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Mayra Espina: “En la espera todavía es posible ser un país peor”

La socióloga analiza la policrisis que atraviesa Cuba, la pobreza estructural como golpe al proyecto socialista, la erosión de la confianza en el Estado y las vías que aún podrían abrir una salida.

por
  • Deborah Rodríguez Santos
febrero 26, 2026
en Sociedad
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Foto: Kaloian.

Foto: Kaloian.

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Si tuviera que resumir en una sola palabra cómo se divisa el horizonte en Cuba, Mayra Espina escogería “incertidumbre”. Para la socióloga e investigadora, quien se ha dedicado a estudiar hondamente la desigualdad en la isla, el escenario actual no deja margen para más dudas sobre algo que el discurso oficial ha insistido en negar por mucho tiempo. En Cuba la pobreza no solo existe, sino que crece aparejada al deterioro económico y político que muchos expertos, incluida ella misma, coinciden en llamar de “policrisis”. 

Lo más preocupante en la gestión de la crisis actual es la negación —entendida tanto como falta de reconocimiento realista, como de inacción, acción insuficiente y falta de responsabilización institucional frente a ella— de un caos que penetra cada vez con mayor rapidez en el tejido social, como una plaga virulenta.

Esa negación sostenida y, por consiguiente, la ausencia de soluciones para un problema que apenas se nombra, en un contexto de vulnerabilidad creciente, explica en buena medida la sensación de desamparo que hoy se extiende entre los cubanos, y que entre ellos ganen cada vez más fuerza imaginarios anexionistas, alimentados por promesas externas de salvación ante la incapacidad del propio gobierno para sacar al país a flote en un escenario cada vez más adverso. 

En medio de ese clima de desgaste social, Mayra —a diferencia de los discursos que esquivan o silencian el problema— lo nombra y lo analiza desde su papel como investigadora asociada del Programa Académico del Centro Cristiano de Reflexión y Diálogo. Como muchos otros intelectuales cubanos, continúa produciendo conocimiento desde la propia isla, su principal objeto de preocupación intelectual, pero también una fuente de desasosiego en el plano personal y humano que ella misma experimenta desde su cotidianidad.

En su condición de observadora, la recorre a diario en lo que ella misma llama de “sociología callejera”, sobre cuyos hallazgos escribe además en “La Calle”, su columna en OnCuba. Aun así, y pese a la gravedad innegable de todo lo que observa, cree que aún hay margen para maniobrar salidas al naufragio en un país que necesita replantear tanto su modelo económico como su rumbo político si quiere sobrevivir preservando su soberanía y los principios innegociables de su modelo.

En esta entrevista, repasamos con ella temas imprescindibles del debate público cubano: el viraje social y político provocado por la crisis, la desesperanza instalada, el declive de la institucionalidad, el aumento de la pobreza y su amenaza directa al proyecto socialista que, al menos en el plano nominal y discursivo, se ha intentado sostener durante más de seis décadas.

¿Cómo definiría la crisis cubana actual: es principalmente económica, social, política o una combinación de todas?

Insisto en la utilidad de la noción de “policrisis”: crisis estructurales y sistémicas múltiples, articuladas de forma sinérgica y recursiva. Se refuerzan unas a otras, y los efectos se convierten en causas. Ninguna dimensión de la vida escapa a la crisis y, dado su enlace recursivo, ningún problema es más importante que otro.

Sé que esta noción genera incomodidad en algunos espacios del pensamiento social, pero se trata de un concepto construido desde el enfoque de la complejidad con una gran potencia analítica. Edgar Morin lo enunció a inicios de los años noventa para referirse al contexto mundial contemporáneo, caracterizado por crisis múltiples interconectadas, superpuestas e interdependientes.

El concepto de “policrisis” no remite a una simple acumulación de problemas sociales, políticos o económicos, sino a su interacción, lo que implica que resolver un problema de forma aislada puede empeorar otros de manera impredecible. 

Si bien no se ha utilizado con frecuencia para describir contextos nacionales, ofrece una ventaja analítica para comprender que la gestión de una policrisis exige actuación sistémica y manejos políticos innovadores e inclusivos.

Foto: Kaloian.

¿En qué se diferencia esta crisis de otras? ¿Qué elementos son nuevos?

Considero que, al menos en el plano social, la situación actual es de mayor envergadura y de extrema gravedad en comparación con crisis anteriores. Precisamente porque es una policrisis y porque se desarrolla en un contexto que alimenta y agrava sus efectos: envejecimiento poblacional, migración masiva, familias desintegradas, expansión de la pobreza y de las desigualdades, crecimiento de grupos sociales que no logran cubrir sus necesidades esenciales de alimentación y medicamentos, servicios sociales exhaustos y con pérdida de capacidad de amparo —principalmente salud y educación—, deteriorados por la COVID-19 y por sanciones estadounidenses muy intensas, aumento del malestar social y de la polarización política, menor capacidad del gobierno para implementar y gestionar transformaciones eficientes y profundas, así como manifestaciones extendidas de corrupción.

Resulta particularmente notable que la gestión de la crisis haya estado por debajo de su gravedad, con un ritmo lento, asistemático e incompleto en la aplicación de decisiones y medidas, como la creación de un mercado cambiario, la atracción de inversión extranjera, la descentralización territorial o la autonomía de la empresa estatal, entre otras.

También se observa la implementación de políticas basadas en diagnósticos que subvaloran el problema que pretenden atender y los efectos sociales de su introducción práctica, como ocurrió con el “reordenamiento monetario”; el predominio de políticas económicas de control y restricción sobre las de fomento, como las regulaciones hacia el sector privado y los productores agrícolas; y la formulación de programas técnicamente sólidos de inclusión social que no se despliegan integralmente en la práctica y presentan déficits de participación ciudadana, como los programas de lucha contra el racismo y la discriminación racial, contra la violencia de género, de avance de la mujer o de desarrollo territorial, entre otros.

Este manejo pausado y débilmente integrado ha tenido como consecuencia la cancelación de opciones económicas —ya de por sí limitadas por el bloqueo— y la pérdida de perspectivas de mejora en las condiciones de vida de la población.

Foto: Kaloian.

¿Qué ha cambiado en la vida cotidiana: en las relaciones, en la moral social, en la idea de comunidad?

El primer cambio notable es la desigualdad de vidas. Siempre ha existido, pero hoy es mucho más marcada, con un espectro más amplio y estrechamente ligado al estatus económico.

Sin respaldo estadístico, estimo que entre el 10 % y el 11 % de la población percibe ingresos relativamente altos, que le permiten opciones de vida comparables a capas medias en el mundo; alrededor del 40 % accede a satisfactores modestos que cubren, no sin tensiones, sus necesidades esenciales; mientras que aproximadamente el 45 % podría encontrarse en situación de pobreza, sin autonomía de elección y sobreviviendo por debajo de lo esencial. En el contexto actual, este grupo tiende a ampliarse a costa de la franja media.

En estas disparidades económicas, la vida cotidiana es un caleidoscopio. El ocio, el trabajo, la alimentación, la vivienda, la movilidad y el cuidado de la salud recorren un abanico que va desde el confort con cierto lujo hasta la precarización, los sub mínimos y la mendicidad.

La moral social se ha vuelto más permisiva: las carencias y la necesidad de sobrevivir y “resolver” justifican actitudes y comportamientos que antes no se considerarían correctos. Al mismo tiempo, las redes de relaciones se activan y movilizan un capital solidario.

El uso masivo de las redes sociales es un ingrediente nuevo: alivia las distancias de la migración y se convierte en un espacio para el cuidado familiar y la conservación de los afectos. No obstante, también emergen formas de violencia virtual, ofensas y amenazas asociadas a diferencias políticas e ideológicas.

Calle Morro, en la Habana Vieja. Foto: Otmaro Rodríguez.
Calle Morro, en la Habana Vieja. Foto: Otmaro Rodríguez.

Entonces no estamos ante una crisis coyuntural, sino ante un agotamiento del modelo actual.

No se trata de una coyuntura, sino del agotamiento y de la necesidad de renovación y cambio del modelo. Siguiendo la lógica moriniana, expuesta en su texto La vía para el futuro de la humanidad, se trata de un sistema que, por razones internas y externas, ha perdido la capacidad de solucionar sus problemas vitales. Por ello, se requieren transformaciones profundas y un anclaje en el potencial o la esperanza de metamorfosis, con el fin de generar un metasistema resolutivo y sortear los riesgos reales de degradación y desintegración que enfrenta la sociedad cubana.

¿Qué indicadores sociales le parecen hoy más alarmantes: pobreza, desigualdad, migración, desinstitucionalización, desesperanza?

Entre estos indicadores de alarma destaco aquellos que muestran una clara declinación del bienestar y de la capacidad de supervivencia de la sociedad:

  • Pobreza, con especial impacto en la niñez y la tercera edad.
  • Mortalidad infantil.
  • Carencias nutricionales y déficits de acceso a alimentos.
  • Falta de medicamentos y dificultades para acceder a tratamientos y diagnósticos imprescindibles.
  • Precarización general de la vida cotidiana (acceso a agua, electricidad, higiene y saneamiento comunitario, movilidad).
  • Estrategias de supervivencia precarias y negativas en una amplia franja de grupos sociales.
  • Debilitamiento de la institucionalidad social.
  • Migración externa, con disminución de la población y de los recursos laborales.
  • Expansión de la economía informal.
  • Subjetividades y percepciones extremadamente polarizadas sobre las opciones de salida, que incluyen —en una proporción no conocida— alternativas interventoras y violentas.

¿Tiene sentido seguir hablando de socialismo en esta Cuba, nítidamente desigual?

En Cuba se conservan formas redistributivas y de amparo de naturaleza socialista, pero con una gran fragilidad y por debajo de las necesidades esenciales. Muchos de los reclamos de la población tienen como telón de fondo el ideal de justicia social y de intervención del Estado en la protección de los más vulnerables y en el aseguramiento de condiciones de vida adecuadas para todos.

En ese sentido, el socialismo tiene sentido como criterio evaluativo: como aspiración, como utopía fundacional y como horizonte que puede contribuir a reorganizar e inspirar las transformaciones necesarias y a nutrir las demandas ciudadanas. Tiene sentido para quienes consideran que los principios de justicia y equidad social, así como la intencionalidad social de la economía, forman parte de las soluciones.

Actualmente identifico al menos tres percepciones de socialismo que circulan en la calle. En términos mínimos, expresan lo siguiente:

  1. Un ideal debilitado o perdido, pero recuperable, que no ha podido desplegar su potencial debido a la hostilidad estadounidense y a fallas de política interna.
  2. Un sistema que no funciona por falta de realismo económico y por no ajustarse a las aspiraciones legítimas de avance individual, subordinadas a una supuesta prioridad del bien colectivo.
  3. Un sistema autoritario y antidemocrático, económicamente fallido, que no tiene nada que ofrecer al futuro del país.

Las dos primeras percepciones admiten distintos grados de posibilidad de reforma; la última la descarta por completo.

La peor estocada al socialismo es la expansión de la pobreza y la falta de opciones reales y efectivas de participación ciudadana.

Foto: Kaloian.

¿Podemos hablar de pobreza estructural?

Considero que está plenamente configurado el mecanismo de reproducción estructural de la pobreza. La dinámica económica y social actual genera exclusiones, con puertas de entrada muy estrechas y canales limitados de movilidad social ascendente hacia posiciones ventajosas, mientras que la caída hacia zonas de vulnerabilidad y pobreza se ha ensanchado. Y no se trata de una crisis coyuntural, remontable con relativa facilidad.

Tampoco es un proceso reciente. La pobreza nunca se eliminó del todo: comenzó a reinstaurarse durante la crisis de los años noventa y se acentúa en el período post COVID-19.

Un mendigo durmiendo en la calle. Foto: Otmaro Rodríguez.

¿Qué efectos tiene la dolarización en un contexto como este?

Hace más visible la desigualdad y la profundiza, al crear zonas de mercado —con productos de primera necesidad— a las que solo se accede en esa moneda, con precios elevados y un tipo de cambio escandaloso en relación con los salarios y pensiones promedio.

Lo más grave es que esos ingresos que obtiene el Estado no logran reanimar, como ha sido una promesa incumplida, un mercado social controlado ni asignaciones significativas para los más necesitados, ni el reflote de la institucionalidad social.

Foto: Kaloian.

¿Cómo describiría hoy la relación entre el Estado cubano y la ciudadanía?

Desde el Estado hacia la ciudadanía, y en el plano político, continúa una relación vertical, centralizada y autoritaria, con márgenes estrechos para la expresión de demandas y críticas, y para la asociación autónoma. Se intenta anular disímiles disidencias o puntos de diferencia, deslegitimándolos o persiguiéndolos, al ser vistos como posturas alineadas con una agenda enemiga antisistema.

En términos de amparo y servicios de protección social, el Estado se sigue considerando responsable, promueve políticas inclusivas orientadas a la atención de vulnerabilidades y a la reparación de brechas de equidad, pero su capacidad real de implementación está por debajo de las necesidades existentes.

Desde la ciudadanía hacia el Estado, percibo una pérdida progresiva de credibilidad y confianza, junto con una búsqueda constante de caminos alternativos para resolver la supervivencia cotidiana y la integración social: migración, sector privado, trabajo y actividades informales —con mayor o menor grado de ilegalidad—, adhesión a proyectos de instituciones y organizaciones no gubernamentales, proyectos culturales autónomos, entre otros.

¿Esa relación desgastada podría estar produciendo sensación de desamparo?

Existe desamparo social. Una franja sustancial de la población —quizás alrededor del 45 %— se encuentra en situación de pobreza, y una parte importante de ella probablemente en pobreza extrema, con amparos insuficientes.

La situación creada por el bloqueo energético, que genera pérdida de opciones de transporte y laborales, dificultades para el acceso, cocción y conservación de alimentos, así como debilitamiento de los servicios de salud y educación, seguramente incrementará la pobreza o agravará la situación de los grupos que ya se encuentran en esa condición.

¿Considera que se ha roto el pacto social que durante décadas sostuvo la legitimidad del Estado cubano?

Está muy desgastado en sus esencias: equidad, justicia social, participación ciudadana directa y prosperidad modesta para todos.

¿Cómo ha afectado esa percepción de credibilidad del Estado la brecha entre las decisiones del gobierno y las necesidades ciudadanas?

Se trata de una percepción polarizada, según el mayor peso que se otorgue, en la explicación de esa brecha, al bloqueo estadounidense, a la responsabilidad de las autoridades o a la combinación de ambas variables.

¿Eso explicaría el deseo de muchos cubanos —fundamentado en un germen del pensamiento anexionista que aún pervive— de que Estados Unidos produzca un cambio en la isla?

No puedo hablar en términos cuantitativos. Mis herramientas son las de la sociología callejera y los estudios cualitativos y de casos. Lo que sí puedo afirmar es que la idea de una solución externa, a cualquier precio, incluso mediante una invasión, la encuentro —para mi asombro— con dolorosa frecuencia tanto en la emigración como dentro del país.

Foto: Kaloian.

¿Qué factores explican que la única salida percibida parezca venir de fuera?

Percibo, en mi callejeo sociológico, una desesperanza extendida, con distintos grados e intensidades. Sin embargo, insisto en que no puede generalizarse esa visión de salida desde afuera.

La desesperanza genera, simultáneamente, resignación, resistencia e incluso asertividad y acción, en la idea de que nada, fuera de nosotros mismos —a escala individual o social—, podrá proveer soluciones.

La frase “es lo que hay”, hoy común en las conversaciones cotidianas, dicha como aceptación e imperativo de seguir adelante en la adversidad, de inventar caminos, ilustra estas percepciones resignadas y, a la vez, activas.

¿Existe aún un espacio para la participación social real y para que el Estado restaure su credibilidad ante los ciudadanos?

A mi modo de ver, existe un espacio fértil, una zona de cambio prometedora que opera en la micropolítica: los diversos “proyectos” comunitarios, culturales, de emprendimiento económico con responsabilidad social, religiosos, de caridad, deportivos, comunicacionales, formativos, feministas, antirracistas y de cooperación.

Muchos de ellos adoptan rasgos de movimientos sociales, con mayor o menor vínculo con la institucionalidad pública, con distintos niveles de autonomía y recursos, y se han convertido en refugio de iniciativas de cambio positivo y en reservorios de esperanza y solidaridad. Han aprendido a lidiar con los obstáculos económicos, burocráticos y políticos para sobrevivir.

Podrían ser mejor aprovechados como plataformas de enlace público-privado y con la sociedad civil, así como opciones para la recuperación de credibilidad y confianza entre actores diversos. Esta recuperación, sin embargo, depende de que el ecosistema político a escala macro transite hacia la democratización.

Foto: Kaloian.

¿Cree que está ocurriendo una despolitización, o una politización distinta de la sociedad cubana?

Se trata de una politización distinta, caracterizada por un debate político agudo y extendido, la manifestación abierta del descontento —sin vínculos con agendas externas—, la colocación de demandas de justicia social y la existencia de (proto) movimientos sociales.

Entre estos destaco las reivindicaciones de género, el antirracismo, el emprendimiento solidario inclusivo y las agrupaciones religiosas laicas (no clerical) con fines de asistencia y acompañamiento social. Esta franja de movimientos sociales, muchas veces ligada a “proyectos”, prioriza la práctica de la solidaridad y la formulación de demandas a las políticas sociales como esfera central de actuación micropolítica.

El uso de las redes sociales, la comunicación alternativa y el involucramiento de la emigración —con diversos colores ideológicos y posturas frente a opciones de diálogo o de enfrentamiento—, así como su influencia creciente en la formación de percepciones dentro del país, son rasgos de esta nueva politización.

¿Cómo está afectando la crisis a la subjetividad de los cubanos: esperanza, proyecto de vida, sentido de futuro?

Es imposible hablar de “la vida del cubano”. No tenemos datos suficientes y tengo la certeza sociológica de que generalizar es un error. Hay muchas vidas distintas involucradas en ese cubano genérico.

Se puede inferir, al recorrer el asfalto real y las avenidas virtuales, la existencia de subjetividades en tensión y contradictorias, atravesadas simultáneamente por la desesperanza, la fe religiosa, el derrotismo, el individualismo y el compromiso solidario.

La incertidumbre limita los proyectos de vida y el sentido de futuro. Todo está en proceso.

¿Se ha normalizado la sobrevivencia como modo de vida?

Para muchos grupos poblacionales, sí: “es lo que hay”. La idea de estar en modo sobrevivencia se ha extendido y la encuentro en todas las generaciones, barrios, niveles de ingreso y circunstancias. Parece una percepción generalizada.

Lo que más me preocupa es la naturalización de la desigualdad. No puedo hacer una argumentación cuantitativa, pero, a diferencia de mis estudios anteriores —en los que para muchos la desigualdad era vista como un rasgo negativo—, ahora emerge la idea de que se trata de una característica social inevitable, natural, con la que hay que convivir.

Desde la sociología, ¿qué condiciones serían necesarias para una salida real de la crisis?

La capacidad de maniobra de las autoridades merma ostensiblemente, a ojos vistas, y el tiempo “limpio” para las transformaciones se ha agotado. Esta situación proviene tanto del conservadurismo de fuerzas internas como de las cada vez más hostiles sanciones de Estados Unidos, que han llegado a un extremo criminal con el bloqueo energético.

Pero siempre existe margen para actuar, y ahora resulta imprescindible implementar con celeridad las transformaciones necesarias para establecer una dinámica económica positiva que genere recursos para financiar acciones de salida de la crisis y, eventualmente, de desarrollo.

No me extenderé en el tema económico, pues muchos colegas economistas lo han abordado con claridad. Solo mencionaré, a modo ilustrativo, algunas medidas urgentes posibles: pago de la deuda mediante diversas herramientas como la cesión temporal de activos; logro de estabilidad macroeconómica; establecimiento de un mercado cambiario realista y funcional; eliminación de trabas para la repatriación de ganancias de la inversión extranjera; diversificación de negocios con inversores externos; inclusión de la propiedad privada nacional y de cubanos residentes en el extranjero; políticas de fomento para la producción alimentaria; incentivos a la economía social, solidaria y cooperativa, entre otras.

Foto: Kaloian.

Siguiendo la idea de “policrisis”, estos cambios económicos deberían articularse de forma sinérgica con la implementación concreta de políticas focalizadas y afirmativas ya formuladas y aprobadas, orientadas a atender con verdadera prioridad a los grupos en mayores desventajas, junto con cambios políticos.

Es riesgoso, en un espacio breve, enunciar líneas de acción. Aun así, me atrevo a listar someramente un primer piso de urgencias y prioridades sociales y políticas, enunciadas en sus mínimos, extraídas de estudios y debates académicos y de ámbitos de la sociedad civil:

  • Atención prioritaria a grupos en mayor riesgo: primera infancia, tercera edad y personas con discapacidad.
  • Grupos afectados por brechas de equidad (mujeres, personas racializadas).
  • Pobreza económica extrema.
  • Alimentación, medicamentos y servicios de salud.
  • Servicios comunitarios y urbanos: agua, electricidad, movilidad, higiene comunitaria.
  • Implementación de los derechos políticos reconocidos por la Constitución y modificación de los canales de participación ciudadana activa, incluido el derecho de asociación, para generar consensos y propuestas en torno a las políticas necesarias.
  • Descriminalización de la protesta y del punto de vista disidente, dentro de marcos de diálogo pacífico y respeto a la soberanía nacional.
  • Postura orientada a la negociación de conflictos y al diálogo de paz en las relaciones internacionales.
  • Medidas de apertura y concordia hacia la emigración: ampliación de derechos de propiedad y de participación en la vida económica y social del país.
  • Gestión institucional transparente y socialmente auditable.

Usted menciona la necesidad de reformas económicas. ¿Es posible hacerlo sin producir una transformación política profunda? ¿Qué costos políticos podría tener un cambio de modelo?

Para ser coherentes con el enfoque de “policrisis” y producir un metasistema resolutivo, es imprescindible actuar de manera articulada y simultánea sobre las distintas dimensiones de las relaciones sociales que alimentan la cascada crítica. Por tanto, no es posible una reforma económica eficiente dejando intacta la esfera política.

Una modificación del modelo de gestión económica implica una redistribución de poder entre actores que operan en un mismo contexto, con intereses diversos, que pueden ser complementarios o articulables en una dirección aceptable para las mayorías y para el bien común.

En ese proceso pueden darse riesgos: un viraje brusco hacia un modelo completamente opuesto al que se pretende transformar; la intervención de agentes externos con intereses ilegítimos para el proyecto nacional; o la emergencia de violencia para imponer una línea de cambio. Son riesgos grandes, pero es necesario enfrentarlos dentro de un marco de diálogo, democratización y transparencia.

Usted ha dedicado su vida al estudio de la sociedad cubana. ¿Qué es lo que más le duele de este momento que atraviesa el país?

La pobreza, la vida precaria de muchas personas, la pérdida de calidad de vida en la vejez y los costos que pagan los niños y los jóvenes. La dificultad para construir un proyecto de futuro y una vida feliz. La ruptura familiar.

El politólogo Rafael Hernández ha dicho que la recuperación de la dignidad no pasa solo por mejorar las condiciones materiales, sino por la capacidad de las personas de representarse a sí mismas. ¿Qué estrategias podrían fomentar esa representación ciudadana en el contexto cubano actual?

Coincido con esa apreciación y la practico. Una manera de “representarse” hoy es poner el cuerpo y la voz en proyectos y espacios de micropolítica orientados a la solidaridad, al mejoramiento de las políticas sociales y al diálogo.

No digo que la sumatoria de estas representaciones modifique la escala macro, pero sí tiene el poder de fortalecer la ciudadanía.

Un hombre transporta unos sacos por la calle Consulado, en Centro Habana. Foto: Otmaro Rodríguez.
Un hombre transporta unos sacos por la calle Consulado, en Centro Habana. Foto: Otmaro Rodríguez.

Mirando hacia el futuro, ¿cómo sale Cuba de esta crisis?

Si por salir de la crisis entendemos reconstruir un rumbo de desarrollo económico y social, en un plazo razonable, que no excluya a las generaciones mayores de posibles beneficios, que atienda prioritaria y aceleradamente a los grupos más vulnerables, que preserve la soberanía nacional y la justicia social, y que construya una institucionalidad democrática y participativa moderna, por vías pacíficas y mediante el diálogo social —con posibilidades de alcanzar una vecindad no agresiva con Estados Unidos—, entonces el camino está en acelerar los cambios económicos, sociales y políticos ya mencionados.

Esta posibilidad existe, con múltiples escollos, pero es practicable. Soy consciente de que no todo el mundo coincidirá con mis invariantes de salida.

Un entendimiento honorable con Estados Unidos facilitaría ese camino y aliviaría nuestra vida. Pero también podría activarse un escenario de intervención foránea, con mayores o menores costos en términos de violencia y acciones armadas, que imponga una salida autoritaria, desplace los puntos de vista internos y se aleje de un criterio de soberanía y del mejor bien para la nación.

Y también podría no ocurrir nada significativo, nada brusco ni rápido, si los actores involucrados apuestan por dejar pasar el tiempo para favorecer sus intereses o porque carecen de capacidad real para promover cambios. Unos esperando la fruta madura, que caiga por agotamiento masivo de la capacidad de sobrevivencia, manteniendo el asedio y el tono interventor; la autoridad interna prolongando la inacción y atrincherándose en la defensa armada, bajo la creencia de que esperar abrirá oportunidades para resistir y controlar los cambios; y la ciudadanía concentrada en salidas individuales y estrategias de sobrevivencia, sin lograr formas pacíficas de articular demandas colectivas.

A estas alturas, no se gana tiempo: se pierde. Y sí, en la espera todavía es posible empeorar, ser un país peor.

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Dra. en Comunicación con especialidad en medios digitales y procesos migratorios.

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