y consumistas. Trasladan parte de la prosperidad existente en los lugares donde residen o en las ciudades que admiran —con grandes rascacielos, mayoritariamente con fachadas de vidrio, abundancia de automóviles y materiales dorados— a las nuevas edificaciones y al ambiente que supuestamente se respirará en La Habana del futuro si se produce el llamado —e incitado desde el exterior— “cambio de régimen”.
A este fenómeno de falso desarrollo se refirió el profesor y arquitecto Mario Coyula Cowley (1935-2014) en su último artículo, publicado en 2014 en la Revista Bimestre Cubana de la Sociedad Económica de Amigos del País. Antes de describir tres posibles escenarios futuros para La Habana, Coyula conjeturaba sobre cómo habría sido la ciudad si no hubiera triunfado la Revolución.
“En resumen —decía—, La Habana sería menos auténtica y se parecería más a cualquier otra gran ciudad del mundo eufemísticamente llamada en desarrollo. Por desgracia, hay en Cuba ahora gente para la que este modelo se identifica con el desarrollo.”
A propósito de este fenómeno de imaginar una Habana con gran afluencia de capital y códigos extranjeros, el profesor Ruslan Muñoz, entonces decano de la Facultad de Arquitectura de la Universidad Tecnológica de La Habana José Antonio Echeverría (CUJAE) realizó una publicación en la que se alarmaba por los ambientes agresivos y descontextualizados que mostraba uno de esos videos.
Citó además una frase de la profesora Dra. Ángela Rojas Ávalos, quien defendía la evolución de las ciudades según su devenir en un artículo en la revista Artcrónica: “El tiempo, aunque sea implacable, genera la evolución lógica y no los cambios violentos. Todo depende del reconocimiento al valor y de la actitud hacia él: si se obvia o se traiciona, o si se respeta y ennoblece. No depende de tendencias internacionales ni de estar a la moda. Es, en definitiva, un asunto de ética.”
No se trata de negar que existan momentos en la historia en los que se producen cambios radicales y acelerados en las ciudades, acordes con las turbulencias de revoluciones y transformaciones sistémicas. Pero es responsabilidad de los decisores y profesionales de la arquitectura y el urbanismo, en esos contextos históricos, proponer y ejecutar cambios con bases sólidas en el conocimiento acumulado y con una visión de futuro acorde con las necesidades y los valores éticos del momento.
Por ello, más allá del uso de la IA —que en muchos casos puede ser superficial y acompañar, deliberadamente o no, campañas de intervención, colonización o sojuzgamiento de una potencia sobre un país relativamente pequeño—, lo prioritario para imaginar una ciudad deseada debe ser combinar esos conocimientos acumulados con un uso comprometido de las nuevas herramientas digitales y de los conceptos contemporáneos de desarrollo sostenible.

¿Qué es la ciudad inteligente?
La ciudad inteligente es uno de esos conceptos que engloba no solo el uso de la IA, sino también todo el entramado de las tecnologías de la información y la comunicación (TIC).
La IA, por una parte, se basa en algoritmos que aprenden y automatizan decisiones urbanas complejas de forma continua. Utiliza métodos de aprendizaje automático y lógica computacional para tomar decisiones y planificar. Por lo tanto, al emular el razonamiento humano y ser capaz de aprender del entorno, puede sustituir tareas que tradicionalmente solo podían ser ejecutadas por personas, como escribir o producir una obra artística.
Además, al procesar grandes volúmenes de datos, la IA puede identificar patrones complejos que superan las capacidades de un cerebro humano.
Por otra parte, la ciudad inteligente utiliza la IA y otras tecnologías —como la domótica y el Internet de las cosas (IoT)—, así como la información que estas generan, para mejorar la eficiencia de los servicios, la sostenibilidad ambiental y la calidad de vida de sus habitantes.

Para su efectividad, tanto tecnológica como ética, la ciudad inteligente debe cumplir varios requisitos:
(1) Infraestructura digital avanzada y alta conectividad en tiempo real;
(2) Administración transparente y decisiones basadas en TICs y análisis de datos;
(3) Objetivos orientados a la reducción de la huella de carbono y de las emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), contribuyendo a la mitigación y adaptación al cambio climático; y
(4) Participación activa de los habitantes en la toma de decisiones.
En términos de metabolismo urbano, se propone alcanzar una mayor autonomía en las ciudades mediante la reducción de la importación de recursos energéticos, alimentarios e hídricos, así como de la generación de desechos y contaminación ambiental.
Para ello, las ciudades deben transformar el paradigma convencional de consumidoras netas en uno de productoras y autogeneradoras de alimentos, energía y agua reciclada. Esto es posible mediante un sistema integrado que aplique los principios de la economía circular, optimice las capacidades productivas y aproveche los excedentes y desechos de cada proceso urbano.
A través de la recopilación de datos en tiempo real —mediante sensores y otros dispositivos y plataformas digitales—, estos se procesan para identificar patrones en grandes volúmenes de información, ya sea sobre tráfico vehicular, transporte de pasajeros y mercancías, temperatura urbana, salideros en sistemas de acueducto o niveles de humedad en suelos urbanos.
Con base en estos datos, los gestores urbanos pueden tomar decisiones fundamentadas, más rápidas, precisas y sostenibles que las derivadas de sistemas tradicionales.

¿Puede ser La Habana una ciudad inteligente? Lecciones y desafíos
Sin embargo, surge una pregunta clave para el caso de La Habana. ¿Qué sentido tiene hablar de ciudad inteligente en una ciudad que no logra recoger adecuadamente sus residuos, reparar salideros, garantizar un transporte público eficiente o mantener su fondo habitacional en condiciones adecuadas?
A escala global, los retos son aún mayores: se requiere construir decenas de miles de viviendas diarias para suplir las demandas de cientos de millones de personas sin condiciones básicas de habitabilidad, al tiempo que se reducen las emisiones de GEI para mitigar el cambio climático.

En Cuba, además, existe una contradicción entre los planes de digitalización e informatización —como la bancarización o el gobierno electrónico— y la infraestructura realmente disponible. La conectividad es de las más bajas del mundo, los costos de acceso a internet son elevados y muchos servicios digitales presentan disfuncionalidades.
En consecuencia, lo que debería representar un avance puede convertirse en una fuente adicional de estrés y exclusión social, especialmente para sectores vulnerables como los adultos mayores.

Por tanto, las estrategias de ciudad inteligente y sostenible —con espacios verdes, corredores ecológicos, movilidad baja en carbono y uso extendido de fuentes renovables de energía— pueden parecer inalcanzables ante los problemas estructurales actuales y la falta de procesos participativos.
En este sentido, el sociólogo y urbanista Carlos García Pleyán (1945-2024) señalaba en uno de sus artículos en OnCuba que “efectivamente, el avance tecnológico puede facilitar muchas de estas actividades, pero nada más que eso, facilitarlas. Primero tienen que existir.” Y más adelante alertaba: “Si no se solucionan previamente las inconsistencias y las incoherencias, lo único que se consigue es tener un caos electrónico, un desbarajuste digital absolutamente inútil.”
No obstante, estos problemas no deben ser motivo para descartar la incorporación progresiva de las TIC y los principios de ciudad inteligente. Es fundamental aprender de experiencias internacionales —tanto de países de altos ingresos como Singapur, Ámsterdam o Barcelona, como de contextos latinoamericanos como Medellín o Curitiba— y adaptar esas estrategias al contexto local, mediante proyectos piloto que permitan evaluar su viabilidad.

¿Cómo lograr que La Habana sea una ciudad inteligente?
En el caso de La Habana, es necesario formular preguntas clave: ¿cómo avanzar en un contexto de restricciones económicas y obstáculos internos? ¿Qué experiencias locales pueden servir de referencia? ¿Cómo equilibrar prosperidad, justicia social y sostenibilidad ambiental?
Un punto de partida esencial es reconocer el valor del principal recurso del país: sus profesionales. Diseñar políticas efectivas requiere potenciar el conocimiento, la creatividad y la capacidad crítica, no solo dentro de estructuras estatales, sino también desde iniciativas independientes e innovadoras.

La ciudad ya cuenta con experiencias relevantes, como el Plan Maestro de la Oficina del Historiador de La Habana, que desde 1994 ha desarrollado estrategias integrales para el Centro Histórico, logrando reconocimiento internacional y mejoras tangibles en la calidad de vida de sus habitantes. Instrumentos como el Plan Especial de Desarrollo Integral (PEDI) 20301 destacan por priorizar acciones según urgencias, recursos endógenos y viabilidad.

Estas experiencias pueden escalarse y adaptarse a otros contextos urbanos. La articulación de ética, ciencia y política —como promovía Eusebio Leal— resulta fundamental: la ética como guía para aplicar principios de humanismo y en favor del planeta, la ciencia como base empírica a través de métodos y herramientas avanzadas como la IA y las TICs en general, y las políticas para traducir esos valores éticos y los resultados con base científica en estrategias viables y en un cronograma según las prioridades y recursos disponibles.
Esa filosofía se aplica también en las tesis de diploma que hemos supervisado en la CUJAE y anteriormente en la Universidad Nacional de Singapur. Proyectos que partan de criterios de inclusión, defensa de valores patrimoniales, empleo de tecnologías avanzadas y creación de espacios nuevos que regeneren la ciudad y aminoren o neutralicen los daños al medioambiente.

Se trata de construir una visión estratégica de largo plazo que articule tecnología, políticas públicas y necesidades ciudadanas, evitando enfoques ideologizados sin sustento técnico. Asimismo, es clave fomentar alianzas entre gobierno, sector privado, academia y ciudadanía, así como establecer mecanismos de evaluación continua.
Por tanto, la Habana que se proyecte —incluso mediante imágenes generadas por IA— solo será válida si se sustenta en principios éticos, evidencia científica, experiencia acumulada y aspiraciones colectivas viables.
Más que representar visiones inmediatas, las nuevas tecnologías deben servir como herramientas para traducir esas aspiraciones en estrategias concretas y progresivas de transformación urbana.

*Este texto es una versión de la conferencia impartida en Nodo Habana (8 de mayo de 2026) como parte de las actividades previas a la 4.ª Bienal de Arquitectura de La Habana 2026.
Nota:
1. Rodríguez Alomá, P. et al. (2016) Plan Especial de Desarrollo Integral 2030. La Habana Vieja, Centro Histórico. Plan Maestro de la Oficina del Historiador de La Habana.











